Historia de dos civilizaciones

En los últimos años, los intentos fallidos de Estados Unidos por contener a China como potencia hegemónica rival solo han servido para fomentar la antipatía china hacia el capitalismo estadounidense. China se refugia ahora en la comodidad de sus valores morales de siempre, que se describen mejor como una mezcla de confucianismo y marxismo, mientras desprecia el individualismo estadounidense, su descuido de los valores familiares y su fomento de la especulación financiera para enriquecerse rápidamente.

Tras la derrota de Estados Unidos en Afganistán, la cuestión geopolítica es ahora Taiwán, donde la situación se calienta a raíz del acuerdo AUKUS. Taiwán es importante porque produce dos tercios de los chips informáticos del mundo. Mientras tanto, los grandes bancos estadounidenses se muestran complacientes con respecto a Taiwán y prefieren relamerse ante las perspectivas de negocio del mercado chino de servicios financieros, que asciende a 45 billones de dólares.

Es probable que el desenlace de la cuestión de Taiwán lo decida la evolución de los factores económicos. China se protege de una crisis crediticia global restringiendo la creación de crédito, mientras que Estados Unidos se lanza de lleno a la MMT. Es probable que el resultado sea una crisis combinada de los mercados financieros y del dólar para Estados Unidos, que arrastrará también a sus epígonos occidentales. China se ha protegido acaparando el mercado del oro físico y acumulando en secreto hasta 20 000-30 000 toneladas en sus reservas nacionales.

Si el dólar fracasa, algo que, sin un cambio radical de política monetaria, está en camino de ocurrir, China espera, gracias a su respaldo en oro, no solo sobrevivir, sino también poder integrar Taiwán en su territorio con poca o ninguna oposición.

Introducción

Por un lado tenemos a Estados Unidos y por otro a China. Como civilizaciones, Estados Unidos está abandonando sus valores morales y sus estructuras sociales, mientras que China está decidida a mantenerse fiel a sus raíces confucianas y marxistas. Estados Unidos tiende a no reconocer como civilizada a ninguna otra civilización, mientras que los dirigentes de China han visto la versión estadounidense y la rechazan. Ambas formas de civilización se muestran aisladas la una de la otra, y la necesidad de que cooperen pacíficamente en un mundo multipolar se ve cada vez más obstaculizada.

Comprender el punto de vista de otra nación es esencial para la armonía pacífica. Esta verdad evidente ha sido ignorada no solo por Estados Unidos, sino por la alianza occidental bajo la coerción estadounidense. El Gobierno Federal y sus agencias llevan a cabo un esfuerzo de propaganda contra las exportaciones y la tecnología de China, mientras que el estadounidense medio parece preocuparse menos. Quizá podamos atribuirlo a que una nación basada en inmigrantes tiene una psicología más cosmopolita que su establishment, predominantemente anglosajón.

En Europa, a veces parece ocurrir lo contrario, ya que los políticos están más dispuestos a tolerar a China que sus homólogos estadounidenses. Pero ahí interviene la geografía: las rutas de la seda no pasan por Estados Unidos, mientras que los enlaces ferroviarios entre China y Europa Occidental funcionan con eficacia y permiten un comercio vital entre ambas.

Rara vez se tiene en cuenta la interdependencia económica. Tampoco las posibles consecuencias de unas políticas económicas y monetarias divergentes. Mientras China ha estado restringiendo el crédito interno, Occidente ha estado emitiendo moneda y crédito como marineros borrachos en un permiso en tierra. Privada de crédito adicional, la economía china se ha frenado deliberadamente, y se está gestando una crisis, real o imaginaria, en sus mercados inmobiliarios. Solo ahora se ha hecho evidente que las principales economías occidentales se encuentran con problemas propios.

La desestabilización económica aumenta el riesgo de conflicto, y quizá el momento en que se acumulan las tensiones en el mar de la China Meridional y en torno a Taiwán no sea casual. En Wall Street reina un aire de complacencia, y la comunidad inversora estadounidense, liderada por los grandes bancos, ignora los riesgos que va generando esta disfunción. En el contexto del deterioro de las relaciones entre China y Estados Unidos y del creciente desprecio de China hacia la determinación política estadounidense, Taiwán adquiere una importancia geopolítica extrema.

