La respuesta monetaria y fiscal al coronavirus ha impulsado una destrucción inesperada de la moneda fiduciaria. Los mercados financieros aún no han descontado la posibilidad de un resultado así, pero en los próximos meses es probable que despierten ante este peligro.
Surge la pregunta de qué sustituirá a las monedas fiduciarias. En el pasado la respuesta siempre ha sido el oro, pero hoy también existen las criptomonedas, cuyos entusiastas son más conscientes que la mayoría de los fallos del dinero fiduciario.
Este artículo describe los fundamentos del dinero, qué es y qué papel desempeña, con el fin de entender qué se exigirá al eventual sustituto del dinero fiduciario. Concluye que el oro volverá a ser el medio de intercambio del mundo, y que las criptomonedas seguras, incapaces de ofrecer la escalabilidad y la estabilidad de valor que requiere un medio de intercambio, se valorarán en oro tras la desaparición del dinero fiduciario. Pero entonces su razón de ser habrá desaparecido y, con ella, su función como reserva de valor.
La destrucción del dinero fiduciario
Vivimos tiempos extraños. Las circunstancias están obligando a los gobiernos a destruir su dinero depreciándolo para pagar sus obligaciones, reales e imaginarias. Si los banqueros centrales entendieran lo que es realmente el dinero, no habrían llegado a una posición en la que se ven obligados a utilizar su señoreaje para destruirlo. Son tan ignorantes en materia de catalaxia, los fundamentos de la economía, que no ven que están destruyendo el medio de intercambio que han impuesto a sus ciudadanos, con consecuencias mucho peores que el abandono de los males que intentan sufragar.[i]
A menos que creas en una forma financiera de movimiento perpetuo, sabrás que, manteniéndose todo lo demás igual, si duplicas la cantidad de dinero reduces aproximadamente a la mitad su poder adquisitivo. Es, por tanto, un hecho incontestable que, si un banco central duplica la cantidad de una moneda fiduciaria en circulación, se apropia de la mitad del valor del efectivo, los depósitos en moneda, los beneficios y los salarios de todos. Empobrece a todo el mundo, y es sencillamente una farsa presentar la inflación monetaria como una forma de rescate económico sin coste. Sin embargo, los principales bancos centrales admiten ya sin pudor una política de expansión infinita de la moneda en circulación.
El efecto sobre la asignación de capital es igualmente destructivo, porque socava el cálculo económico. La supresión de los tipos de interés y las cantidades crecientes de moneda tientan a los empresarios a tomar decisiones de inversión poco rentables que solo lo parecen. Pero el inflacionismo fracasa periódicamente, como confirmará cualquiera que siga los ciclos del crédito. Y cuanto más extrema es la política inflacionista, más capital se asigna mal y peores son los fracasos periódicos. Hoy podemos añadir a estos males unas políticas monetarias y de tipos de interés destinadas a evitar que cualquier empresa quiebre, como acto final de mala asignación de capital.
Nos encontramos ahora al borde de una crisis monetaria global provocada por una nueva y rápida aceleración de la impresión de dinero. Nunca habíamos visto que nuestros propios gobiernos y los de todos nuestros socios comerciales emprendieran las mismas políticas de destrucción monetaria. Por eso, nunca habremos visto la escala de destrucción de riqueza global que estamos a punto de vivir. A menos que los gobiernos cambien sus políticas inflacionistas, estas harán que padezcamos todos las miserias de las que leemos en países como Venezuela y Zimbabue.
