El PIB-B tampoco sirve

Se exagera al presentar el PIB como una medida fundamental de la actividad económica. No mide la actividad económica, sino que registra totales monetarios sin sentido, gastados en una moneda poco sólida durante un periodo determinado. Una estadística tan mala como el PIB queda muy expuesta a la manipulación oficial, y siempre hay un deseo de mejorarla. El PIB-B, que incluye un excedente del consumidor estimado, parece responder a ese deseo. Si se introduce con éxito, el PIB aumentaría de forma considerable, lo que haría quedar bien a los gobiernos y reduciría sus ratios de deuda sobre PIB. Sin embargo, no es más que un truco estadístico.

El Producto Interior Bruto-B intenta captar el valor añadido de las cosas por las que no pagamos, como Facebook, WhatsApp, Google y otros servicios digitales gratuitos para el usuario. La B significa beneficios: los beneficios que los consumidores reciben de servicios gratuitos y subvencionados. Lo ideó Erik Brynjolfsson, profesor del MIT, y sigue siendo un trabajo en curso.[i] Señala que, según la Oficina de Análisis Económico de EE. UU., el sector de la información en las estadísticas del PIB lleva estancado entre el cuatro y el cinco por ciento del PIB durante los últimos veinticinco años. Sin embargo, la importancia de este sector, principalmente digital, domina hoy tanto el trabajo como el ocio, con beneficios que el PIB no recoge.

Su solución consiste en cuantificarlo intentando establecer cuánto pagaría un usuario medio de un servicio gratuito si dejara de serlo. La idea es que este enfoque permite al estadístico estimar un «excedente del consumidor», definido como la diferencia entre lo que los consumidores están dispuestos a pagar y lo que realmente pagan. Este enfoque arroja, como es evidente, excedentes sustanciales que, sumados al PIB, lo elevarían de manera notable.

Una cosa es decir cuánto vale un servicio y otra muy distinta pagarlo. A los encuestados se les dice que a uno de cada doscientos se le pagará el valor en efectivo por renunciar al servicio digital durante un mes. Pero seguramente una persona razonable diría que está dispuesta a pagar por el servicio un valor artificialmente más alto para maximizar el posible pago por abstenerse. Esta posibilidad de manipular la encuesta parece ignorarse.

El profesor Brynjolfsson también señala que lo gratuito en internet probablemente reduce el PIB, porque dejamos de comprar la copia física cuando podemos obtenerla gratis en línea. Hay muchos ejemplos en los que esto es sin duda cierto. Conceptualmente, tiene razón; pero revela una confusión entre un total monetario del PIB, que comúnmente se cree que refleja una economía en mejora, y la mejora real de la condición humana derivada del progreso económico. Esta última no se mide con un total monetario, sino con la capacidad del mercado, imposible de cuantificar pero demostrada, de satisfacer las demandas de los consumidores. Aunque el hecho de no comprar periódicos en papel y leerlos en línea reduce el PIB, no hay duda de que los consumidores lo prefieren. Abandonar los métodos anteriores de satisfacer al consumidor es, de hecho, progreso económico. Aquí vemos una prueba de progreso económico mientras el profesor Brynjolfsson lamenta que el PIB caiga.

El error del excedente del consumidor

Los econometristas llevan tiempo reflexionando sobre lo que llaman «excedente del consumidor», así que el concepto no es nuevo. En pocas palabras, si un consumidor está dispuesto a pagar 10 $ por algo que cuesta 7 $, se considera que hay un excedente del consumidor de 3 $. Según el profesor Brynjolfsson, esta es también la base de la relación entre un servicio gratuito de Google y lo que un usuario medio estaría dispuesto a pagar por él.

Esto señala de inmediato un problema del concepto. La condición previa para intercambiar bienes o servicios por dinero es que el comprador perciba que el bien o servicio vale más para él que el pago. De lo contrario, la transacción no se produce. El supuesto excedente del consumidor no es un factor adicional de la transacción, sino su razón de ser. Desde luego, no debería sumarse al PIB en un aparente intento de inflar la estadística.

