Estados fallidos y economías estranguladas

Los mercados, volubles, han dejado de preocuparse por la inflación y han empezado a preocuparse por la recesión. Tanto el establishment financiero como los inversores parecen incapaces de entender que no se trata de una cosa o la otra, sino de ambas a la vez.

Detrás de la inevitable crisis que ahora emerge hay una falta de comprensión: no han sido los fallos en las cadenas de suministro ni un malvado presidente de Rusia los que han provocado nuestra situación actual, sino nuestros excesos monetarios anteriores. Y, para colmo, hemos elegido una clase política débil, incapaz de preservar ni un ápice de normas morales. Además de la reeducación que necesitan nuestros dirigentes, esto hace prácticamente imposible resolver la crisis de crédito y de divisas que se está gestando.

Nos enfrentamos a una contracción del ciclo del crédito bancario de una destrucción excepcional, que incluso rivaliza con la de la década de 1930. Con las monedas fiduciarias actuales y unos gobiernos empeñados en rescatar a todo el mundo de las consecuencias de sus actos, tenemos una crisis sistémica y de divisas global, sin las mentes sabias necesarias para guiarnos a través de ella. 

Las lecciones de la historia son claras. Las monedas y todo el sistema de crédito se enfrentan cara a cara con el colapso, lo que garantizará el empobrecimiento de casi todos. Estas son las condiciones que llevan a reclamar un liderazgo fuerte, líderes dispuestos a atropellar los intereses creados. Se pedirá una forma distinta de socialismo en lugar de mercados libres. Son las condiciones que llevaron a Alemania, Italia y España a dictaduras fascistas en la década de 1920.

Para entender y, con suerte, evitar estos peligros, es hora de volver a leer «Camino de servidumbre» de Hayek y de comprender que, si no se guía a las naciones con sabiduría a través del huracán financiero que se avecina, las consecuencias políticas a largo plazo también serán nefastas.

El declive y la caída de Occidente

Quizá estemos viendo una repetición del declive de Roma, que duró varios siglos, aunque nuestro declive socioeconómico avanza a un ritmo mucho más rápido. Aunque ha habido algunos ejemplos de barbarie a la antigua usanza en nuestras esferas de influencia más amplias, no nos mueve tanto un Nerón o un Calígula como la ausencia de estadistas, la negación del capitalismo y el fomento de un socialismo tibio y descafeinado. Nuestro declive se evidencia en la erosión de nuestra ética del trabajo, el odio al capitalismo y la creencia generalizada en unos derechos que se espera que provea el Estado. Amenaza con ser un declive terminal de la moral establecida, basada en los valores judeocristianos.

Los políticos favorecen y alientan esta tendencia al negarse a abordarla. Incluso se niegan a defender las definiciones establecidas de género. Presumiblemente no quieren provocar una avalancha de correos de odio de una minoría muy ruidosa pero minúscula: todo por una vida tranquila. Pero la antimoral progresiva tiene consecuencias adversas. Los departamentos del gobierno cuentan ahora con «asesores de diversidad» y otros vigilantes del wokismo, y están obligados por normativa a acatar sus irrelevantes preceptos. Las universidades están plagadas de sinsentidos woke, y nadie con autoridad tiene la autoridad para detenerlos. Se está reescribiendo la historia para incluir nuevos sesgos, y la corrección política importa más que los hechos históricos.

Esto infecta a las empresas. Editoriales y cineastas se llenan los bolsillos con la serie de Harry Potter, pero se niegan a reconocer a la autora, cuyo único delito fue señalar que una mujer es una mujer y un hombre es un hombre. 

Es síntoma de un declive moral que conduce a la desintegración social y a un sistema político incapaz de afrontar los vientos en contra. Estas tonterías son indicativas de un profundo malestar que afecta a todas las naciones occidentales. Tomo como ejemplo el declive moral del Reino Unido, porque es donde vivo. Pido a los lectores de otros lugares que comparen su experiencia con la de Gran Bretaña; seguro que verán similitudes. 

