El Gran Juego sigue su curso

Tras la retirada de Estados Unidos de Afganistán, su atención se ha desplazado al Pacífico con la creación de una alianza naval conjunta entre Australia y el Reino Unido.

El fundador de la teoría geopolítica moderna, Halford Mackinder, tenía algo que decir al respecto en su último artículo, escrito para el Council on Foreign Relations en 1943. Mackinder anticipó esta evolución, aunque los actores y sus papeles eran entonces distintos. En particular, previó el auge económico de China y la India y la importancia de la región del Pacífico.

Este artículo analiza la situación actual en el contexto de Mackinder, e incluye las consecuencias de la energía verde, la importancia del comercio en la región del Pacífico y la actual estrategia deflacionaria de China frente a la de las potencias occidentales en declive, que persiguen de forma agresiva la inflación de activos.

Hay pocas dudas de que el mundo se está reequilibrando como describió Mackinder hace casi ochenta años. Para entenderlo, debemos mirar más allá de las dificultades económicas y monetarias actuales de Occidente y de la pérdida de su hegemonía sobre Asia, y fijarnos en particular en la mejora de las condiciones de las naciones más pobladas de Asia.

Introducción

Tras la derrota de la OTAN en el corazón de Asia, y con Afganistán ahora bajo el gobierno talibán, el eje chino-ruso controla ya la masa continental asiática. Las naciones asiáticas que no están directamente vinculadas a esta hegemonía conjunta (por no ser miembros, asociadas ni socios de diálogo de la Organización de Cooperación de Shanghái) dependen cada vez más de ella para el comercio y la tecnología. África subsahariana se encuentra en su esfera de influencia. La realidad para Estados Unidos es que la población total de los países de la OCS o asociados a ella representa el 57 % de la población mundial. Y el control de Estados Unidos sobre sus aliados europeos se está debilitando.

La propia OTAN ha perdido relevancia: Turquía se siente atraída por el eje asiático rival y sus miembros de la UE están comprometidos por sus vínculos comerciales y energéticos con Rusia y China. Además, Francia presiona a la UE para que cree su propio ejército, independiente de la OTAN liderada por EE. UU.; cuál será exactamente su papel, más allá de la pura fanfarronería política para Francia, es un misterio.

En este contexto, tres de los integrantes de la alianza de inteligencia Five Eyes han formado AUKUS, siglas de Australia, Reino Unido y Estados Unidos, y su primer acuerdo es dotar a Australia de capacidad de submarinos nucleares para reforzar el poder naval de la alianza en el Pacífico. Sin duda surgirán a su debido tiempo otras capacidades, dirigidas principalmente a contener la amenaza china sobre Taiwán y otros aliados en el océano Pacífico. Los otros dos miembros de Five Eyes, Canadá y Nueva Zelanda, parecen menos dispuestos a enfrentarse a China. Pero quizá también ellos acaben asumiendo, a su debido tiempo, funciones menos evidentes más allá de la mera recopilación de información.

Bajo la presidencia de Trump, EE. UU. no consiguió contener el creciente dominio económico de China ni su rápido desafío tecnológico a la supremacía estadounidense. El único éxito de Trump fue apartar al Reino Unido de la política de Cameron y Osborne de reforzar los lazos comerciales y financieros con China, amenazando el importante papel británico en la alianza de inteligencia con EE. UU.

Para el Reino Unido, el desafío llegó en un momento crítico. El Brexit ya se había producido y el país necesitaba socios globales para sus futuras estrategias comerciales y geopolíticas, estas últimas necesarias para consolidar su reaparición en la escena mundial tras el Brexit. Trump ofreció como incentivo un acuerdo comercial rápido entre EE. UU. y el Reino Unido. La alternativa suiza de neutralidad en los asuntos internacionales no forma parte del ADN británico, de modo que, siendo realistas, la decisión era evidente: el Reino Unido debía volver a comprometerse plenamente con la alianza anglosajona Five Eyes junto a EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y dar la espalda a China.

