¿Por qué nadie defiende los mercados libres y, en cambio, el socialismo, a pesar de todas las pruebas de sus fracasos, vuelve una y otra vez? Como es lógico, la respuesta está en la política, que siempre ha provocado un ciclo de auge y caída del comportamiento colectivo. Profundizar en la comprensión de este fenómeno es oportuno, porque las viejas economías avanzadas, lastradas por una combinación de deuda presente y futura, parecen estar al borde de una caída coordinada y desafortunada. Pero eso no nos devuelve automáticamente a los mercados libres que algunos anhelamos.
Ciclos de comportamiento colectivo
A lo largo de la historia ha habido pocos periodos prolongados de mercados verdaderamente libres. Las excepciones contemporáneas se limitan a algunos pequeños Estados insulares, obligados a ser emprendedores por su tamaño y su posición frente a las naciones más grandes con las que comercian. Los gobiernos de estas islas saben que el propio Estado no es apto para el emprendimiento. Solo si el Estado protege la libertad de los mercados insulares y la santidad de los derechos de propiedad pueden los emprendedores servir a la gente de estas comunidades y crear riqueza para todos.
Esta no es la condición normal de las naciones más grandes. Antes de la Ilustración escocesa, que dio vida a David Hume y Adam Smith, apenas se entendían los beneficios del libre comercio. Desde entonces, la riqueza creada por el libre comercio y el dinero sólido casi siempre ha sido el trampolín de cambios perjudiciales. A veces, un líder autoritario, como Mao o Lenin, dicta a la gente lo que puede y no puede hacer. Otras veces, un dirigente busca la popularidad gravando con dureza a unos pocos en supuesto beneficio de las masas. Este es el modelo de los Estados del bienestar actuales. La degradación del medio de intercambio es una extensión de estas políticas socializadoras y favorece la transferencia de la riqueza personal al Estado.
Para entender por qué los mercados libres suelen ser impopulares, debemos situarlos en el contexto del comportamiento humano. En este sentido, podemos esquematizar un ciclo de comportamiento colectivo en tres fases características. La primera es una condición de ausencia de ley, sin propiedad segura; al no haber leyes exigibles, los medios de posesión son necesariamente violentos e inciertos. Es la condición natural del tribalismo y de las sociedades precivilizadas. Es la condición a la que la humanidad regresa cuando el ciclo se completa.
La segunda fase es la consolidación de la propiedad, con leyes exigibles que la definen y la protegen. Del caos que no logra mejorar la condición de la gente surge el orden y, con él, la agregación de los medios de producción. El capital, en todas las formas necesarias para producir, se acumula y, al ser escaso, se utiliza con la máxima eficiencia. El pilar de esta fase es la libertad del individuo para disponer de sus recursos a voluntad. El ritmo de mejora de la condición humana depende del nivel de riqueza acumulada y de innovación tecnológica.
La tercera fase es el abandono de los mercados libres en favor del control estatal. El Estado, cuya función económica principal es actuar como proveedor y garante de la ley, reprime cada vez más el comercio al extraer niveles crecientes de impuestos. Los impuestos se imponen para redistribuir la riqueza de quienes la ganaron y la conservaron hacia quienes no lo hicieron. El Estado toma el control del dinero y emite su propia moneda, que puede imprimir a voluntad. Los daños a la economía se encubren con todos los artificios al alcance del Estado.
El Estado regula. El Estado confisca. El Estado priva a su gente de libertad. Las exigencias del Estado se vuelven tan insaciables, tan contraproducentes y tan empobrecedoras que la economía se derrumba y vuelve a la primera fase del siguiente ciclo.
Ese es nuestro ciclo teórico de comportamiento colectivo. Del caos nace el progreso. Del progreso surge el camino hacia la destrucción. Lo mejor de estos tiempos son los mercados libres de la segunda fase. Nadie los defiende.
Pruebas empíricas del ciclo.
La unión de los estados alemanes en una nación unificada en 1871 dio crédito a un nuevo fenómeno socializador, por el cual Bismarck, primer canciller de Alemania, promovió el Estado como entidad socializadora, por encima de los mercados libres. Fue el primer político que creó un Estado del bienestar, e introdujo los seguros de accidentes y de vejez y la medicina socializada. Poco después de la unificación, a mediados de la década de 1870, Bismarck abandonó el libre comercio e introdujo el proteccionismo comercial.