Hoy estamos muy lejos de lo que se esperaba en las elecciones generales del Reino Unido de diciembre de 2019. Se eligió a un gobierno conservador con un programa de libre mercado. Se iba a culminar el Brexit y Gran Bretaña se iba a liberar de las ataduras de la unión aduanera de la UE. Iban a surgir puertos francos como centros de excelencia. Gran Bretaña tenía por delante un futuro próspero como centro de reexportación. Se iba a eliminar el despilfarro burocrático y a hacer que la administración pública se centrara más en los resultados. Se iba a encender una hoguera con las normativas de la UE. Con el gobierno de Johnson hundido esta mañana, no se le rechaza por no haber cumplido su programa, y es probable que una administración de reemplazo no sea mejor.

Es fácil atribuir el cambio de opinión del gobierno conservador sobre los mercados libres al desvío inesperado que supuso la pandemia de covid. Pero esta ya ha pasado, y no vemos señales de que se estén respetando las promesas del manifiesto anterior. Más bien, el hecho de poder ejercer un poder aún mayor sobre la población se les ha subido a la cabeza a los ministros. En lugar de eso, el gobierno británico se ha dedicado a hacer ostentación, primero con el cambio climático y, más recientemente, con algo que tiene muy poco que ver con los ciudadanos del Reino Unido y que les ha complicado aún más la vida a causa de las sanciones: la guerra en Ucrania. La política consistía en cualquier cosa menos abordar los asuntos por los que se eligió al gobierno. En lugar de gestionar con responsabilidad la carga que el Estado supone para su población, a un gobierno le resulta mucho más fácil arrojar dinero a los problemas del día a día.

La realidad del gasto público es que rara vez logra su objetivo, y empeora las cosas en lugar de mejorarlas. Como dijo con ingenio Milton Friedman en una frase famosa, si el gobierno estuviera a cargo del Sáhara, habría escasez de arena. 

El mayor sumidero del gasto estatal es el sistema nacional de salud del Reino Unido, y cada crisis exige más dinero, más regulación y más burocracia. Los motivos por los que los médicos abandonan la profesión no son solo el estrés y el agotamiento. Los médicos de salud pública «están enterrados en programas de vacunación, consultas remotas que consumen tiempo y son impersonales, una burocracia abrumadora y una gestión deficiente».[i] Y lo que vale para los médicos vale también para el personal de enfermería.

Se trata de profesionales que se incorporaron al servicio de salud con sentido de vocación, solo para ver cómo se les arrebataba todo su altruismo bajo la supervisión de administradores y burócratas muy bien pagados. La combinación de falta de personal, altos niveles de bajas por enfermedad entre los empleados, baja moral y una burocracia asfixiante está conduciendo a un colapso sistémico. La respuesta del gobierno recuerda a la de Nerón: así como él devaluó la moneda para pagar sus facturas, hoy la libra esterlina se deprecia con un fin parecido. Se inyecta moneda devaluada en el Servicio Nacional de Salud junto con más burocracia para administrarla.

El Estado no solo está fallando al ciudadano común, sino que se ha convertido para él en una carga insoportablemente costosa. Es un Estado fallido. El problema es común a todas las demás naciones cuyas poblaciones creen que el Estado existe para proporcionarles sustento y servicios gratuitos.

El error de subestimar la evolución económica

A principios de 2020, el mundo se detuvo cuando los gobiernos acordaron mutuamente confinar por completo a sus poblaciones en respuesta a la pandemia de covid. Debían cesar todas las actividades económicas salvo las más básicas. Con nuevos confinamientos, no fue hasta pasados dieciocho meses cuando estas restricciones a la actividad humana fueron terminando poco a poco, aunque algunas siguen vigentes y China aún cierra ciudades enteras ante brotes menores del virus.

