El invierno en Europa Central y para el dólar

En este artículo examino el estado actual de la lucha por el control hegemónico entre Estados Unidos, por un lado, y Rusia y China, por otro. Se libra en dos frentes. Ucrania, el que está a la vista de todos, está a punto de soportar un invierno sin electricidad ni alimentos suficientes, lo que podría desembocar en una crisis humanitaria.

El otro frente es el financiero: Estados Unidos se enfrenta a un ataque coordinado de Rusia y China contra la hegemonía de su dólar. Los rusos preparan una divisa sustitutiva para la liquidación del comercio que, si tiene éxito, podría lanzar una avalancha de dólares en manos extranjeras a los mercados de divisas.

No tenemos forma de saber hasta qué punto ha avanzado este plan, pero los indicios apuntan quizá a una moneda digital respaldada por oro. Que Moscú esté creando una nueva bolsa de oro, que los bancos centrales asiáticos estén acumulando más reservas de oro y que Arabia Saudí busque cobrar el petróleo en monedas distintas del dólar son pruebas circunstanciales.

Además de estos planes, se ha producido un cambio de fondo que aleja de una burbuja financiera generalizada de largo plazo, con la perspectiva de que, con el tiempo, los tipos de interés sean más altos. Los motivos para que los extranjeros posean dólares fiduciarios están disminuyendo, y una nueva divisa comercial asiática que tenga éxito no hará sino agravar los problemas del dólar.

¿Podría esta presión obligar a Estados Unidos a rebajar la tensión en Ucrania y las sanciones contra Rusia? El argumento para hacerlo se ha vuelto convincente. Es también una forma de reducir los precios de la energía, lo que daría a los bancos centrales el margen de maniobra que necesitan en los tipos de interés. 

Rusia está aprovechando al máximo el invierno

Cada vez hay más pruebas de que Rusia pretende quebrar la voluntad del pueblo ucraniano. Ahora que empieza a cuajar la nieve, Rusia está destruyendo la generación eléctrica necesaria para mantener a la gente caliente y con vida. Es una variante moderna del asedio medieval. Pero en lugar de rodear una ciudad o un castillo y rendir a sus habitantes por hambre, lo que esperan es que los ucranianos se marchen al hacer imposibles las condiciones de vida.

Cerca del ochenta por ciento de la población de ese desafortunado país es ucraniana, y no rusa. Pero esa cifra se basa en las fronteras nacionales oficialmente reconocidas y no se ajusta por las regiones que Rusia obtuvo en el este, incluida Crimea, en 2014 y después. Eso deja un posible problema de refugiados de 34 millones de ucranianos que huirían de unas condiciones de vida imposibles, sin energía y con escasez de alimentos, mientras el cruel invierno avanza.

Hacen falta dos bandos para una guerra por delegación. No lo creerías a juzgar por los medios occidentales, pero Putin ha tenido cuidado de no convertir la situación en una guerra oficial ni de arrastrar a la OTAN a un enfrentamiento directo. En cambio, se apoya en la constitución ucraniana, que protege a los ucranianos étnicos, pero no a las minorías, entre ellas los rusohablantes. En la práctica se les niegan los derechos humanos, lo que le da a Putin la excusa para rescatarlos.

Esta etnicidad legal en la constitución de Ucrania es hoy inusual, una característica que comparte con la Alemania nazi. Permite a la maquinaria propagandística rusa acusar al régimen ucraniano de ser un Estado nazi. Las «operaciones especiales» de Rusia tenían por objeto rescatar a los rusos étnicos conforme al derecho internacional, y eso explica por qué les han ofrecido pasaportes rusos y paso seguro desde el Donbás y Jersón. Tras hechos como el coche bomba en Moscú que mató a Daria Dugina, hija de un destacado aliado de Putin, y el atentado contra el puente de Kerch, Putin ha acusado a Ucrania de actos terroristas por los que Rusia busca represalias. De nuevo, la actividad antiterrorista es un recurso para evitar una declaración de guerra y, a la vez, justificar nuevas acciones.

