Gestión de los déficits comerciales

Casi todos los macroeconomistas consideran que la devaluación de la moneda es la cura para los déficits comerciales.

Recientemente se la han recomendado a Grecia, defendiendo la reintroducción del dracma para que la economía griega pueda volverse «competitiva» y «reequilibrarse». Es fácil demostrar que esta idea tan extendida es incorrecta.

La evidencia empírica confirma el error: en los años de posguerra, Alemania y Japón fueron las naciones exportadoras más fuertes a pesar de las subidas constantes de sus tipos de cambio, y el Reino Unido fue sistemáticamente la más débil, a pesar del beneficio buscado con la depreciación de la libra esterlina. Hong Kong abandonó por completo la gestión de su moneda a favor de una caja de conversión vinculada de forma rígida al dólar estadounidense y, aun teniendo que importarlo todo, le fue muy bien.

El sentido común ofrece una primera explicación: el beneficio que una economía obtiene de una moneda que se deprecia solo puede ser transitorio, antes de que las ventajas de unos menores costes internos de producción y procesamiento queden superadas por el aumento de los costes externos y de la inflación de precios interna.

El interés del lobby, que ayuda a explicar por qué la devaluación cuenta con un apoyo tan amplio, es una transferencia de beneficios y de valor del capital a favor de los exportadores a costa del resto de los participantes en la economía. No es de extrañar que las multinacionales prefieran una moneda más baja. Son las que más se benefician y, sin embargo, a estas mismas empresas acuden los políticos en busca de orientación sobre política industrial y, a menudo, de financiación para sus campañas. Es evidente, pues, que el impulso a gestionar los tipos de cambio tiene intereses creados en su origen.

En una economía de dinero sano y libre de intervenciones gubernamentales, los consumidores, así como los compradores de materias primas y bienes de capital, pagan todas sus compras con su propia producción, y el dinero es simplemente el medio de intercambio. Es decir, las importaciones siempre se pagan con exportaciones, y cualquier tendencia a un desequilibrio de precios se ajusta a través del tipo de cambio.

Esto debe cumplirse salvo cuando interviene una expansión del crédito. Una persona que recurre al crédito bancario está adelantando consumo futuro. Si el crédito bancario en su conjunto es estable, el efecto sobre la balanza comercial tenderá a ser neutro. Pero si los bancos en su conjunto están expandiendo el crédito, se produce un efecto cíclico que puede conducir a un déficit comercial temporal. Además, los tipos de interés más bajos asociados a una expansión del crédito aceleran ese adelanto del consumo al desincentivar el ahorro.

En este caso, la distorsión procede de un ciclo económico inducido por el crédito, del que la política monetaria del banco central es siempre la culpable, pero se revierte más adelante en el ciclo crediticio si se permite que el crédito bancario se contraiga sin un aumento correspondiente de la oferta monetaria estricta. Por lo tanto, un ciclo crediticio por sí solo no conduce a un déficit comercial persistente. Otra cosa es una política monetaria expansiva diseñada para contrarrestar la contracción del crédito, porque tenderá a compensar la corrección cíclica.

La intervención del gobierno mediante el gasto deficitario es una distorsión adicional de la balanza comercial y, a menudo, el factor predominante. Durante un tiempo puede haber un equilibrio entre la contracción del crédito bancario y el estímulo del gasto público, pero esto lastra la economía al desincentivar la reasignación de recursos desde negocios que ya no tienen demanda en la economía de mercado. Por tanto, la capacidad global se ve comprometida por niveles crecientes de malas inversiones, y la economía interna se vuelve menos eficiente a la hora de satisfacer la demanda. Así, el gasto deficitario no puede cubrirse con producción nacional sin una subida significativa de los precios, pero sí con producción extranjera más eficiente. Inevitablemente, surge entonces un déficit comercial para satisfacer este exceso de demanda.

Esta es una explicación simplificada de cómo el exceso de gasto público empeora la balanza comercial, que es lo contrario del efecto que se pretende. Se conoce como la hipótesis del déficit gemelo, y hay numerosos ejemplos empíricos que la respaldan.

En el caso de Grecia, las recomendaciones de devaluar mediante un nuevo dracma tienen más que ver con la esperanza de una transferencia fluida de riqueza de los depositantes nacionales a los acreedores extranjeros, en una irónica inversión del viejo tópico sobre desconfiar de los griegos que traen regalos. Las recomendaciones de hacer la economía competitiva o reequilibrada no son más que argumentos falaces. La única cura para los déficits comerciales es reducir la intervención gubernamental y monetaria y dejar que el sector privado se gestione por sí mismo.

Aviso legal: Las opiniones expresadas en el artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de GoldMoney, salvo que se indique expresamente. Ten en cuenta que ni GoldMoney ni ninguno de sus representantes ofrecen asesoramiento financiero, jurídico, fiscal, de inversión ni de ningún otro tipo. Dicho asesoramiento debe solicitarse a una persona u organismo independiente y regulado que esté debidamente cualificado para prestarlo. Cualquier información facilitada en este artículo se proporciona únicamente como comentario general de mercado y no constituye asesoramiento. GoldMoney no aceptará responsabilidad alguna por pérdidas o daños que puedan derivarse, directa o indirectamente, del uso de dicha información o de la confianza depositada en ella.

Volver a los análisis de Goldmoney