Los gobiernos de todas partes parecen haber asumido que, tras los confinamientos, todo volvería a la normalidad, justo donde se había quedado. Actuaron como si la actividad humana hubiera estado criogenizada. Además de los problemas iniciales propios de volver a la normalidad, no se tuvo en cuenta el cambio de actitud de la gente corriente. Muchos no querían volver al trabajo y, cuando pudieron, a menudo optaron por la jubilación anticipada. Otros decidieron que podían seguir trabajando desde casa, con una vida mucho menos estresante que el desplazamiento diario, y se niegan a volver a sus oficinas. Algunos consideraron que no merecía la pena presentarse a trabajar tantas horas por un sueldo que no sigue el ritmo de la subida de los precios. Los confinamientos por covid parecen haber llevado a los trabajadores, ante la monotonía de ganarse la vida de nuevo, a dejarlo todo.

Para frustración de los economistas del gobierno, las economías no han vuelto a donde estaban cuando se confinaron, como esperaban. Nada estaba en su sitio: los contenedores, la producción en el extranjero, la mano de obra nacional. Al trabajar con sus modelos informáticos, no entendieron que son los deseos humanos los que están en la raíz de toda demanda, y estos no dejan de evolucionar. Y, aparte de las inevitables interrupciones del suministro, una economía tras confinamientos prolongados tiene que ser materialmente distinta de la anterior.

Las cadenas de suministro siguen alteradas y la escasez ha sustituido a la abundancia anterior. Las empresas de alquiler de coches ilustran este punto. Antes de los confinamientos, los operadores obtenían flotas de coches sin vender con descuentos sustanciales y ahora tienen que pagar el precio de venta completo por los coches, si es que están disponibles, cosa que a menudo no ocurre. Con el resto de los costes de dirigir un negocio de alquiler de coches, esto significa que las tarifas de alquiler en EE. UU. se han duplicado y, según The Guardian (30 de mayo), el precio del alquiler de coches en Tenerife reservado para agosto ha subido un 220 % respecto a agosto de 2021.

A pesar de las pruebas, los gobiernos siguen insistiendo en que se trata de dificultades temporales, que desaparecerán con el tiempo y que la normalidad volverá. Los economistas gubernamentales no sienten la necesidad de revisar sus expectativas de que la perturbación causada por la subida de los precios pasará. Simplemente, nos está llevando algo más de tiempo del previsto ajustarnos a sus modelos informáticos.

Este modo de pensar ya se ha visto antes. Karl Wirth, canciller alemán en 1922, junto con sus colegas de gabinete, el Reichsbank, el parlamento y la prensa, negaron cualquier relación entre la escalada de los precios y la degradación del marco de papel.[ii] Hoy miramos atrás, hacia aquella época, con total incredulidad ante la ingenuidad del establishment alemán. 

Esta ignorancia deliberada no se limitó a Alemania durante su hiperinflación. Hoy es un pensamiento de grupo habitual en todas las naciones occidentales. Y, al igual que la ingenuidad del establishment alemán de entonces, nosotros no reconocemos la causa raíz de nuestros propios problemas actuales derivados de la inflación.

Auge y caída monetarios

A principios de 2020, las bolsas mundiales se desplomaban antes de los confinamientos por la covid. El mismo día en que el Reino Unido entró en confinamiento, la Fed, amparándose en una respuesta de emergencia a la crisis de la covid, redujo su tipo de interés de referencia a cero e inició un programa de expansión cuantitativa de 120.000 millones de dólares al mes. En nombre de preservar la confianza del mercado, fue el mayor paquete de rescate jamás visto. Ante la paralización total de la actividad empresarial en buena parte de la economía estadounidense, los bancos comerciales concedieron líneas de descubierto de emergencia, lo que disparó el crédito bancario al mismo tiempo que la Fed empezaba a inyectar cantidades de crédito sin precedentes en la economía financiera mediante la expansión cuantitativa. Wall Street, al menos, quedó rescatada.