A medida que avance el invierno, 34 millones de ucranianos se enfrentarán por tanto a la disyuntiva de convertirse en refugiados o morir de frío y hambre. Ahora que ha llegado la nieve, los rusos han empezado a atacar los suministros energéticos de Ucrania. El momento no es casual y los líderes de la UE ya pueden imaginar las probables consecuencias. Pero al depender de la OTAN para su protección última, el establishment de Bruselas no considera que los cambios de política de la OTAN sean responsabilidad suya y, al seguir el liderazgo estadounidense, ha descuidado sus propios intereses.

Pero ahora los estadounidenses parecen entender el peligro inminente de un invierno sin electricidad. Sin duda, esto es lo que llevó a William Burns, director de la CIA, a reunirse con su homólogo, el jefe de la inteligencia rusa, en Ankara hace dos semanas. La versión oficial fue que Burns fue a advertir a los rusos de que no recurrieran a las armas nucleares y a plantear el asunto de los prisioneros estadounidenses.[i] Pero hay pocas dudas de que esta reunión en un canal paralelo tenía por objeto explorar compromisos antes de que Estados Unidos se vea como parte del cruel sacrificio de la población ucraniana en una guerra por delegación.

Las negociaciones no serán pan comido

En el gran juego de la estrategia geopolítica, haber sentado a los estadounidenses a la mesa de negociación puede apuntarse como una victoria para los rusos. Pero no se trata solo de una guerra por delegación en suelo ucraniano. Tanto Rusia como Estados Unidos tienen objetivos primordiales. Los rusos quieren asegurar sus fronteras occidentales, lo que implica, como mínimo, la retirada militar estadounidense de todos los países fronterizos; Lavrov ha mencionado 300 millas como alcance de los misiles. Sin duda, EE. UU. se resistirá a estas exigencias, porque renunciar en la práctica a su papel de posguerra como protector de Europa a través de la OTAN supondría admitir abiertamente una derrota en el escenario mundial. Significaría el fin de la hegemonía global de EE. UU., a la que los estadounidenses se aferran desesperadamente. Además, es una derrota que reforzaría el poder de Rusia no solo en el ámbito de Europa occidental, sino, gracias a su alianza con China, en todo el continente euroasiático.

Desde el punto de vista de EE. UU., las negociaciones con Rusia probablemente acabarán siendo un ejercicio de contención de daños, como la retirada de Afganistán. Necesita sentarse a la mesa antes de que la situación se deteriore mucho más. Y, aparte de la situación en Ucrania, tiene tres problemas urgentes que considerar:

La dimensión de la UE

Se nota que ahora hay disensión en la UE, que acusa a los estadounidenses de lucrarse con la guerra de Ucrania. Esto lo publicó Politico a principios de esta semana:

«Lo cierto es que, si se mira con sobriedad, el país que más se beneficia de esta guerra es EE. UU., porque vende más gas y a precios más altos, y porque vende más armas», declaró a POLITICO un alto cargo.[ii]

El artículo continúa:

«Los explosivos comentarios, respaldados en público y en privado por funcionarios, diplomáticos y ministros de otros países, se producen tras el creciente enfado en Europa por las subvenciones estadounidenses que amenazan con arruinar la industria europea. Es probable que el Kremlin acoja con agrado el envenenamiento del ambiente entre los aliados occidentales. “Estamos realmente en una encrucijada histórica», afirmó el alto cargo de la UE, argumentando que el doble golpe de la perturbación comercial por las subvenciones de EE. UU. y los altos precios de la energía corre el riesgo de volver a la opinión pública contra el esfuerzo bélico y contra la alianza transatlántica. “EE. UU. tiene que darse cuenta de que la opinión pública está cambiando en muchos países de la UE”».