Es extraordinario que los economistas modernos no vean los verdaderos efectos de la inflación, conocidos desde los albores del dinero. Nicolás de Oresme, obispo francés del siglo XIV y destacado traductor de Aristóteles, advirtió sobre la depreciación de la moneda:
«Soy de la opinión de que la causa principal y última por la que el príncipe pretende tener poder para alterar la moneda es el provecho o ganancia que puede obtener de ello… el monto del beneficio del príncipe es necesariamente el de la pérdida de las comunidades, y toda pérdida que el príncipe inflige a la comunidad es injusticia y acto de un tirano y no de un rey, como dice Aristóteles. Y así, el príncipe llegaría finalmente a atraer hacia sí casi todo el dinero o las riquezas de sus súbditos y a reducirlos a la esclavitud, y esto sería tiránico, en verdad una tiranía auténtica y absoluta, tal como la representan los filósofos y la historia antigua.»[ii]
Como descripción de la inflación, fue una afirmación de continuidad con lo que se sabía desde la época clásica. En tiempos de Oresme y antes, la principal forma de depreciación era la de la moneda acuñada. No es distinto de emitir cualquier forma de dinero o de crédito no respaldada por un metal valioso. Aparte de los alquimistas que soñaban con crear oro a partir de otra cosa, los principales negadores del verdadero propósito del inflacionismo han sido John Law en la Francia del siglo XVIII, Georg Knapp y sus cartalistas en la Alemania de Bismarck, y Lord Keynes, cuyas consecuencias sufrimos hoy. Oresme dio en el clavo. El propósito de toda depreciación es financiar al Estado, y el Estado concede licencias a los bancos con ese fin, extendiendo también favores monetarios a las grandes empresas. Olvida la palabrería sobre estimularnos; no es más que una tapadera del robo estatista de nuestra riqueza.
El coronavirus no es la causa de esta locura. Solo ha acortado los plazos, el tiempo probable que falta para que abandonemos por completo las monedas fiduciarias. Ha adelantado el momento en que el homo economicus prevé la pérdida total del poder adquisitivo de la moneda del gobierno. A partir de ese momento, quienes no queramos caer en el trueque buscaremos un nuevo medio de intercambio. Desesperados, es probable que los gobiernos intenten ofrecer alternativas. Si lo hacen, casi con certeza será una variación del tema fiduciario, que les resulta imposible abandonar por falta de financiación. Descubrirán entonces que un dinero duradero no lo elige el Estado, sino la gente.
Esa ha sido la lección de la historia. Quienes piensan que la economía como ciencia comenzó con Keynes, y que las teorías anteriores quedaron por ello invalidadas, se llevarán una conmoción primordial. Es hora de volver a aprender lo básico sobre el dinero para poder anticipar qué forma de dinero perdurará como sustituto del fracaso de la moneda fiduciaria de los gobiernos.
Definir el dinero
Hay dos hechos incontrovertibles que subyacen al análisis económico y al papel del dinero. El primero es que la división del trabajo es más productiva que el trabajo de individuos aislados. Es decir, los individuos maximizan su productividad empleando sus habilidades individuales y confiando en su mayor producción para obtener todo lo demás que necesitan y desean de otros productores especializados de su comunidad. Ni siquiera Marx lo negó, ni tampoco los demás socialistas que surgieron en la escena económica y política desde su época. Solo Keynes lo negó, para dar validez a su Teoría general.[iii]
Incluso los economistas socialistas están de acuerdo con el segundo hecho incontrovertible: que, salvo los ascetas, los individuos prefieren una mayor productividad de su trabajo a una menor. Los argumentos socialistas no iban contra estos hechos, sino que discutían qué forma de dividir el trabajo es la más productiva. Los marxistas sostenían que la división del trabajo debía aprovecharse en beneficio del Estado y que, en lugar de ser explotados por los empleadores, los trabajadores serían más felices y más productivos. Los socialistas menos extremos simplemente creen que hay poca o ninguna diferencia en la producción entre una empresa controlada por el Estado y otra de propiedad privada.
De ello se deduce que, para facilitar la división del trabajo, el papel del dinero es facilitar el intercambio de bienes. Permite a las personas elegir entre bienes y servicios y, por tanto, ejercer su criterio sobre los valores relativos que atribuyen a los distintos bienes. Les permite elegir.
No hay que confundir el valor con los precios. El valor es la expresión de una preferencia graduada entre bienes, la valoración de uno frente a otro. El dinero es la mercancía cuya única función es facilitar la transferencia de la producción hacia el consumo necesario y deseado, con el fin de satisfacer las escalas de valor individuales. La diferencia entre el valor y su realización como precio en una transacción se resuelve en los valores subjetivos que dan distintos individuos a los bienes y servicios que se intercambian y en un valor objetivo común para el dinero.
Con independencia del valor transaccional objetivo del dinero, quienes realizan transacciones dan valores distintos al propio dinero en relación con un producto concreto dentro del contexto objetivo del dinero. En una transacción, una parte valorará una cantidad dada de dinero más que el bien en el momento del intercambio, mientras que la otra parte valorará el bien más que la cantidad de dinero exigida; de lo contrario, no puede haber intercambio. El intercambio queda registrado como un precio expresado en términos monetarios.