Pero reunir información y desarrollar poder naval en el Pacífico no bastará para derrotar a los chinos. Todas las simulaciones muestran que EE. UU., con o sin AUKUS, no puede ganar un conflicto militar contra China. Sin embargo, AUKUS no es un modelo formal al estilo de la OTAN, que obliga a sus miembros por tratado a actuar contra un enemigo común. Aunque Taiwán sigue siendo un problema concreto, lo más probable es que el objetivo sea disuadir a China de su expansión territorial y proteger a las demás naciones del Pacífico en la periferia asiática, dándoles la seguridad necesaria para ser independientes del gigante de la OCS. Los beneficios comerciales de unas relaciones más estrechas con estas naciones independientes son además una razón adicional para que el Reino Unido se incorpore al CPTPP, el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico. Cumple los requisitos para ser miembro por su soberanía sobre las islas Pitcairn. Y por eso China también ha solicitado su ingreso.

Por tanto, la importancia de AUKUS reside en la señal que envía a China y a toda la región del Pacífico, tras el abandono de las operaciones terrestres en Oriente Medio y Afganistán. La amenaza marítima para China es una línea que no se debe cruzar. Estamos entrando en una nueva era del Gran Juego, en la que el objetivo ha pasado del dominio a la contención. Tras perder su posición de control último en la masa terrestre euroasiática, Estados Unidos ha elegido a sus socios para conservar el control de los mares. Y el Reino Unido ha encontrado un nuevo propósito geopolítico: restablecer un papel global ahora que es independiente de la UE.

Los franceses no pueden unirse al CPTPP, al estar sujetos a las políticas comerciales comunes de la UE. Ver cómo los británicos se liberan de las restricciones de la UE y obtienen rápidamente más influencia global de la que Francia podría soñar ha tocado una fibra sensible.

Mackinder, reivindicado

El padre de la geopolítica, Halford Mackinder, es citado con frecuencia y sus teorías siguen siendo relevantes para la situación actual. Se ha escrito mucho sobre las profecías de Mackinder. Su concepto de la Isla Mundial se mencionó por primera vez en su exposición de 1904 ante la Real Sociedad Geográfica de Londres: «un Estado pivote, que se expande sobre las tierras marginales de Eurasia».

En 1943 actualizó sus puntos de vista en un artículo para el Council on Foreign Relations, ampliando su teoría del Heartland.[i] Escrito durante la Segunda Guerra Mundial, su comentario reflejaba a los contendientes y sus posiciones en aquel momento. Pero, a pesar de ello, hizo un comentario perspicaz en relación con la situación actual y con AUKUS:

«Si los chinos, por ejemplo, fueran organizados por los japoneses para derrocar al Imperio ruso y conquistar su territorio, podrían constituir el peligro amarillo para la libertad del mundo precisamente porque añadirían una fachada oceánica a los recursos del gran continente».[ii]

Cuando Mackinder escribió su artículo, los japoneses ya habían invadido Manchuria, pero su posterior derrota los apartó de un papel geopolítico activo, y en lugar de una derrota soviética, China ha entrado en una asociación pacífica con Rusia que se extiende a todos los antiguos satélites soviéticos de Asia Central. Lo que importa es el énfasis en la fachada oceánica, de la que depende la ruta marítima de la seda.

El artículo pone en juego otro aspecto mencionado por Mackinder: los enormes recursos naturales del Heartland, «…incluido carbón suficiente en las cuencas de Kuznetsk y Krasnoyarsk como para abastecer las necesidades del mundo entero durante 300 años». Y añade:

«En 1938 Rusia produjo más de los siguientes productos alimenticios que cualquier otro país del mundo: trigo, cebada, avena, centeno y remolacha azucarera. Se produjo más manganeso en Rusia que en cualquier otro país. Compartía con Estados Unidos el primer puesto en hierro y ocupaba el segundo lugar en producción de petróleo».

Gracias a su asociación con Rusia, todos estos recursos latentes están a disposición de la alianza entre China y Rusia. Y el verdadero potencial de industrialización, frenado por el comunismo y ahora por la corrupción rusa, apenas ha comenzado.

