El propósito de la intervención en los mercados

Las intervenciones de los gobiernos y los bancos centrales en los mercados son habituales y las damos por sentadas. Nadie las cuestiona, pero pueden crear distorsiones peligrosas. Su motivo para intervenir es quitar la determinación de los precios a los mercados y a los consumidores.

A las autoridades y a las grandes empresas no les gusta dejar los precios en manos de los mercados libres porque los precios son subjetivos: es decir, los precios los deciden los deseos del consumidor y no el coste de producción. Este es el pilar central de la explicación que da la Escuela Austriaca de la teoría económica en los mercados libres, y de ello se deduce que lo que los consumidores quieren realmente, y a qué precio, debe determinar a su vez los precios en toda la cadena de suministro. Los keynesianos no comparten esta visión: descartan la influencia de los consumidores sobre los precios reales como un efecto a corto plazo que no cuestiona de forma fundamental la importancia de los costes. No les gusta la incertidumbre sobre los precios, porque invalida sus modelos económicos.

Si aceptas el argumento de la Escuela Austriaca, los mercados libres deben cuidarse, y las intervenciones solo dan lugar a un uso menos eficiente de los recursos económicos. Si te decantas por los keynesianos, creerás que el mercado puede fallar, a causa de aberraciones en el comportamiento del consumidor. Lo llaman «espíritus animales». Nos dicen que los cambios en la asignación de recursos económicos que hace el mercado libre no siempre están justificados, lo que abre la puerta a la intervención en el mercado.

No hay premio por adivinar dónde se sitúa la gran empresa en este debate keynesianos contra austriacos. Si tiene que elegir entre bailar al son del consumidor y buscar la subvención del gobierno, siempre opta por lo segundo. Tiene un interés directo en apoyar la economía keynesiana.

Por eso la gran empresa cree en el gobierno. El gobierno es una fuente de subvenciones y de regulación protectora. Igualmente, el gobierno cree ingenuamente que debe consultar a la gran empresa para formular políticas industriales y económicas acertadas. El resultado de esta relación simbiótica es que el gobierno interviene en casi todo lo que tiene un precio, tanto directamente como indirectamente mediante la manipulación de los tipos de interés.

El efecto es restar importancia a los deseos y necesidades de los consumidores, que se expresan con mayor eficacia en los mercados libres. El consumidor, que también es contribuyente, acaba pagando al gobierno para que manipule los precios en su contra. Seguramente nadie puede sostener que esta sea una forma satisfactoria de proceder.

¿Pero qué pasa con esos espíritus animales? La respuesta es sencilla: los precios y los productos se desajustan de lo que los consumidores realmente quieren, casi siempre como resultado de las intervenciones del gobierno. Puede deberse a que el gobierno ha subvencionado o protegido la producción equivocada, o a que en el pasado ha facilitado dinero barato y los consumidores se han endeudado en exceso. Hoy se dan de sobra ambas razones.

Si se entiende esto, resulta evidente que la solución popular que defienden por igual los keynesianos y las grandes empresas, la de acelerar el ritmo de intervención, no hará desaparecer esos molestos espíritus animales. Al contrario, el coste, que soporta el desafortunado consumidor en su papel de contribuyente, se acelera, además de distorsionar aún más los mercados.

La intervención en el mercado es lo que nos ha traído hasta aquí, y más intervención desde luego no es la cura.

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