La banca se enfrenta a cambios sísmicos

El papel de los bancos comerciales en la economía global está cambiando: los préstamos a los gobiernos y sus agencias ya son más importantes que los concedidos a las industrias de bienes y servicios. Es una tendencia que va a continuar.

La nueva normativa de Basilea 3 parece destinada a impulsar esta tendencia, a pesar de que se otorga a los depositantes minoristas un estatus de financiación estable. Se prevé que las monedas digitales de los bancos centrales complementen, y quizá sustituyan, el crédito a las empresas no financieras en los próximos cinco a diez años.

Pero la creciente financiarización de la banca comercial conlleva el riesgo de atar su futuro firmemente a una burbuja financiera. Y con la inflación de precios en aumento, es cuestión de muy poco tiempo que esa burbuja estalle.

Este artículo analiza algunas de las implicaciones que tienen para la banca comercial Basilea 3, las CBDC y el cambio en el papel económico de los bancos comerciales.

Introducción

La introducción de la normativa bancaria de Basilea 3 y de los planes de los bancos centrales para las monedas digitales afectará a las prioridades de los bancos comerciales y a su papel en el sistema financiero en su conjunto. Basilea 3, en particular por la aplicación del coeficiente de financiación estable neta (NSFR, por sus siglas en inglés), cambiará las prioridades de la banca al imponer factores de riesgo estandarizados en todo el sector, y las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) amenazan con dejar a los bancos fuera de su papel de intermediarios entre los bancos centrales y los usuarios no financieros del dinero y del crédito.

Pocos miembros del público tienen una opinión favorable de los bancos y de su cártel, por lo que es poco probable que la opinión popular derrame muchas lágrimas si las CBDC los desplazan. Desde que, en el siglo XVII, los orfebres de Londres empezaron a aceptar depósitos por los que pagaban un seis por ciento, con el acuerdo de que no eran fiduciarios del dinero sino propietarios del mismo, la banca ha contravenido el espíritu del derecho romano al recibir depósitos y usarlos a su antojo, sin que los depositantes llegaran a entender plenamente el acuerdo. Esta vulneración del derecho «natural» fue originalmente un dictamen del jurista romano Ulpiano (170—228 d. C.), codificado más tarde por el emperador Justiniano (527—565 d. C.).

Ulpiano tenía razón. Si un depositante desconoce que su propiedad va a ser poseída por otro sin una licencia bancaria, incluso hoy los tribunales lo considerarían una conducta fraudulenta. Pero en 1848 el juez inglés Lord Cottenham, en Foley v. Hill y otros, dictaminó lo contrario para las relaciones bancarias: que un depósito pasa a ser propiedad del banco, a pesar de que la mayoría de los depositantes ignoran que ya no lo poseen. Desde entonces, la práctica de que un banco tome posesión de la propiedad de otra persona y disponga de ella como estime oportuno se ha aceptado de forma indiscutida en el derecho bancario.

Para los economistas clásicos, los bancos son responsables de un ciclo de crédito que primero acelera el progreso de forma insostenible y luego lo detiene cuando se manifiestan las consecuencias negativas de la expansión del crédito. Los keynesianos, que no asocian las crisis bancarias periódicas con una expansión previa del crédito, creen que el dinero y el crédito deben ser guiados por el Estado y culpan a las deficiencias del libre mercado de los fracasos económicos. Además, existe la percepción pública de que los banqueros están demasiado dispuestos a negar crédito a la gente honrada mientras se pagan bonificaciones enormes, una combinación malévola que alimentó especialmente el discurso político tras la quiebra de Lehman. Desde cualquier ángulo, los bancos parecen estar siempre bajo ataque.

Desde la perspectiva de un banquero, el discurso político en particular tiene que ser controlado, y por eso los bancos son grandes donantes de fondos de campaña en Estados Unidos. Su influencia política en otras jurisdicciones sigue líneas similares a las de otras empresas, principalmente a través del cabildeo, que quizá sea menos evidente para el público pero es igual de eficaz. Los políticos, los bancos centrales y los reguladores consultan a los bancos antes de introducir cambios normativos, y a menudo son los abogados contratados por los grandes bancos quienes acaban fijando la agenda regulatoria.