Los planes de China para Taiwán

Taiwán está en el punto de mira geopolítico mundial, con el presidente Xi insistiendo en que debe volver a China. Occidente, que en el pasado no protegió a Taiwán de las pretensiones de soberanía de China, avalándolas así, solo ahora acude tardíamente en su ayuda con una nueva estrategia para el Pacífico. Pero las señales que ya se han enviado a los chinos son que la alianza occidental está demasiado dividida y es demasiado débil para impedir una toma de control china. Sin duda, este es el razonamiento que hay detrás de los intentos de China de provocar un ataque contra su fuerza aérea invadiendo el espacio aéreo de Taiwán. Y todo lo que Occidente puede hacer es lanzar advertencias simbólicas haciendo navegar portaaviones por el estrecho de Taiwán.

Taiwán importa, al ser la fuente de dos tercios del suministro mundial de microchips. Frente a un Occidente pusilánime, este hecho otorga un gran poder a China, que junto con Taiwán acapara el mercado. Además, los grandes bancos de Wall Street se relamen ante la perspectiva de participar en el mercado de servicios financieros de China, de 45 billones de dólares, y se están preparando para ello. Con ello, China se ha asegurado de que el sistema bancario estadounidense tenga demasiado invertido como para apoyar a la administración de EE. UU. en cualquier escalada de la cuestión de Taiwán.

El momento concreto en que China ha escalado la cuestión de Taiwán parece estar relacionado con el acuerdo de submarinos nucleares AUKUS. Siendo así, la pugna de posiciones entre China y la Alianza Occidental no ha hecho más que empezar. Hay cuatro desenlaces posibles: que China dé marcha atrás y la tensión se reduzca, que Estados Unidos y la Alianza Occidental den marcha atrás y China se quede con Taiwán, que haya un acuerdo negociado, o que estalle una guerra militar contra China.

En este contexto es importante entender la cuestión de la civilización, que divide cada vez más a China y a Estados Unidos. Hay pocas dudas de que la relación hasta entonces normal entre Estados Unidos y China se vio alterada cuando el presidente Trump adoptó una postura nacionalista. Su política de «hacer grande a América de nuevo» fue una declaración de guerra comercial. Fue acompañada de un ataque político contra Hong Kong, que llevó a China a poner Hong Kong bajo el control directo de la China continental. Siguió una guerra tecnológica, que condujo a la detención en Canadá de la hija del fundador de Huawei.

Parece que apenas hay cambios en la política del presidente Biden hacia China. Ahora que su administración se ha asentado, China empieza a ponerla a prueba con Taiwán. Para entenderlo en su contexto, conviene comprender la cultura china y por qué el Estado la defiende tanto, así como la forma en que la dirigencia ve a Estados Unidos y sus debilidades. Porque eso es lo que está detrás de su divergencia económica con Occidente.

El cambio de la cultura política de China

Desde que se convirtió en presidente, Xi ha reformado la maquinaria estatal de China. Tras asumir el poder en 2012, necesitaba despejar el terreno de los intereses corruptos y arraigados del régimen anterior. Puso en marcha la Operación Caza del Zorro contra funcionarios corruptos que, según las estimaciones, habían puesto a buen recaudo en el extranjero el equivalente a más de un billón de dólares. En 2015, más de 180 personas habían sido devueltas a China desde más de 40 países. El antiguo jefe de seguridad Zhou Yongkang y el antiguo viceministro de seguridad Sun Lijun acabaron en prisión, y la poderosa facción de la Liga de la Juventud Comunista de Hu Jintao quedó marginada.

Al tratar sin contemplaciones a los funcionarios corruptos, Xi se deshizo de los intereses arraigados que habrían podido socavar su posición. Consolidó tanto su apoyo popular como su férreo control del Partido Comunista para la década siguiente. Sus índices de aprobación pública siguen siendo extraordinariamente altos hasta hoy.

En el frente económico, Xi se enfrentó a grandes desafíos. Tras convertirse China en el fabricante del mundo, se abrió una profunda brecha de riqueza entre los concentrados centros manufactureros y la China rural. Unos 600 millones de personas siguen subsistiendo con unos ingresos mensuales inferiores a 1000 yuanes (156 dólares). Una población urbana en rápido crecimiento ha ido desprovendo a la economía rural de recursos humanos y debilitando la cultura familiar.