Sus políticas se hacían eco de los principios de la Escuela Histórica alemana, que impulsaba el pensamiento intelectual en la administración prusiana. La Escuela Histórica rechazaba la economía clásica de Smith, Ricardo y Mill en favor de un Estado controlador, respaldado por el análisis de los acontecimientos históricos, de ahí su nombre. Estas lecciones se aplicaron a las condiciones cambiantes de la época. Los trabajadores se trasladaban del campo a las nuevas fábricas, y la respuesta anticuada del establishment alemán ante un fenómeno social completamente nuevo fue esa.
La creación de un nuevo Estado socializador alemán y la negación del liberalismo económico condujeron inevitablemente al nacimiento del cartalismo, la teoría estatal del dinero, según la cual solo el Estado tiene derecho a determinar la moneda que utiliza la población. Georg Knapp publicó su Teoría estatal del dinero en 1905. Con ello entregó a Bismarck la llave para eliminar los límites al gasto estatal. El Estado pudo así consolidar su potencial, tanto en su burocracia como en su armamento militar. Todos sabemos lo que pasó: contribuyó a la Primera Guerra Mundial y en 1923 desembocó en el colapso de la moneda.
Conviene reflexionar sobre cómo se produjo un ciclo de acontecimientos que llevó a los alemanes corrientes desde la libertad para mejorar su situación personal hasta el socialismo de Estado pleno. El comienzo fue prometedor, con la introducción del Zollverein, una unión aduanera entre estados independientes de habla alemana. Las raíces del Zollverein se remontan a la década de 1830 y se consolidó y formalizó en 1861. Precedió a la formación de una Alemania mayor en 1871. Fue la puerta de entrada a la unión política y a la gestión económica estatista.
Es un doble de lo que ocurre hoy con el desarrollo de la Unión Europea, pero lo esencial para quienes siguen la UE es que se trató de un ciclo de acontecimientos que llevó a una nación desde la erosión del laissez-faire hasta el dominio total del Estado sobre la actividad económica y los asuntos monetarios.
En el caso de Alemania, las consecuencias políticas de la Primera Guerra Mundial y el colapso de la moneda no fueron el final de la historia, ni del ciclo. El auge del socialismo fascista extremo acabó llevando a la destrucción del Estado alemán en 1945. El regreso a los mercados libres bajo la guía de Ludwig Erhard, tras su nombramiento como director del Consejo Económico de la Zona de Ocupación, completó el ciclo.
A grandes males, grandes hombres. La Alemania ocupada por los soviéticos no tuvo tanta suerte. Erhard tuvo que ignorar los instintos y las órdenes de sus colegas estadounidenses y británicos del comité militar, que seguían atrapados en una mentalidad burocrática y militarista. En julio de 1948, sin consultarles, Erhard abolió todo el racionamiento y los controles de precios. Casi al instante, las tiendas volvieron a abrir, hubo alimentos disponibles, se disipó el ánimo sombrío y la gente empezó a reconstruir su vida. En contraste, la Gran Bretaña socialista y victoriosa mantuvo el racionamiento hasta 1954, cuando por fin terminó el de la carne.
La evolución de Alemania desde los mercados libres, pasando por un estatismo cada vez más destructivo, y de vuelta a los mercados libres tardó casi ochenta años desde la unificación de 1871. Rusia sufrió un cambio socialista similar, aunque al principio más dramático, desde unos mercados relativamente libres. En lugar de una introducción progresiva del control estatal y de la pérdida de libertad personal, fue repentino y absoluto. Tras tres años de guerra civil, y valiéndose de una plantilla marxista ya preparada, Lenin tomó y consolidó el control. Tanto Lenin como su sucesor Stalin fueron despiadados en la supresión de la libertad. Decenas de millones de personas fueron consideradas enemigas del Estado, entre ellas quienes simplemente disentían o eran de la raza equivocada. Fueron ejecutadas o enviadas a los gulags. Esa represión duró hasta que los soviets empobrecieron a su pueblo hasta el punto de no quedar nada. En 1989, tras unos setenta años, la URSS se derrumbó por fin.
Las experiencias alemana y rusa nos dicen, cada una a su manera, que, como los beneficiarios del libre comercio no lo defienden, el libre comercio no perdura. Cualquiera que lea sobre la vida en Viena antes de la Primera Guerra Mundial se sorprenderá de la prosperidad generalizada, la libertad y el florecimiento artístico de aquella época, que la guerra y el posterior colapso de la moneda destruyeron. Hoy, en nuestros tiempos socialistas, está mal visto defender aquellos años de antes de la guerra como buenos tiempos.
