Resulta extraordinario que, desafiando toda la historia factual y todo el conocimiento filosófico, alguien celebre el bicentenario del nacimiento de Karl Marx. Más que nadie, por sus ideas equivocadas, es responsable, aunque sea de forma indirecta, de la muerte de unos cien millones de personas en el siglo pasado y de la severa opresión, mediante la servidumbre económica y social, de una tercera parte entera de la población mundial. Y si se incluye además a quienes han sufrido bajo el yugo del socialismo moderno de inspiración marxista, la filosofía que sostiene que el Estado es más importante que el individuo, se podría argumentar que casi todo el mundo está hoy influido por la filosofía marxiana.
Puede parecer una afirmación extrema, pero basta preguntar a casi cualquiera, en cualquier lugar, qué considera más importante, el individuo o el Estado, para comprobar si esta suposición es correcta. La única explicación de la adoración que sigue despertando este hombre es que, con una influencia tan universal, quedan por fuerza legiones de partidarios que ignoran la realidad y no quieren verla. Sin embargo, durante su vida (murió en 1883) apenas se le conocía. No fue hasta la revolución rusa, treinta y cuatro años después, cuando empezó a tomarse en serio a Marx.
¿Cómo alcanzó Marx esta poderosa posición póstuma? No fue por su economía, aunque se cita a menudo y constituye los principios básicos de su Manifiesto comunista, sino por su filosofía: viejas ideas de hombres olvidados como Hegel (1770-1831), que reciclaó en una filosofía socialista que hoy todavía aceptan muchos, pese a las pruebas acumuladas en su contra. La diferencia con Hegel es que este se esforzó por establecer que la evolución histórica conduciría a una libertad individual cada vez mayor, mientras que Marx se esforzó por demostrar que el individuo no desempeñaba ningún papel en la evolución histórica.
Hegel sostenía que toda la realidad es susceptible de expresarse en categorías racionales y puede reducirse a una unidad sintética mediante el razonamiento dialéctico dentro de un sistema de idealismo absoluto.[i] En lenguaje llano, concluyó que todos tomamos nuestras pautas de nuestro entorno y circunstancias sociales y culturales, y que estos, a su vez, vienen determinados por los acontecimientos históricos. Esto se convirtió en la base de la filosofía extrema de Marx sobre la estructura de clases, que, al igual que la de Hegel, negaba cualquier papel a la independencia del pensamiento humano.
Su postura filosófica quedó expuesta de forma exhaustiva en su libro Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859. El principio fundamental del marxismo se enuncia al comienzo del prefacio, donde define su deducción a partir de la dialéctica hegeliana: «No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino su existencia social la que determina su conciencia». Es decir, la organización social prevalece sobre el individuo y, por tanto, el individuo está subordinado a la organización social.
De esta lógica se sigue, argumentaba Marx, que las clases formadas a partir de los intereses materiales obligan a sus miembros a pensar y actuar según sus estrechos intereses de clase y no con independencia según su interés personal, pues tal cosa no existe. Para Marx, las ideologías evolucionaron según líneas de clase, y en ellas dominaban los intereses de la minoría, la burguesía. Y como la burguesía se beneficia del trabajo del proletariado, le conviene mantenerlo sometido. La acumulación de riqueza en manos de la burguesía se debía por completo a la explotación del proletariado.
El mundo de Marx era un mundo en blanco y negro de ricos y pobres, de explotadores y explotados. Como había dicho Immanuel Kant (1724-1804): «Si un hombre tiene más de lo necesario, otro tiene menos»[ii]. La única forma de enmendar este aparente agravio era el colapso del sistema capitalista, que había provocado esos desequilibrios desde el principio. La solución final era una sociedad sin clases del proletariado, a quien se entregarían los medios de producción, administrados en su nombre por un gobierno revolucionario.