Tras señalar con visión de futuro que algún día el Sahara podría convertirse en la trampa para captar energía directa del sol (anticipando los paneles solares), el artículo de Mackinder terminaba con una nota optimista:

«Mil millones de personas de antigua civilización oriental habitan las tierras monzónicas de la India y China [hoy 3000 millones, incluido Pakistán]. Deben crecer hacia la prosperidad en los mismos años en que Alemania y Japón son reconducidos a la civilización. Entonces equilibrarán a esos otros mil millones que viven entre el Misuri y el Yeniséi [es decir, Norteamérica central y oriental, Gran Bretaña, Europa y Rusia más allá de los Urales]. Un globo equilibrado de seres humanos, y feliz porque está equilibrado y, por tanto, es libre».

Tanto China como ahora India se están industrializando rápidamente y pasan a formar parte de un globo equilibrado de la humanidad. Mientras Occidente intenta aferrarse a lo que tiene en lugar de progresar, China e India, junto con toda la Asia subdesarrollada, avanzan con rapidez hacia la libertad individual de elección económica y la mejora de las condiciones de vida a las que se refería Mackinder.

Es evidente que este proceso aún tiene camino por recorrer y que desplazará la hegemonía occidental. Estados Unidos, en particular, ha encontrado difíciles los desafíos políticos del cambio, ya que su Estado profundo no acepta con facilidad las implicaciones para su poder militar y económico. Debemos esperar que Mackinder tuviera razón y que el desplazamiento del poder económico deba considerarse los dolores de la evolución geopolítica y no las condiciones de un conflicto creciente.

Pero al perseguir su agenda verde y rechazar los combustibles de carbono, Occidente está haciendo, sin saberlo, un regalo al Heartland de Mackinder, porque, pese a las declaraciones diplomáticas en sentido contrario, China, India y todos los miembros de la OCS seguirán utilizando carbón, gas y petróleo baratos, que Asia posee en abundancia, mientras que los fabricantes occidentales se ven obligados por sus gobiernos a usar energía verde, más cara y menos fiable.

Obsesiones verdes y comercio global

Mientras tanto, Occidente se ha vuelto loco con lo verde. Prohibir los combustibles fósiles sin contar con sustitutos adecuados debe de ser una nueva definición de la insensatez, como atestiguan las actuales crisis de combustible en Europa. Con más del 95 % de la logística europea movida actualmente por motores diésel, pasar a la energía de baterías o al hidrógeno en 2030 mediante la prohibición de vender vehículos nuevos con motor de combustión interna es un desafío a la suerte.

Aunque apenas se menciona, es de suponer que las potencias occidentales creen que, al prohibir los combustibles de carbono, quitarán fuerza al cuasi monopolio energético de Rusia, porque, incluido el gas, Rusia es el mayor exportador de combustibles fósiles del mundo. En cambio, Occidente se está provocando a sí mismo una escasez de energía, algo que Gazprom ha dejado patente al retener el flujo de gas por sus gasoductos hacia Europa, lo que dispara los costes energéticos europeos y garantiza una crisis energética mucho más grave este invierno.

Aunque Rusia abriera el grifo mañana, no hay suficientes reservas de gas almacenadas para los meses de invierno. Y Europa y el Reino Unido se han precipitado al desmantelar la generación eléctrica con carbón y gas. En el Reino Unido se ha cerrado una enorme instalación submarina de almacenamiento de gas frente a la costa de Yorkshire, lo que deja muy poca capacidad de almacenamiento nacional. Como hemos visto con el caos de las cadenas de suministro posterior a la covid, los problemas energéticos no solo se agudizarán este invierno, sino que es probable que persistan durante gran parte del año próximo. Y eso suponiendo que Rusia ceda y modere su postura energética hacia los clientes europeos.

En contraste, gracias a su asociación con Rusia, China tiene acceso ilimitado a todos los combustibles de carbono. Sigue construyendo centrales eléctricas de carbón a un ritmo extraordinario: según un reportaje de la BBC, se están poniendo en servicio 61 nuevas. Hay otras 51 previstas fuera de China. Como gesto hacia Occidente, China solo ha dicho que no financiará ninguna más fuera de su territorio. E India depende del carbón para más de dos tercios de su energía eléctrica. Mientras Europa y Estados Unidos, por sus obsesiones verdes, se niegan la disponibilidad y las tecnologías que acompañan a los combustibles de carbono, el eje ruso-chino seguirá cosechando todos los beneficios.

