Elogio de la obra maestra de Hayek o

Friedrich von Hayek publicó por primera vez Camino de servidumbre en 1944. Posteriormente, su libro se popularizó gracias a una versión resumida en Reader's Digest. Este artículo vuelve a examinar el tema de Hayek en el contexto de la economía y la política actuales, para ver qué lecciones podemos extraer de él y si la libertad personal puede sobrevivir.

Por qué es importante la libertad personal y cuál es la amenaza que pesa sobre ella

Si se destruye la libertad personal, el Estado acaba destruyéndose a sí mismo. Ningún Estado tiene éxito a largo plazo quitando libertades a los individuos, salvo las estrictamente necesarias para garantizar el individualismo. Y a menos que el Estado reconozca este hecho establecido, su destrucción será tan segura como brutal. En cambio, un Estado que se aparta del borde del colectivismo y restablece las libertades individuales sobrevivirá. Esta es la ventaja teórica que ofrece la democracia, en la que el pueblo puede rebelarse pacíficamente contra el Estado, frente a las dictaduras, en las que no puede hacerlo.

Sin embargo, las democracias rara vez están libres de la deriva hacia el colectivismo. Socializan nuestros esfuerzos gravando en exceso los beneficios y limitando la competencia del libre mercado, que es la fuerza impulsora de la creación y acumulación de riqueza personal y del progreso de la condición humana. Al menos las democracias ofrecen periódicamente al electorado la oportunidad de echar a un gobierno que se desliza hacia el socialismo. Entonces puede aparecer un Reagan o una Thatcher que salve a la nación revirtiendo, o al menos conteniendo, la marea del colectivismo.

Las dictaduras son distintas: a menudo terminan en revolución, la condición en la que prospera el caos. Si los gobernados tienen suerte, del caos surge la libertad; mucho más probable es que se enfrenten a una represión aún más intensa e incluso a una guerra civil. Recordamos las dictaduras a través de una figura visible, un Hitler o un Mussolini. Pero estos son solo los líderes de un grupo de estatistas con ideas afines.

Cuando comparamos las dictaduras con la democracia, pensamos en blanco y negro, lo que permite expresar los conceptos con claridad. Pero la realidad siempre tiene matices de gris. Lejos de ser siempre malas, las dictaduras pueden tener éxito si permiten que los individuos conserven la libertad de mejorar sus vidas y acumular los beneficios de su éxito. Es la libertad de competir, de obtener beneficios y de conservarlos. Una dictadura de este tipo es mercantil: compensa la ausencia de libertad política permitiendo que la libertad personal se desarrolle dentro de los límites de la dirección del Estado. Esta es la situación actual de China y Rusia.

La democracia moderna suele ser defectuosa, una tapadera para que el Estado quite a Pedro para pagar a Pablo, hasta el punto de que Pedro se empobrece o se niega a seguir jugando, y entonces tanto el Estado como Pablo se quedan sin fondos y sin propósito. Esta es la condición a la que ha evolucionado la democracia occidental en los modernos Estados del bienestar. Todos podemos simpatizar con el concepto subyacente: hay personas que, por las circunstancias, atraviesan malos momentos y, si se les echa una mano, acabarán beneficiando a la sociedad en su conjunto. Pero resulta contraproducente cuando desalienta al individuo de volver a la sociedad productiva. No solo se pierde su contribución a la sociedad, sino que se convierte en una carga para ella.

Para obtener sus ingresos, el Estado depende de la producción de muchos Pedros. La consecuencia son aún más Pablos. El coste del bienestar aumenta con su alcance. Se convierte en bienestar para todos, y todo el mundo tiene derecho a él. Cada Pedro acaba financiando a noventa y nueve Pablos. Esta es hoy la Europa mediterránea, y quizá en menor medida Gran Bretaña y Estados Unidos.

Con la coacción, el Estado deja de proteger los derechos del individuo. La democracia ha permitido que el Estado moderno evolucione hasta convertirse en una entidad separada que ya no es la servidora de la población.