Pero la expansión de los depósitos bancarios en EE. UU., que es la otra cara del crédito bancario, ahora se está revirtiendo, como muestra la figura 1.

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 La línea negra es la media móvil de seis meses de las variaciones mensuales de los depósitos bancarios. Las variaciones del ritmo mensual, en azul claro, son extremadamente volátiles, por lo que resulta difícil distinguir una tendencia. La media móvil ofrece una imagen más clara. Teniendo en cuenta que el aumento del 15 % registrado durante los cuatro meses posteriores a febrero de 2020 se ha revertido por completo, la retirada actual de crédito de la economía estadounidense es más devastadora de lo que parece a primera vista.

Podemos explicar fácilmente el fuerte aumento de los préstamos bancarios cuando comenzaron los confinamientos por la covid. Como el resto de nosotros, los bancos no estaban preparados para esta repentina perturbación del comercio. El efecto sobre los flujos de caja de las empresas fue catastrófico y, en consecuencia, sus descubiertos se dispararon. Es comprensible que la respuesta colectiva de los banqueros fuera atender la demanda de crédito, porque la alternativa habría puesto a prueba su propia solvencia.

En términos bancarios, se trata de crédito renovable, un recurso temporal que las empresas pueden utilizar. Es probable que sea precisamente el crédito renovable el que se está retirando ahora, a medida que los banqueros presionan a los prestatarios reduciendo sus líneas de descubierto.

Para algunas empresas, el crédito bancario se había complementado con ayudas financieras del Gobierno Federal. El déficit del Gobierno se disparó y, desde el comienzo del ejercicio fiscal de 2020 hasta la fecha, ha sumado más de 6 billones de dólares. Es una muestra de cómo la financiación inflacionaria ha eclipsado hasta ahora las variaciones del crédito bancario, por dramáticas que estas se hayan vuelto.

La tendencia que se está desarrollando en el crédito bancario será motivo de creciente preocupación para las autoridades monetarias, que son plenamente conscientes de que el crédito bancario constituye la gran mayoría del medio circulante. Los pasivos en moneda de los bancos centrales con el público, en forma de billetes, representan menos del 12 % de la oferta monetaria amplia. El resto, en forma de depósitos bancarios, es la contrapartida del crédito bancario. Si el crédito bancario disminuye, los depósitos bancarios también se contraen. El crédito bancario es la parte del iceberg monetario que queda bajo la superficie y no se ve.

Dado que la reducción del crédito bancario se refleja en una reducción de los depósitos, la oferta monetaria amplia disminuirá. Pero hasta ahora no hemos tenido en cuenta el aumento del crédito bancario procedente de la expansión cuantitativa, que hasta hace poco se ha ido acumulando a un ritmo de 120.000 millones de dólares al mes.

El efecto de la expansión cuantitativa es crear saldos de depósitos bancarios equivalentes en forma de reservas en la Fed. Al crearse, estos saldos se corresponden con depósitos en los bancos comerciales a favor de las instituciones, principalmente fondos de pensiones y aseguradoras, que han vendido sus bonos del Tesoro de EE. UU. y de agencias a la Fed. Desde marzo de 2020, la expansión cuantitativa ha sumado alrededor de 3 billones de dólares.

Entonces, ¿por qué estos saldos no se han reflejado en un aumento apreciable del nivel de depósitos bancarios? Bueno, quizá sí lo han hecho. Desde marzo de 2020, el nivel de depósitos bancarios ha aumentado en 3,28 billones de dólares. Esta cifra se acerca a la que la expansión cuantitativa (QE) de la Fed inyectó en los depósitos bancarios de las instituciones. Pero si el aumento de los depósitos bancarios desde marzo de 2020 se debió por completo a la QE de la Fed, entonces la expansión del crédito bancario a otros depositantes tuvo que ser mínima.

