Es un signo de los tiempos que un libro de 700 páginas escrito por un economista francés poco conocido resulte ser un éxito de ventas inesperado. Thomas Piketty ha sido aclamado por economistas de peso galardonados con el Nobel, como Paul Krugman, Robert Stiglitz y Robert Solow. Estos nombres nos dan una pista de su tesis: que el capitalismo es responsable de la desigualdad y que los gobiernos deben corregirla mediante un impuesto marginal sobre la renta del 80 % para los mayores ingresos y un impuesto global sobre el patrimonio.
Este libro atraerá a quienes se sienten defraudados por banqueros avariciosos y por los superricos, que no han compartido los sacrificios económicos de todos. Ofrece una explicación superficial de por qué los ricos se han hecho ricos, se apoya en el enfado que muchos sienten y presenta al Gobierno como agente de castigo y redistribución. Pero antes de lanzarnos por este camino debemos detenernos a pensar si Piketty tiene o no razón.
En el nivel menos sofisticado, deberíamos distinguir entre quienes se enriquecen ofreciendo productos que el resto de nosotros realmente quiere y quienes no. Aunque todos podemos estar de acuerdo en que los capitalistas de amiguetes que se enriquecen estafando a la sociedad deben ser sancionados, muy pocos querríamos ponerles trabas a los emprendedores y empresarios que mejoran nuestras vidas. Piketty demoniza a todos, incluidos los buenos.
Deberíamos aborrecer a los capitalistas de amiguetes, que usan su poder e influencia sobre el Gobierno para obtener ventajas y beneficios en lugar de poner al cliente primero. Eso es lo que hace tan impopulares a los banqueros. Al mismo tiempo que los gobiernos los rescatan, ellos dicen que no a clientes honrados que buscan financiación y ganan fortunas haciendo operaciones que pocos entienden. Y no son solo los bancos: todas las grandes empresas usan la influencia política y muchas de ellas también manipulan el sistema.
Entonces, ¿cuál es la respuesta? No es la retribución y la redistribución de Piketty. Para empezar, ignora que el Gobierno es un agente pésimo para transferir riqueza, y acaba destruyendo la mayor parte. Además, al reasignar recursos que se usaban de forma productiva para satisfacer preferencias políticas, la riqueza transferida acaba utilizándose de forma mucho menos productiva.
Por encima de todo, Piketty ignora el papel de la inflación monetaria. Irónicamente, fue un economista y empresario afincado en París, Richard Cantillon, quien en su Essai sur la Nature du Commerce en Général, hace 270 años, explicó el mecanismo por el cual la inflación monetaria beneficiaba a los primeros receptores del dinero a costa de los posteriores. Un banco recibe primero la moneda recién emitida e incluso la aumenta creando crédito adicional de la nada. Cuando este nuevo dinero ya circula por completo, quienes tienen salarios bajos y los pequeños ahorradores descubren que su poder adquisitivo ha caído sin que sus ingresos hayan subido en proporción. A esto se le sigue llamando hoy efecto Cantillon.
Piketty, en su prisa por dar su aprobación a que el gobierno grave a los ricos en aras de la igualdad, parece ignorar por completo que el problema es el propio gobierno. Al abrazar el capitalismo de amiguetes y las políticas monetarias inflacionistas, el Estado enriquece a los ricos y empobrece a los pobres. Es exactamente lo contrario del efecto buscado.
Por desgracia, la tesis de Piketty solo animará a los gobiernos occidentales a seguir gravando, imprimiendo y gastando, profundizando la crisis en lugar de afrontar la realidad económica.