De vez en cuando se forma una burbuja en un mercado. Las burbujas pueden darse en cualquier mercado, ya sea el de acciones, materias primas o inmuebles o, como sabemos por la historia, incluso el de los bulbos de tulipán.
Las burbujas de mercado son, como su nombre indica, insostenibles. Se manifiestan en precios inflados que suben y suben hasta alcanzar niveles impensables durante un tiempo y, en algunos casos, durante mucho tiempo. Pero, igual que sus equivalentes de jabón, las burbujas de mercado carecen claramente de durabilidad. Pueden estallar en cualquier momento. Así, inevitablemente, la burbuja estalla, con el resultado invariable de que los precios vuelven rápidamente a la realidad.
En esencia, las burbujas no son más que un frenesí emocional en el que los precios suben hasta niveles nunca vistos, hasta que el mercado alcanza un grado de sobrevaloración escandaloso. Para llegar a esta situación desmesurada, en la que el precio supera con creces el valor de un activo, una burbuja requiere la aceptación casi universal de alguna idea engañosa.
Un ejemplo célebre es el plan de John Law en 1716, que promocionaba las tierras vírgenes que rodean el río Misisipi, una estratagema que estafó a toda la nación francesa. La burbuja del Misisipi resultante se ha considerado siempre la apoteosis de las burbujas de mercado, pero comparte con todas ellas una característica dominante.
Aunque los precios se alejan mucho del valor fundamental de un activo según cualquier medida prudente, la gente no reacciona como cabría pensar lógicamente. En lugar de reconocer una burbuja como tal, tiende a racionalizar por qué los precios son tan altos. Intenta explicarse a sí misma y a los demás por qué los precios son supuestamente razonables.
Este intento de racionalizar lo ilógico y anormal es una característica singular de las burbujas. Pero no es muy difícil ver por qué ocurre este pensamiento temerario. Cuando vives en una burbuja, es muy difícil aceptar la realidad de que estás justo en medio de una.
Así, la incapacidad de percibir ese pensamiento temerario es resultado de que casi todo el mundo dice, hace y piensa las mismas cosas. Esta acción mutua e idéntica refuerza la visión de cada uno y le lleva a creer erróneamente que lo que piensa es correcto y normal, en lugar de lo que realmente es: el pensamiento erróneo, ilógico y generalizado que caracteriza a una burbuja.
Como ejemplo, hoy esta racionalización explica por qué la deuda del Gobierno de EE. UU. no puede estar sobrevalorada, porque [....]. Adelante, rellena el hueco. Hemos oído innumerables razones por las que la deuda del Gobierno de EE. UU. es supuestamente un valor refugio.
En resumen, aunque la tecnología y otras circunstancias cambian constantemente el mundo, el denominador común es que la naturaleza humana nunca cambia. Por consiguiente, las burbujas son posibles porque la gente siempre está dispuesta a creer lo increíble, como la idea ilusoria de que se compra un valor refugio con los instrumentos de deuda de un gobierno sobreendeudado que ha hecho demasiadas promesas financieras.
Solo después de que estalla se hace evidente la burbuja. Solo entonces la gente cae en la cuenta de que había estado viviendo en una burbuja, y se plantean las preguntas serias. Por citar un solo ejemplo de la burbuja bursátil del año 2000: ¿por qué alguien habría comprado Cisco a 75 dólares por acción (más de cuatro veces su precio actual, más de una década después) cuando su capitalización bursátil superaba en más de 20 veces las ventas anuales y no tenía beneficios al contabilizar correctamente el coste de las opciones sobre acciones de los empleados? Pero mucha gente la compró.
El plan de Law se basaba en la falsa premisa de que las tierras del Misisipi valían mucho más de lo que realmente valían. Aunque era falsa, esta premisa llegó a ser ampliamente aceptada. La gente se sumó a la burbuja e infló el precio de las acciones de su Compañía del Misisipi. En el punto máximo, el precio superaba con creces el valor, pero esta realidad solo se reconoció después de que la burbuja estallara.
Claramente, el oro no está en una burbuja. No sigue el patrón de las burbujas. Hoy el oro no está ampliamente extendido entre los inversores, lo que contrasta con lo que cabría esperar si estuviera en una burbuja. Y lo que es más importante: en lugar de que quienes tienen oro intenten racionalizar un precio alto, son quienes no lo tienen los que dan razones para no poseerlo.
Hoy hay una burbuja, pero no es la del oro. Es la de los instrumentos de deuda del Gobierno de EE. UU. y, de hecho, de otros gobiernos que también han hecho demasiadas promesas financieras. Muchas de estas promesas se incumplirán y muchas deudas serán repudiadas, pero la mayoría de la gente no entiende esta realidad o se niega a aceptarla. Ignorando el análisis financiero prudente e incluso las lecciones de la historia, siguen creyendo que la deuda pública es un valor refugio.