¿Pero ocurre esto con los servicios digitales gratuitos? Hemos establecido que no es un factor adicional de una transacción, así que, lógicamente, no puede serlo en los servicios digitales gratuitos. De hecho, el profesor Brynjolfsson pasa por alto las razones más amplias de una transacción en internet. Google actúa como intermediario de marketing. A cambio de los datos del usuario, los verdaderos clientes de Google, del sector publicitario, le pagan tarifas por un marketing muy segmentado y medible. En la práctica, se produce un trueque en el que los consumidores intercambian sus datos por el acceso a los servicios de Google. El acceso a estos datos permite a Google vender sus servicios de marketing a los anunciantes con ventajas analíticas adicionales que no ofrecen los medios convencionales. No tiene nada que ver con generar un supuesto excedente del consumidor.

En algunos casos, los usuarios de servicios de datos han cedido sus datos sin que se usaran comercialmente. Facebook, por ejemplo, alcanzó una difusión de cientos de millones de usuarios antes de que la empresa obtuviera ningún ingreso. Tenía los datos y necesitaba encontrar la forma de explotarlos. Pero en estos casos es un error pensar que los usuarios obtienen el servicio gratis en sentido económico. Al intercambiar sus datos por un servicio, consumen el capital de la empresa, que se gasta en contratar a especialistas informáticos y en equipos, junto con todos los demás gastos del negocio. Los defensores del excedente del consumidor parecen ciegos a estas compensaciones, muchas de las cuales ya están incluidas en los cálculos del PIB.

La falacia más amplia del PIB

Los econometristas llevan mucho tiempo empeñados en medirlo todo, y una forma que siempre se granjea el favor del gobierno es descubrir un método para mejorar el PIB. Pero, salvo para congraciarse con las autoridades, estos intentos son inútiles y engañosos, y se estrellan contra un hecho sencillo: los cálculos económicos de una población a lo largo de un periodo no pueden medirse, y mucho menos convertirse en una estadística que pretende pasar por medida de la situación de una economía. Esto es así porque las personas eligen. Si compran algo, es en preferencia a otra cosa. La elección, y no los totales monetarios, es el motor del avance económico. La elección conduce a la creación de riqueza y es la base de todo intercambio. El progreso es el resultado de un número casi infinito de elecciones binarias, fruto de juicios individuales sobre valores relativos. A través del dinero, los individuos intercambian los bienes y servicios que ofrecen a otros por los bienes y servicios que ellos mismos necesitan y desean. Es la base de la división del trabajo, la manera más eficaz que tiene una sociedad de organizarse para maximizar la mejora de la condición humana.

Por tanto, el total monetario es irrelevante. El PIB es ese total monetario que, aun perfeccionado, no es más que la suma de las transacciones registradas y computables durante un periodo pasado, normalmente anual o anualizado. Presupone un mundo imaginario que no cambia, que ni progresa ni avanza. No nos dice nada más porque es solo un número estéril, promovido erróneamente por encima de su utilidad. Se ha convertido en una estadística que engaña tanto a quienes la elaboran como a quienes la usan. Para un gobierno, su único uso real es servir de referencia para maximizar la recaudación. Si aumentas el PIB, la carga fiscal parece menor. Los gobiernos tienen obsesión por las apariencias y por recaudar impuestos.

Desde un punto de vista cataláctico, la inutilidad económica del PIB como medida de la situación económica se demuestra fácilmente comparando las condiciones de una economía que utiliza dinero sólido, que el Estado no puede manipular, con las de una economía cuyo medio de circulación es una moneda fiduciaria sin respaldo emitida por el Estado. Supongamos primero que una economía utiliza dinero sólido, que ni los bancos centrales ni los bancos comerciales pueden alterar expandiendo el dinero y el crédito de la nada. Las decisiones de los consumidores se toman dentro de los límites de una cantidad fija de dinero en circulación.