Si hacían falta pruebas, Marx las encontró en las crisis económicas cada vez más perturbadoras durante su vida. Las crisis golpean más duramente al proletariado y provocan desempleo y hambre. Al principio, Marx estaba convencido de que, al empeorar progresivamente las crisis, acabaría desencadenándose una revolución comunista, y los socialistas (es decir, el propio Marx) tomarían el mando en lugar de los gobiernos capitalistas en nombre del proletariado. Por desgracia para Marx, esto nunca ocurrió y él se inclinó cada vez más por una revolución violenta que acelerase la solución definitiva, reflejo de su creciente impaciencia y desesperación.
Por encima de todo, Marx despreciaba, incluso odiaba, a otros socialistas con una irracionalidad que solo puede haber estado alimentada por el miedo a la competencia. Este odio sigue con nosotros hoy, pues los comunistas aborrecen todas las formas de nacionalsocialismo. El razonamiento de Marx también lo libraba de las críticas, porque a los disidentes siempre se les tachaba de burgueses y, por tanto, se les descartaba por argumentar según líneas de clase. Se les desenmascaraba como burgueses, fuera cual fuese su opinión discrepante, y por ello no estaban cualificados para opinar sobre asuntos que afectaban al conjunto del proletariado. La única respuesta era que la burguesía se uniera al proletariado o se la obligara a hacerlo, y entonces sus intereses quedarían alineados por la fuerza.
No podemos pasar por alto las incoherencias, pues por un lado la burguesía solo puede perseguir un interés de clase rígido, pero por otro sus miembros son capaces del interés independiente necesario para pasar a otra clase. Y debemos mencionar también que el propio Marx, junto con su partidario Engels, era miembro de su llamada burguesía, de modo que, según su propia doctrina estricta, era incapaz o no estaba cualificado para alinearse con el interés proletario.
El dogma marxiano estaba plagado de incoherencias de este tipo. En parte se debía al estado del conocimiento humano de la época, que constituía la base de cualquier debate dialéctico. Darwin propuso en aquel mismo tiempo su teoría de la evolución, que afirmaba que los humanos descendían de los simios y, por tanto, eran meramente una forma superior de animal, no una especie aparte favorecida por Dios. Esto encajaba a la perfección con la filosofía marxiana.
También era anterior al desarrollo de la psicología por Sigmund Freud y Josef Breuer. Se creía que todos los cerebros humanos eran iguales, igual que tenemos otros órganos internos con funciones específicas dentro del cuerpo. Se desconocía el concepto de que los humanos difieren en inteligencia y en agudeza. Incluso se creía que la enfermedad mental era un trastorno originado en el cuerpo. Para Marx, el filósofo, que se apoyaba en el enfoque dialéctico de Hegel, pudo parecer lógico que todos somos iguales y que las evidentes diferencias sociales se deben a nuestra crianza en una clase u otra.
Nunca definió la clase, un concepto demasiado resbaladizo para precisarlo. En su lugar, dividió a la humanidad en la mayoría explotada, el proletariado, y la minoría que controla al proletariado, la burguesía. Esperaba que el proletariado acabara rebelándose y relegara a la burguesía a la clase inferior, para ser gobernada por una administración socialista. Creía que esto ocurriría porque, bajo el capitalismo, el empobrecimiento de los trabajadores era inevitable y conduciría a una revolución obrera. Sin embargo, al mismo tiempo creía en la ley de hierro de los salarios, asociada sobre todo a David Ricardo. Según esta ley, los salarios los fijaban la disponibilidad de mano de obra y los pagos necesarios para subsistir. Unos salarios superiores a ese nivel básico llevarían con el tiempo a un aumento de la disponibilidad de mano de obra, mientras que unos salarios inferiores reducirían la reserva de trabajadores. De este modo, se esperaba que el coste del trabajo se reequilibrara en un nivel de subsistencia. El trabajo se consideraba una simple mercancía, cuya oferta se regulaba por su demanda. Sin embargo, la creencia de Marx en la ley de hierro de los salarios contradice su suposición de que el proletariado se empobrecería gradualmente. No se pueden suscribir ambas.
