Esa reunión del G20

Las cumbres del G20 de líderes mundiales son, en apariencia, todas iguales: concluyen con una declaración anodina y sin sentido con la que todo el mundo puede estar de acuerdo. Pero estas reuniones sirven para algo: permiten a los líderes mundiales reunirse de manera informal e intercambiar puntos de vista.

Desde el último G20, celebrado en San Petersburgo en 2013, cuando existía una gran convicción de que el crecimiento económico volvería, las perspectivas económicas mundiales se han deteriorado de forma significativa. En lugar de la cordialidad mutua de la vez anterior ante la perspectiva de un éxito colectivo, los líderes mundiales están ahora casi con toda seguridad preocupados. Habrán conocido el fracaso de la política monetaria en todas partes. Lo habrán sabido de primera mano por la delegación de Japón, que va camino de la destrucción financiera y monetaria. La desesperación de las delegaciones europeas también habrá sido evidente.

El problema es que las teorías monetarias de posguerra no han dado resultado. Bajar los tipos de interés y aumentar las cantidades de dinero para fomentar el crecimiento económico ya no funciona. Abandonar las leyes del mercado en favor de estimular la demanda de los consumidores por medios monetarios ha resultado ser un callejón sin salida. El tiempo lo dirá, pero si la economía mundial se encamina hacia una recesión, el sistema bancario se verá sobrecargado de prestatarios en situación de impago y los déficits públicos aumentarán sin control, especialmente en los países con un fuerte estado del bienestar. Esto no se puede permitir que ocurra bajo ninguna circunstancia. Es, por tanto, bastante probable que se pruebe en su lugar la alternativa a la política basada en lo monetario: acelerar el gasto deficitario del Gobierno como medida preventiva. Y en este sentido, el éxito relativo de las economías británica y estadounidense se atribuirá a sus grandes déficits presupuestarios, mientras que la penuria de la austeridad se asociará con los problemas de Francia y del sur de la Eurozona.

Son argumentos malos y confusos, pero resultarán emocionalmente atractivos para la clase política, mientras que los banqueros centrales probablemente sienten que ya es hora de que los políticos asuman la responsabilidad de la gestión económica. Además, cada vez resulta más evidente que las soluciones monetarias solo enriquecen a los banqueros. Y la forma más eficaz de combatir la deflación, argumentarán los economistas, será una subida de precios de los productos de consumo impulsada por la demanda, que tiene más posibilidades de producirse mediante un mayor gasto público. Y no te sorprendas si los economistas sostienen que los gobiernos deben asumir el proceso de creación de deuda para reactivar el ciclo económico.

Quizá miremos atrás a Brisbane como un hito en la política económica mundial, cuando los gobiernos y los bancos centrales cambiaron el énfasis de la gestión económica, que pasó del estímulo monetario a través del sistema financiero a una mayor intervención directa del Gobierno. En el proceso es probable que ocurran dos cosas: las divisas empezarán a perder poder adquisitivo con respecto a los bienes cotidianos, y es probable que los rendimientos de los bonos del Estado suban, lo que socavará la valoración de los activos financieros.

Esto sin duda inflará el PIB, porque el gasto público es una parte importante del mismo. Pero la idea de que se pueda diseñar una inflación de precios controlada va en contra de toda la experiencia. Si el énfasis pasa de las soluciones monetarias a un gasto público más agresivo, el riesgo también se desplazará hacia una pérdida incontrolable de poder adquisitivo de las divisas. Será muy bueno para las coberturas contra la inflación como el oro.

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