Se ha producido un gran cambio en el sentir político de los líderes del G8 hacia una menor austeridad y un mayor énfasis en el crecimiento económico, algo que quedó patente en su reunión del fin de semana pasado.
Los detonantes son la elección de François Hollande, la amenaza de colapso de la eurozona y las inminentes elecciones presidenciales en EE. UU. El obstáculo en la eurozona es Alemania, cuyos ciudadanos tienen que pagar, echando sus limitados ahorros a un problema aparentemente ilimitado. El FMI también opinó el martes pasado sobre el Reino Unido, afirmando que podría ser necesaria una nueva flexibilización cuantitativa en el país.
Dejando a un lado la política del G8, los problemas de la eurozona han llegado a un punto crítico: está claro que hace falta mucho más dinero para ganar algo de tiempo o se enfrenta a un colapso sistémico. Los problemas de Grecia ya son bastante graves, pero España, Italia, Bélgica, Irlanda y Portugal también están atrapados en trampas de deuda de las que no hay una salida evidente. Incluso Francia tiene un problema bancario en desarrollo: un gran prestamista hipotecario respaldado por el Estado, rebajado por Moody's, tiene dificultades para financiar su balance. Los bancos comerciales franceses también están terriblemente expuestos a Italia, España y Bélgica.
A menudo nos centramos en las finanzas de los Estados y olvidamos el impacto de la crisis sistémica en el sector privado. El aumento de los costes de endeudamiento de los gobiernos eleva los tipos de los préstamos hipotecarios, lo que, inevitablemente, debilitará los mercados inmobiliarios sobreapalancados, en particular los de Portugal, España e Irlanda. La entidad francesa mencionada antes, Caisse Centrale du Credit Immobilier, corre el riesgo de necesitar un rescate estatal, y eso en un país en el que no se pensaba que hubiera problemas en el mercado inmobiliario residencial. Los tipos hipotecarios en el Reino Unido también están subiendo, a medida que los prestamistas endurecen sus criterios de concesión, y las viviendas no se venden. Y el efecto de la subida de los tipos de interés en otros mercados inmobiliarios es evidente. Es pronto para saberlo, pero parece que estos mercados inmobiliarios vuelven a estancarse, lo que preocupará a los bancos centrales.
Su mayor temor ha sido siempre un colapso por deflación de deuda, en el que la caída de los precios de los activos desencadena una liquidación de garantías que se retroalimenta. Los bancos centrales deben de pensar que el riesgo de que esto ocurra vuelve a aumentar. Todo ello suma presión sobre el Banco Central Europeo para que se una a la Fed y al Banco de Inglaterra en una nueva expansión de la política monetaria.
Es posible que los historiadores recuerden la reunión del G8 de la semana pasada como el momento de la crisis en el que se dio luz verde a los bancos centrales para una última y catastrófica relajación monetaria. Vuelve a ser el momento de los keynesianos, que tienen la oportunidad de presionar con fuerza para lograr una expansión del dinero y del gasto al estilo de Roosevelt. Tanto Obama como Hollande son partidarios de este enfoque, y los políticos más conservadores que podrían oponerse no tienen un conocimiento suficiente de la teoría económica sólida para presentar un contraargumento válido. Pero el estímulo de Roosevelt no evitó una nueva recesión en 1938, nueve años después del crac de Wall Street de 1929, y no es un precedente alentador para la situación actual.
Una nueva oleada de estímulos parece destinada a socavar la confianza en el dólar y, ahora también, en el euro. Y a medida que los alemanes se den cuenta de la posibilidad de sufrir la tercera destrucción de su moneda en un siglo, solo les quedará una vía de escape: acumular oro.