Esta descripción condensa en unos pocos párrafos la relación entre valor y dinero. Es un tema que los economistas modernos rara vez abordan, y esa es una de las razones por las que el papel catalláctico del dinero se entiende mal. Una segunda razón, no menos importante, es que la literatura de referencia sobre el tema nació en Austria y en alemán, con nombres poco familiares para el oído anglosajón, como Menger, Böhm-Bawerk, Wieser y Mises, entre otros. En cambio, la economía neoclásica actual ignora toda subjetividad y ha evolucionado hacia una certeza macroeconómica matemática e inflexible, que elimina la imprevisible acción humana y confunde el valor con los precios.
Pero de estos fundamentos se derivan todos los demás papeles del dinero. Es evidente que, mientras una parte quiere el dinero más que el artículo que se intercambia y la otra prefiere el artículo al dinero, ambas partes de una transacción necesitarán un medio de intercambio estable. Así pueden acordar un valor objetivo en el momento de la transacción. Pero cuando una persona o una empresa vende su producción, el dinero obtenido no se intercambia de inmediato por otros bienes. Por tanto, el dinero debe tener algo más que un valor objetivo en el momento de la transacción, porque también es el almacén temporal del trabajo o de la producción de una empresa.
Es fundamental que todos los agentes económicos confíen en que el poder adquisitivo del dinero no cambia durante el tiempo en que probablemente lo conserven en lugar de los bienes y servicios que aún han de adquirir; de lo contrario, se desharán del dinero más rápidamente de lo que lo harían en otro caso, o bien lo atesorarán en mayor medida de la que normalmente necesitarían. Y cuando la división del trabajo se organiza en un sistema cooperativo, como una empresa con numerosas personas a las que se retribuye la producción con salarios fijos, es una suposición fundamental de todos los contratos de trabajo que el poder adquisitivo del salario no varía.
La estabilidad que cualifica al dinero como medio de intercambio a lo largo del tiempo es también fundamental para funciones relacionadas, como la capacidad de las partes de acordar condiciones de pago aplazado y la posibilidad de que el dinero permita ajustar los factores de riesgo entre una transacción y su liquidación final. Salvo los pagos aplazados basados puramente en la confianza, las liquidaciones diferidas reflejarán un nivel de preferencia temporal acordado entre las partes. Esta es la medida de la diferencia entre los valores de la posesión inmediata y la posesión diferida durante el periodo acordado.
El mayor valor para las partes es poseer antes, y la posesión futura se valora menos. Todas las mercancías están sujetas a esta regla. Además, la preferencia temporal del dinero también está sujeta a ella y reflejará las características propias del dinero, así como las de los bienes que se intercambian.
En lugar de expresarse como un descuento sobre la posesión actual, la preferencia temporal de la posesión futura se expresa como un tipo de interés anualizado. Suponiendo una valoración actual de un valor futuro, una preferencia temporal del 95 % de la propiedad actual dentro de un año equivale a un tipo de interés de
(100-95)/95 = 5,26 %.
La preferencia temporal solo puede acordarse entre las partes de la transacción, y es imposible que terceros, como el Estado, sepan cuál es ese valor. En lo que respecta al dinero, esto se denomina comúnmente tipo de interés originario, despojado de otras consideraciones, como el riesgo de la transacción y los cambios previstos en los precios de los bienes futuros, que son factores adicionales.
Debería ser evidente que un medio de intercambio cumple sus funciones con mayor eficacia cuando el público que realiza transacciones tiene la máxima confianza en la estabilidad del dinero, lo que conduce a un nivel relativamente bajo de preferencia temporal. Las políticas de inflacionismo estatal socavan esta condición y, si continúan, conducen inevitablemente a la pérdida total de confianza en el dinero fiduciario. Los acontecimientos recientes, la combinación de un descenso del ciclo crediticio y las consecuencias económicas del coronavirus, han comprometido a los bancos centrales con un aumento ilimitado de la inflación monetaria que, además de suprimir toda preferencia temporal al imponer a los agentes económicos tipos de interés cero y negativos, adelantará el día en que la fe en las monedas fiduciarias se pierda por completo.