Esto, obviamente, no es cierto. Así que ahora tenemos el misterio de los depósitos desaparecidos de la QE. Parece que ya han sido retirados de la circulación pública (y, por tanto, de las estadísticas de la oferta monetaria) y han acabado en el balance de la Fed en forma de repos inversos (RRP), que actualmente rondan los 2 billones de dólares. Si es aquí donde ha acabado la inflación de dinero en depósito de la Fed, parece que hemos resuelto el misterio. 

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Por qué ocurre esto no está del todo claro. Cuando el tipo de los fondos federales era cero, los bancos comerciales no podían asumir grandes saldos de depósitos y pagar intereses, de modo que había una razón para que acabaran en la Fed, que entonces pagaba diez puntos básicos. Con las subidas del tipo de los fondos de la Fed, los tipos del mercado monetario han aumentado y ofrecen una alternativa de depósito en los bancos comerciales, y sin embargo los saldos de RRP han seguido creciendo. 

Un posible mensaje de todo esto es que la liquidez de la economía ya es excesiva, y que una repetición de las políticas reflacionistas de la Fed de marzo de 2020 podría limitarse a elevar aún más los saldos de RRP. Siendo así, parece improbable que una nueva QE sea una solución para la caída de los depósitos bancarios y, por tanto, del crédito bancario en el otro lado de los balances de los bancos.

Como alternativa, se podría argumentar que el sistema financiero en general está utilizando el mecanismo de RRP para obtener garantías de alta calidad a corto plazo. Si es así, ello sugiere que existe una falta de espacio en los balances en todo el sistema, que podría resolverse mediante una contracción del crédito bancario. Sin embargo, con la emisión de cantidades crecientes de deuda del Tesoro y, ahora, con los gobiernos soberanos que también reducen sus tenencias, no debería haber escasez de estas garantías para fines financieros. 

En cuanto a los cambios en el crédito bancario, es fundamental entender que el crecimiento económico o la recesión no son más que variaciones en la suma de la moneda y el crédito bancario empleados en el conjunto de la economía. Cada vez más, parte del crédito bancario se destina a actividades ajenas al PIB, como la negociación de activos financieros. Pero dejando esto a un lado por el momento, una recesión es simplemente una contracción del crédito bancario retirado de las actividades que cuentan para el PIB, suponiendo que el banco central no reduzca su emisión de billetes. Que el crecimiento y la recesión, tal como se describen comúnmente, sean medidas de progreso o retroceso económico es solo una suposición de que el crédito siempre se usa de forma productiva, lo cual obviamente no es cierto. Confundir ambas cosas es un error enorme, pero demasiado común.

La relación entre los cambios en el crédito bancario y sus consecuencias para la actividad económica hace que los descensos del crédito bancario sean un indicador adelantado fiable de la retirada de crédito de la actividad económica. Que estas condiciones se están gestando actualmente lo confirmó Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, en un discurso en una conferencia bancaria en Nueva York a principios de junio, cuando elevó su descripción de las condiciones económicas de una tormenta de fuerza huracanada a algo parecido a un huracán. Fue la señal más clara de deterioro de las condiciones del crédito bancario que podíamos recibir del banquero más poderoso de EE. UU. Y ahora lo vemos confirmado en una lista creciente de empresas que emiten avisos de resultados negativos.

Allá donde va Dimon, van todos los demás banqueros. Y esto es lo que indica ahora el gráfico de depósitos bancarios de la Figura 1 anterior. Pero no todo el crédito bancario acaba financiando actividades económicas, en contraposición a las puramente financieras. La economía de EE. UU. se ha vuelto cada vez más financiera desde que la ley Glass-Steagall, que prohibía a los bancos comerciales ejercer la banca de inversión, fue erosionada y finalmente derogada en 1999. En consecuencia, solo podemos especular sobre si la contracción del crédito bancario está socavando más a Wall Street que a Main Street. Que dicha contracción está afectando a las actividades con activos financieros lo respalda la evidencia de la Figura 2, sobre el crédito de margen para la especulación financiera.