La disparidad de riqueza entre la ciudad y el campo se ha convertido en un importante asunto político, y por eso, además de reorientar recursos hacia la agricultura, Xi ha puesto freno a los empresarios superricos y a sus salidas a bolsa récord. En su política de Prosperidad Común, Xi declaró que no estaba dispuesto a permitir que se ensanchara la brecha entre ricos y pobres, y que la prosperidad común no era solo una cuestión económica, sino «un gran asunto político relacionado con los fundamentos de gobierno del partido».

Tras décadas de comunismo bajo Mao, y después de la recuperación y el desarrollo iniciales de China, Xi está ahora poniendo coto al capitalismo sin trabas. Él y sus asesores han observado la desintegración de los valores familiares en Estados Unidos y el auge del individualismo a costa de la vida familiar, y cómo, a través de la cultura popular, la juventud china va adoptando esas tendencias. El Estado ha cerrado ya las redes sociales de estilo occidental y ha borrado la cultura de las celebridades.

El impacto social del cambio cultural suele pasarse por alto, pero está en primera línea de las consideraciones de los responsables políticos chinos. Durante milenios perduró una civilización china controlada por el Estado. A pesar de la Revolución Cultural, los años de Mao Zedong tras la guerra no lograron borrarla. Nunca simpatizante de los mercados libres, el pensamiento estatista se ha vuelto hacia dentro, hacia Confucio y Marx, para escapar de los evidentes fallos del capitalismo estadounidense y de su deriva desde los valores familiares hacia el individualismo y la especulación desenfrenada.

Esto es lo que Xi refleja en su presidencia. Su principal asesor, su éminence grise, es Wang Huning, que opera en la sombra política. Según todos los testimonios, Wang es extremadamente inteligente, habla francés e inglés, pasó un año en Estados Unidos y es un pensador profundo que, tras examinarlos, ha rechazado los valores occidentales en favor de la tradición china. NS Lyons, analista y escritor residente en Washington, D. C., ha escrito un artículo interesante sobre Wang, publicado en Palladium Magazine; merece mucho la pena leerlo.[i]

Como vimos con la éminence grise temporal del Reino Unido, Dominic Cummings, el poder de influencia de una persona así es considerable, pero siempre dentro de un contexto estatista. La economía de los mercados libres no entra en juego, salvo como fuente de ingresos para financiar ambiciones estatistas. El resultado es una suposición, una ignorancia de los asuntos económicos encubierta por una aceptación automática del statu quo.

Este es el punto débil de Wang y, en la medida en que Xi se apoya en su consejo, también lo es del presidente. Wang parece estar promoviendo una civilización híbrida confuciano-marxista cuyo objetivo es unificar a los numerosos grupos étnicos de China en una cultura fijada por el gobierno, volviendo a una moral de antaño. Si se compara el futuro de China con el de la democracia estadounidense y su degradación moral, el planteamiento es comprensible y cuenta con apoyo popular. Pero la consecuencia es que el Estado se desliza hacia atrás, hacia sus raíces marxistas. El control central de la economía queda ilustrado en la política energética: se ha ordenado a las empresas eléctricas que mantengan las fábricas en marcha sin cortes de suministro, sin importar el coste del carbón y del gas natural. De hecho, el Estado nunca renunció a la gestión de la economía y ahora redobla sus esfuerzos por conservar el control sobre los resultados económicos.

Todo lo que se puede decir es que, hasta ahora, los chinos parecen haber gestionado su economía y su moneda con bastante menos desorden que el Gobierno Federal de Estados Unidos y su banco central.

Las consecuencias políticas también son importantes. Al contener en su propio territorio la marea de la decadencia moral occidental, China se está aislando del resto del mundo dominado por Estados Unidos. Esto se ve reforzado por medidas para desplazar el énfasis del comercio de exportación hacia el consumo interno con el fin de mejorar el nivel de vida. En el proceso, China se convertirá más en una fortaleza económica, interesada sobre todo en África y América como fuentes de materias primas y commodities, más que como mercados de exportación que fomentar. El internacionalismo de China de las últimas cuatro décadas se redirige cada vez más hacia el continente euroasiático, y se limita a él, un espacio sobre el que ejerce mayores grados de control político y económico. Lo que nos lleva de nuevo a las cuestiones de Taiwán y del mar de China Meridional, que China considera una consolidación de sus fronteras políticas y culturales legítimas.

Sin embargo, la creciente autarquía tanto de China como de Estados Unidos hace más difícil resolver pacíficamente la cuestión de Taiwán. Y también debemos tener en cuenta las direcciones opuestas hacia las que derivan sus dos economías, que podrían decidir el resultado.

