Espíritus animales

La BBC emite una serie de tres partes sobre economistas notables, empezando por Keynes. Se cometieron varios errores, pero los pasaré por alto y me centraré en dos falacias keynesianas.

La primera fue que Keynes anticipó correctamente las consecuencias económicas y políticas del Tratado de Versalles, que impuso a Alemania reparaciones punitivas: eso era cierto. Se extrapoló de forma extraña a la situación actual, concluyendo que Alemania debe reducir su prosperidad y su poder económico a un nivel más cercano al de los demás países de la eurozona en aras del equilibrio económico.

El segundo punto fue que Keynes describió los cambios inesperados en el comportamiento económico como «espíritus animales». Mervyn King, nada menos que el gobernador del Banco de Inglaterra, dijo en el programa que era la mejor explicación de la crisis bancaria de hace cinco años. Describir un suceso así en esos términos no es una explicación y deja al descubierto un enorme vacío en los conocimientos de King.

Los «espíritus animales» equivalen al fracaso de los keynesianos a la hora de explicar un fenómeno básico de la acción humana. El origen de la expresión, si hemos de creer lo que dice el programa, está en los intentos fallidos de Keynes por predecir los precios de la bolsa. Todos hemos pasado por ahí: inventamos un sistema de inversión infalible y luego vemos cómo fracasa en la práctica. Los «espíritus animales» sustituyen a la comprensión de que es imposible predecir con certeza los precios de mañana, ya sean los de activos financieros o los de bienes.

Los precios cambian por uno de estos dos motivos: o bien cambia el valor de los bienes que se intercambian por dinero, o bien cambia el valor del dinero utilizado. La crisis bancaria a la que se refirió King tuvo que ver con un cambio repentino en el valor del dinero.

Antes de la crisis, los bancos estaban dispuestos a prestar y los consumidores, a endeudarse para comprar. El requisito previo era una expansión continua del crédito, un proceso que tarde o temprano tenía que acabar. Y cuando acabó, la consecuencia de un cambio en la disponibilidad de dinero fue un aumento de su valor para el consumidor, y el resultado fue una caída de los precios. Los «espíritus animales» son un intento de resumir este efecto sin entenderlo.

Si se hubiera dejado actuar al mercado, los precios se habrían ajustado a nuevos niveles más bajos. La acción del Gobierno se centró en impedir que esto ocurriera, con programas como el achatarramiento de coches, o «cash for clunkers», para estimular la demanda. Al mismo tiempo, los bancos centrales inundaron el sistema bancario de dinero para evitar que su valor subiera. Así se impidió que los precios se ajustaran al estallido de la burbuja del crédito. Esta solución keynesiana tiene en su núcleo otra falacia, expuesta con claridad por los expertos del programa, entre ellos King. Creen que hay que subvencionar la producción para mantener bajo el desempleo. Si la gente conserva su empleo, gastará, y eso devuelve la economía a su cauce. Este análisis es incorrecto: como hemos visto, el problema son los precios, no la producción.

El orden de los acontecimientos no empieza con la producción, sino con el consumo. Si los precios son demasiado altos por un cambio en el valor del dinero, tienen que bajar para atraer a los consumidores. La caída de los precios deja al descubierto la capacidad productiva sobrevalorada. Es un ajuste que tiene que producirse, y ninguna cantidad de subvenciones ni de emisión de dinero para atajar los «espíritus animales» puede cambiarlo. Y cuanto antes ocurra, antes volverá la economía a su cauce.

El próximo programa trata sobre Hayek, que debería ser menos polémico, salvo para aquellos académicos que sustituyen el análisis razonado por una creencia incuestionable.

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