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Es de suponer que la tendencia de retirada de crédito continúa, ya que las últimas cifras disponibles son de mayo. Pero hasta ahora representa menos de 200 000 millones de dólares, frente a un crédito bancario total pendiente de unos 18 billones de dólares: una cantidad relativamente insignificante. Además, una cantidad desconocida del crédito destinado a actividades financieras procederá de la banca en la sombra, que no figura en las estadísticas de crédito bancario.

Pero la financiación disponible para las cuentas de corretaje, que es lo que representa la Figura 2, es solo una pequeña parte del panorama del crédito financiero. Hay que tener en cuenta también el apalancamiento de los fondos de cobertura, como parte de una financiación generalizada de posiciones en derivados. Y está la financiación de las propias carteras de negociación de los bancos. A medida que caiga el valor de los activos financieros, que es la consecuencia inevitable de la liquidación de las garantías financieras, es probable que estas se deterioren a su vez.

Sea lo que sea lo que esté ocurriendo en Wall Street, las previsiones de beneficios de las empresas estadounidenses confirman que se está produciendo una desaceleración sustancial de la actividad económica. Los bancos comerciales son conscientes de ello por su propia información. Y dado el aumento del crédito en circulación a causa de los confinamientos, ahora les preocupará un mayor riesgo de préstamos morosos. Además, con el apalancamiento operativo respecto al capital de los accionistas, la presión sobre los directivos de los bancos para reclamar los préstamos allí donde puedan es, evidentemente, cada vez mayor.

Siendo así, podemos explicar el mercado bajista de los activos financieros y una recesión incipiente en el conjunto de la economía estadounidense. Teniendo en cuenta que las cifras del PIB son solo un reflejo de la cantidad de moneda y crédito en circulación, cabe esperar que la dinámica que subyace a la contracción del crédito bancario haga que la recesión sea profunda. Además, la retirada del crédito bancario conduce también a la venta de activos financieros, sobre todo de las garantías líquidas que los bancos mantienen frente a préstamos de todo tipo. La liquidación de los mercados alcistas de bonos y acciones de largo plazo parece tener todavía mucho camino por recorrer.

Cabe añadir que las dificultades de los bancos comerciales estadounidenses son considerablemente menos importantes que las de sus homólogos en otras jurisdicciones. Los ratios de activos sobre patrimonio de los accionistas, y por tanto la probabilidad de un fallo sistémico, son especialmente altos tanto en Japón como en la zona euro. Cuando el sistema bancario estadounidense estornuda, estos sistemas financieros podrían sencillamente colapsar.

Una crisis no cura la inflación

No es solo la debilidad de los mercados de renta variable: el examen de la tendencia del crédito bancario también nos indica que se está gestando una recesión cíclica. Vemos que las fuerzas que impulsan una contracción del crédito son posiblemente más poderosas que cualquiera desde la década de 1930. Además, la existencia de más de 2 billones de dólares en repos inversos indica que es poco probable que se resuelva simplemente repitiendo las medidas de la Fed para rescatar el sistema bancario y financiero estadounidense en marzo de 2020 bajo la cobertura de la pandemia de covid.

También hemos señalado la ingenuidad del establishment actual respecto a las consecuencias de la rápida expansión de la cantidad de moneda y crédito, y su repetición de las creencias establecidas sobre las razones del hundimiento del marco alemán en 1922. A ello podemos añadir la creencia equivocada de que recesión e inflación se excluyen mutuamente.

Y cualquiera que examine las condiciones económicas de inflaciones pasadas de dinero fiduciario sabrá que la degradación monetaria puede hacer que las estadísticas parezcan buenas a corto plazo, pero siempre conduce a la destrucción de riqueza. Lejos de excluirse mutuamente, recesión e inflación son como hermanos siameses unidos por la cadera.