Lo probable es que la respuesta de Occidente sea criticar la contaminación china y su contribución al calentamiento global, pero, siendo realistas, puede hacer poco. La demanda de bienes fabricados en China continuará, porque China tiene ahora un cuasi monopolio de la manufactura mundial para la exportación. En el improbable caso de que los consumidores occidentales se conviertan en ahorradores ávidos mientras sus gobiernos siguen manteniendo enormes déficits presupuestarios, sus déficits comerciales aumentarán aún más, lo que permitirá a los exportadores chinos subir los precios de los bienes de consumo e intermedios sin perder ventas de exportación.

Aunque no puede hacer nada respecto a los métodos de producción de China, los miembros del AUKUS sin duda presionarán a otros miembros exportadores del CPTPP para que cumplan las políticas verdes globales.[iii] Pero estos competirán con China y, aunque puedan hacer declaraciones de cara a la galería sobre la agenda del cambio climático, en la práctica es poco probable que la apliquen sin exigir subvenciones poco realistas a las naciones occidentales que impulsan esa agenda.

En las circunstancias actuales, parece improbable que la solicitud de China al CPTPP desemboque en su adhesión, dado que el CPTPP exige que el gobierno central chino renuncie a la propiedad de sus empresas estatales y permita el libre flujo de datos a través de sus fronteras. En cualquier caso, China se centra en desarrollar su Asociación Económica Integral Regional (RCEP), un acuerdo de libre comercio cuya ratificación han firmado hasta ahora China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Entrará en vigor cuando lo ratifiquen diez de los quince signatarios, probablemente en el primer semestre de 2022, y en términos de población será dos veces y media mayor que los acuerdos comerciales de la UE y de EE. UU./México/Canadá (USMCA) juntos[iv].
 
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Con cuatro de los cinco signatarios siendo aliados de Estados Unidos, la RCEP demuestra que la alianza de defensa AUKUS es un asunto completamente separado del comercio. Aunque a EE. UU. no le guste, si la RCEP sigue adelante, un comercio más libre acabará casi con seguridad por socavar una postura belicosa. A pesar de los tropiezos, el avance de los acuerdos comerciales en la región del Pacífico promete dar la razón a Mackinder sobre la perspectiva de un mundo más equilibrado. Si todo va bien y con la garantía de un equilibrio de capacidades navales entre el AUKUS y China, una región del Pacífico de libre comercio convertirá en un anacronismo las políticas proteccionistas europeas y estadounidenses. Pero la amenaza viene ahora de otra dirección: la inestabilidad financiera, con las naciones occidentales tirando en una dirección y China en otra.
 
Illustration accompanying El Gran Juego sigue su cursoDesde el colapso de Lehman y la posterior crisis financiera, China ha tenido cuidado de evitar las burbujas financieras. La figura 1 muestra que el índice Shanghai Composite ha subido un 82 % desde 2008, mientras que el S&P500 ha subido un 430 %. Mientras que en EE. UU. el valor de los activos financieros se ha visto impulsado por una combinación de QE y especulación de los inversores, en China estos factores están ausentes y se desaconsejan. La deuda pública en relación con el PIB es aproximadamente la mitad de la de EE. UU. Es cierto que la deuda industrial es elevada, como la de EE. UU. Pero la diferencia es que en China la deuda es más productiva, mientras que en Estados Unidos ha crecido la preponderancia de las empresas zombis endeudadas, que solo se mantienen solventes gracias a las políticas de tipos de interés cero.

La política china de asegurar que la expansión del crédito bancario se invierta en producción y no en especulación difiere radicalmente del enfoque estadounidense, que consiste en inflar deliberadamente los activos financieros para perpetuar un efecto riqueza. China evita el potencial desestabilizador de la reversión de los flujos especulativos porque estos dejarían su economía expuesta a la posibilidad de que Estados Unidos utilice la inestabilidad financiera para socavarla.