El dinero en circulación se limita a facilitar el intercambio entre todos los bienes y servicios. Es decir, el trabajador trabaja para poner comida en la mesa de su familia, vestirla, llevarla a la playa y comprar las comodidades de la vida según elijan él y los suyos. El dinero que gana con su trabajo es el medio por el que convierte su labor en los bienes y servicios que él y su familia necesitan y desean. Dejando a un lado por el momento los cambios en el nivel de efectivo físico, la oferta y la demanda totales de bienes y servicios, junto con los cambios en sus factores de producción, deben equilibrarse entre sí.

No hace falta más dinero para que la economía de esta sociedad de dinero sólido «cumpla». En nuestro ejemplo, el crédito procede del ahorro genuino, a un tipo de interés originario fijado por las preferencias temporales de una sociedad que economiza.

El papel de las balanzas comerciales con dinero sólido

Las importaciones se compensan con las exportaciones, y cualquier diferencia será menor, porque el crédito necesario para cubrirla se proporcionará en dinero sólido, limitado en la práctica a una financiación comercial que se liquida por sí misma.

Los cambios en los niveles de efectivo físico se mencionaron brevemente más arriba. En nuestro ejemplo de dinero sólido, estos saldos incluirán tanto el efectivo como el dinero depositado en custodia en bancos de depósito que no lo prestan. En ausencia de la banca de reserva fraccionaria (la fuente de la expansión del crédito), el dinero físico y el dinero en depósito son liquidez personal para gastar, que no debe confundirse con el ahorro.

En conjunto, los cambios en la liquidez destinada al gasto alimentan desequilibrios menores en la balanza comercial. Un déficit comercial forma parte inseparable de la exportación de dinero, y es consecuencia de una reducción general de la cantidad en circulación. El resultado es una caída de los precios, que refleja un aumento del poder adquisitivo del dinero restante.

Las condiciones que conducen a un déficit temporal en la balanza comercial de una jurisdicción se equilibran en otras jurisdicciones con condiciones que conducen a los superávits correspondientes. Un superávit comercial forma parte inseparable de un aumento de la cantidad de dinero en circulación, que reduce su poder adquisitivo y, por tanto, eleva los precios. Estos precios más altos tienden a reducir los factores que conducen a un superávit exportador. Los flujos de dinero son un factor importante para fijar un poder adquisitivo común del dinero sólido en todas las economías donde circula libremente, y para establecer la cantidad de dinero que necesita una sociedad. Las diferencias relativamente menores en las balanzas comerciales de una economía de dinero sólido conducirán siempre a un arbitraje de precios que equilibrará los precios entre los distintos centros comerciales.

Por estas razones, las variaciones de la balanza comercial son insignificantes en una economía que utiliza dinero sólido como medio de intercambio. Además, es una condición básica para una sociedad que toma decisiones libres, donde todas las personas pueden elegir gastar el fruto de su trabajo como quieran, usando el dinero que prefieran.

Al ejercer su libertad de elección, los consumidores, en conjunto, perjudicarán a unos productores y favorecerán a otros. Por tanto, algunos productores ganarán menos y otros más, pero el valor total de todas las transacciones (el PIB) a lo largo de un año debe ser el mismo que el del año anterior, porque sin ningún cambio en la cantidad de dinero en circulación no puede haber ningún cambio en el producto total del trabajo de todos.

Cabe admitir que este es un análisis teórico idealizado, que ignora factores siempre presentes. Quienes están en paro o no pueden aportar producción a la sociedad deben ser mantenidos por otros, ya sea mediante la caridad o mediante la asistencia social del Estado. Sin embargo, las condiciones son las mismas, siempre que sus necesidades se cubran por completo con los excedentes de los demás. También ignora el papel no productivo del Estado. De nuevo aquí, mientras el Estado equilibre sus cuentas (algo que tiende a ocurrir cuando no existe la opción de la financiación inflacionista), se cumplen nuestras condiciones de dinero sólido.

