El futuro del euro

Mientras se rescata a España, con cierto misterio sobre quién va a pagar exactamente la factura, nos vemos obligados a volver a centrarnos en la amenaza existencial que pesa sobre el euro: ¿logrará la moneda adolescente superar la adolescencia? ¿Son simples dolores de crecimiento o el «principio del fin»?

Las respuestas posibles, las dos opciones que tiene Europa según las plantea George Soros, se decidirán muy pronto. De hecho, la decisión sobre cómo se financia el rescate de la banca española dará una muy buena indicación de qué fuerza llevará el volante: si paga el Banco Central Europeo (ya sea comprando bonos del MEDE o con una medida similar), se acelerará la eventual ruptura de la eurozona, al rebelarse los alemanes ante un déjà vu de Weimar. Si paga el núcleo del euro (sobre todo Alemania), ya sea mediante transferencias directas de fondos al MEDE o al FEEF, o garantizando explícitamente emisiones de bonos y deteriorando así su propio crédito para «prestar» credibilidad y financiación más barata a la periferia, será señal del pleno compromiso de Alemania con la supervivencia de la eurozona en su forma actual. Esto vendrá acompañado de estrictas directrices de política fiscal para los rescatados y llevará a rápidos avances hacia la unión fiscal de la eurozona.

El debate sobre si la supervivencia del euro sería buena está muy vivo dentro de la comunidad de la economía austriaca. Por supuesto, sabemos que a los keynesianos les encantaría querer al euro, si los alemanes dejaran que el BCE imprimiera dinero como la Fed, dando liquidez a la periferia y eliminando las crueles «cadenas de oro» de la disciplina fiscal. George Soros, Paul Krugman y otros piden continuamente una política de «euro débil», junto con el fin de la «austeridad» en la periferia de la eurozona y más programas de estímulo del gobierno.

Si eso no es posible, la mayoría de los economistas da por supuesto que lo siguiente mejor sería que los países de la periferia salieran del euro y pudieran imprimir liras, dracmas y pesetas a su antojo. Esta última solución es ya la opinión convencional entre los monetaristas británicos y estadounidenses que, a diferencia de sus hermanos keynesianos de tendencia izquierdista, son más favorables a la soberanía nacional y, en la gran mayoría de los casos, contrarios a la integración en la UE. También creen con fervor en una oferta monetaria elástica y en los beneficios de la devaluación externa como medio de restaurar la competitividad económica de los países.

En cambio, muchos economistas austriacos tienen sentimientos encontrados. Por un lado, admiran que el euro esté obligando a gobiernos irresponsables a recortar el gasto desmedido. Sin el euro, los gobiernos de Grecia, España e Italia recurrirían simplemente a imprimir dinero para anestesiar el dolor, con todas las consecuencias imprevistas y las malas inversiones que los austriacos identifican como los riesgos de esta «solución».

En su excelente ensayo En defensa del euro, Jesús Huerta de Soto sostiene –con muchas salvedades, por supuesto– que, mientras en el BCE domine una mentalidad alemana y los bancos centrales se nieguen a imprimir dinero para rescatar a todos, o al menos obliguen a negociar cada caso concreto de impresión de dinero, el euro puede comportarse como un «sucedáneo» del patrón oro. Esto obliga a políticos y mercados a hacer reformas que, sin el euro, nunca se habrían llevado a cabo, dada la fácil alternativa de la devaluación asociada al nacionalismo monetario. Huerta de Soto sostiene que la devaluación interna, como la liquidación de las malas inversiones y la reducción de los salarios, se llevará a cabo de forma asimétrica, mejorando así la eficiencia, en lugar de quedar encubierta bajo el ajuste simétrico para toda la economía que supone la devaluación externa.

El libro de Philipp Bagus The Tragedy of the Euro ofrece contraargumentos austriacos a la postura de Huerta de Soto. Bagus sostiene que el riesgo moral impregna la eurozona tal como está estructurada actualmente. No solo durante los años de bonanza, en los que el crédito fácil exageró el despilfarro fiscal de muchos países de la periferia, sino también en los años de vacas flacas, cuando las peticiones de rescates y de impresión de dinero siempre sonarán más fuerte que la prudencia. Los banqueros centrales alemanes partidarios del dinero sólido serán expulsados por la presión política (¡hecho! y ¡hecho!) y, como ejemplo perfecto de la máxima de Hayek de que «los peores llegan a lo más alto», acabaremos con banqueros centrales de dinero fácil, encantados de plegarse a las exigencias políticas de más «estímulo» y «liquidez». Con el tiempo, dada la naturaleza exponencial del dinero fiduciario basado en la deuda, se producirá una hiperinflación.

El debate de la escuela austriaca sobre el euro es en realidad una nueva versión del viejo argumento liberal clásico entre centralismo y descentralización. En resumen: ¿es mejor imponer la disciplina y la libertad de arriba abajo? Si los presupuestos equilibrados quedan fuera de la capacidad intelectual o práctica de los políticos españoles e italianos, ¿no sería mejor que los tecnócratas de Bruselas se los impusieran?

Este argumento se viene abajo en cuanto hay un banquero central italiano de dinero fácil en Fráncfort y un socialista sentado en el Elíseo, en París. ¿Y qué pasa si Angela Merkel es sustituida por un socialdemócrata en las próximas elecciones federales alemanas? En lugar de una relativa disciplina, pronto podríamos ver a Bruselas y al BCE tan favorables a la financiación del déficit como lo ha sido la Reserva Federal de Ben Bernanke. Entonces no tendremos adónde huir.

Al menos, en una Europa con 25 o 30 monedas en competencia tenemos una posibilidad, aunque pequeña, de que uno o dos países hagan lo correcto. Basta con que uno instaure un patrón oro, o al menos una moneda fiduciaria «fuerte» y sólida como el marco alemán, para que los beneficios brillen como un faro y acaben llevando a otros países a seguir el ejemplo. Hizo falta un Hong Kong para que China se hiciera capitalista, pero, aunque cueste creerlo, Bruselas no fue necesaria para el libre comercio europeo. Los grandes avances políticos y sociales de la historia no se logran por consenso. Nuestra mejor opción es que alguien dé ejemplo.

Por supuesto, si el euro sobrevive al dólar estadounidense, podría ser una sacudida suficiente para que los dirigentes de la eurozona rechacen el dinero fiduciario, del mismo modo que el colapso del dólar continental llevó a Jefferson y a los padres fundadores de Estados Unidos a abrazar el oro y la plata. Sin embargo, aunque ahora mismo el dólar vaya por delante del euro en la carrera hacia el borde del precipicio, el euro se está acercando rápidamente al dólar y es probable que lo adelante en cuanto Alemania levante el pie del freno. Quienes compren oro ahora puede que acaben dando gracias a su buena estrella.

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