La introducción de la normativa NSFR de Basilea 3 ha seguido un camino distinto al de la evolución regulatoria nacional, en gran medida al margen de estas influencias. Al elaborar normas supranacionales por encargo del G20, el Comité de Basilea queda en general fuera del alcance del cabildeo de los bancos y del ejercido sobre los políticos nacionales y sus organismos reguladores. Tras la quiebra de Lehman, tanto el encargo como el objetivo eran sencillos: evitar que el riesgo de la quiebra de un banco provocara la de otros. Después de muchos retrasos (la normativa NSFR definitiva se publicó en octubre de 2014), este aspecto de Basilea 3 se está aplicando ahora.

Está por ver si logrará su objetivo. Los reguladores nacionales siempre han podido suavizar en aspectos menores algunas partes de la normativa de Basilea. Pero parece un intento razonable de asegurar que la financiación de activos ilíquidos o arriesgados no dependa en exceso de los depósitos líquidos.

En contraste con la imposición de una norma regulatoria global bajo Basilea 3, las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) siguen en fase de concepto. Los bancos centrales debaten la posibilidad de emitir una nueva forma de moneda fiduciaria directamente al público en general, o a parte de él, con el fin de dirigir moneda adicional a aquellas áreas que la expansión del crédito de los bancos comerciales no parece alcanzar. Alternativamente, la emisión de una CBDC podría utilizarse para promover objetivos económicos y políticos concretos, como beneficiar a las empresas y actividades asociadas al cambio climático. Desde luego, resulta menos polémico que pagar costosos proyectos políticos con impuestos adicionales.

La producción y difusión de las CBDC son proyectos enormes, que exigen que todas las empresas y consumidores tengan cuentas en un organismo bajo el control directo del banco central. Será necesario coordinar los registros fiscales, de prestaciones sociales y de otro tipo del Estado para garantizar que todas las cuentas creadas para las CBDC sean genuinas y aptas para lo que el banco central disponga en cada momento. Obligará tanto a consumidores como a empresas a ceder el control de sus actividades al Estado, lo que plantea cuestiones profundas de libertad personal. Casi con seguridad exigiría que los bancos centrales rindieran más cuentas ante los políticos, lo que socavaría el concepto de su independencia respecto de las influencias políticas.

Parece que las CBDC son un proyecto a largo plazo todavía en sus primeras etapas, cargado de problemas difíciles de abordar y que requerirá una legislación extensa y polémica.

El papel actual de los bancos

Es necesario corregir importantes malentendidos sobre el papel de los bancos en la economía. Tanto sus usuarios como sus reguladores parecen desconocer la verdadera motivación de un banquero comercial, o bien fijarse solo en un aspecto de la banca e ignorar los demás.

Es habitual que los depositantes crean que han depositado dinero en su banco, cuando en realidad han transferido un crédito a la posesión del banco. Incluso si han ingresado efectivo físico en su banco, no han contribuido a un depósito. Lo que han hecho es aumentar la deuda del banco con ellos, y el banco utilizará esos saldos como crea conveniente. La prueba definitiva es lo que ocurre si el banco es declarado insolvente: el depositante descubrirá entonces que es simplemente un acreedor.

Por supuesto, en algunas jurisdicciones existen sistemas de protección de depositantes, pero se puede argumentar que protegen a los bancos de las retiradas masivas de fondos de siempre más que a los depositantes. Es importante señalar que un sistema de protección de depositantes aísla a los bancos de la anticipación de sus depositantes ante una quiebra inminente. Junto con la exclusividad que supone obtener una licencia bancaria, los sistemas de protección de depósitos reducen sustancialmente el sentido de responsabilidad del banco a la hora de atender las necesidades y los deseos de sus clientes depositantes. La atenuación de la responsabilidad del banco ante sus depositantes actuales y futuros fomenta una actitud desenfadada hacia su propia reputación.