Siendo realistas, EE. UU. solo puede mantener de su lado a sus principales aliados de la UE si atiende estas preocupaciones. Atribuidas casi por completo a las sanciones contra Rusia impuestas a instancias de EE. UU. y a las reacciones de Putin ante ellas, las subidas de precios generan presiones políticas sobre el terreno que probablemente obligarán a los políticos a buscar un fin temprano de las sanciones. En este sentido, el tiempo juega a favor de Rusia.

Pero estas presiones no se dan solo en la UE. La nueva tendencia global de subida de precios afecta a la UE más que a la mayoría, ya que el Banco Central Europeo mantuvo sus tipos de depósito en terreno negativo durante un periodo considerable. Como otros banqueros centrales, los responsables del BCE no planificaron una vía de salida de la supresión de los tipos de interés y han sido pillados a contrapié más que la mayoría de los bancos centrales. Fue una política que empujó a los bancos comerciales hacia terreno arriesgado.

La compresión de los márgenes de préstamo obligó a los grandes bancos comerciales a mantener sus beneficios apalancando sus balances hasta niveles récord. La mano muerta de los tipos negativos, que equivalían a un impuesto sobre las reservas depositadas en el sistema del euro, lastró los resultados de los bancos. Aunque la subida de los tipos supuso en un principio una bonanza de beneficios para ellos, ahora están expuestos a pérdidas por la caída del valor de los activos y por los préstamos morosos. Y con el tipo de depósito del BCE todavía en solo el 1,5 % cuando la inflación oficial de precios supera el 10 %, unos tipos de interés mucho más altos son inevitables. A menos que de algún modo se consiga reducir de forma significativa la inflación de precios, las consecuencias serán enormes pérdidas para los bancos por sus activos financieros, tanto los del balance como los aportados en forma de garantía, pérdidas que borrarán el capital de los accionistas.

El problema de la inflación se manifiesta ahora en una crisis energética derivada de las sanciones contra Rusia. Para evitar que todo el sistema del euro se desestabilice, la solución obvia a corto plazo es llegar a un acuerdo con Rusia. La eliminación de esta fuente de subidas de precios reduciría, a su vez, las perspectivas de subida de los tipos del euro y estabilizaría todo el sistema. Podemos estar seguros de que el BCE y su red de bancos centrales nacionales se lo estarán señalando a sus políticos.

De hecho, el fin de las sanciones daría un impulso enorme a las bolsas y a los precios de los bonos, en un momento en que crecen las preocupaciones por una recesión global. Que no quepa duda: las políticas de Occidente contra Rusia son, sencillamente, suicidas. Y los políticos de Bruselas tendrían que estar ciegos para no verlo.

El conflicto entre EE. UU. y las dos potencias hegemónicas asiáticas se intensifica

Desde el punto de vista de Rusia, la precipitada retirada de Estados Unidos de Afganistán y la sustitución de un impredecible presidente Trump por un Biden ya mayor, a quien los rusos conocen por su trayectoria en la política exterior estadounidense, confirmaron que la influencia global de Estados Unidos estaba fallando. Para Rusia, con Gran Bretaña fuera de la UE, era un buen momento para aumentar las tensiones entre Estados Unidos y Europa occidental y apartar a los estadounidenses de Europa.

Putin ha demostrado una gran habilidad como operador político; tenía que tenerla para abrirse camino con éxito a través del desastre que dejó Yeltsin hasta alcanzar una posición de poder absoluto. Antes de intensificar la situación en Ucrania, podemos estar seguros de que anticipó las sanciones lideradas por Estados Unidos y calculó su respuesta. Que los estadounidenses hayan dado a entender con cautela que ahora están dispuestos a negociar confirma el éxito de la estrategia de Putin en Ucrania. Ahora, con la llegada del invierno, puede permitirse esperar. Y cuanto más espere, mayor será la presión sobre Ucrania y la UE.