La situación y las perspectivas económicas de EE. UU.

Existe la suposición errónea de que los problemas económicos de EE. UU. se deben únicamente a las consecuencias de los confinamientos por la covid. Es cierto que la Fed hizo coincidir el recorte del tipo de los fondos federales hasta el límite del cero y su actual e histórico ritmo de expansión cuantitativa (QE) de 120 000 millones de dólares al mes con marzo de 2020, cuando comenzaron los confinamientos en Europa y el Reino Unido. Y empezaba a estar claro, pese a las evasivas del presidente Trump, que EE. UU. seguiría el mismo camino.

Pero eso ignora hechos anteriores a la covid. Probablemente debido a la retirada gradual de la QE en 2019, los mercados financieros anticiparon una recesión incipiente: el S&P 500 cayó un 35 % en 23 sesiones hasta mediados de marzo de 2020, replicando de forma inquietante el crac de Wall Street entre finales de septiembre y finales de octubre de 1929. Hizo falta reducir el tipo de los fondos federales hasta el límite del cero, y que 120 000 millones de dólares mensuales de QE fluyeran hacia los fondos de pensiones y las aseguradoras, para que los mercados volvieran a subir. El rendimiento de los bonos del Tesoro de EE. UU. a 10 años cayó hasta el 0,5 % y los mercados de renta variable se dispararon sobre la base de un nuevo criterio de valoración relativa.

Tras el colapso del mercado de repos en septiembre de 2019, quedó claro que los balances de los bancos estaban demasiado limitados para conceder más crédito bancario y, en circunstancias convencionales, eso podría haber marcado el giro del ciclo del crédito bancario, razón por la cual la comparación con finales de 1929 resultaba tan acertada. Además, una vez estabilizados los mercados financieros, los bancos se interesaron menos por conceder crédito a la economía real (Main Street) que a Wall Street.

La recuperación de la renta variable y su avance hacia nuevos máximos no es más que inflación de activos. Los especuladores se han apresurado a sumar a la liquidez de la QE de la Fed el crédito de los bancos y de la banca en la sombra para entrar en el juego. La figura 1 muestra cómo los préstamos con margen casi se han duplicado a medida que avanzaba el mercado alcista de la renta variable desde finales de marzo de 2020. Nunca se había visto tanto apalancamiento en los mercados de valores de EE. UU.

Illustration accompanying Historia de dos civilizaciones
Durante los confinamientos por la covid, más allá de la mera supervivencia, pocas empresas del sector se plantearon el futuro. Se asumía comúnmente que, al terminar los confinamientos, la actividad volvería a la normalidad. Pero eso no tenía en cuenta el paso del tiempo ni la evolución de las necesidades y los deseos de los consumidores. Dieciocho meses después, comprobamos que las cadenas de suministro siguen descolocadas, alteradas por los cierres de la covid y sin proveer los bienes que ahora se necesitan. Los patrones de demanda de los consumidores no están donde se quedaron: han cambiado radicalmente.

El dinamismo de la economía de EE. UU. está resultando efímero. La avalancha inicial de gasto tras los confinamientos ha remitido y ahora intervienen otros factores. Los cuellos de botella en el suministro, por la falta de componentes, transporte y mano de obra, están empujando los precios al alza a un ritmo que no reflejan las estadísticas oficiales.

En la práctica, el PIB no se deflacta lo suficiente con las subidas de precios en el comercio minorista como para obtener una estimación razonable del PIB real. Con unos precios que probablemente suben a más del 15 % anualizado (Shadowstats.com estimaba un 13,5 % hace tres meses y las presiones alcistas sobre los precios han aumentado de forma notable desde entonces), la economía de EE. UU. se encuentra en una recesión que empieza a replicar la de hace noventa años. La diferencia es que en 1930-33 el dólar estaba sujeto a un patrón de moneda de oro y aumentaba su poder adquisitivo a medida que se retiraba el crédito bancario, mientras que hoy es puramente fiduciario y pierde valor a un ritmo cada vez mayor.

Que los precios suban en general es otra forma de decir que el poder adquisitivo de la moneda disminuye, lo cual, dadas las políticas monetarias de la Fed en los últimos años, no sorprende. La figura 2 muestra el impacto de la política monetaria de la Fed sobre los precios de las materias primas, lo que refleja la debilidad del dólar como medio de intercambio.
 