El cruce entre democracia y dictaduras

En términos económicos, una democracia estatista de gasto elevado es indistinguible de una dictadura. En lugar de promover los mercados libres, ambas crean las condiciones en las que el éxito comercial se logra influyendo en el gobierno. La diferencia está en la forma que adopta esta corrupción. En el caso de un gobierno democrático de gasto elevado, obtener el control del proceso regulatorio es vital para que una empresa asegure su ventaja en el mercado y mantenga a raya a sus competidores. En una dictadura, la corrupción suele ser más directa.

Mientras el Estado no prohíba por completo los mercados libres, este capitalismo de amiguetes prospera. De la banca a la industria farmacéutica, es la manera de hacer negocios hoy en día. Indigna a la gente corriente, a la que los políticos en busca de apoyo convencen de que las grandes empresas se mueven por el beneficio sin consideración social y de que las políticas socializadoras del gobierno son la solución. Como dijo el economista austriaco Friedrich von Hayek, la gente se embarca entonces en el camino de servidumbre.

Camino de servidumbre trataba del punto de cruce entre la democracia y las dictaduras. Hayek escribió su célebre libro entre 1942 y 1944 (se publicó por primera vez en 1944), basándose en la experiencia contemporánea de Alemania. Mostró cómo la organización de una economía de guerra por parte del Estado, en el caso de Alemania la Primera Guerra Mundial, se convierte en el modelo de la planificación central en tiempos de paz. Aunque Hayek demostró que la planificación central de una economía de guerra por parte de un gobierno constituye el modelo de la planificación central en tiempos de paz, la planificación en tiempos de paz también se desarrolla por sí sola.

Los planificadores siempre prometen una visión utópica del futuro. Es fácil convencer a la gente de que planificar en beneficio de todos supone un avance frente al beneficio como única motivación. Sin embargo, surgen desacuerdos sobre cuál es el mejor plan, lo que se refleja en la división entre los distintos partidos políticos. Los planificadores de las diferentes facciones tienen todos sus planes, pero no unidad de propósito. La gente tampoco está de acuerdo. Lo que se necesita es propaganda gubernamental que disipe el desacuerdo y una a la gente tras el plan preferido del gobierno.

La maquinaria de propaganda se pone en marcha. Se le suministra información de forma selectiva para obtener el apoyo público a las políticas del gobierno. Se manipulan las estadísticas para promocionar los éxitos y ocultar los fracasos. Cualquier periodista que no coopere con la línea del gobierno queda excluido de las reuniones informativas de los planificadores, lo que da ventaja a sus colegas rivales. Acaba conformándose. El uso de la prensa para apoyar la planificación estatal se vuelve cada vez más importante para encubrir sus fracasos.

Los fracasos de la planificación central se multiplican. La maquinaria de propaganda no puede encubrir todas las pruebas, y los planificadores responden con aún más planificación y aún más supresión de la libertad personal. No hay vuelta atrás. Argumentan que la culpa no es suya, sino de la gente, que no coopera ni cumple las políticas del gobierno. Sostienen que el pueblo carece de formación y de la responsabilidad suficiente para opinar sobre la planificación central. Hace falta alguien lo bastante fuerte para imponer los planes. Al mismo tiempo, la gente corriente quiere un hombre fuerte que eche a los burócratas inútiles y haga funcionar los planes.

Surge un nuevo líder. El establishment democrático considera que su función es temporal. Cuando se restablezca el orden en el proceso de planificación, ya no hará falta. Pero este es el punto de cruce entre la democracia y la dictadura. Es un Chávez, un Putin, un Lenin, un Mussolini, un Hitler. Quizá fueran los fascistas de estos últimos los que Hayek tenía más frescos en la memoria, pero también conocía perfectamente a Lenin y a Stalin.

No todos los hombres fuertes que surgen del caos de los fracasos de la planificación acaban siendo un Lenin o un Hitler. Quienes siguen una vía mercantilista, cuyos ejemplos actuales son Putin en Rusia y Xi en China, tienen cuidado de permitir a los individuos la libertad de gestionar sus asuntos sin la mano dura del Estado. Pero también cuidan de que la democracia no socave su control: el pueblo no puede tener ambas cosas y a los opositores al Estado se les trata sin piedad.