Estados Unidos libra este juego de poder en dos frentes: Rusia y China. No puede ser demasiado agresivo con China porque sigue dependiendo en gran medida de su economía. Recurre a prohibiciones tecnológicas selectivas y poco más. Tras haber exportado las cadenas de suministro de fabricación a China y al sudeste asiático, las grandes empresas estadounidenses no pueden permitirse que políticas exteriores agresivas socaven esas cadenas. Ya, intencionadamente o no, China está presionando a las empresas estadounidenses con su política de confinamientos por la covid.

Nunca podemos estar del todo seguros de las intenciones de China, sobre todo con el enigmático presidente Xi. Ante las protestas por los confinamientos, los medios occidentales presentan a la administración de Xi como si regresara casi a las políticas maoístas, un revés de la reciente marcha de China hacia el capitalismo. El trato a los uigures nos ofende. Pero se sabía que la reforma de las políticas contra la covid estaba en camino, y el martes la Comisión Nacional de Sanidad de China anunció nuevas directrices para las administraciones locales, que deberían aliviar los confinamientos. 

El problema de fondo del Gobierno chino es que su economía sufre una resaca de deuda tras décadas de sobreinversión en construcción nacional, respaldada por una tasa de ahorro excepcionalmente alta. Si la economía se dejara a su aire, según la teoría clásica una crisis de deuda destruiría las malas inversiones y reasignaría el capital a usos más productivos. Pero con los grandes bancos comerciales bajo control estatal, lo más probable es que la política consista en sortear la transición de reasignación del capital, cueste lo que cueste.

El efecto de una restricción del crédito es aumentar la urgencia de dirigir desde el Estado la inversión hacia otras áreas, en particular la integración con otras naciones asiáticas. Aunque no debemos olvidar que existen diferencias políticas y culturales significativas entre China y Rusia, la hegemonía y las políticas comerciales estadounidenses solo han servido para estrechar los lazos entre ellas, por lo que la inversión transfronteriza es una prioridad evidente.

Las consecuencias económicas inmediatas son perjudiciales para China, cuya economía ha dejado de crecer. Aunque esto es un factor negativo para toda la región, podría acelerar la integración panasiática para limitar el daño económico y alejar aún más del control hegemónico estadounidense a naciones como la India, las africanas y ahora todo Oriente Medio. Los aliados de Estados Unidos en el sudeste asiático también estarán reexaminando sus políticas exteriores.

Si analizamos las perspectivas inmediatas de una recesión global, vemos que el viejo mundo de las economías estancadas se está separando de un nuevo mundo de industrialización. Las naciones en desarrollo independientes están siendo atraídas hacia el bando progresista, dejando un residuo de naciones fallidas que viven en el pasado.

Hasta ahora, la confirmación del fin de la hegemonía de EE. UU. se ha visto en el cambio de la política comercial de Arabia Saudí, que se ha realineado con Rusia y China y ha confirmado su intención de unirse a la organización BRICS. Con otros estados árabes siguiendo el ejemplo saudí, esto confirma que los estados del Golfo ven su futuro ligado a la alianza entre Rusia y China. Es probable que le sigan las naciones del Sudeste Asiático, que por ahora se mantienen a la expectativa. Sin embargo, la reciente celebración de la reunión del G20 en Indonesia mostró que los anfitriones parecían más preocupados por no molestar a rusos y chinos que a la alianza occidental liderada por EE. UU.

Los estados miembros de la Unión Europea empiezan a enfrentarse al mismo dilema. Han seguido ciegamente las políticas de la OTAN sin cuestionarlas. El fracaso de las guerras de la OTAN en Oriente Medio y Afganistán, y las consecuencias del derrocamiento de Gadafi en Libia, han provocado los problemas de refugiados de Europa. Ahora el sacrificio económico de alinearse con la OTAN es evidente. Los dirigentes de la UE murmuran con amargura que los estadounidenses se benefician de Ucrania mientras Europa paga el precio. 