En un discurso ante el Comité Central del Partido Comunista Chino en abril de 2015, el general de división Qiao Liang, estratega del Ejército Popular de Liberación, identificó un ciclo de debilidad del dólar frente a otras divisas seguido de fortaleza, que primero infló la deuda en países extranjeros y después los llevó a la quiebra. Qiao sostuvo que se trataba de una política estadounidense deliberada y que se utilizaría contra China.[v] En sus palabras, había llegado el momento de que Estados Unidos «cosechara» a China.

A partir de informes de inteligencia chinos, a principios de 2014 tuvo conocimiento de la implicación estadounidense en el movimiento «Occupy Central» de Hong Kong. Tras varios aplazamientos, la Fed anunció el fin del QE en septiembre de ese año, lo que impulsó el dólar al alza, y al mes siguiente estallaron las protestas de «Occupy Central».

Para Qiao, ambos hechos estaban conectados. Al socavar el tipo de cambio dólar/yuan y provocar disturbios, los estadounidenses habían intentado hundir la economía china. En seis meses, el mercado bursátil de Shanghái empezó a desplomarse, y el índice SSE Composite cayó de 5.160 a 3.050 entre junio y septiembre de 2015.

No se puede saber con certeza si el análisis de Qiao era correcto, pero sí se puede entender la continua cautela de la dirigencia china a partir de él. Por este y otros motivos, la dirigencia china desconfía mucho de tener pasivos en dólares y de la acumulación de dinero especulativo e improductivo en la economía. Esto justifica su estricto régimen de control de cambios, en el que no se permite que los dólares circulen en China y el PBOC convierte en yuanes todos los flujos de capital entrantes.

Además, la política monetaria interna parece deliberadamente distinta de la de Estados Unidos y otras naciones occidentales. Mientras todos los demás han salido de la pandemia a base de inflación, China ha restringido la expansión del crédito interno y ha limitado la banca en la sombra. El tipo de descuento se mantiene en el 2,9 %, con tipos de mercado ligeramente inferiores, del 2,2 %, y la única razón de que sea tan bajo es que los tipos alternativos del dólar están en cero y los de la UE y Japón son negativos.

Es esta política monetaria restrictiva la que ha provocado la actual crisis de los promotores inmobiliarios, con las muy públicas dificultades de Evergrande. Lejos de ser una sorpresa, con políticas monetarias prudentes podría haberse previsto fácilmente. Además, el Gobierno tiene la sensata política de no rescatar a las empresas del sector privado que atraviesan dificultades, aunque es probable que tome medidas para limitar el contagio financiero.

Desde sus casas de cristal, los críticos occidentales no dejan de tirar piedras contra China. Pero al menos sus responsables políticos han intentado evitar contribuir al ciclo inflacionista global. Con los precios empezando a subir a un ritmo acelerado en las divisas occidentales, se está gestando un nuevo colapso financiero global. China y sus socios de la OCS se verían afectados negativamente, pero no en la misma medida.

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Los frutos de las políticas de China para restringir la expansión del crédito se aprecian en los precios de las materias primas que paga, que en su propia moneda han aumentado un diez por ciento menos que para la competencia basada en dólares, a juzgar por los movimientos del tipo de cambio desde que la Fed redujo su tipo de los fondos federales al límite de cero e inició una flexibilización cuantitativa mensual de 120 000 millones de dólares entre el 19 y el 23 de marzo de 2020 (véase la Figura 2). Y aunque ambas monedas se han movido más o menos de lado desde enero, hay pocas dudas de que los fundamentos apuntan a un yuan aún más fuerte y a un dólar más débil.

Los beneficios internos de un yuan relativamente más fuerte superan la compresión de márgenes que sufren los exportadores chinos. Conviene señalar que, además de moderar la demanda de crédito, China intenta aumentar el gasto de los consumidores nacionales a costa de la tasa de ahorro, de modo que la demanda de los consumidores empezará a importar más que las exportaciones para los productores. Esto concuerda con el objetivo a largo plazo de que China dependa menos de las exportaciones, y los exportadores se beneficiarán en cambio del crecimiento de las ventas internas. Además, dado que China domina las exportaciones mundiales de bienes intermedios y de consumo, y que los déficits presupuestarios occidentales aumentan y generan déficits comerciales aún mayores, los exportadores chinos deberían poder obtener precios más altos de todos modos.