Cualquiera que aspire a ser el líder fuerte de Hayek promete poner orden en el caos burocrático. Los de la extrema izquierda (en el Reino Unido, Corbyn y McDonnell; en Estados Unidos, Bernie Sanders) creen que la solución política al creciente caos económico es llevar el colectivismo a un nivel superior. Los planificadores se burlan de los partidarios del libre mercado y los tachan de extremistas de derechas antisociales y ávidos de beneficios. Si Corbyn y Sanders quieren alcanzar el poder, tienen que desear un fracaso económico o político que condene al capitalismo y los lleve en volandas al cargo.

¿Y entonces qué ocurre?

Continuaremos con el relato de Hayek. El nuevo líder utiliza el caos que condujo a su elección como pretexto para consolidar su poder. No se permite la oposición, porque limita la capacidad del líder para resolver los problemas. Con los disidentes excluidos, la democracia se convierte en poco más que un ejercicio de propaganda. El líder solo permite votar por él y por su partido. Para fomentar la unidad nacional ante el deterioro de las condiciones económicas, se convierte en chivo expiatorio a una minoría de la sociedad. Con Hitler fueron los judíos, relativamente prósperos. La aparente aversión de Corbyn hacia la comunidad judía británica está tocando una fibra sensible.

En realidad, no podemos prever qué clase o credo será el chivo expiatorio de mañana. Dependerá de la nación, del hombre fuerte y de sus seguidores más cercanos, quizá de sus creencias religiosas, y de la rapidez con que la planificación socave la economía. Las comunidades acaudaladas, con riqueza que el Estado pueda adquirir, estarán en riesgo. Pero una cosa es segura: se desplegará un número creciente de policías secretos para reprimir toda oposición. La disidencia se trata sin piedad.

Hayek pasó a detallar lo que hemos visto después, en África con Mugabe, en Venezuela con Chávez y luego con Maduro. Estos son los más flagrantes de muchos ejemplos contemporáneos, circunscritos sobre todo a países en desarrollo. Ahora las economías maduras de Europa, Estados Unidos y Gran Bretaña se encaminan en esa dirección.

Los regímenes actuales de Rusia y China son distintos, pues se han convertido en economías políticas posthayekianas. Son de naturaleza mercantilista. Se deja florecer el individualismo y se limita el colectivismo. Pero para que estos regímenes sobrevivan a una transición hayekiana global más amplia, de la democracia a una dictadura mercantil duradera, tendrán que renunciar a imprimir dinero y volver al dinero sólido. Este es nuestro próximo tema.

El dinero sólido es fundamental para la libertad personal

Han pasado varias generaciones desde que las personas pudieron elegir libremente su propio dinero, y la gente se ha habituado a las monedas estatales. Sin embargo, el control total de la emisión de dinero otorga al Estado un poder enorme, que ejerce a expensas de la gente corriente. En el pasado, el Estado tenía que afrontar las limitaciones del dinero sólido. El dinero sólido frena las ambiciones del Estado. Una moneda estatal puede emitirse a voluntad, lo que significa que, en términos de moneda nominal, la posible transferencia de riqueza al Estado mediante la inflación monetaria es infinita.

Todas las hiperinflaciones registradas se han dado con monedas estatales. Ningún político puede resistirse a las tentaciones de la imprenta. Los políticos incluso justifican la depreciación de la moneda y afirman que beneficia a la población al estimular la producción y el consumo. Pasa a ser un elemento fundamental del proceso de planificación, de la gestión del ciclo económico. Lo que no se menciona es que la cantidad de dinero existente, una vez depreciada, compra menos. Y ya no se trata de un ciclo económico, si es que alguna vez existió, sino de las consecuencias de un ciclo de expansión crediticia y monetaria.

Al emitir moneda, la clase política financia sus ambiciones sin necesidad de subir los impuestos. Pero como el dinero nuevo no tiene ningún rasgo que lo distinga del antiguo (y hoy en día es en su mayor parte electrónico), los usuarios de la moneda estatal no se enteran. Inevitablemente, cuando más dinero persigue la misma cantidad de bienes, su poder adquisitivo disminuye, lo que se refleja en la subida de los precios. Los gobiernos suprimen entonces los síntomas de la inflación monetaria regulando los precios o manipulando las estadísticas. Pero mientras existan los mercados, estos intentos siempre acaban en fracaso.