Yo mismo crecí con la prosperidad de libre mercado de las colonias británicas de África; una prosperidad que beneficiaba no solo a los europeos más acomodados, sino también a las comunidades indígenas africanas y asiáticas. Los imperativos políticos la destruyeron: el clamor por la independencia del dominio británico procedía de quienes se habían beneficiado de los mercados libres que luego se propusieron destruir. Las economías de libre mercado plenamente funcionales fueron sustituidas en toda África por élites corruptas que aún hoy roban para lograr su prosperidad personal.
No es casualidad que los líderes africanos posteriores a la independencia adoptaran el socialismo como justificación de sus actos. Argumentaban que los terratenientes europeos se habían apropiado de tierras que eran de propiedad comunal de las tribus y que un Estado recién independizado tenía derecho a recuperarlas. Pero ignoraban que, antes de la llegada de los europeos, no existían ni la propiedad ni una ley de propiedad que la definiera. La ocupación se hacía por la fuerza. No es más que una justificación socialista corriente para que el Estado se apropie de la propiedad privada.
En solo cincuenta años, los mercados libres llevaron al nativo corriente de las tierras del interior de África desde el desconocimiento de la rueda hasta la era de los motores a reacción y los rascacielos. Nunca antes unas comunidades tribales habían presenciado un cambio social tan rápido. Olvidamos las condiciones espantosas y la crueldad rutinaria que existían antes de la llegada del capitalismo occidental. Esas condiciones se resumen mejor en una cita de Tácito, que escribió sobre las tribus germanas en el año 98 d. C.: «Parece indolente, más aún, incluso holgazán, adquirir con trabajo y sudor lo que se puede conseguir derramando sangre».[i] Podría estar describiendo las incursiones de ganado que aún se producen hoy en el Distrito de la Frontera Norte y en Laikipia, en Kenia.
Casi dos milenios después de que Tácito describiera la Germania tribal, en África reinó un desorden similar antes de que los colonos blancos desarrollaran la tierra. Para escapar de un estancamiento de subsistencia que parecía haber existido desde siempre, había que sustituir el desorden por el orden del hombre blanco. Mediante la introducción del capital y de la propiedad, los mercados libres permitieron a toda la población mejorar rápidamente su condición.
Sin estos ingredientes cruciales no puede haber progreso. El socialismo devuelve sin quererlo a la civilización a un estado poco ilustrado al invadir, y luego abolir, tanto la propiedad como la acumulación de capital. La economía ve frenado su avance hasta que se marchita en la vid. Entonces la nación vuelve a su estado precapitalista de anarquía, corrupción, brutalidad y pobreza generalizada. Una vez más, las incursiones de ganado y acciones similares pasan a ser el medio de adquirir propiedad.
Pero si este ciclo repetitivo es tan evidente, ¿por qué cae la humanidad una y otra vez en la misma trampa cíclica?
La psicología de la negación de los mercados libres
Los ciclos del comportamiento humano requieren una acumulación de prejuicios hasta que se vuelven insostenibles. Un prejuicio humano poco examinado es por qué las élites dirigentes se aferran con frecuencia a sus convicciones mientras niegan un debate razonable. Como hemos visto, la respuesta tiene mucho que ver con que una versión del dogma económico interesado se convierte en pieza central de la credibilidad de las políticas estatistas. Lo vemos hoy con nuestro establishment económico poskeynesiano, que dirige las políticas económicas y monetarias mientras niega la superioridad de los mercados sin trabas en estas materias. Quien cuestione la sinrazón de la economía del establishment se arriesga a ser vilipendiado personalmente y apartado.
Crea la estructura de creencias y el gobierno podrá justificar cualquier acción. El liderazgo resulta más eficaz cuando se basa en doctrinas imperantes, con la mente firmemente cerrada a toda evidencia en contrario. Todos los tipos de socialismo muestran opiniones aisladas de las contradicciones incómodas. Así, un gobierno socializante puede parecer independiente e imparcial, al servicio de la gente, cuando en realidad se sirve a sí mismo.
