Los economistas convencionales parecen tener problemas para entender los precios. Pueden dibujar curvas de oferta y demanda y hablar de elasticidad.
Seguro que les han enseñado la teoría cuantitativa del dinero. Pero se trata solo de conceptos, puntos de debate en un aula, con un valor práctico limitado. La consecuencia de sustituir la realidad de los precios por conceptos sobre ellos es que los economistas modernos no aprecian las consecuencias de la política monetaria.
El error más común es asociar el aumento de precios únicamente con un incremento de la demanda de bienes y servicios, lo que dificulta imaginar una inflación de precios sin crecimiento económico. La estanflación, o inflación en una economía estancada, se convierte en una sorpresa desagradable, pero se explica fácilmente a nivel transaccional. En la fijación del precio de cualquier cosa, tanto la oferta de los bienes en cuestión como la cantidad de dinero disponible influyen de forma fundamental. Sin embargo, estos factores no se tienen necesariamente en cuenta cuando se venden los bienes y a menudo se ignoran.
Lo esencial es que los consumidores dan por hecho que un dólar es un dólar y, para el gasto cotidiano, nunca cuestionan el valor del papel moneda. La gente dirá que sabe que el poder adquisitivo del papel moneda disminuye con el tiempo, pero aun así espera que los precios de los bienes cotidianos sean mañana los mismos que hoy. Si suben, normalmente culpan al comerciante o quizá a alguna escasez concreta, sin darse cuenta de que son víctimas de algo que por otra parte conocen: la pérdida de poder adquisitivo del dinero. A medida que avanzan las inflaciones monetarias llega un punto en que esta percepción cambia. Cada vez más consumidores se darán cuenta de que lo que ocurre es que el dinero fiduciario pierde poder adquisitivo, y no que los precios de los bienes suban. La confianza en el papel moneda empieza a evaporarse y comienza el traslado hacia los bienes físicos, al principio de forma gradual y después a un ritmo creciente. Es lo que el economista austriaco von Mises llamó «Katastrophenhausse»: el auge del colapso. Hoy, con un papel moneda que no está respaldado por nada más que la confianza del público, estamos lógicamente expuestos en cualquier momento a una nueva katastrophenhausse si esa confianza se ve cuestionada.
Además de la confianza, el interés que genera el dinero fiduciario es el único respaldo real que tiene. Por desgracia, el remedio de subir deliberadamente los tipos de interés no es viable, debido a los niveles muy elevados de deuda pública y privada. Disparar los tipos de interés solo llevará a la quiebra a gobiernos y otros prestatarios insolventes, y los costes de los intereses acabarían cubriéndose con la creación de aún más dinero fiduciario.
En algún momento, los excesos de la inflación monetaria socavarán los precios, con independencia de la situación económica, y plantearán dudas fundamentales sobre el poder adquisitivo y la confianza en la moneda fiduciaria. Entonces, ¿qué hace un banquero central? Si mantiene bajos los tipos de interés, se produce un auge del colapso. Y si sube los tipos de interés, la inflación monetaria se acelera aún más deprisa, lo que de nuevo conduce a un auge del colapso.
Es una trampa de deuda clásica: no hay salida buena, hagas lo que hagas. Lo importante para los propietarios de oro y plata es que la subida de los tipos de interés debería impulsar los precios al alza, y no frenarlos, como podrían esperar algunos comentaristas.