Por tanto, podemos prever la muerte de las monedas fiduciarias actuales. Es un error pensar que será un proceso gradual: ya ha sido gradual desde finales de la década de 1960, cuando se abandonó definitivamente la última hoja de parra de la convertibilidad en oro con el fracaso del pool del oro de Londres. Desde entonces, medido en oro, el dólar ha perdido más del 97 % de su poder adquisitivo frente al oro. Dada esta última aceleración de la depreciación monetaria, es probable que sea el clavo en el ataúd del dólar fiduciario. En lugar de un declive continuo, es probable que el desenlace sea un colapso final, no solo por su emisión excesiva, sino porque el dinero fiduciario habrá perdido todas sus funciones derivadas. Lo único que falta es que el público sea consciente de ello.
El fin del dinero fiduciario puede aplazarse volviendo a un patrón oro, convirtiéndolo de puramente fiduciario en representante del oro. Pero solo será una solución duradera si el Estado deja de intervenir en la economía, mantiene presupuestos equilibrados y adopta los mercados libres. Por desgracia, el inflacionismo en forma de economía neokeynesiana está tan arraigado en el pensamiento político que muchos bancos centrales buscarán inventar nuevas formas de dinero fiduciario en lugar de volver a un patrón de cambio oro.
Una de las alternativas con las que se está experimentando son las criptomonedas emitidas por el Estado, pero todavía no está claro para qué fin se conciben. Es seguro que, de forma crucial, se diferenciarán del bitcoin y de criptomonedas similares por tener un libro de contabilidad centralizado bajo control estatal. Al margen de las dudas que plantean las incertidumbres más amplias sobre la durabilidad del valor de uso de una criptomoneda, a menos que la versión estatal esté respaldada de forma convincente por oro, no será más que una moneda fiduciaria disfrazada, sucesora de un fracaso que difícilmente obtendrá la confianza duradera del público. Por el momento, debemos descartar las criptomonedas emitidas por el Estado por irrelevantes para nuestro análisis, porque las criptomonedas independientes son mejores depósitos de valor gracias a sus libros de contabilidad distribuidos.
El oro como dinero
Los inflacionistas niegan que el oro deba desempeñar papel monetario alguno, por la sencilla razón de que obstaculiza sus políticas inflacionistas. Al ser la forma más probable de dar respaldo a una moneda, para que un patrón de cambio oro funcione se requerirá una disciplina monetaria estricta, basada en reglas.
Un patrón de cambio oro se compone de los siguientes elementos. Las nuevas emisiones de moneda denominada en la divisa estatal deben estar cubiertas a prorrata por oro físico adicional, y deben ser plenamente intercambiables a elección del público. Al principio, el Estado no está obligado a cubrir todos los billetes existentes en circulación, pero, según la situación, quizá deba cubrirse con oro físico como mínimo un tercio de la emisión al fijar una relación de conversión. Lo fundamental es que las emisiones posteriores de billetes deben estar cubiertas por el emisor mediante la adquisición de oro físico.
Los billetes «tan buenos como el oro» son un medio práctico de utilizar el oro como medio de pago. El dinero electrónico, al ser plenamente convertible en billetes, también debe ser convertible en oro.
Un patrón de cambio oro exige además que el Estado cambie radicalmente de rumbo respecto a su financiación inflacionaria habitual. La economía, que se ha acostumbrado igualmente a recibir flujos futuros de dinero aparentemente gratuito, tendrá que adaptarse a su ausencia. Por consiguiente, el Estado tiene que reducir su carga sobre la economía, de modo que su actividad pase a ser una parte mínima del conjunto; cuanto menor, mejor. Debe privatizar las industrias que posee, porque no puede permitirse asumir pérdidas y las empresas públicas ineficientes lastran el rendimiento económico global. Al mismo tiempo, el Estado no debe obstaculizar la creación y acumulación de riqueza por parte de productores y ahorradores, que es el medio para financiar la inversión en producción. La política del gobierno debe ser acabar con todo socialismo, permitir que las organizaciones benéficas asuman la asistencia social y dejar plena libertad a los mercados libres.