Los nuevos dogmas se afianzan. El gobierno, y también el público, como nuestros antepasados cazadores-recolectores en sus cuevas comunales, se apiñan en torno a la seguridad mutua del nuevo consenso. Ante las contradicciones del gobierno, el público busca consuelo en el propio gobierno. Se convierte en un proceso iterativo que permite al Estado alejarse sin descanso de los mercados libres, no solo con el consentimiento del público, sino con su aliento. Es la base del pensamiento de grupo, el enemigo de la razón.
A esta creciente ceguera sobre uno mismo se suma una sobrestimación de la capacidad de entender asuntos complejos: un sesgo de comprensión que se refuerza con un debate planteado en los términos que fija la propia sociedad, representada por los medios de comunicación. Los editores seleccionan asuntos complejos que reducen a opciones simplificadas, y que luego discuten los participantes invitados. El debate siempre parte de qué intervención o regulación del gobierno tiene más probabilidades de lograr un objetivo dado. Si arruinas la fiesta insistiendo en que la libertad personal es preferible a cualquier intervención del gobierno, dañas la audiencia de los medios y te considerarán un disidente, al que no volverán a invitar.
La contradicción se vuelve demasiado difícil de soportar. Se desarrolla una especie de realismo ingenuo, por el cual los opinadores se presentan como defensores de la asimilación de un consenso. Además, creen que quienes no se suscriben al consenso son irracionales, sesgados, incultos e ignorantes. Por estos medios, los beneficios de los mercados libres y del individualismo se suprimen cada vez más. A los economistas se les paga por promover políticas favorables al control estatal del dinero. Las universidades desarrollan un sesgo contrario al mercado, y los economistas partidarios del libre mercado no consiguen cátedras remuneradas.
La posición que ocupan estos expertos aduladores la resumió John Ioannidis, profesor de medicina de la Universidad de Stamford:
«Los científicos de un campo determinado pueden tener prejuicios simplemente por su creencia en una teoría científica o por su compromiso con sus propios hallazgos… Los investigadores de prestigio pueden suprimir, mediante el proceso de revisión por pares, la aparición y difusión de hallazgos que refutan los suyos, condenando así a su campo a perpetuar un dogma falso. La evidencia empírica sobre la opinión de los expertos demuestra que es extremadamente poco fiable».[ii]
Es decepcionante, pero todos damos por hecho que los científicos son disciplinados en sus especialidades e imparciales. No es así. En economía existe el problema añadido de la imprevisibilidad humana, al que se suma una absoluta falta de definiciones precisas. La teoría bien razonada queda barrida por la introducción de estadísticas poco fiables, y a menudo ajenas al asunto, como materia prima de ecuaciones matemáticas. La razón, la libertad y los mercados libres son las víctimas.
En lugar de razonar por nosotros mismos y reconocer los defectos del debate, confiamos en una élite para que guíe nuestro pensamiento con su conocimiento. Junto a la élite hay un cuerpo de expertos autoproclamados a quienes consultan los medios. Valoramos su independencia. Los vemos como entendidos con información privilegiada, pero olvidamos que su acceso privilegiado depende únicamente de apoyar la línea oficial. Es una vida posterior rentable para quienes tuvieron poder, una base autocomplaciente para la promoción encubierta de la política social.
Cuando el progreso lo deja atrás, el Estado socialista estático acaba siendo el autor de su propia destrucción. Solo entonces podría romperse el consenso psicológico de negar los mercados libres. Si tenemos suerte, del caos resultante surgirá con rapidez un nuevo compromiso con los mercados libres. Es más probable que se convierta en una oportunidad para el extremismo, como mostró Alemania tras el colapso inflacionario de 1923.
Evoluciones del socialismo contemporáneo
Como historiadores de la economía, observamos los defectos de los demás, normalmente sin reconocerlos en nosotros mismos, principalmente por las razones psicológicas señaladas más arriba. La mayoría de los historiadores de la economía abordan el tema de forma selectiva, con el sesgo de su cultura y su generación. La historia de la Alemania de Bismarck apenas se conoce en la literatura inglesa y sus lecciones se pierden en el mundo anglosajón. La caída del comunismo en la URSS está fresca en nuestra memoria, pero los esfuerzos del Estado bajo Yeltsin por sustituirlo por una economía de mercado y la corrupción que siguió son más actuales.
En Gran Bretaña, muchos han olvidado los servicios y productos pésimos de los monopolios nacionalizados: British Railways, British Telecom, British Leyland, por citar solo algunos. En consecuencia, tanto los británicos como otros socialistas de Occidente nunca encuentran un motivo suficiente que les disuada de su antagonismo contra los mercados libres y les haga cambiar de opinión. El deseo de Bernie Sanders de presentarse de nuevo a la presidencia y el marxismo de Jeremy Corbin son prueba de la miopía del electorado. Es una ignorancia deliberada la que defiende el socialismo y nunca defiende los mercados libres.