Illustration accompanying Historia de dos civilizaciones
Dado que los precios de la energía y las materias primas tardan entre unas pocas semanas y seis meses en trasladarse a los precios de consumo, el reciente repunte de los precios de las materias primas sugiere con fuerza que los precios de consumo seguirán subiendo hasta el año que viene. Sin embargo, solo ahora la Fed y otros bancos centrales empiezan a aceptar que la subida de precios no va a ser tan temporal como esperaban al principio. Esto se debe a que lo que ocurre no es que los precios suban, sino que el poder adquisitivo del dólar cae. Cuando lo comprendan del todo, los tenedores extranjeros de dólares, que suman 33 billones de dólares en valores, instrumentos a corto plazo y depósitos bancarios, exigirán una mayor compensación en forma de intereses para seguir manteniendo dólares. Y aquí surge un problema contradictorio.

Una subida de los tipos de interés suficiente para compensar a los tenedores extranjeros de dólares por la pérdida de poder adquisitivo de la moneda socavará el valor de sus acciones estadounidenses, que suman 14 billones de dólares, de los cuales 12 billones están en manos de inversores extranjeros del sector privado. Además, otros 12,5 billones de dólares de fondos extranjeros del sector privado están invertidos en bonos a largo plazo, que también perderán valor. Los tipos de interés más altos provocarán sin duda ventas generalizadas de estos activos por parte del sector privado.

El destino de los 6,6 billones de dólares que el sector oficial extranjero tiene en valores a largo plazo será en parte político, como demuestran las últimas cifras TIC del Tesoro, que mostraron que China vendió 21 000 millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense, mientras que Japón y el Reino Unido compraron 39 000 millones entre ambos. Esto sugiere con fuerza que se están utilizando líneas swap para sostener el mercado de bonos del Tesoro de EE. UU., mientras que, presumiblemente, EE. UU., ya sea a través del Tesoro, del Fondo de Estabilización Cambiaria o de la propia Fed, ha comprado JGB y gilts como contrapartida.[ii]

Conviene señalar este punto porque muestra cómo los bajos rendimientos de los bonos se perpetúan gracias a la cooperación entre los principales bancos centrales, junto con la consiguiente inflación monetaria. Siendo así, los tenedores del sector privado se ven inducidos a error por la estabilidad de precios mientras los bonos están enormemente sobrevalorados.

Otra manera de verlo es que, si John Williams, de Shadowstats, tiene razón sobre las estadísticas de inflación, los bonos del Tesoro de EE. UU. deberían rendir hasta un 10 % a lo largo de toda la curva de rendimientos. Quizá la reciente subida del rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años que muestra la Figura 2 indique el comienzo del proceso de descubrimiento de esto, tanto para los inversores extranjeros como para los nacionales.
Illustration accompanying Historia de dos civilizaciones
El gráfico muestra que, una vez superado el nivel del 1,75 %, el rendimiento tiene un considerable margen de subida, con un cruce dorado formándose por debajo del valor al contado. Si los rendimientos suben desde aquí, no pasará mucho tiempo antes de que los mercados de renta variable lo noten y entren en un mercado bajista en toda regla.

La primera reacción de la Fed ante estos acontecimientos será casi con certeza afirmar que la caída de las acciones es un indicador económico adelantado, lo que sugiere que la economía se enfrenta a una recesión pos-covid. Los tipos de interés no pueden reducirse más, pero se puede intensificar la expansión cuantitativa para limitar los rendimientos de los bonos y animar a los fondos de pensiones y a las aseguradoras a aumentar sus inversiones. Esto supondría un giro de 180 grados respecto a la política prevista de reducir la expansión cuantitativa por las preocupaciones sobre la inflación. Pero en ese momento cabe esperar que el argumento neokeynesiano sostenga que la recesión en marcha compensa con creces las posibles preocupaciones inflacionistas.

Ante la misma dinámica, los demás grandes bancos centrales seguirán sin duda la nueva política de la Fed. Pero, como descubrió John Law en una situación similar en Francia en 1720, manipular un mercado bursátil en declive (en su caso, la empresa del Misisipi) mediante la expansión de la moneda y del crédito acaba fracasando y socavando la moneda. Law destruyó la economía francesa, a diferencia de la burbuja británica de los Mares del Sur, en la que el Banco de Inglaterra no participó y no empleó su moneda para impulsar los mercados.