La hegemonía del dólar también está amenazada

Sabemos por anuncios oficiales que la alianza entre Rusia y China, concretamente a través de su pertenencia a la Unión Económica Euroasiática, planea improvisar una nueva moneda de liquidación comercial. Debido a las sanciones monetarias contra Rusia, el proyecto ha cobrado un carácter de urgencia, y otras naciones de Asia se dan cuenta de que mantener monedas occidentales en las reservas de sus bancos centrales conlleva el riesgo de sanciones. Estos riesgos no se limitan a la inmovilización de las reservas en monedas occidentales, sino que también restringen el comercio. Las consecuencias de la política de sanciones han obligado a los gobiernos asiáticos a replantearse también la seguridad comercial.

En esta fase, lo único que podemos hacer es reunir algunos indicios para determinar la forma probable de la nueva moneda de liquidación comercial que ha propuesto Serguéi Glázyev, el alto funcionario ruso encargado del proyecto. Un comunicado oficial del 16 de junio del comité que preside incluía la siguiente declaración:

“Serguéi Glázyev informó de que en un futuro próximo presentará el concepto para formar el mercado de intercambio común de la UEEA, que, en particular, implicaría la unificación de los sistemas de información de las bolsas y la fijación de precios en monedas nacionales. "La agenda incluye la transición a una nueva moneda de liquidación estable basada en una cesta de monedas nacionales y productos cotizados en bolsa, así como la creación de nuestro propio sistema estable de precios. Estos principios deberían aplicarse no solo dentro de la UEEA, sino también en toda la OCS", concluyó el ministro de la CEE.”[iii]

El objetivo es que el dólar sea sustituido como medio de liquidación del comercio entre naciones. Y la idea es que otras naciones puedan unirse a esta nueva moneda de liquidación comercial. Si el proyecto tiene éxito, el dólar perderá su condición de moneda de reserva para las naciones participantes. 

Como se ha descrito antes, el proyecto no es viable y parece una declaración política destinada a obtener apoyo temprano. En otros lugares vemos propuestas para crear una nueva bolsa de oro en Moscú, supuestamente para sustituir el acceso al mercado de metal precioso de Londres, ahora vedado a Rusia y a sus refinerías. Pero de nuevo vemos que el impulsor es el mismo Serguéi Glázyev, que esta vez nos dice que la demanda proviene de la industria rusa del metal precioso.

Para que funcione, la propuesta original de Glázyev a los estados euroasiáticos no puede seguir adelante. Incluir monedas nacionales en algún tipo de fijación diaria no garantiza la estabilidad, y cada vez que otro miembro de la OCS decida unirse habría que hacer un ejercicio completo de reequilibrio. Las mismas consideraciones se aplican a los «productos cotizados en bolsa», que, según otras declaraciones, entendemos que se refieren a las materias primas comercializadas entre los miembros del plan.

Lo que empezó como un movimiento intrínsecamente defensivo contra la hegemonía del dólar estadounidense cambia de prioridades tras la posterior confirmación de la intención saudí de pasar de pagos en dólares a pagos en monedas asiáticas sin especificar. En lugar de convencer a un círculo de estados euroasiáticos, el premio de Glázyev es persuadir también a los saudíes y a otros proveedores de energía del Golfo de que acepten el nuevo medio de liquidación comercial. Solo una moneda respaldada por oro encaja. Dadas sus raíces beduinas en la moneda física, una moneda de liquidación comercial basada en oro y aceptable para los saudíes tendría la ventaja añadida de asestar un golpe significativo al dólar. 

Cuanto más se piensa en la situación, más se llega a la conclusión de que el oro es la base lógica de un esquema así, y la participación de Glazyev en la nueva bolsa de oro de Moscú sugiere que él ha llegado a una conclusión similar. Si es así, será necesario respaldar un esquema de fijación del precio del oro de tal modo que los participantes puedan mantener con confianza saldos en la nueva moneda, aunque casi con toda seguridad será de carácter digital.