En la práctica, los reguladores han buscado, como cuestión de política, que el riesgo bancario sea a prueba de depositantes. Tanto los reguladores como los bancos centrales ven a los bancos comerciales como intermediarios entre depositantes y prestatarios, y toda su concesión de licencias, su regulación y su política monetaria se basan en esa creencia. Pero, como se aprecia en el caso Foley v. Hill y otros , los hechos jurídicos son otros: los depositantes no tienen ningún derecho sobre lo que antes era su propiedad.

A pesar de los hechos, la idea convencional es que la banca consiste en negociar intereses entre depositantes y prestatarios. Solo son banqueros quienes prestan el dinero de otros. Y mientras sus prestatarios devuelvan el dinero al banco antes de que deba restituirse a los depositantes, el banco seguirá siendo solvente. Dado que los depositantes pueden retirar sus depósitos, por lo general, con poco o ningún preaviso, y que los préstamos son menos líquidos en su reembolso, hasta Basilea 3 se consideraba que mantener la solvencia era sobre todo una cuestión de experiencia y cálculo por parte de los banqueros.

Solo una pequeña parte del origen de estos depósitos es dinero propiamente dicho. La mayoría procede del crédito: pagos, salarios, ventas de bienes y servicios y similares, cuyo origen son otras cuentas bancarias. Si rastreamos aún más atrás, debemos tener en cuenta que el dinero es el único bien que no se consume, y que un pago actual es el resultado de una serie de pagos que, cuando no se hacen en efectivo, se originaron siempre en crédito bancario. E incluso el efectivo es en realidad crédito cuando no es metálico: en ese caso procede de un banco central y constituye una deuda con él.

Podemos estimar de forma aproximada el crédito procedente originalmente de un banco central frente al que se origina en un banco comercial. Los pagos totales del sector no financiero guardan relación con la producción bruta de una economía. La producción bruta es la suma de todas las transacciones que abarcan los pasos intermedios de la producción de bienes y servicios hasta las ventas finales a los consumidores, inclusive. En el caso de EE. UU., esta cifra fue de aproximadamente 39,5 billones de dólares en el año hasta el primer trimestre de 2021[i]. La base monetaria de la Fed era entonces de 5,8 billones de dólares, lo que indica que el origen de los pagos podía atribuirse al crédito bancario casi siete veces más que al crédito procedente de la Fed.[ii] En el pasado, la proporción era en realidad mucho mayor. Antes de que la Fed ampliara su balance como respuesta a la crisis financiera de 2008-09, los pagos originados en crédito bancario superaban en más de 30 veces la base monetaria de la Fed.

El cambio en esta proporción es una consideración importante para la relación futura entre los bancos centrales y los comerciales, y se analiza más adelante en este artículo.

Al depositante no se le ocurre que, de media, solo una séptima parte de sus dólares tiene origen en el banco central, frente a los que proceden del crédito de los bancos comerciales. Tampoco nadie puede distinguir entre ambos, pues las dos fuentes de crédito son totalmente fungibles. Pero sí muestra hasta qué punto las economías modernas han pasado a depender de la expansión del crédito bancario en lugar del crédito del banco central. Y hoy nos referimos a crédito basado en dinero emitido de la nada, el desarrollo lógico del trato fraudulento que el prestamista daba a la propiedad ajena, identificado como tal por el jurista romano Ulpiano hace 19 siglos.

La menguante importancia del crédito bancario para la industria

Se suele suponer que el crédito bancario se crea mediante dinero que se presta y así surge, y que el sistema bancario en su conjunto recicla la expansión de los préstamos en depósitos a medida que estos se van utilizando. Los desequilibrios entre bancos individuales se concilian después a través de los mercados monetarios mayoristas. La mayoría de los comentaristas explica la creación y la expansión del crédito bancario de este modo. Pero no es así como funciona en realidad.