Hoy parece que el experimento de Law está a punto de repetirse a mayor escala por parte del emisor de la moneda de reserva mundial. Los demás grandes bancos centrales occidentales lo seguirán. Todo el sistema de dinero fiduciario corre el riesgo de verse arrastrado a un fracaso similar al que sufrió la livre francesa. Entonces, ¿en qué posición quedaría China?

Perspectivas económicas y monetarias de China

Como se ha señalado antes, China lleva tiempo siguiendo una senda monetaria distinta de la de la Fed, sobre todo desde marzo de 2020. En consecuencia, el yuan se ha apreciado frente al dólar desde entonces, como ilustra la Figura 4.

Illustration accompanying Historia de dos civilizaciones
Tras cierta incertidumbre inicial, el yuan empezó a subir frente al dólar y ahora está aproximadamente un 10 % por encima del nivel de finales de marzo de 2020. Esto aún no es significativo, porque el índice del dólar ponderado por el comercio ha caído en una cuantía similar. Pero, dada la política monetaria china de frenar la banca en la sombra y la creación excesiva de crédito bancario, frente a las políticas monetarias más expansivas de la Fed, cabe esperar que continúe la tendencia a un yuan más fuerte frente al dólar.

En lenguaje neokeynesiano, China atraviesa un periodo de deflación, con precios a la baja en relación con los medidos en dólares. Pero eso no viene al caso: China ha tenido cuidado de no fomentar la especulación con activos financieros, lo que se refleja en el comportamiento relativo de sus mercados bursátiles, que se muestra en la Figura 5.

Illustration accompanying Historia de dos civilizaciones
Mientras la Fed ha estado inflando los precios de las acciones mediante sus políticas de tipos de interés y monetarias, los chinos han desincentivado la especulación. El resultado es que los activos financieros en China deberían ser menos vulnerables a una caída general del mercado. Ha sido una política deliberada para proteger la economía china desde 2014, después de que el estratega jefe del EPL, el general de división Qiao Liang, convenciera a Pekín de que permitir una especulación sin freno dejaría a los mercados expuestos a un ataque de tipo «pump and dump» por parte de Estados Unidos.

Para los chinos, la especulación financiera excesiva, amparada y fomentada por la Fed, debe de parecer una tapadera de un fracaso económico subyacente. Cada hilo de su análisis debe de apuntar a una desintegración económica de la que China ha de protegerse. Hay que restringir los ritmos de expansión del crédito y permitir que el yuan se aprecie en los mercados de divisas. Debería acelerarse el cambio del énfasis de la política, que pasa de los mercados de exportación a aumentar el consumo interno. En cualquier caso, China es el principal fabricante del mundo, así que ya tiene un buen grado de control sobre los precios de los bienes de consumo en el comercio internacional. Hoy importan más los precios de las materias primas y los productos básicos importados, y las subidas de los precios en dólares de las materias primas y la energía pueden contrarrestarse con un tipo de cambio más alto para el yuan.

La política de menor riesgo del Estado es desvincular discretamente la economía china de la influencia del dólar. Lo viene haciendo desde la caída de Lehman, otro momento clave en el pensamiento chino, al pasar parte de su comercio al yuan y a otras divisas. El análisis cultural es que Estados Unidos está destruyendo ahora su propia moneda rumbo a un desenlace terminal, un resultado que pronosticaron hace más de cincuenta años profesores de economía de las universidades marxistas de China. El camino posterior a Mao, aprovechando los métodos capitalistas estadounidenses, ya no es sostenible.

El respaldo del oro

Al igual que los profesores marxistas de las universidades, los pensadores chinos, como Wang Huning y el propio presidente Xi, siempre creyeron que Estados Unidos carecía de rumbo político y moral y que acabaría destruyéndose. Es de suponer que en Pekín la elección de un impredecible Trump, seguida de un presidente Biden que parece sufrir un declive geriátrico, se interpreta como prueba de que la sociedad estadounidense está, en efecto, a la deriva y se desmorona.

Fue ante este probable desenlace como, en 1983, estrategas chinos con visión de futuro empezaron a acumular oro y a acaparar el mercado mundial de metal precioso. Les habría resultado evidente que algún día bailar con los demonios capitalistas sería demasiado peligroso y que el futuro de China debería asegurarse desde el principio, mucho antes de un colapso capitalista.

