O cómo los banqueros centrales eluden la cuestión de la transferencia de riqueza
Los bancos centrales deben de ser cada vez más conscientes de que los críticos de la política monetaria están ganando cierto terreno con sus argumentos: no solo que las políticas monetarias han fracasado en sus objetivos, sino que además están creando distorsiones económicas contraproducentes. La principal de ellas es la transferencia de riqueza que conlleva la degradación de la moneda. Los banqueros centrales siempre han pasado por alto esta cuestión, que, si llegara a calar, socavaría la política monetaria hasta tal punto que los bancos centrales dejarían de tener papel alguno en la gestión de nuestros asuntos. En cambio, quedarían reducidos a vigilar el dinero para asegurarse de que sea siempre sólido. Como mínimo, tendrían que convertirse en Schachts, en lugar de Havensteins.1
Cuando las críticas empiezan a calar, resulta tentador defenderse tergiversando los argumentos de los críticos en lugar de intentar comprenderlos. Esto es lo que están haciendo ahora los bancos centrales, como ejemplifican el Banco de Inglaterra y el BCE. Es una señal temprana de que, intelectualmente, están a la defensiva.
Las defensas de los bancos centrales resultan más fáciles porque pueden alegar beneficios que nada tienen que ver con un argumento concreto. Además, la intervención monetaria provoca múltiples efectos, que a su vez varían en distintos plazos, lo que permite a los banqueros centrales sostener prácticamente lo que quieran. Mario Draghi nos dijo en un discurso en Berlín el pasado octubre que se han creado empleos. Afirma que la política monetaria ha provocado una caída de los ingresos de los que más ganan, mientras que el quintil más bajo de la zona del euro no ha experimentado cambios (gráfico 3), lo que presumiblemente refleja una caída del desempleo. Según Draghi, quienes más han sufrido son los hogares más ricos. En el gráfico 5 de su discurso, afirma que todo el mundo está mejor bajo la gestión del BCE.
Cabe suponer que los residentes indignados de la zona del euro no tienen motivo de queja con estas políticas monetarias tan exitosas, y que solo los ricos, que no lo merecen, han visto recortados sus ingresos. Pero quienes critican las estadísticas, tengan razón o no, no llegan a ninguna parte, y los banqueros centrales lo saben, aunque la verdad difiera de lo que afirman.
El Banco de Inglaterra intenta convencernos de que, según el coeficiente de Gini (que explico más abajo), sus políticas de tipos de interés no han contribuido a la desigualdad. Si así fuera, los efectos intertemporales del aumento de la cantidad de dinero y crédito derivado de los tipos de interés más bajos no habrían perjudicado de forma significativa a los miembros más pobres de la sociedad, como han sostenido los seguidores del efecto Cantillon. El Banco también separa la riqueza de los ingresos, cuando ambos están estrechamente relacionados.
Keynes afirmó que incluso Lenin había declarado que la mejor manera de destruir el sistema capitalista era corromper la moneda, algo con lo que Keynes estaba de acuerdo. El problema para los banqueros centrales es que pueden entender el principio que admite la transferencia de riqueza desde la gente corriente. Pero ¿cómo pueden sostener que aumentar la cantidad de dinero reduciendo los tipos de interés no provoca una transferencia de riqueza y, si es así, en qué punto se aplica una regla y en cuál toma el relevo la otra?
El Banco de Inglaterra esquiva el efecto riqueza y da a entender que hay poca o ninguna evidencia sobre los ingresos relativos derivados de la política de tipos de interés. Esto es lo que dijo Ben Broadbent, subgobernador, el 18 de noviembre de 2016:«…los coeficientes de Gini simples sí cuentan una historia o, más bien, quizá, la ausencia de una. Los tipos de interés estructurales no influyen mucho en la distribución de la renta, que en su mayor parte refleja la dispersión de los salarios».
Es cierto que la manipulación de los tipos de interés es solo un aspecto de la política monetaria convencional, aunque el más importante. Pero al tomar un único elemento, Broadbent desvía el argumento. Además, al referirse al coeficiente de Gini como simple, da a entender que un examen más detallado podría arrojar resultados distintos, de modo que, técnicamente, puede afirmar que no nos está engañando.
En su artículo (enlazado arriba), pasa a admitir cambios en la riqueza que, como todos sabemos, tienen que basarse en la gestión de los tipos de interés, el fundamento de la política monetaria. Pero al referirse a la variación de los precios de la vivienda y de los mercados bursátiles, afirma que el efecto neto es escaso al fijarse en los máximos de valoración(«…a ambos lados del cambio de milenio los precios de la vivienda dejaron de subir. Pero, al igual que los de las acciones, no son más altos ahora que hace una década».)