Los avances posteriores del conocimiento económico han refutado de todos modos ambas teorías. El planteamiento de Marx consistía en suponer con arrogancia que los trabajadores son esclavos del trabajo que no piensan, y no lo son. Son individuos con aspiraciones individuales y, como demostraron más tarde Freud y Breuer, tienen cerebros distintos del cuerpo, con capacidades mentales individuales que gobiernan el cuerpo. Marx incluso despreciaba los sindicatos de su época, y sostenía que hacer huelga para obtener salarios más altos era confabularse con miembros de la burguesía al negociar con ellos, cuando en cambio deberían buscar su destrucción. Su pensamiento había evolucionado desde la proposición de que la destrucción de la clase burguesa se produciría de forma natural con el tiempo hasta fomentar una revolución violenta de clases para provocarla. Los trabajadores que se declaraban en huelga comprometían ambas alternativas.
Marx también se sacó de la manga una teoría del materialismo dialéctico, un concepto basado en la dialéctica hegeliana y en la filosofía materialista de Ludwig von Feuerbach (1804-72), según la cual las fuerzas productivas materiales debían impulsar a la sociedad, a través de la lucha de clases, hacia el socialismo. El materialismo, en este sentido, es la doctrina según la cual todos los cambios son producidos por entidades, procesos y acontecimientos materiales, y todas las ideas, elecciones y juicios de valor humanos pueden reducirse a causas materiales, que algún día explicarán las ciencias naturales.
Marx, el hombre, y Engels, su benefactor financiero, procedían de la burguesía y no tenían nada en común con el proletariado. Su motivación era fundamentalmente deshonesta. Tras esperar la destrucción de la burguesía mediante una evolución fuera del capitalismo, buscaron activamente una revolución violenta, y hay pocas dudas de que esperaban impacientes convertirse en los líderes del nuevo orden. Despreciaban a otros socialistas, a quienes veían como rivales. Mucho más famoso en tiempos de Marx era Ferdinand Lassalle (1824-64), que compartía la filosofía hegeliana básica, pero ayudó a Bismarck a derrotar a los liberales en Prusia. Para Marx, esta cooperación con un gobierno era anatema, igual que lo sería el nacionalsocialismo para los marxistas del siglo siguiente.
Para Marx, el comunismo mundial solo podía tener un líder y había que denunciar a los demás socialistas. Como dijo con ironía von Mises, lo peor para un socialista es ser gobernado por un socialista que no es tu amigo.
Marx y Engels despreciaban tanto el nacionalismo como el nacionalsocialismo, porque buscaban una revolución global, de modo que no había lugar para las características nacionales ni para la cooperación con los gobiernos. Era, en efecto, su intento de dominación mundial, urdido en la sala de lectura de la Biblioteca Británica. Una década después de publicarse el Manifiesto comunista, Marx dejó de defender la revolución pacífica y optó por la guerra civil en todos los países para destruir a la clase burguesa. Marx y Engels buscaban provocarla y beneficiarse de ella. La conspiración con Engels fue tomando cada vez más esa dirección, y Engels estudió ciencia militar para prepararse para su papel de comandante en jefe.[iii]
A pesar de las teorías de Marx y de la posterior conspiración con Engels, los acontecimientos demostraron que el marxismo era un fracaso, ya desde el principio. En los años posteriores a la publicación del Manifiesto comunista y hasta su muerte en 1883, pese a los ciclos de auge y caída de mediados de ese siglo, la suerte del proletariado mejoró de forma inmensa. Algo iba terriblemente mal con las predicciones marxistas, y el principal arquitecto había desaparecido en la oscuridad. Sin embargo, había establecido el modelo para Lenin, que recogió la bandera marxista con la revolución rusa treinta y cuatro años después.