Llegamos inexorablemente a una conclusión: el dinero que requiere una sociedad lo determina ella misma a través del comercio. Además, su aumento guarda evidentemente relación con el ritmo de crecimiento de la población. Si la población no aumenta, el dinero sólido en circulación no necesita aumentar en absoluto, a menos que la sociedad lo desee. Entonces, la idea de medir el progreso económico mediante el PIB se desvanece, porque no puede captar las mejoras en las condiciones económicas que acompañan al dinero sólido y resulta del todo irrelevante.

Lo anterior es una aproximación de las condiciones monetarias que existían antes de la Primera Guerra Mundial, cuando gran parte del mundo se regía por el patrón oro. Nadie puede afirmar de manera razonable que en Gran Bretaña, desde las guerras napoleónicas hasta la Primera Guerra Mundial, el progreso fue mínimo, que es lo que el PIB de esas décadas indicaría a los historiadores actuales.

En este punto debemos denunciar los cálculos retrospectivos del PIB de esos años. No hay datos en los que basar tales cálculos, porque la recopilación de datos del PNB y del PIB solo comenzó en la década de 1930 y, aun entonces, de forma imperfecta. En consecuencia, todas las estimaciones estadísticas anteriores son disparates y deben descartarse. En cambio, el análisis catalláctico nos ofrece una comprensión mucho mejor de la relación entre la expansión económica y los tipos de cambio bajo un patrón oro.

Un enfoque catalláctico nos dice que, bajo un patrón oro, fue el arbitraje lo que ajustó los niveles de precios hasta una conformidad aproximada, como se ha descrito más arriba. Además, los comerciantes desconfiaban de cualquier desviación de los emisores de billetes y monedas respecto del dinero sólido, imponiendo así disciplina monetaria a los gobiernos tentados de emitir moneda sin respaldo. En consecuencia, los niveles generales de precios entre las distintas naciones mostraban un alto grado de concordancia.

Sin embargo, los niveles generales de precios se veían afectados por las variaciones en la producción de las minas de oro. El oro monetario en circulación mundial aumentó, en particular tras la fiebre del oro de California en 1848 y los descubrimientos sudafricanos posteriores a finales de la década de 1880. Esto llevó a una tendencia al alza de los precios de bienes y servicios a medida que el oro adicional entraba en circulación. Lo compensó el rápido desarrollo de la producción industrial junto con el crecimiento de la población, que generó una tendencia contraria a la baja de los precios. Ocurrió que la combinación de estas fuerzas dio lugar a una estabilidad general de precios durante casi un siglo después de las guerras napoleónicas.

Las creencias económicas poskeynesianas no son coherentes con este resultado del dinero sólido. Desafían los hechos. La ignorancia de la economía, y en particular de las teorías del intercambio, da lugar a malentendidos sobre el papel y las limitaciones de estadísticas como el PIB.

El crecimiento del PIB solo refleja el dinero fiduciario adicional en la economía

Supongamos ahora que una economía se basa en una moneda fiduciaria sin respaldo y que se produce una expansión de la cantidad de moneda y de crédito bancario. Es evidente que esta expansión de la cantidad de dinero se gasta en la economía y se suma al dinero que circulaba previamente. Si el PIB registrara todas las actividades económicas, el dinero adicional simplemente se sumaría al PIB a medida que se gasta y entra en circulación. Dejando a un lado las distorsiones temporales que introduzca este gasto extra, está claro que el PIB aumenta exactamente en la cantidad de dinero adicional introducido.