De hecho, los bancos expanden el crédito mediante un proceso de contabilidad por partida doble. Una vez firmado un contrato de préstamo, el banco anota en su balance el valor del préstamo como un activo. Al mismo tiempo, abona en la cuenta corriente de la contraparte el importe del préstamo, que para el banco es un pasivo equivalente al préstamo registrado como activo. A medida que la línea de crédito se utiliza o se amortiza, ambos lados del balance del banco se ajustan de forma simultánea. La cuenta del cliente en el banco no refleja necesariamente la contabilidad por partida doble del propio banco, y normalmente muestra solo el saldo neto del cliente.

Los procedimientos contables internos de un banco quedaron confirmados, en la práctica, por el caso Foley contra Hill y otros mencionado más arriba, y ya eran una práctica habitual antes. Lo importante es que los bancos crean crédito a partir de los contratos de préstamo sin que intervenga ninguna otra parte. El papel de los mercados mayoristas no tiene nada que ver con la creación de crédito, pues se limita a cubrir otras necesidades de las relaciones interbancarias.

Desde la erosión y el final de la ley Glass-Steagall, que se introdujo en 1933 para separar la banca comercial de ciertas actividades de banca de inversión, la creación de crédito bancario para préstamos convencionales ha sido superada por otras actividades bancarias. Incluso antes de la desregulación financiera de Londres en la década de 1980, grandes bancos estadounidenses como Citibank ya consideraban los ingresos por comisiones una fuente de ingresos cada vez más importante en comparación con el margen de intereses procedente de los préstamos bancarios.

El grado en que ha cambiado la banca estadounidense se refleja en la publicación H.8 de la Fed para los 25 mayores bancos nacionales (Tabla 6). De un total de 9,128 billones de dólares de crédito bancario entre ellos, solo 1,269 billones se prestan a empresas comerciales e industriales, frente a 5,653 billones al Gobierno y sus agencias, sobre todo en forma de valores. Estas cifras desmienten la idea de que el crédito bancario apoya principalmente al comercio.

Debemos preguntarnos, por tanto, cuál es la finalidad actual y futura de los bancos comerciales, y si sus intereses coinciden con los de la sociedad en su conjunto.

Los bancos comerciales y su relación con la actividad económica

A la vista de sus balances, podemos comprobar que los grandes bancos estadounidenses amplían el crédito, en su inmensa mayoría, en beneficio de los gobiernos y de los intereses gubernamentales. La situación de los bancos estadounidenses más pequeños se inclina más a favor del crédito a las empresas, pero aun así es un 60 % inferior al total de sus préstamos al Gobierno Federal y a sus agencias. Sin duda, la reducción relativa del crédito a empresas no financieras se debe al aumento de la financiación que necesitan los gobiernos en general en un mundo posterior a la crisis de Lehman, a la mayor percepción del riesgo relativo de los préstamos y a la tendencia general hacia las actividades puramente financieras y la titulización.

La concesión por parte de los gobiernos de licencias a los bancos para realizar actividades que de otro modo no estarían permitidas también parece haber fomentado una tendencia a usar las licencias bancarias de forma más amplia. En especial en el caso de los grandes bancos, las actividades tradicionales de préstamo han pasado a ser una prioridad menor.

La capacidad de crear cualquier forma de dinero o de crédito de la nada parece tentar, sin duda, a los bancos a alejarse de su propósito comercial original, aunque ese propósito en realidad nunca existió, salvo en la mente colectiva del público. Hay pocas dudas de que sus clientes ven a los bancos como intermediarios entre depositantes y prestatarios y, en su mayoría, desconocen que pueden crear crédito, y mucho menos cómo lo hacen. Asumen, de manera natural, que la banca consiste simplemente en prestar ahorros que ya existen. Esta suposición coincide también con el enfoque regulatorio, que aborda los riesgos sistémicos en interés de los depositantes limitando la relación entre el capital propio de un banco y el tamaño de su balance. Antes se le llamaba banca de reserva fraccionaria, por las normas que históricamente buscaban controlar esa proporción.