Hay pocas dudas de que los déficits presupuestarios financiados mediante inflación monetaria en Estados Unidos, la UE, Japón y el Reino Unido, junto con los paquetes de estímulo de los bancos centrales, están socavando ahora el poder adquisitivo de todas las grandes monedas. Las consecuencias para su poder adquisitivo se están haciendo evidentes, y los intentos de calmar a los mercados y a los consumidores describiéndolas como transitorias convencen muy poco. En términos de poder adquisitivo, estas monedas están ahora en una carrera hacia el fondo.

No solo los costes de producción suben con fuerza, sino que, tras una breve pausa de tres meses, los precios de las materias primas y de la energía parecen destinados a subir bruscamente. La Figura 3 muestra el indicador de materias primas de Invesco que, tras haberse casi duplicado desde marzo de 2020, parece intentar ahora una ruptura al alza.

China


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Dado que la competitividad global ya no es una prioridad, lo sensato para China sería dejar que el tipo de cambio del yuan suba frente a las monedas occidentales para ayudar a contener los precios y costes internos. Al fin y al cabo, es una economía impulsada por el ahorro, con las características sostenibles de una moneda fuerte frente al dólar.

Conclusiones

Tras fracasar en sus objetivos militares terrestres, las guerras arancelaria y financiera no declaradas de Estados Unidos contra China también están llegando a su fin, para ser sustituidas por una política de contención marítima a través de la alianza AUKUS. Los intentos de frenar las pérdidas estratégicas en Asia han terminado ahora con la retirada de Afganistán y de otras intervenciones.

El cambio en la política geopolítica aún no se aprecia de forma generalizada. Pero el delicado estado de las finanzas estadounidenses, las burbujas del mercado del dólar, la inflación de precios persistente y creciente y lo inevitable de las subidas de los tipos de interés harán que una política de contención marítima como último recurso sea la única opción geoestratégica que le quede a Estados Unidos.

Al aplicar políticas monetarias más prudentes, China está menos expuesta a las consecuencias inevitables de la inflación monetaria global. Aunque los tipos de cambio del yuan se gestionan en lugar de fijarlos los mercados, a China le interesa ahora un yuan más fuerte para contener la inflación de precios y costes internos.

Aunque las monedas fiduciarias podrían ser destruidas por el estallido de burbujas de activos, estos factores contribuyen a un conjunto de circunstancias que parecen conducir a un resultado más pacífico para el mundo de lo que parecía probable antes de que Estados Unidos y la OTAN se retiraran de Afganistán. De la mano a la boca se pierde la sopa; pero fue un resultado pronosticado por Halford Mackinder hace casi ochenta años.

Esperemos que tuviera razón.






[i] Véase The Round World and the Winning of the Peace, Sir Halford J. Mackinder; Foreign Affairs, julio de 1943, vol. 21, n.º 4, pp. 595—605.

[ii] Ibid., pp. 597.

[iii] Hay once miembros del CPTPP: Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. China presentó la semana pasada una solicitud de adhesión, pero para que su ingreso siga adelante se requiere el acuerdo unánime de los miembros actuales. La política de Australia aún no se ha declarado. El Reino Unido ha iniciado negociaciones de adhesión con vistas a incorporarse. Cumple los requisitos por su soberanía sobre las islas Pitcairn, y su solicitud ha sido aceptada. Si todo va bien, la plena adhesión debería producirse en junio del año próximo.

[iv] Estados Unidos no participa ni en el RCEP ni en el CPTPP. Se rumorea que el Reino Unido podría solicitar su adhesión al USMCA, porque el presidente Biden está dando largas a un acuerdo comercial entre EE. UU. y el Reino Unido.
 
[v] Véase http://chinascope.org/archives/6458




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