Al seleccionar estadísticas convenientes, se ha pasado por alto el verdadero problema, que es que la divergencia de ingresos entre los más altos y los más bajos ha aumentado de forma significativa con los años. Esto se debe a la política monetaria, a la política fiscal o, alternativamente, a ambas. Además, a ojos de la gente hay una diferencia entre quien gana una fortuna inventando y produciendo algo que obviamente beneficia a todos, y un listillo que gana una fortuna estafando a la gente. Esta segunda definición es la que el público aplica habitualmente a los banqueros, autorizados por el Estado para crear dinero y a quienes les va extremadamente bien con una política monetaria expansiva.
Por tanto, el problema de la desigualdad social tiene una fuerte carga emocional y requiere un debate racional. En este artículo intento llevar el debate desde las amplias generalizaciones que usan los banqueros centrales para defenderse a sí mismos y defender sus políticas hasta el verdadero problema: los efectos socialmente divisivos de la política monetaria. Empezaremos examinando el coeficiente, o índice, de Gini.
¿Qué es el coeficiente/índice de Gini?
Los coeficientes de Gini se presentan como un medio para comparar la distribución de la renta en distintas jurisdicciones, sin más explicación que decir si el coeficiente es más alto o más bajo, o si sube o baja. Un coeficiente creciente (o índice, si se expresa como porcentaje) se interpreta como señal de una desigualdad cada vez mayor, de modo que el Banco de Inglaterra tomaría una cifra más alta como evidencia de que la política monetaria podría estar generando mayor desigualdad (aunque el Banco podría argumentar que se debe a otros factores).
El gráfico 1 ilustra el índice de Gini. El índice de Gini se expresa como el cociente entre el área comprendida entre la línea de distribución perfecta y la curva de Lorenz, y el área total bajo la línea de distribución perfecta.

Sin embargo, es evidente que la forma de la curva de Lorenz es más importante que el índice de Gini, porque la misma área que este representa puede adoptar formas distintas. El índice de Gini que muestra el gráfico 2 tiene una forma diferente de la del gráfico 1.

En este gráfico, el número de personas con ingresos bajos es mayor que en el gráfico 1, con el mismo índice de Gini. Por tanto, podemos concluir que, como medida de los cambios en la desigualdad de ingresos, el índice de Gini tiene fallos irreparables. Como índice, sufre de «promedio-itis»: es un promedio que no dice nada sobre cómo afectan las condiciones subyacentes a la gente corriente.
Esto es importante porque el Banco de Inglaterra lo cita como evidencia de que la política de tipos de interés no parece haber contribuido a la desigualdad. Además, el Banco Mundial estima que el índice de Gini del Reino Unido ha bajado del 35,93 % en 2007 al 32,57 % en 2012, su última estimación, lo que se toma como confirmación de que la desigualdad de ingresos parece haber disminuido entre esos años.
Más falacias sobre el Gini
El Banco de Inglaterra utiliza el índice de Gini para dar a entender que la política monetaria no ha provocado una transferencia del poder adquisitivo de los ingresos de los pobres a los ricos. El efecto Cantillon sostiene lo contrario. El efecto Cantillon describe cómo los primeros receptores del dinero nuevo, adicional al que ya circula, se benefician de unos precios que todavía no reflejan su existencia en el mercado, mientras que los últimos receptores encuentran que los precios ya han sido empujados al alza por ese dinero nuevo. Quienes están al final de la cadena de la política monetaria ven que el poder adquisitivo de sus ingresos y de sus reservas de efectivo ha disminuido, y que en la práctica se les está gravando, no estimulando como afirmarían los neokeynesianos. Y quienes están en medio sufren la misma suerte, en menor grado.
El efecto Cantillon describe cómo la misma cantidad de dinero en manos distintas puede tener un poder adquisitivo diferente en momentos diferentes, por lo que no se aprecia en el índice de Gini como un efecto de primer orden. Sin embargo, las consecuencias posteriores son otra cuestión, y el efecto de transferencia de riqueza es indiscutible. Entonces, ¿a quién se transfiere la riqueza?