Suponiendo que el esquema avance hasta su materialización, con el oro representando las transacciones basadas en materias primas en general, la necesidad de mantener saldos en dólares desaparecerá. El impacto sobre el dólar tiene que ser nuestro siguiente tema.

Los saldos extranjeros en dólares son sencillamente enormes

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Como ilustra el gráfico anterior, la propiedad extranjera de activos financieros, incluidos los depósitos bancarios, suma casi 30 billones de dólares, más de 4 billones menos que en diciembre pasado. Parte de ello se debe a las fluctuaciones en la valoración de las carteras, pero es evidente que el interés extranjero por mantener dólares está disminuyendo. Si el bloque asiático formado por Rusia y China logra una moneda viable para la liquidación del comercio, tanto las instituciones oficiales como el sector privado necesitarán menos dólares, y la tenencia por parte de extranjeros se reducirá aún más. 

Los dólares se venderán a cambio de otras monedas, para comprar metal precioso o para acumular existencias de materias primas duraderas. El deseo global de vender dólares por otras grandes monedas fiduciarias quedó frenado en seco por las sanciones monetarias contra Rusia. Y podemos estar seguros de que el mensaje sobre mantener yenes, euros o libras esterlinas ha sido ampliamente recibido en todas las naciones asiáticas. 

Por lo tanto, es probable que las sanciones monetarias lideradas por EE. UU. contra Rusia resulten muy contraproducentes. Con el dólar vendiéndose por metal precioso y materias primas, el valor del dólar en relación con ellos disminuirá, obviamente. Es una tendencia que los tenedores extranjeros comprenden con facilidad y que probablemente haga caer el dólar más rápido de lo que cabría esperar. 

Puede que el proceso ya haya comenzado. En lo que va de año, el dólar ha ganado terreno frente a otras grandes monedas porque la Fed ha llevado a otros bancos centrales a subir los tipos de interés en un intento de contener la inflación de precios. Ahora los demás bancos centrales responden con retraso con sus políticas de tipos revisadas y, en consecuencia, la tendencia alcista del índice del dólar ponderado por comercio ha roto su anterior trayectoria. El gráfico siguiente ilustra el movimiento del dólar hasta ahora.

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A los problemas del dólar se suman las sospechas del mercado de que la Fed se verá obligada a un giro de política a medida que aumentan las señales de recesión. Aunque suaviza ligeramente su postura, la Fed todavía lo niega, presumiblemente por temor a incentivar precios de consumo aún más altos. Los mercados apuestan por que es solo cuestión de tiempo que la Fed tenga que detener las subidas de tipos y reintroducir la relajación cuantitativa. El rendimiento del bono del Tesoro de EE. UU. a 10 años ha caído del 4,4 % al 3,63 %, mientras que el aumento del IPC se ralentizó hasta el 7,7 % en octubre. 

Las subidas de precios de materias primas y energía inducidas por las sanciones han ocultado una tendencia más amplia que surge del final de cuarenta años de financiarización de las principales economías occidentales: el final de una prolongada burbuja de todo. Los déficits públicos incontrolables están provocando la depreciación de las monedas en relación con el valor de las materias primas. Una nueva guerra fría financiera entre las potencias hegemónicas está minando la lógica de las cadenas de suministro en múltiples jurisdicciones. La gestión de inventarios justo a tiempo se ha vuelto más arriesgada. Y aunque las dificultades de las cadenas de suministro se han reducido recientemente, las perspectivas del comercio se han deteriorado, la reforma de las cadenas de suministro está en camino y el crédito bancario comercial lleva mucho retraso en su descenso cíclico de 10 años. 