El hecho de que un banco pueda crear sus propios depósitos lo libera de la obligación comercial de ofrecer un depósito seguro para el crédito que se debe al público en general. En consecuencia, es poco probable que se cumpla la suposición de que los intereses comerciales de un banco coinciden de algún modo con los de sus clientes, que es la base común del éxito de los mercados libres cuando cada uno actúa en su propio interés. Si se cumpliera, veríamos bancos que se centran más en el cliente. Veríamos bancos que trabajan activamente para ayudar a sus clientes, en lugar de esconderse tras las normas y culpar a los clientes de permitir accesos fraudulentos a sus cuentas, algo que ocurre cada vez con más frecuencia.[iii]

A pesar de las enormes cantidades de dinero que se originaron como crédito bancario, al descuidar su relación con el público en general los sistemas bancarios comerciales nacionales han abierto la posibilidad de una reforma radical. Además, la nueva normativa de Basilea 3 parece destinada a desincentivar los préstamos a empresas.

El cálculo del NSFR considera que los depósitos corporativos a favor de entidades no financieras con vencimiento inferior a un año son una fuente de financiación disponible menos estable que los depósitos minoristas, y les asigna un recorte del 50 % para financiar los activos del balance. Por tanto, los depósitos registrados de esta fuente son una financiación poco eficiente para los activos en comparación con los depósitos minoristas y los de pequeñas empresas, que solo sufren un recorte del 5 % o del 10 % a efectos de financiar el lado del activo del balance de un banco. La teoría es que, con las antiguas retiradas masivas de depósitos por parte de los clientes minoristas ya confinadas, ojalá, al pasado, los depósitos minoristas pueden considerarse una fuente de financiación del balance casi tan estable como el capital propio del banco. Pero las grandes empresas pueden desestabilizar con mucha facilidad el balance de un banco si se les permite retirar fondos con poco preaviso.

La lógica parece impecable, hasta que se considera en el contexto de la contabilidad por partida doble de un banco. Supongamos que un cliente corporativo solicita un préstamo puente, o bien una línea de capital circulante. Si se concede cualquiera de los dos, el banco lo anota como un activo y, al mismo tiempo, registra la posición como un depósito corporativo equivalente. Podemos estar seguros de que, cuando un activo y un depósito están relacionados de este modo, escapan a los dos elementos de Basilea 3 que importan: el ratio de cobertura de liquidez (LCR, que favorece los activos de alta calidad) y el NSFR antes mencionado. Pero todavía no hemos visto cómo afectará el cambio a las prácticas de préstamo. En este contexto, conviene señalar que el recorte del 50 % sobre los depósitos corporativos que no se corresponden con un préstamo originario registrado como activo del banco resulta poco atractivo como medio de financiación del balance.

Si un banco da prioridad a otros pasivos para financiar su balance, su negocio corporativo en conjunto saldrá inevitablemente perjudicado. Y si se desalienta el negocio de depósitos de los clientes corporativos al no ofrecer servicios de depósito corporativo, se pondrá inevitablemente menos énfasis en el negocio corporativo en general, lo que reducirá la participación de todo el sector bancario en la provisión de crédito a las empresas industriales y de servicios. Por tanto, parece probable que Basilea 3 acabe reforzando la tendencia hacia la financiarización de la banca, la adquisición de deuda pública y de deuda respaldada por el Estado, la acumulación de reservas en los bancos centrales y los préstamos a instituciones financieras. El crédito al sector corporativo no financiero parece quedar huérfano a raíz de estos acontecimientos.

Los bancos centrales prevén un vacío que llenar

La lógica que subyace al futuro despliegue de las CBDC debe incluir el reconocimiento de que los préstamos bancarios se están alejando de las actividades no financieras. Ya hemos señalado que una consecuencia de la expansión de los balances de los bancos centrales ha sido reducir la relación entre la producción bruta de EE. UU. y el balance de la Fed de 30 a 1 a 7 a 1 en los últimos trece años. Proyectar esta tendencia hacia el futuro sugiere que esta ratio seguirá cayendo y que la Fed tendrá que plantearse su papel económico desde esa perspectiva.