En líneas generales, así evolucionó la política del gobierno británico desde las guerras napoleónicas hasta la Primera Guerra Mundial, y la prueba de su éxito fue el desarrollo comercial y tecnológico de Gran Bretaña, debido enteramente a los mercados libres. Pero los británicos cometieron un error importante: la Ley de Estatutos Bancarios de 1844 (Bank Charter Act), que en Inglaterra y Gales permitió la expansión del crédito bancario sin respaldo. Por este motivo se desarrolló un ciclo de expansión del crédito, interrumpido por fuertes contracciones, el auge y la caída que condujeron a una serie de crisis bancarias. Un futuro patrón de cambio oro debe abordar esta cuestión, separando la captación de depósitos, con una función de custodia, y la financiación de la inversión, con una función de agencia.
Es un error habitual de los economistas neokeynesianos creer que el oro no es un medio adecuado para financiar el comercio y la inversión modernos porque, según se alega con frecuencia, carece de tipo de interés. Dado que los tipos de interés existieron durante todos los patrones oro, la confusión surge al suponer que el papel moneda lleva asociado un tipo de interés. Pero si una moneda de papel es plenamente convertible en oro, los tipos de interés se refieren en realidad a pedir prestado y prestar oro, y no se aplican a la moneda. La mejor medida de lo que pueden ganar los ahorradores prestando sus ahorros en oro sin riesgo es el rendimiento de la deuda pública, reembolsable en oro y realizable en el mercado en cualquier momento. Esto se ilustra en la Figura 1.

Poco después de la introducción del soberano de oro en 1817, el rendimiento de la deuda pública sin vencimiento fue descendiendo gradualmente hasta el 2,3 % en 1898. Esto reflejaba un descenso natural de la preferencia temporal, a medida que los mercados libres generaban cada vez más beneficios y una riqueza creciente para la población británica. Tras los descubrimientos de oro en Sudáfrica, entre principios de la década de 1880 y la Primera Guerra Mundial las existencias mundiales de oro en superficie se duplicaron, y los efectos inflacionistas provocaron un aumento de los rendimientos de los Consols del Gobierno hasta el 3,4 %.
El estímulo para que los inversores aportaran capital financiero para invertir en industria y tecnología fue doble. La inversión de una familia en 1824 aumentó de valor gracias a la caída a largo plazo de los rendimientos de los Consols. Hacia 1898, lo invertido en Consols se habría revalorizado un 65 %. Al mismo tiempo, el poder adquisitivo de la libra esterlina respaldada por oro aumentó aproximadamente un 20 %. Se recompensaba el ahorro y la herencia familiar.[iv]
Es importante señalar que las existencias de oro en superficie han crecido aproximadamente al mismo ritmo que la población mundial, lo que aporta estabilidad a largo plazo a los precios expresados en oro. Por esta razón, suele decirse que, medido en oro, el coste de una toga romana no difiere mucho del de un traje moderno de chaqueta. Otras ventajas monetarias del oro y de los patrones de cambio en oro, frente a las del dinero fiduciario puro, también se derivan de esta estabilidad.
Entre los países que utilizan el oro y sus sustitutos como dinero, salvo por las diferencias de liquidación a corto plazo cubiertas por la financiación comercial, los desequilibrios de la balanza de pagos solo existían para ajustar los niveles de precios entre naciones. Si un país exporta más bienes y servicios de los que importa, importa oro o sustitutos del oro en términos netos. La mayor cantidad de oro en ese país tiende a ajustar al alza su nivel general de precios hasta el de los países que son importadores netos de bienes y servicios, los cuales comprueban que la salida de oro ha reducido sus precios en la misma medida. Al eliminarse la posibilidad de emitir moneda sin respaldo, los flujos netos de la balanza de pagos pasan a ser un puro arbitraje de precios. Esto concuerda con la teoría económica clásica y conserva hoy vestigios en conceptos como la paridad del poder adquisitivo.
En resumen, el oro conserva las cualidades que garantizan que siempre será la mercancía elegida por las personas como medio de intercambio. Ofrece estabilidad de precios a largo plazo y es la máxima disciplina fiscal y monetaria para los gobiernos, pues les obliga a reducir sus ambiciones socialistas, a aceptar la primacía de los mercados libres y a permitir que las personas que actúan ganen y acumulen riqueza. Al ser totalmente fungible, el oro es un respaldo adecuado para monedas y billetes sustitutivos. Es un medio eficiente para generar ahorro destinado a la inversión de capital. Y la tendencia de los precios medidos en oro a bajar con el tiempo, impulsada por la competencia natural y la tecnología, asegura un tipo de interés originario bajo y estable.
