Aceptamos el papel moneda como depósito de valor por costumbre. Esta costumbre tiene su origen en la historia, cuando los bancos tomaban nuestro oro en depósito y emitían a cambio recibos en papel.
El oro ha desaparecido, pero el papel sigue conservando su valor habitual y lo aceptamos sin cuestionarlo. El único respaldo es una vaga promesa del gobierno.
No existe una base teórica sólida que explique por qué el dinero emitido por un gobierno sin respaldo debería conservar su valor como depósito: depende, para tener valor, de la aceptación del mercado de su credibilidad financiera. De ello se deduce que, si un gobierno pierde toda su credibilidad financiera en los mercados, su papel pasa a no valer nada. Así lo confirma la experiencia de todos los colapsos del papel moneda.
El hecho de que pueda ocurrir, y de que haya ocurrido en otros lugares, confirma que, en teoría, toda la confianza puede desaparecer del dólar, la libra, el euro o el yen. Es una concepción del valor de las divisas muy distinta de la que se acepta habitualmente. Lo que suponemos, en cambio, es que cualquier cambio en el poder adquisitivo está firmemente ligado a la inflación de precios, y descartamos cualquier dependencia de la confianza. Pero esto es una excusa, una forma de no abordar los supuestos básicos que elevan el valor del dinero emitido por los gobiernos desde cero hasta lo que realmente permite comprar.
Es fundamental entender que la inflación de precios y el mantenimiento de las primas de las divisas fiduciarias solo están vagamente relacionados. En una economía de dinero sólido, es decir, una economía en la que el medio de intercambio está respaldado por oro, los cambios en la cantidad de dinero disponible afectarán a los precios de los bienes y servicios que se intercambian por él. Esto se debe a que el dinero sólido es en sí mismo una materia prima, cuya función es actuar como medio de intercambio. Sin embargo, no se puede decir lo mismo del dinero fiduciario, cuya relación con el valor se basa enteramente en la confianza. Es un error suponer que los factores de oferta y demanda que dan al dinero sólido su valor como medio de intercambio también se aplican al dinero del gobierno sin respaldo. El valor de las divisas fiduciarias es puramente subjetivo.
En el caso del dinero fiduciario, las cantidades adicionales en circulación aumentan la demanda de bienes, cuyos precios suben impulsados por esa demanda extra: la subida de precios procede de los propios bienes y no de un cambio en el valor del dinero. En la estanflación, donde no hay demanda adicional, las subidas de precios provienen de cambios en el valor del propio papel moneda, normalmente ligados a los movimientos del tipo de cambio.
Las implicaciones son profundas. Afirmar que en las hiperinflaciones el dinero fiduciario pierde poder adquisitivo por la emisión masiva de dinero es un error de interpretación. El colapso del poder adquisitivo se debe a la pérdida de confianza en el dinero fiduciario, y no a su oferta adicional: si fuera de otro modo, habría que demostrar que tenía un valor objetivo desde el principio.
Es perfectamente posible, e incluso cada vez más probable en estos tiempos de creciente riesgo sistémico, que un colapso del valor del papel moneda no se produzca como resultado de la subida de los precios al consumo, sino de su propio valor subjetivo. Si esto ocurre, habrá poco aviso o ninguno, y el colapso podría ser sustancial, si no total.
Por tanto, el argumento a favor de refugiarse en el dinero sólido, cuyo mejor ejemplo son los metales preciosos, se refuerza día a día.