Es este fracaso a la hora de controlar los efectos de la depreciación monetaria lo que invalida el concepto de que el Estado emita su propia moneda. Por eso, cuando las personas comercian entre sí, eligen de forma natural el oro y la plata como dinero: pueden estar seguras de su valor.

El papel monetario original del Estado era emitir monedas reconocibles de oro o plata con un peso uniforme. Cuando los bancos empezaron a emitir billetes respaldados por depósitos de oro, los bancos centrales no tardaron en asumir esa función. Después cambiaron el oro de los bancos comerciales por depósitos en el balance del banco central, con la promesa de que esos depósitos serían reembolsables en oro.

Actuando en nombre del Estado, así fue como los bancos centrales monopolizaron las reservas nacionales de oro. Con el tiempo, fueron retirando progresivamente la promesa de pagar en oro. En Estados Unidos esto ocurrió en dos pasos. Las personas y las empresas perdieron la libertad de poseer oro en 1933 y, en 1971, los estadounidenses dejaron de pagar en oro por completo.

Los estadounidenses iniciaron entonces una campaña para eliminar el oro del sistema monetario mundial y promover el dólar como sustituto. La motivación era clara: el Gobierno de Estados Unidos se atribuyó el poder ilimitado de emitir dólares fiduciarios. Desde entonces lo ha utilizado sin restricciones.

El poder de emitir cantidades ilimitadas de dólares fiduciarios acabará destruyendo la moneda. El tiempo que lleve esa destrucción no depende del Gobierno, sino de sus usuarios, tanto nacionales como extranjeros. Sabemos que el dólar seguirá perdiendo poder adquisitivo mientras sea una moneda puramente fiduciaria. También podemos estar razonablemente seguros de que la velocidad de su deterioro se acelerará, sobre todo cuando el Gobierno de EE. UU. intente financiar sus crecientes costes en una futura crisis de crédito. Y sabemos que habrá una crisis de crédito como consecuencia de la agresiva expansión monetaria de etapas anteriores del ciclo.

Todos los Estados tienen una moneda fiduciaria. Todos los Estados están convencidos de los beneficios de la inflación monetaria. Todas las monedas fiduciarias corren peligro de desaparecer. Y a medida que avance el colapso de las monedas fiduciarias, la población estará cada vez más descontenta con sus planificadores. La demanda de un liderazgo fuerte, con lo que nos referimos a planificadores exitosos y a sus partidos, hará que muchos de ellos resulten elegidos. La mayoría se volverá cada vez más tiránica. Muy pocos respetarán al individuo y la libertad personal.

El dinero se ha convertido en un elemento central del camino de servidumbre de Hayek y de la destrucción de los mercados libres y la democracia, lo que inevitablemente nos llevará a todos a una servidumbre estatista.

Resultados distintos para Estados distintos

Europa

Los países desarrollados más ciegos ante los peligros de perder la democracia al deslizarse hacia el totalitarismo parecen estar en la Unión Europea. La invención del euro ha evitado, al menos de forma temporal, que los Estados miembros más débiles caigan en la hiperinflación y la bancarrota. El descontento político crece en estas naciones, y el superestado de Bruselas está reprimiendo la democracia. La centralización de la moneda ha privado a estos Estados de su control político sobre ella como medio de financiación inflacionista, pero ese control está ahora en manos de un sistema centralizado. Su colapso económico y su deriva hacia el extremismo solo se han retrasado.

El coste para el resto de Europa es una hiperinflación monetaria del euro: ya ha comenzado, solo que los precios aún no la reflejan. Los hombres fuertes de Bruselas que mantienen unido todo el edificio lo hacen reprimiendo la disidencia, tal como predijo Hayek. En lugar de un único líder identificable, se ocultan dentro de toda la burocracia de Bruselas. Quizá se trate de un arreglo provisional que conduzca a las condiciones caóticas de una crisis financiera y económica, de la cual un verdadero líder europeo esperará surgir. Si quieres un modelo para la UE, no busques más allá de Bismarck, que unificó Alemania en el siglo XIX y después recurrió a la financiación inflacionista antes de la Primera Guerra Mundial.