El hecho de que los mercados financieros se hayan dado cuenta de que las economías se enfrentan a una desaceleración importante ha desviado la atención de los inversores del deterioro del poder adquisitivo de las monedas. Es un error garrafal. Cualquiera que piense con realismo en las perspectivas económicas puede ver que los gobiernos y los bancos centrales volverán a reprimir los tipos de interés y harán que se inyecte crédito tanto en los mercados financieros como en la economía en general para intentar evitar una crisis de crédito bancario. Sea cual sea el detalle, estas medidas llevarán a un aumento del ritmo de creación de deuda pública, y la degradación de sus monedas fiduciarias se acelerará, ya que la confianza en ellas se evaporará sin remedio.

Por tanto, es un error absurdo pensar que el problema ya no es la inflación y, en su lugar, culpar a sucesos como las interrupciones en las cadenas de suministro y la agresión de Rusia en Ucrania de ser la razón principal del aumento de los precios de producción y de consumo.

Se seguirá creando moneda y crédito, pero con menos efecto. Igual que el establishment alemán de 1922 no podía concebir detener las imprentas, las principales monedas de Occidente están destinadas a ser degradadas de forma similar. Todo el sistema bancario mundial tendrá que ser respaldado por los bancos centrales, una operación plagada de riesgos de fracaso y de consecuencias imprevistas. Pero lo que también debería preocuparnos son las consecuencias para la sociedad, ya dividida entre una mayoría silenciosa y una minoría pequeña pero creciente de personas «woke» que no buscan menos que la destrucción del capitalismo y que esperan que el Estado les proporcione el sustento en lugar de ganárselo por sí mismas.

Como estamos viendo precisamente esta semana, la estabilidad de los gobiernos democráticos es frágil. El primer ministro del Reino Unido ha sido expulsado del cargo. Las excusas para su destitución no son la verdadera crisis: lo que ocurrió fue que no fue capaz de llevar a cabo los cambios que esperaban sus electores. Sin duda se han cometido errores, pero ¿habría podido cualquier otro representante elegido por el pueblo conducir a la nación hacia unos mercados libres capitalistas? ¿Puede algún sustituto lograr un resultado mejor?

En los próximos meses veremos que los precios de los alimentos suben de forma sustancial, agravados por las sanciones contra Rusia y el conflicto de Ucrania. Eso ocurrirá de todos modos, pero, para que la gente pueda pagar precios más altos por la comida y la energía, se producirá la moneda y el crédito que se lo permitan sin que tenga que recortar otros bienes y servicios de consumo. El efecto será acelerar la subida de precios, no solo de los alimentos y la energía, sino también de todo lo demás.

Los trabajadores corrientes ya comprueban que sus salarios no siguen el ritmo del aumento del coste de la vida, y los trastornos sociales derivados de las huelgas se intensificarán. A menos que por algún milagro se detenga el proceso, las clases medias lo perderán todo y es probable que culpen a todo y a todos salvo a la degradación monetaria. Las lecciones del pasado nos dicen que no nos enfrentaremos solo al colapso de las monedas, sino al colapso de la propia sociedad.

Podemos ver cómo surgirá el extremismo político a partir de estas condiciones, con peticiones crecientes de un liderazgo fuerte. Alguien con poderes dictatoriales para restablecer la ley y el orden. Alguien con un tipo distinto de socialismo. Será un terreno fértil para el fascismo. Haría falta una suerte extraordinaria para que surjan estadistas intelectualmente bien formados que alejen a la sociedad de este desenlace. 

La realidad de nuestra situación es que nos enfrentamos a una repetición de la decadencia y caída de Roma, de Nerón a Diocleciano, pero a una velocidad hiperacelerada. 


[i] Cita tomada de una carta de dos médicos a The Daily Telegraph del 4 de julio.

[ii] Véase When Money Dies de Adam Fergusson

 

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