Bitcoin y criptomonedas similares de libro mayor distribuido
Ahora que hemos definido el dinero y señalado por qué la moneda fiduciaria avanza hacia el fracaso a un ritmo cada vez mayor, debemos examinar la tan comentada alternativa al oro: las criptomonedas, de las cuales la más destacada es bitcoin. Por simplicidad, comentaremos solo bitcoin.
Las principales características de bitcoin son su ritmo de emisión preprogramado, limitado y con un tope, y su libro mayor distribuido, también conocido como cadena de bloques o blockchain. Lo primero lo distingue de las monedas fiduciarias, que, como hemos visto, están iniciando su carrera final de inflación, y lo segundo garantiza que los gobiernos no puedan controlarlo ni interferir en él de ningún otro modo.
Aunque los gobiernos pueden confiscar los beneficios de sus ciudadanos, cerrar las casas de cambio de criptomonedas y ordenar a los bancos que tienen autorizados que no acepten ni realicen pagos relacionados con las criptomonedas, todavía no lo han hecho. Hasta ahora, cuando las autoridades han intervenido, los motivos alegados han sido combatir el fraude, real e imaginado, y el supuesto blanqueo de capitales. Para que los gobiernos cerraran las criptomonedas probablemente haría falta la cooperación internacional de todos ellos para negar el derecho a poseerlas. Un acuerdo en este sentido sería casi imposible de alcanzar y requeriría muchos años de negociación entre gobiernos, dada la violación de los derechos de propiedad que implica y los precedentes que sentaría. Debido a la aceleración del calendario de la desaparición de las monedas fiduciarias, una intervención de este tipo parece improbable.
Por tanto, bitcoin sobrevivirá a la intervención de los gobiernos y podría convertirse en un sustituto de las monedas fiduciarias. Pero existe el problema práctico de que el intercambio está limitado en gran medida a usuarios que buscan inversión y especulación, en lugar de utilizarse como pago de bienes. Y con razón: en cualquier transacción, el hombre que actúa querrá que toda la subjetividad del precio se refleje en los bienes intercambiados y que los valores objetivos se limiten a la moneda. Actualmente, la volatilidad de bitcoin es extrema, como se muestra en la Figura 2, que compara bitcoin cotizado en onzas de oro con el oro cotizado en dólares.

La volatilidad del oro frente al dólar es aproximadamente igual a la de cualquier otra divisa, y su tendencia alcista refleja principalmente la pérdida de poder adquisitivo del dólar. Incluso expresada en onzas de oro, la volatilidad del bitcoin ha sido enorme, demasiado enorme para actuar como valor objetivo en el intercambio de bienes.
A menos que la volatilidad del bitcoin se reduzca lo suficiente como para que se acepte ampliamente como medio de intercambio, no puede funcionar como dinero eficiente en el sentido catalíctico. Además, el sistema de cadena de bloques es demasiado engorroso para un medio de intercambio global: actualmente se limita a unos quinientos mil movimientos diarios, cuando se necesitan billones.
Aunque se admita que las demás características monetarias del bitcoin aún están por desarrollar, la volatilidad también parece descartar los acuerdos entre prestamista y prestatario sobre el valor de la preferencia temporal como base para usarlo en liquidaciones diferidas. Por ahora, el bitcoin parece servir para comprar con vistas a vender a cambio de otra forma de dinero, más que para actuar como dinero en sí mismo. Sin duda, los propietarios de bitcoin, o «hodlers» en la jerga, lo valoran en dólares y piensan en realizar beneficios en dólares. Parece que los hodlers especulan con la subida del bitcoin, y no con la caída del dólar, aunque eso cambiará cuando el público en general empiece a deshacerse de sus monedas fiduciarias.
Cuando los hodlers por fin entiendan esta distinción, en ausencia de dinero fiduciario y usando el bitcoin para los intercambios cotidianos de bienes, ¿por qué lo cambiarán? Si descartamos la compra de otras criptomonedas, la respuesta solo puede ser dinero metálico, oro, o sustitutos del oro debidamente constituidos.