Para los burócratas del Estado, una CBDC es una solución atractiva, lista para implantarse en un plazo de cinco a diez años. Permite que un organismo gubernamental se dedique a la banca patrocinada por el Estado, sustituyendo el crédito de la banca comercial por una moneda digital aplicada a estimular las actividades económicas que se consideren de interés público. La recopilación y el uso de datos empresariales y personales, hasta ahora mantenidos en compartimentos separados, pasan a estar plenamente justificados. Una CBDC representa la cumbre de la socialización monetaria y económica.

Pero hay un panorama más amplio…

Detrás de la comodidad de una solución basada en las CBDC, se están dando por supuestas o se están ignorando consideraciones monetarias y económicas importantes. Mientras se espera que el crédito de los bancos centrales y comerciales siga expandiéndose para financiar el gasto público y la inflación de activos, las consecuencias cada vez más evidentes para los precios llevarán con toda seguridad a tipos de interés más altos, y pronto. Los bancos centrales descubrirán que tienen que intensificar sus intentos de sostener los precios de los activos en los mercados financieros, mediante una expansión monetaria aún mayor, o arriesgarse a ver cómo la burbuja de activos implosiona. Al embarcarse en una política de generar confianza económica mediante un mercado alcista perpetuo, los bancos centrales han atado el destino de sus monedas a los mercados de acciones y bonos.

La estrategia de los grandes bancos comerciales, cada vez más dedicados a actividades puramente financieras y dando la espalda a la expansión del crédito no financiero, les ha llevado a cambiar un riesgo por otro. Además, en las actividades financieras los bancos están cada vez más ligados al destino de los demás, al cambiar el riesgo de contraparte de los deudores industriales por el de otros bancos. Y esto no importa en ningún sitio más que en las relaciones bancarias transfronterizas, donde los bancos infracapitalizados de, por ejemplo, la UE plantean un riesgo sistémico global que no queda cubierto por el NSFR de Basilea 3.

En cuanto a las CBDC, el tiempo que lleva introducirlas, incluida toda la legislación necesaria, hace improbable que lleguen a tener importancia. La burbuja financiera habrá estallado mucho antes.


 



[i] Véase https://fred.stlouisfed.org/series/GOAI

[ii] Es un error común equiparar los pagos con la llamada velocidad de circulación. Los consumidores perciben sus salarios y beneficios a lo largo de un año y después los gastan y los ahorran. Aportan al Estado sus impuestos, que este gasta una sola vez. Además, la producción se vende una sola vez. Las transacciones de segunda mano quedan excluidas de las estadísticas nacionales.

[iii] Es absurdo, como a menudo afirman los bancos, que el dinero sustraído de las cuentas de los clientes mediante fraude no pueda rastrearse. Con la única excepción del efectivo físico, siempre se conoce el destino de los fondos. La actividad inusual se identifica con facilidad, se avisa al banco receptor y se solicita la devolución de los fondos. El hecho de que todo el sistema bancario se haya negado a implantar los procedimientos necesarios podemos tomarlo como indicio de la importancia que se concede a la protección del depositante.
 





Los puntos de vista y opiniones expresados en este artículo son los de los autores y no reflejan los de Goldmoney, salvo que se indique expresamente. El artículo tiene únicamente fines informativos generales y no supone que Goldmoney o los autores te ofrezcan asesoramiento jurídico, financiero, fiscal, de inversión o contable. No debes actuar ni basarte en ninguna información contenida en el artículo sin antes recabar asesoramiento profesional independiente. Se ha procurado que la información del artículo sea fiable; sin embargo, Goldmoney no garantiza que sea exacta, completa o actual, ni que deba tomarse como indicación de resultados futuros, y no debe confiarse en ella como tal. Goldmoney no se hará responsable de ninguna reclamación, pérdida, daño o molestia causados como consecuencia de cualquier información u opinión contenida en este artículo, y cualquier acción que se emprenda a raíz de las opiniones e información de este artículo será bajo tu propio riesgo.
Volver a los análisis de Goldmoney