El techo decreciente de los tipos de interés

Aunque cueste creerlo, uno de los temas de la economía que más confunde a los macroeconomistas es el papel real de los tipos de interés.

En su mayor parte, simplemente dan por hecho que un tipo de interés es el coste del dinero, el precio del dinero, o incluso la transferencia de los frutos de la producción de los productores a los capitalistas ociosos. Esta última suposición parece haber sido la motivación de Keynes para su aversión a los ahorradores, o rentistas, como los llamaba despectivamente. La idea de que los trabajadores se esclavizan para un amo que luego paga intereses a los capitalistas también da energía al marxismo.

En un mercado libre, el consumo adopta dos formas básicas: el que se consume hoy y el que se aplaza al futuro. El consumo diferido es ahorro, y el blanco de Keynes era el ahorrador, hasta el punto de esperar con interés «la eutanasia del rentista», como escribió en su Teoría general.

Negar la ley de Say o ley de los mercados permitió a Keynes, al menos en su propia mente, sustituir al ahorrador por el Estado como principal fuente de financiación de la inversión industrial. Que llegara a esta conclusión solo puede ser fruto de principios morales sin el respaldo de una teoría razonada. Pero una vez que te lanzas por lo que equivale a la rampa del prejuicio, no se sabe dónde acabará todo. En el caso de Keynes, generó un séquito que se ha convertido en el motor de la corriente macroeconómica dominante actual. Lo restamos importancia, diciendo comúnmente que el motivo para desincentivar el ahorro es fomentar el consumo presente. Esto es un error, y todo el que lo dice sabe, o debería saber, que lo es. Toda la obra de Keynes, desde su Tract on Monetary Reform en adelante, apunta a su verdadero deseo: eliminar a los ahorradores ociosos como factor económico.

Un punto central de su argumento era que el coste del interés forma parte del excedente de producción, junto con el beneficio. Si se hace caer la remuneración de los ahorradores ociosos, razonaba, habría más beneficio para el empresario que trabaja. Sin embargo, aunque el interés es un coste empresarial, su valor no surge del negocio en sí; su origen es el valor que las personas dan a la diferencia entre algo que se posee y ese mismo algo prometido para una fecha futura, lo que a su vez refleja la preferencia relativa que expresan los consumidores entre consumo presente y ahorro.

Todo tipo de interés, que es la forma en que se expresa esta preferencia relativa, consta de varios elementos. El economista austriaco Ludwig von Mises acuñó el término «interés originario» para la diferencia temporal subyacente entre la posesión efectiva y un contrato de préstamo que garantiza la posesión futura. El interés originario es la expresión de la preferencia temporal descontada entre hoy y una fecha futura, anualizada por comodidad.

El concepto de preferencia temporal es ajeno a la mayoría de los economistas actuales, pero tiene una larga historia. Conrad Summenhart lo utilizó en 1499 para defender la compra de deuda con descuento frente a las leyes católicas contra la usura, señalando que tanto el prestatario como el prestamista solo celebrarían un contrato de préstamo voluntariamente. En el siglo XVIII, el estadista francés Turgot preguntó: «¿por qué los prestatarios están dispuestos a pagar una prima de interés por el uso del dinero? La atención no debería centrarse en la cantidad de metal [es decir, dinero] devuelta, sino en la utilidad del dinero para el prestamista y el prestatario». En particular, Turgot compara la «diferencia de utilidad que existe en la fecha del préstamo entre una suma que se posee actualmente y una suma igual que se recibirá en una fecha lejana».*

Lo importante es que la preferencia temporal es un valor perfectamente natural, derivado de lo humano, y no una suma usuraria que los ahorradores capitalistas extraen de los productores trabajadores. Que Keynes se equivocó de forma espectacular al atacar a los ahorradores lo confirma la paradoja de Gibson, que demostró que los tipos de interés se ajustaban al nivel general de precios, y no a la tasa de inflación, como se suele suponer.

La evidencia de la paradoja de Gibson cuenta con el respaldo de la teoría austriaca del ciclo económico. Los consumidores fijan los precios de los bienes mediante sus preferencias relativas por el dinero. Si desplazan su preferencia hacia los bienes y la alejan del dinero, el nivel de precios de los bienes sube. La menor preferencia por el dinero implica que hay menos ahorro disponible para invertir en producción, de modo que el tipo de interés originario sube hasta un nivel determinado por la preferencia por los bienes. A la inversa, si los consumidores aumentan su preferencia por el dinero respecto a los bienes, elevan el poder adquisitivo del dinero, lo que conduce a precios más bajos de bienes y servicios. En este caso, la caída de los precios va acompañada de una mayor oferta de ahorro, que se refleja en la bajada de los tipos de interés. Así es como la preferencia por los bienes respecto al dinero fija el tipo de interés y el nivel de precios. Por eso es un valor derivado de cambios en las preferencias humanas y no de consideraciones de costes de producción.

Una condición previa evidente de la paradoja de Gibson son los mercados libres, aunque la capacidad inherente del mercado libre para ajustarse a las condiciones imperantes permite tolerar cierto grado de intromisión estatal. Pero llega un punto en que la intervención del Estado hace que la relación se rompa. Una subida de los tipos de interés orquestada por el Estado hasta el punto en que las empresas abandonan sus planes de inversión y buscan revertir los existentes marca el máximo de todo ciclo crediticio. Y en cada ciclo el pico del tipo de interés es más bajo que el anterior, como muestra el siguiente gráfico de los rendimientos de los bonos estadounidenses a un año.

Gráfico 1 12112015

La razón de la tendencia a que los picos de los tipos de interés sean cada vez más bajos es que las malas inversiones derivadas de la expansión del crédito del ciclo anterior solo se liquidan parcialmente, porque los bancos centrales responden a la recesión bajando rápidamente los tipos de interés y ampliando la oferta monetaria para evitar quiebras y desempleo generalizados. El resultado es un legado de deuda acumulada que aumenta con cada ciclo crediticio, de modo que niveles de tipos de interés sucesivamente más bajos bastarán para desencadenar una caída de la actividad empresarial.
Los picos descendentes siguen una tendencia aproximada, representada por la línea de puntos, que sugiere que una subida pequeña de los tipos de interés en EE. UU., de solo uno o dos puntos porcentuales, podría desencadenar la próxima recesión. Las pequeñas y medianas empresas pagan tipos de interés por descubierto muy superiores al nivel que indica esta línea de tendencia, y las empresas con una rentabilidad marginal ya tienen dificultades para sobrevivir.

Vivimos con el fracaso de los intentos de inspiración keynesiana de prescindir de los ahorradores y de que el Estado gestione el ciclo económico. Los tipos de interés cero, junto con la dirección estatal mediante la regulación, han destruido el reciclaje del ahorro hacia la inversión productiva y han restringido la actividad de los empresarios, que se han visto sobrecargados de deuda imposible de devolver. Los economistas neoclásicos y los gobiernos a los que asesoran han estado tan firmemente atados a teorías económicas falaces que ahora se requiere un reinicio completo del papel que desempeñan el Estado y los mercados. Nada menos bastará.

*Citado en The Pure Time-Preference Theory of Interest, publicado por el Mises Institute, 2011

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