En consecuencia, el 15 de junio de ese año se promulgó el Reglamento sobre el Control del Oro y la Plata, que encomendaba al Banco Popular (PBOC) la responsabilidad exclusiva de gestionar el oro y la plata de China, mientras seguía prohibida la propiedad privada. Después, el PBOC empezó a adquirir oro en los mercados extranjeros, una tarea facilitada por el mercado bajista de 1980-2002. Mientras tanto, el Gobierno destinó recursos sustanciales a desarrollar la minería del oro y se convirtió en el mayor productor del mundo por un margen considerable, superando a Sudáfrica, Rusia y Estados Unidos. Las refinerías estatales recibían doré del extranjero, lo que sumaba a la acumulación.

Solo después de que el PBOC hubiera acumulado suficiente metal precioso a partir de las importaciones y de la producción nacional, creó la Bolsa del Oro de Shanghái en 2002 y permitió a los ciudadanos chinos adquirir oro. El Gobierno incluso llevó a cabo campañas publicitarias para fomentar la compra de oro y, desde entonces, se han entregado a propiedad del sector privado más de 19 000 toneladas procedentes de las cámaras de la SGE.

Junto con la prohibición total de exportar oro refinado chino, la prohibición de la propiedad privada anterior a 2002 mientras el Estado adquiría suficiente metal precioso para sus fines, unida al posterior estímulo para que el público hiciera lo mismo, China consideraba claramente el oro como su activo estratégico más importante. Todavía no ha mostrado sus cartas, pero, dadas las cantidades probables, hacerlo pondría en riesgo la estabilidad del mundo de las monedas fiduciarias centrado en el dólar. Hasta que ocurra, deberíamos asumir que las 20 000-30 000 toneladas que probablemente se han acumulado en diversas cuentas estatales desde 1983 son un seguro frente al fracaso del capitalismo estadounidense y de la moneda de reserva mundial.

Esto nos lleva de nuevo a la cuestión de Taiwán. Para China, la reabsorción de Taiwán puede volverse más sencilla cuando los capitalistas estadounidenses estén económicamente en su momento más débil y el dólar se esté desplomando. La propia Taiwán podría afrontar esta realidad. Podrían resultar tentadores algunos pasos para empujar a Estados Unidos por ese camino, como vender sus tenencias de bonos del Tesoro estadounidense (algo que ya está en marcha) o revelar un nivel de reservas de oro significativamente mayor. Esto último podría esperar hasta que una crisis del dólar se desarrolle de verdad, algo que ahora seguramente es solo cuestión de poco tiempo.


[i] Véase https://palladiummag.com/2021/10/11/the-triumph-and-terror-of-wang-huning/
[ii] Véase el informe TIC del Tesoro de EE. UU. sobre los principales tenedores extranjeros a agosto de 2021.




Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son los de su(s) autor(es) y no reflejan los de Goldmoney, salvo que se indique expresamente. El artículo tiene fines meramente informativos y no supone que Goldmoney ni el autor o los autores te proporcionen asesoramiento jurídico, financiero, fiscal, de inversión o contable. No debes actuar ni basarte en ninguna información contenida en el artículo sin antes obtener asesoramiento profesional independiente. Se ha procurado que la información del artículo sea fiable; sin embargo, Goldmoney no garantiza que sea exacta, completa o actualizada, ni que deba tomarse como indicación de resultados futuros, y no debe confiarse en ella como tal. Goldmoney no se hará responsable de ninguna reclamación, pérdida, daño o inconveniente causado por la información u opinión contenida en este artículo, y cualquier acción emprendida a raíz de las opiniones e informaciones recogidas en él corre por tu cuenta y riesgo.





Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son los de su(s) autor(es) y no reflejan los de Goldmoney, salvo que se indique expresamente. El artículo tiene fines meramente informativos y no supone que Goldmoney ni el autor o los autores te proporcionen asesoramiento jurídico, financiero, fiscal, de inversión o contable. No debes actuar ni basarte en ninguna información contenida en el artículo sin antes obtener asesoramiento profesional independiente. Se ha procurado que la información del artículo sea fiable; sin embargo, Goldmoney no garantiza que sea exacta, completa o actualizada, ni que deba tomarse como indicación de resultados futuros, y no debe confiarse en ella como tal. Goldmoney no se hará responsable de ninguna reclamación, pérdida, daño o inconveniente causado por la información u opinión contenida en este artículo, y cualquier acción emprendida a raíz de las opiniones e informaciones recogidas en él corre por tu cuenta y riesgo.

Volver a los análisis de Goldmoney