Parte del polvo levantado por el anuncio del «QE3» de Ben Bernanke el 13 de septiembre ya se ha asentado. La Reserva Federal se ha comprometido ahora a gastar 40 000 millones de dólares al mes en bonos de titulización hipotecaria de agencias, un plan sin fecha de finalización.
También prolonga los tipos de interés extremadamente bajos (la política de tipos de interés cero junto con la Operación Twist) hasta mediados de 2015, mediante la compra de 45 000 millones de dólares adicionales en valores a más largo plazo (en su mayoría deuda pública, aunque no se dice de forma explícita).
Parece que hay dos objetivos generales: apoyar el mercado inmobiliario y, con ello, la confianza del consumidor, y financiar el déficit público al tiempo que se fijan tipos de interés bajos a largo plazo.
La experiencia nos dice que el único aumento de la oferta monetaria que llega a la economía es el que lo hace a través del gasto social. Los bancos, y también sus clientes solventes, son sencillamente reacios al riesgo. O bien dejan ese dinero en la Fed en forma de reservas excedentes, o bien especulan con él en los mercados de capitales. No es casualidad que los derivados se hayan expandido de forma espectacular en los últimos años, y que grandes cantidades de dinero del QE se hayan reciclado hacia otras economías más dinámicas que ofrecen mayores rentabilidades. Los bancos creen que les va mejor si no prestan dinero a los estadounidenses con problemas de liquidez ni a sus empresas.
Al sistema financiero se le van a añadir hasta 2,3 billones de dólares en efectivo de aquí a mediados de 2015. Si la economía se resiste a absorber este dinero extra, ¿adónde irá? Los derivados ya son un juego maduro, y las economías más dinámicas se están ralentizando. Y mientras los precios de los activos de capital sigan superando su valor productivo, no irá a la economía salvo a través del gasto público. No es solo la Fed la que imprime dinero: todos los demás grandes bancos centrales están ampliando igualmente su cantidad de dinero.
Este dinero extra supondrá un quebradero de cabeza para los bancos de todas partes: ¿qué harán con él? Ha comenzado la búsqueda de buenas rentabilidades no cíclicas, y destacan dos posibilidades: una para los traders, que son las materias primas agrícolas y la energía; y otra para los departamentos de tesorería, que es el oro.
A los traders de los bancos no se les habrá escapado que la demanda y los precios de los cereales, y por tanto de todo el complejo agrícola, están aumentando, como resultado del crecimiento de la población en Asia y Latinoamérica y de sus mayores expectativas de nivel de vida. De igual modo, la demanda de energía aumentará con seguridad durante el invierno del hemisferio norte, lo que llevará a precios más altos de los combustibles. Y si los traders de los bancos canalizan hacia estas vías solo una parte del QE de la Fed, las subidas de precios deberían ser espectaculares, más aún a medida que la tendencia gane impulso.
El oro llamará la atención de los responsables de tesorería de los bancos, debido a los inminentes cambios en las normas de Basilea III, que equiparan el oro al efectivo a efectos del balance. Actualmente, pocos bancos, aparte de la cuarentena de bancos de metal precioso, tienen oro en sus balances, una situación que solo puede conducir a una nueva fuente significativa de compras de este metal.
El efecto sobre el precio debería ser espectacular, y coincidiría con el aumento de los precios de los combustibles y de los alimentos. Y recuerda que los bancos siguen las tendencias y siempre empujan los precios muy por encima de niveles razonables.