El precio del oro y el crecimiento exponencial de nuestros problemas

Dos corresponsales de Bloomberg informaron el 8 de agosto de que los pasivos no financiados del Gobierno de EE. UU. aumentaron en 11 billones de dólares el año pasado, «diez veces más que el déficit oficial», y que ahora se estiman en 222 billones de dólares.

Los autores basan sus estimaciones en cifras facilitadas por la Oficina Presupuestaria del Congreso. Esto convierte en una cuestión secundaria el debate sobre el «abismo fiscal», con el fin de las rebajas de impuestos de Bush. Mientras tanto, en Alemania, el Tribunal Constitucional será informado el 12 de septiembre de que los costes de los rescates a los que se enfrenta el país ascienden a 2 billones de euros, con otros 1,7 billones en camino, frente a solo 170.000 millones hace un año.

En contraste con estos déficits cada vez mayores, el precio del oro ha caído de más de 1.900 dólares a mínimos recientes por debajo de los 1.600. Es cierto que este movimiento ha ido acompañado de una creciente apatía en el mercado, quizá equiparable a la complacencia de los mercados de bonos respecto al estado de las finanzas públicas citado arriba. Además, problemas presupuestarios similares, en particular los relacionados con el gasto social, afectan a todas las economías avanzadas. Y estos pasivos no solo están aumentando, sino que se están acelerando y es poco probable que permanezcan ocultos por mucho más tiempo.

Aunque el público general es consciente de que la eurozona, por ejemplo, tiene dificultades y de que la situación económica mundial dista mucho de ser idílica, desconoce la enorme magnitud de la crisis mundial de deuda soberana. Incluso los economistas, que deberían saberlo, la ignoran; sin embargo, poco a poco empiezan a darse cuenta, contrariamente a lo que dicen sus libros de texto, de que inyectar dinero nuevo en una economía no conduce a la recuperación ni garantiza los ingresos fiscales futuros. Siendo así, los pasivos no financiados aflorarán al mismo tiempo que disminuyen los ingresos fiscales.

Despertar a esta realidad provocará su propia conmoción financiera, quizá agravada porque los gobiernos han tenido la intención de ocultar la verdad. Han llevado a cabo este engaño con tipos de interés cero, que han reducido artificialmente el coste del endeudamiento público y han evitado que caigan las bolsas. Al mismo tiempo, han fomentado el mito de que el gasto público puede influir positivamente en el resultado económico. Compárese esto con España e Italia, que ya no pueden ocultar más sus dificultades financieras. Sus problemas son un anticipo de lo que el resto de nosotros acabaremos afrontando.

¿Indican los recientes movimientos en los precios de los metales preciosos el fin de esta complacencia, o es solo un rebote especulativo? El tiempo lo dirá, pero dado el rápido deterioro de las finanzas públicas, el oro y la plata se han quedado muy rezagados. Pero el arrendamiento del verano tiene una fecha de vencimiento demasiado corta. En los próximos meses pensaremos menos en las actividades al aire libre y más en lo que nos espera. Algunas de nuestras futuras preocupaciones son fáciles de prever, como el creciente riesgo de desintegración de la eurozona. Otras son menos visibles, pero ¿podría este invierno hacernos despertar a las consecuencias de que los pasivos fuera de balance de los gobiernos se conviertan en déficits reales?

Si es así, el oro y la plata, tras haberse mantenido a la espera durante un año, tienen mucho terreno que recuperar, y la reciente subida debería ser el comienzo de un gran movimiento al alza.

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