En un sistema bancario de reserva fraccionaria, los primeros receptores, y por tanto los beneficiarios del dinero nuevo, son los clientes de los bancos que han obtenido crédito bancario, creado de la nada. Al mismo tiempo, los propios bancos se benefician de los márgenes apalancados de sus préstamos. Esto se debe a que los precios de los bienes aún no se han ajustado al aumento de la cantidad de dinero que entra en circulación. La siguiente capa de beneficiarios son los proveedores de los primeros receptores del dinero nuevo, seguidos de los proveedores de estos, y así sucesivamente. Dado que los bancos tienen licencia para crear dinero nuevo, no sorprende que el sector financiero y quienes trabajan en él sean los principales beneficiarios de la expansión monetaria, a costa de quienes están más abajo en la cadena de beneficios monetarios.
Los grandes perdedores son quienes no son solventes y viven con ingresos fijos. También existe un efecto de proximidad: los centros financieros hacen subir los precios a nivel local, en comparación con lugares más alejados.
Los críticos de izquierdas advierten con razón las desigualdades de ingresos, pero no comprenden su origen y las atribuyen a las políticas fiscales de los gobiernos. Cantillon explica el motor que hay detrás de la redistribución de la renta a través de la inflación monetaria. El hecho evidente de que la inflación transfiere riqueza de los ahorradores a los prestatarios es ampliamente aceptado por los economistas, presumiblemente también por los empleados de los bancos centrales. Sin embargo, intentan convencernos de lo contrario.
Broadbent esquiva la aplicación del índice de Gini a la riqueza, alegando que las estadísticas son menos fiables. Pero es imposible separar los ingresos de la riqueza al considerar el efecto de la política monetaria sobre las personas. Sería como sostener que el agua que sale del grifo es distinta de la que ya está en la bañera. Además, el efecto Cantillon no se limita al efecto del dinero adicional sobre los precios de los bienes de consumo, siempre que se entienda que la inflación también afecta a los precios de los activos. Explica los cambios en la riqueza relativa desde quienes tienen sus ahorros en medios de inversión de bajo riesgo, como el efectivo, las cuentas de ahorro y los bonos nacionales de ahorro, hacia quienes están dispuestos a asumir inversiones más arriesgadas, como los valores cotizados y los inmuebles. Por lo general, esto perjudica a los de bajos ingresos frente a las clases media y alta. Además, los de bajos ingresos tienen el nivel más bajo de vivienda en propiedad, por lo que se han perdido la subida de los precios de la vivienda, impulsada por hipotecas más baratas a las que solo acceden quienes, con mayores ingresos, son más solventes.
Los ingresos y las prestaciones de los de bajos ingresos suelen quedar absorbidos por completo por lo básico de la vida, como el alquiler, los suministros y la comida. Se encuentran atrapados, sin poder progresar. Y cuando suben los alquileres o las tarifas de suministros reguladas por el gobierno, el nivel de vida básico de los pobres se deteriora, sobre todo cuando las prestaciones y el salario mínimo no suben en la misma medida. Por lo tanto, la afirmación del Banco de Inglaterra de que no hay pruebas de que su política monetaria, diseñada para reducir el poder adquisitivo de la moneda, aumente la desigualdad de ingresos es una falacia oculta en un mar de verdades a medias.
Conclusión
Aunque los índices de Gini pueden ofrecer una visión matemática general de la desigualdad social, no nos dicen nada sobre los desplazamientos de ingresos y riqueza que se producen entre distintos individuos. El efecto Cantillon demuestra cómo una política monetaria y de tipos de interés, al modificar la cantidad de dinero y de crédito, reasigna recursos entre los distintos miembros de una sociedad.
Una política monetaria expansiva premia a los derrochadores y penaliza a los ahorradores. Los beneficios y los costes se reparten de forma desigual, y resultan económica y socialmente disruptivos. Nos hemos alejado mucho del concepto keynesiano de limitar el gasto deficitario a cuando la economía parece fallar. Hoy la intervención se ha vuelto continua, con énfasis en la política monetaria. Inevitablemente, las consecuencias deben ser distributivas; de lo contrario, la política no se habría puesto en marcha en primer lugar.
La afirmación principal, según la cual hay pocas pruebas o ninguna de que la política monetaria desde 2008 haya contribuido a la desigualdad social, es engañosa y desvía la culpa de los males de la sociedad lejos de la política monetaria. La implicación es que la culpa debe recaer en la política fiscal o en los propios mercados libres. Y mientras los bancos centrales y los ministerios de finanzas se reparten la responsabilidad del fracaso de las políticas, a ninguno de los dos se les ocurre que la gente corriente lo hace mucho mejor gestionando su propia vida con dinero sólido.
1Los presidentes del Reichsbank después y antes de la hiperinflación alemana de la década de 1920, respectivamente.
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