En Estados Unidos, el presidente Trump está cuestionando el socialismo. Sin examinar demasiado de cerca sus creencias, es evidente que sabe que el aparato del gobierno ha estado asfixiando la economía estadounidense. Su aversión a los demócratas y a sus políticas bajo Obama lo señala como enemigo del socialismo. Pero, aunque se presenta como partidario del libre mercado, Trump no defiende los mercados libres. En lugar de eso, acaba defendiendo el capitalismo de amiguetes, el gasto militar y la inflación monetaria. Su proteccionismo comercial, que se hace eco con fuerza de las políticas de Bismarck a finales del siglo XIX, es igualmente socialismo bajo la bandera del nacionalismo. Lejos de hacer retroceder la marea socialista, Donald Trump nada en ella.
Las políticas comerciales de Trump, como he argumentado en otro artículo[iii], están llevando a Estados Unidos, y por tanto al mundo, a una profunda recesión. Con las políticas monetarias actuales, el resultado será un aumento espectacular de la inflación monetaria, que podría conducir a la destrucción del dólar. Si esto ocurre, casi con toda seguridad se culpará a Trump, no al socialismo. Siendo así, la destrucción de la economía estadounidense y quizá del dólar con ella no supondrá el fin del socialismo ni la vuelta a los mercados libres. Al no entender bien los mercados libres, el presidente Trump corre el riesgo de condenar a su país y su legado a un socialismo poscrisis más intenso, similar al que alimentó el fascismo en la Alemania de los años veinte.
Si es así, solo podemos esperar que el periodo sea breve. Los economistas de la tradición del libre mercado solo pueden pronosticar las probables consecuencias económicas y monetarias de las políticas actuales. La tradición del laissez-faire nos dice que un gobierno que fracasa debería dejar de intervenir y limitarse a asegurar que se cumplan el derecho penal y el derecho contractual básicos. Debería detener la inflación monetaria. Como demostró Ludwig Erhard en 1948, los mercados libres, si se les deja en paz, restablecen rápidamente el orden económico. Pero ese no es el instinto socializador. Mientras quede aliento en el socialismo, los mercados libres seguirán siendo reprimidos.
La fundación de la Unión Europea se hace eco del enfoque táctico de Bismarck: reunir a un grupo de naciones en una unión aduanera, un Zollverein, y luego encaminarlas hacia la integración política. Igual que la Escuela Histórica Alemana lo fue para Bismarck, el socialismo marxista se convierte en la fuerza motriz de la UE, al principio de forma inocua, fomentando el libre comercio dentro de la unión. Después, el libre comercio se ve obstaculizado por la regulación burocrática en nombre de normas comunes, la equidad y una mayor integración. Ya están previstos la imposición de nuevos impuestos federales para ampliar el poder del gobierno de Bruselas y la creación de una nueva fuerza militar paneuropea. Puro Bismarck y pura Bruselas.
Basta ver la lucha por el Brexit, donde resulta que el Parlamento de Westminster está formado en su inmensa mayoría por miembros comprometidos con el plan maestro socializador de la UE, a costa de la democracia. Incluso la mayoría de los diputados tories, el partido de la libre empresa, prefiere un sistema socialista federal a los mercados libres.
Es la esencia del socialismo en su fase tardía. El mundo entero está bajo su dominio, y no solo Alemania, la URSS, Estados Unidos, la UE o Gran Bretaña. Y estas son solo algunas de las naciones tradicionalmente avanzadas. Al ser cíclico, su quiebra final, con el tiempo, es segura. Está llamado a plantear mayores desafíos que nunca debido a su carácter omnipresente. Suponiendo que no acabe en una destrucción nuclear de la raza humana, con el tiempo daremos la espalda a las locuras de los gobiernos socializadores y volveremos a los mercados libres. Entonces el ciclo de la locura socializadora de la humanidad volverá a empezar desde cero.
[i] Tácito, Germania, citado en Socialism de von Mises, pp. 37, edición de Liberty Fund.
[ii] JPA Ioannidis (2005): Why most published research findings are false.
[iii] https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/the-dollar-king-rat-of-failing-currencies
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