Reino Unido

El electorado británico votó en referéndum para librarse del gran proyecto europeo de sus políticos. Con ello se ha logrado dejar al descubierto el grado de separación entre los objetivos planificados del Estado y los deseos de su pueblo. El Brexit también ha mostrado hasta qué punto el Estado se resiste a la democracia. Esto ha desacreditado al gobierno conservador y ha reforzado las esperanzas de una camarilla marxista del Partido Laborista. Los señores Corbin y McDonnell conspiran activamente para provocar el caos que los lleve al poder. Después esperan seguir los pasos de Lenin, Castro y Chávez hacia una utopía comunista.

Estados Unidos

Estados Unidos está luchando contra la decadencia. Los sabios planificadores estratégicos del pasado han sido sustituidos por hombres del Estado profundo que temen, por encima de todo, el declive. El público se rebeló contra el colectivismo de los demócratas eligiendo al presidente Trump, pero se va viendo que solo ha cambiado un estatista por otro.

Trump se alineó enseguida con los estatistas del Estado profundo y sus juegos de guerra. Esta es otra de las tesis centrales de Camino de servidumbre, de Hayek. Pero para Trump y su administración, la guerra, tácita o de otro tipo, no se está llevando con éxito, y su proteccionismo comercial corre el riesgo de empujar a Estados Unidos a una recesión cada vez más profunda.

Un presidente elegido por el pueblo y para el pueblo, y no por el Estado establecido, está resultando ser cada vez más dependiente de la inflación monetaria, la transferencia de riqueza del pueblo al Estado. Trump ha intentado revertir la tendencia hacia la planificación y el socialismo, pero la economía básica nos dice que ha agravado la futura crisis de financiación del gobierno. Por la ley de las consecuencias imprevistas, ha aumentado la probabilidad de que un futuro presidente vuelva al camino del colectivismo.

Japón

Japón parece en general inmune a estas influencias hayekianas. A pesar de la inflación monetaria, la gente aumenta su ahorro, lo que reduce el impacto sobre los precios y garantiza un superávit comercial. Por el momento, Japón goza de una sociedad ordenada que no se rebela. Las condiciones que conducen a un dictador no parecen darse todavía.

Las dos superpotencias de Asia

Hace más de treinta años, las dictaduras de China y Rusia se enfrentaron a un colapso político y económico y han salido de él como dictaduras mercantilistas. Si son sensatas, pronto abandonarán las prácticas inflacionistas de Occidente y volverán al dinero sólido antes de que socave su mercantilismo. Si lo hacen y dejan que funcionen los mercados libres, aumentarán su fortaleza económica y mejorarán el nivel de vida de su gente corriente. Los dirigentes de estas dos naciones muestran señales de comprender este punto.

Conclusiones

Al ser Rusia y China las únicas dos grandes potencias económicas, en su forma actual, capaces de sobrevivir al caos político que se extiende en nuestro camino de servidumbre, el credo de la democracia en el gobierno probablemente morirá durante muchas generaciones. Con el tiempo, podrían pedirnos que elijamos entre la libertad individual y la democracia, el modelo que emplean actualmente Rusia y China. Se argumentará que solo una administración fuerte y sin rendición de cuentas puede controlar las demandas de bienestar de la mayoría. Nos dirán que sigamos con nuestras vidas y no interfiramos en la política: solo podremos votar a un Estado de partido único.

Sería un choque cultural, tras el colapso de las monedas fiduciarias. Pero, como vemos cada vez más, las democracias occidentales son poco más que una farsa. Aun así, es difícil ver que la crisis sistémica y económica a la que nos enfrentamos todos nos permita, con el tiempo, recuperar tanto la democracia como la libertad personal.

Esa fue la idea de fondo de Hayek en Camino de servidumbre.

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