Gestionar la liquidación de dólares por parte de extranjeros

Suponiendo que los extranjeros actúen como vendedores netos definitivos y no simplemente cubriendo posiciones existentes, los compradores serán la Fed, en el caso de que vendan instituciones oficiales, o los bancos comerciales. 

Cuando la Fed compra dólares, reduce el pasivo de su balance o reinvierte los dólares repatriados comprando activos. Y dado que estamos considerando ventas netas por parte de extranjeros, esos activos serán activos denominados en dólares de la economía nacional estadounidense. Que la Fed reduzca su balance o compre activos nacionales es una cuestión de política económica y monetaria.

Los bancos comerciales actuarán principalmente por cuenta de compradores nacionales estadounidenses, en cuyo caso no se produce ninguna reducción de sus pasivos totales por depósitos, ya que la titularidad de los depósitos simplemente cambia. Sin embargo, si no actúan por cuenta de compradores nacionales, sino por cuenta propia y se están retirando depósitos, entonces deben reducir los activos de su balance para equilibrarlo. Pueden hacerlo vendiendo activos financieros, si los tienen en balance, o reclamando préstamos. No obstante, sabemos por las cifras TIC del Tesoro de EE. UU. que los bancos comerciales tienen una exposición limitada a préstamos en moneda extranjera (es decir, a activos de balance; en junio fue de 687.000 millones de dólares[iv]) y, dado que otras divisas se han debilitado, es poco probable que tengan pasivos por activos financieros en moneda extranjera dentro de balance y sin cobertura en cantidades significativas. Por lo tanto, la mayor parte de la participación del sector privado se produce fuera de balance y, en consecuencia, el efecto sobre el crédito bancario comercial pendiente será limitado.

Por tanto, parece que se trata sobre todo de un problema para la Fed, y el impacto de las ventas extranjeras sobre el dólar solo se verá atenuado mediante la expansión del balance de la Fed. El siguiente gráfico da una pista de cuáles son los impactos relevantes probables.

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Hemos comprobado que los bancos comerciales no comprarán dólares a extranjeros en cantidades suficientes como para afectar de forma material a sus balances. En cambio, si los extranjeros deciden que el mundo se está alejando del dólar, el balance de la Fed, que actualmente asciende a 8,6 billones de dólares, quedará expuesto a una montaña de dólares en manos extranjeras que se contraería, de hasta 30 billones. Esto conlleva un factor de apalancamiento que podría ser sustancial.

Otro problema para las autoridades monetarias es que cada vez esperan más una recesión, aunque parece tardar en llegar. Una recesión supone una contracción del crédito bancario comercial, que la Fed esperaría compensar combinando una expansión de su balance con un aumento del déficit presupuestario del Gobierno. En otras palabras, tras cincuenta y un años de dólar totalmente fiduciario, con una demanda de dólares basada en que es la única moneda de reserva, el fin de ese período en un momento en que la economía estadounidense entra en recesión es la peor combinación de acontecimientos posible.

Esta es probablemente la razón más convincente para que el Gobierno de EE. UU. trate de rebajar las tensiones por Ucrania y desmantelar las sanciones contra Rusia. Debería de haber estado, o habría estado, en la mente de William Burns, de la CIA, cuando se reunió con su homólogo ruso en Ankara hace quince días.


 


[i] Véase https://www.reuters.com/world/russian-us-officials-holding-talks-turkey-kommersant-2022-11-14/

[ii] Véase https://www.politico.eu/article/vladimir-putin-war-europe-ukraine-gas-inflation-reduction-act-ira-joe-biden-rift-west-eu-accuses-us-of-profiting-from-war/

[iii] Véase https://eec.eaeunion.org/en/news/sergey-glazev-imeyushchiesya-rezervy-rosta-neobkhodimo-konvertirovat-v-narashchivanie-vnutrisoyuznoy/

[iv] Línea 1 menos línea 2 en https://ticdata.treasury.gov/resource-center/data-chart-center/tic/Documents/bctype.txt

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