Los gobiernos y los bancos centrales han avanzado poco o nada en su recuperación de la crisis de Lehman, hace seis años. El problema no mejora por depender de unas estadísticas que son claramente engañosas. Esto es especialmente cierto del PIB real, que se compone del PIB nominal deflactado por una estimación de la inflación de precios. Primero, debemos analizar el ajuste por inflación.
La idea de que existe una medida válida de la inflación de precios solo es cierta en la imaginación de los econometristas. Un índice que podría ser teóricamente válido en un único momento solo lo es después en la construcción totalmente artificial de una economía inmutable, o "economía de giro uniforme": es decir, una economía en la que todo el que tiene empleo sigue en el mismo trabajo produciendo al mismo ritmo, mantiene la misma proporción de liquidez en efectivo y compra exactamente las mismas cosas en las mismas cantidades. Además, las existencias de las empresas también tendrían que ser estáticas.
Para esta condición hay que excluir toda elección humana. Solo entonces pueden atribuirse las diferencias de precios a cambios en la cantidad de dinero y crédito. Aparte de esta ficción, no se puede construir un índice exacto, porque no todas las transacciones económicas se registran. Además, el índice incorpora sesgos, por ejemplo sobreponderar el gasto de consumo frente a la inversión de capital, e incluir la actividad del Gobierno que se ofrece a los usuarios gratis o subvencionada. Comprar arte, inversiones bursátiles o una casa son tanto transacciones económicas como comprar una barra de pan, pero estas actividades y otras similares se excluyen expresamente. Peor aún, a menudo se hacen ajustes para ocultar subidas de precios en los componentes del índice con un pretexto u otro.
Las actividades económicas también se incluyen en el PIB solo de forma selectiva, cuando se supone que este es el total de las transacciones de un país durante un periodo, expresado en una cifra monetaria. Un PIB perfecto incluiría todas las transacciones económicas y, en ese caso, recogería los cambios en las preferencias de los consumidores que un índice de precios estático excluye. Pero no hay forma de identificarlos para distinguir entre los cambios debidos al progreso económico y los debidos a la inflación monetaria.
Para ilustrar mejor este punto, supongamos que en la economía de un país no hay ningún cambio entre dos fechas en la cantidad de dinero ganado, mantenido en efectivo, prestado o devuelto. Siendo así, ¿cuál será el cambio en el PIB? La respuesta es, obviamente, cero. La gente puede fabricar y comprar productos distintos y ofrecer y pagar servicios diferentes a precios diferentes, pero si el total de dinero gastado no cambia, no puede haber cambio en el PIB. En lugar de medir el crecimiento económico, un término sin sentido, solo mide la cantidad de dinero gastado.
Para resumir lo dicho hasta ahora, los gobiernos utilizan un índice de precios, que carece de una base teórica sólida, para deflactar una cantidad de dinero que se cree erróneamente que representa progreso económico. Con las prisas por prescindir de la realidad de los mercados, hemos sustituido esta por ideas a medio cocer que se apoyan en cifras dudosas. La gran mayoría de los economistas, de los comentaristas de mercado y, por supuesto, de la clase política no reconoce en absoluto este error.
Esto también explica en parte la desconexión entre la inflación monetaria y la inflación de precios. En este contexto, la inflación de precios se refiere al aumento de los precios debido a la demanda que posibilita el dinero y el crédito adicionales. Como ya hemos dicho, el dinero de nueva emisión se gasta hoy en activos y en especulación financiera, que quedan excluidos tanto del PIB como de su deflactor.
Es lógico que las acciones basadas en supuestos erróneos no logren el resultado deseado. Se asume que la impresión de dinero y la expansión del crédito no tienen un efecto inflacionista, porque así lo dicen las estadísticas. Pero, como hemos visto, las estadísticas son selectivas y se centran en el consumo actual. Se desalienta la investigación objetiva sobre las consecuencias más amplias, y esto es especialmente cierto cuando se trata de comprender los efectos generales de la inflación monetaria. Esto nos lleva al segundo error: ignoramos que la inflación monetaria es una transferencia de riqueza desde el público hacia los creadores de nuevo dinero y crédito.
La transferencia de riqueza mediante la inflación monetaria es al principio selectiva, antes de distribuirse de forma más general. Los emisores de nueva moneda y crédito son los gobiernos y los bancos, y ambos obtienen el máximo beneficio de utilizarlos antes de que suba ningún precio. Pero los perdedores finales son la mayoría de la población: cuando el nuevo dinero llega a una circulación más amplia, los precios ya han subido para reflejar su existencia.
En todas partes, la inflación monetaria transfiere riqueza real desde las personas corrientes con salarios fijos o con ahorros. En Estados Unidos, por ejemplo, desde la crisis de Lehman el dinero en depósito ha pasado de 5,4 billones de dólares a 12,9 billones. Esto nos da una idea de cuánto se están devaluando los depósitos originales por la inflación monetaria, un efecto continuo que se va revelando gradualmente a través de la disminución del poder adquisitivo de esos depósitos originales. La magnitud de la transferencia de riqueza del público hacia el gobierno y los bancos comerciales, que se suma a los impuestos visibles, está asfixiando la actividad económica.
El supuesto estímulo de una economía por medios monetarios se apoya en un análisis descuidado y en la ignorancia de los perdedores. Por desgracia, es un proceso que, una vez iniciado, resulta difícil de detener sin dejar al descubierto la verdadera debilidad de las finanzas públicas y la fragilidad del sistema bancario. Los gobiernos que cargan con los costes de la asistencia social están en una trampa de deuda de la que carecen de la determinación para salir. Los banqueros centrales piensan, en general, que transformar una economía sin disciplina monetaria en otra basada en principios de dinero sólido corre el riesgo de provocar una crisis bancaria de gran calado.
La crisis llegará, en efecto, pero probablemente se originará en la incapacidad de los individuos, despojados del poder adquisitivo de sus salarios fijos y de sus ahorros, para pagar los precios que les exigen las empresas. Esto se llama una depresión, un término anticuado para referirse a la contracción simultánea de la producción y de la demanda. Ni siquiera los tipos de interés cero o negativos salvarán a los bancos de este suceso cada vez más seguro, por una razón muy sencilla: al continuar la transferencia de riqueza desde los individuos mediante la inflación monetaria, la cura acabará matando al paciente.
Hay una creciente certeza en las perspectivas económicas globales que resulta profundamente alarmante. Las naciones impulsadas por el estado del bienestar siguen empobreciendo a su población al envilecer sus monedas. Como muestra ahora la desesperada expansión monetaria de Japón, lejos de mejorar sus perspectivas económicas, el país se adentra en una depresión cada vez más profunda, para la cual este artículo ofrece la explicación. Por desgracia, todos estamos en el camino hacia el mismo proceso destructivo.