Ahora sabemos lo que ocurrió, aunque gran parte se nos ocultó hasta el desmantelamiento del Muro de Berlín. Igual que Marx se esforzó por una revolución comunista global que destruyera tanto a los Estados nación como a la burguesía, Lenin tenía el mismo objetivo marxiano. Persistió en la posguerra, con la anexión de Europa del Este y los continuos intentos de socavar Europa Occidental. Había espías soviéticos por todas partes. No solo tuvimos a los cinco de Cambridge y a profesores de economía de izquierdas que promovían el socialismo en las mejores universidades, sino que incluso Harry Dexter White, un alto funcionario del Tesoro de EE. UU. que fundó el FMI y el Banco Mundial, era un espía soviético.[iv]
Marx fue un conspirador fracasado que debería haberse hundido sin más en la oscuridad. Pero, como Keynes en el siglo siguiente, hizo que sus verdades a medias sonaran sumamente plausibles. Su formación como filósofo dio respetabilidad a sus teorías. Incluso ante su tumba, Engels lo elogió así:
«Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el simple hecho, hasta ahora oculto bajo una maraña de ideología, de que la humanidad debe, antes que nada, comer, beber, tener cobijo y vestido, antes de poder dedicarse a la política, la ciencia, el arte, la religión, etc.…»
¿Cómo no respetar, incluso adular, a un hombre descrito en estos términos? No se puede decir que un filósofo que descubrió la ley del desarrollo de la historia humana, que reconoció que el hombre necesita comida, agua, cobijo y vestido, esté equivocado o sea malo. Esto contrasta con el título de este breve ensayo, según el cual Marx fue el peor hombre de la historia moderna. De no ser por acontecimientos muy posteriores a su muerte, este epitafio no merecería ser cuestionado. Ha habido responsables mucho peores de sufrimiento humano en su época, con una lista que se remonta al comienzo de la historia escrita.
No, la razón por la que Marx fue un hombre completamente malo, incluso malvado, es que planeó el dominio no de un solo país, sino del mundo entero, defendiendo las fuerzas destructivas de la violencia civil. Fue una pobre parodia de villano de Bond. Y, como todos los socialistas, quería el dominio total. Se podría opinar que fue un Don Quijote de nuestros días, iluso y loco, y que Engels fue una especie de Sancho Panza financiero sin ingenio. Sería un error. Marx fracasó como filósofo y, en lugar de reconsiderar y retractarse, pasó de prepararse para un papel principal en lo que veía como inevitable a defender la destrucción social violenta.
Fue la filosofía equivocada de Marx la que condujo a la muerte de cien millones de almas, a manos de quienes él inspiró, así como a la esclavización de la mayor parte de la población de la masa continental euroasiática. Y si hemos de identificar su error catastrófico en los términos más simples, fue la breve frase del prefacio de su Contribución a la crítica de la economía política, mencionada más arriba. Si en cambio hubiera concluido correctamente que
«es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, y no su existencia social»
el mundo sería hoy un lugar mucho mejor, con la gente corriente libre para haber logrado el progreso económico de sus semejantes sin cargar con el peso de las filosofías fallidas de Marx.
Es mi candidato a peor hombre de la historia moderna de la humanidad, y deberíamos recordar esto y solo esto en el bicentenario de su nacimiento.
[i] Hegel, como Marx, razonaba a partir de una tesis, luego una negación de la tesis y después una negación de la negación. Esto pretendía ser una prueba irrefutable de una conclusión que sobrevivía. Pero si los hechos históricos y ordinarios y cualquier suposición son erróneos desde el principio, toda la tesis evidentemente fracasa.
[ii] El aforismo de Kant fue refutado por varios economistas, que señalan que los intercambios son voluntarios y ambas partes salen beneficiadas, pues de lo contrario el intercambio no tendría lugar. Lo mismo ocurre con la relación entre empleador y empleado, aunque puede ser más espinosa.
[iii] Engels disfrutaba de la caza del zorro, que proclamaba una buena preparación para el mando militar. Era irremediablemente burgués, incluso esnob, y se negó a casarse con su amor de toda la vida porque era socialmente inferior.
[iv] Dexter White fue solo uno de los espías soviéticos situados en puestos importantes del Gobierno de EE. UU. Toda la red fue revelada por un desertor del KGB soviético, Oleg Gordievsky, en su relato KGB, the Inside Story, Hodder & Stoughton, 1990.
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