Esto es deliberadamente simplista, con el fin de establecer un axioma. En la realidad, los estadísticos excluyen categorías importantes de gasto, en particular el dinero dirigido a actividades financieras y a la especulación en inversiones. Se pretende así centrar la estadística del PIB únicamente en el consumo de bienes físicos y servicios. Pero si un consumidor gasta el fruto de su trabajo en adquirir algo que no figura en la estadística del PIB, por ejemplo mediante pagos en efectivo, no queda registrado.

La exclusión más significativa con diferencia es la del dinero y el crédito expandidos hacia actividades puramente financieras y de inversión, donde la única contribución al PIB procede de los ingresos personales y del consumo de las personas que prestan servicios financieros. La exclusión de los pagos financieros y de los pagos en efectivo no registrados crea una disparidad entre los cambios en la cantidad de dinero y crédito y los cambios correspondientes en el PIB. Explica por qué la expansión monetaria impulsa al alza los precios de los activos, mientras que el aumento del nivel general de precios en los componentes del PIB puede parecer relativamente moderado, aunque esta relación cambia a lo largo del ciclo crediticio.

El error de ajustar el PIB por inflación

Como saben que el poder adquisitivo de una moneda fiduciaria tiende a disminuir con el tiempo, los econometristas intentan ajustar el PIB para tenerlo en cuenta. Razonan que solo se puede hacer una comparación real entre los PIB de años sucesivos si se tiene en cuenta la inflación de precios. Con ello, acumulan error sobre error.

Como se ha mostrado más arriba, el PIB es simplemente un total monetario que no tiene ningún otro significado. Si aumenta, lo único que nos dice es que ha subido el total de dinero y crédito gastado en la parte de la economía incluida en el PIB. Dado que no significa nada más, no es apropiado ningún ajuste adicional del PIB. La inflación de la cifra del PIB reside en la cantidad de dinero introducida en las estadísticas del PIB, no en los efectos sobre los precios.

Si el PIB no fuera solo un total monetario, ajustar los precios según una estimación honesta de la inflación monetaria podría tener cierta lógica. En cambio, se ha convertido en la base de pagos indexados a la inflación, principalmente por parte de los gobiernos. Como resultado, se han desarrollado métodos estadísticos para reducir las mediciones de la inflación y, con ello, el coste que los ajustes por inflación suponen para el Estado, así como para ocultar la evidencia de la inflación de precios. Por tanto, aplicar el ajuste por inflación al PIB no solo carece de justificación teórica, sino que en manos de los estadísticos del gobierno se ha vuelto doblemente carente de sentido.

Conclusión

El PIB es de poca utilidad para los economistas prácticos. Quizá su única justificación sea poder comparar la proporción de las transacciones totales asignada al sector privado con la de aquellas de las que un gobierno es directamente responsable. Si sabemos, por ejemplo, que un gobierno es responsable del 40 % del PIB, sabremos la magnitud de la carga que impone al sector privado productivo. El gobierno francés impone a su sector productivo una carga del 56 % del PIB total. Si se excluye al gobierno, se obtiene una cifra de PIB más real, de solo el equivalente a 1,22 billones de dólares. La deuda pública asciende a 2,71 billones de dólares, de modo que la carga implícita de la deuda pública sobre el sector privado productivo es del 220 % de su PIB.

Visto así, un país como Francia tiene un grave problema de deuda. Sin embargo, los econometristas, creadores y defensores del PIB, prefieren que consideremos que la ratio de deuda sobre el PIB total de Francia es del 97 %. Esto no es coherente con una estimación adecuada del riesgo de crédito.

No es de extrañar que el PIB no se utilice con veracidad, sino como un enorme encubrimiento que oscurece el papel que desempeña el Estado. Por eso el Estado ve con buenos ojos los intentos de manipular el PIB por parte de académicos de instituciones como el MIT.

Por lo tanto, debemos descartar el PIB-B del profesor Brynjolfsson por absurdo y prescindir tanto de él como del PIB en su conjunto.




[i] Véase https://www.pnas.org/content/early/2019/03/25/1815663116


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