Aunque podemos señalar la falta de características monetarias de una criptomoneda, eso no significa que podamos descartarlas como meras fichas especulativas. Las circunstancias cambian, y es probable que, cuando el público en general entienda por fin que las monedas fiduciarias no valen nada, busque depósitos de valor alternativos. Los entusiastas del bitcoin están entre los primeros en comprender las ventajas de acumular riqueza frente a unas monedas fiduciarias en declive. Además, la innovación tecnológica podría aportar soluciones a la falta de escalabilidad transaccional del bitcoin.
Los bancos centrales también llevan a cabo proyectos de criptomonedas y cadena de bloques, hasta ahora con poco sentido aparente de la dirección, más allá de intentar mantenerse al día de los avances. El Estado más adelantado parece ser China, que está probando una versión digital del yuan. Pero lejos de tener las características de una criptomoneda, cualquier versión del yuan, digitalizada o no, es, al menos por el momento, simplemente una moneda fiduciaria.
En el análisis final, que el bitcoin llegue a ser dinero depende de lo que decida el público que realiza las transacciones. Pero por ahora sigue siendo una cobertura frente al riesgo de las monedas fiduciarias, con potencial de que su precio suba, no solo reflejando la caída del dólar y de otras monedas fiduciarias, sino también por méritos propios. El mercado del bitcoin es potencialmente enorme, mucho mayor que el caudal que alimentó cualquier burbuja especulativa de la historia, con miles de millones de personas que poseen teléfonos móviles capaces de adquirirlo.
Observaciones finales
Los inflacionistas, que abarcan a todo el establishment financiero y a sus epígonos, no ven el final de las monedas fiduciarias. Pero un análisis racional y objetivo, junto con la evidencia empírica, nos dice que la escalada súbita y rápida de la expansión monetaria, destinada a evitar que los activos financieros fracasen, conducirá a la destrucción del dólar como principal medio de intercambio del mundo. Y sin la moneda de reserva, es muy improbable que sobrevivan las demás grandes monedas fiduciarias.
Surge entonces la pregunta de qué sustituirá a las monedas fiduciarias. Los intentos de los gobiernos de prolongar la vida del dinero fiduciario emitiendo nuevas versiones que imiten a las criptomonedas fracasarán, y probablemente solo alarguen la vida del dinero fiduciario unos meses, si acaso. Las criptomonedas existentes, incluso las mejores, no son por ahora sustitutos adecuados por su falta de escalabilidad y su volatilidad. Además, por ahora el bitcoin es coto de inversores y especuladores que apuestan por la caída del dinero fiduciario, sin otro plan de salida que medir o realizar beneficios en una moneda fiduciaria.
Se puede hacer la misma acusación al oro, que probablemente se usa aún menos que el bitcoin en transacciones de bienes. Pero el oro tiene a su favor un historial de volver siempre como dinero elegido por el público tras el fracaso del dinero fiduciario. Junto con su idoneidad para las liquidaciones diferidas, podemos por tanto estar seguros de que el oro volverá a ser dinero, mientras que no podemos estarlo tanto sobre el futuro de las criptomonedas.
Esto no quiere decir que las criptomonedas no vayan a proteger a las personas cuando el dinero fiduciario fracase, sino solo que aún no ha surgido una vía de salida, aparte de gastarlas como dinero. En consecuencia, las criptomonedas podrían conservar valor como inversión o especulación, pero acabará midiéndose en oro. Siendo así, las razones para usar criptomonedas como escape del dinero fiduciario en declive desaparecerán cuando el oro vuelva a ser dinero, junto con su papel futuro como medios de intercambio.
[i] La catalaxia es la teoría de la economía de mercado, de los tipos de intercambio y de los precios.
[ii] De su tratado: Sobre el origen, la naturaleza, el estatus jurídico y las variaciones de la moneda, publicado hacia el año 1360 d. C.
[iii] La división del trabajo se resume en la Ley de Say, que Keynes rechazó redefiniéndola de forma incorrecta. Con este juego de manos, pudo inventar un papel económico para el Estado, que justificaba las políticas intervencionistas.
[iv] Cifras extraídas de A millennium of macroeconomic data for the UK; Banco de Inglaterra.
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