El futuro de la libra ante un colapso del dólar

En artículos recientes para Goldmoney he señalado la vulnerabilidad del dólar ante un colapso final de su poder adquisitivo. Este artículo se centra en los factores que determinarán el futuro de la libra esterlina.

La libra esterlina es excepcionalmente vulnerable a una crisis bancaria sistémica, ya que los bancos europeos son los más apalancados de los GSIB. Al decidir ponerse del lado de Estados Unidos y cortar lazos con China, el Gobierno británico probablemente ha desperdiciado la única oportunidad significativa que tenía de evitar que la libra se hundiera junto con el dólar.

Una posible salvación podría ser agarrarse a las faldas de Alemania si esta abandona un euro que se hunde para formar su propio bloque de moneda fuerte, dadas sus importantes reservas de oro. Pero, por ahora, eso tiene que considerarse una posibilidad remota.

Y por último, igual que la Fed y el BCE, el Banco de Inglaterra se ha arrogado más poder en materia monetaria del que los políticos son realmente conscientes, pues en general no tienen ni idea de dinero.

Conclusión: es improbable que la libra sobreviva a un colapso del dólar, algo que para cualquier estudioso serio del dinero se está convirtiendo en una certeza.

Introducción

En artículos recientes he defendido la tesis de la caída del dólar. Se está recurriendo a una impresión de dinero acelerada para sostenerlo todo durante la crisis del coronavirus, lo que se suma a un giro potencialmente devastador del ciclo crediticio, agravado por la supresión del comercio internacional mediante aranceles. Solo un ciego puede no ver que, con todo el mundo pidiendo el fin de la globalización, esta es ya una realidad, y que las consecuencias están por llegar. Al ser el lubricante del comercio mundial, los extranjeros necesitan menos dólares y los irán vendiendo; poseen unos 27 billones de dólares en valores, letras y efectivo, aproximadamente el 125 % del PIB de EE. UU. en 2019. [i]

Esto hace que el dólar sea doblemente vulnerable a dos hechos que se están desarrollando en el frente interno: una crisis bancaria global y una depresión en toda regla. La primera garantiza un costoso intento de rescate, ya que la Fed no tiene más opción que tratar de respaldar todas las obligaciones bancarias, y la segunda provocará una respuesta de inflacionismo keynesiano con esteroides. Además, una crisis así llevará inevitablemente a que se liquiden las posiciones largas en dólares en los mercados de divisas, por las razones expuestas más arriba, y solo se mantendrán las necesarias para las necesidades inmediatas de liquidez.

La crisis económica que está surgiendo es distinta de la de Lehman porque es un colapso de empresas no financieras en todo el mundo que socava la mayor parte de las garantías bancarias, mientras que la crisis de Lehman se limitó en general a la liquidación de la especulación inmobiliaria residencial, sobre todo en Estados Unidos. Por tanto, es un problema de liquidación más fundamental, que afecta a cantidades de deuda considerablemente mayores. Es mucho más fácil depurar del sistema el exceso de especulación que la quiebra de empresas reales en gran número.

Una nueva crisis sistémica es inminente porque la política de sostener el valor de los activos financieros mediante la impresión de dinero fracasará tarde o temprano. Ya es imposible para los observadores independientes conciliar el ascenso de las bolsas con el colapso de las empresas, que empeora de forma irremediable cada día. Los bancos comerciales están atrapados en medio de esta crisis: se espera que concedan crédito mientras sus deudas incobrables aumentan a un ritmo récord.

Las tensiones creadas por la manipulación de los mercados por parte de las autoridades, en desafío a los factores fundamentales, solo pueden desembocar en una crisis sistémica acompañada de un desplome del valor de los activos financieros. Al atar su futuro a la inflación de los precios de los activos, será imposible evitar el colapso de las monedas fiduciarias. Al menos, esa es la lección de John Law, cuando en 1720 su esquema del Misisipi se derrumbó en unos seis meses y su moneda, las livres, quedó completamente sin valor.

El motivo no es difícil de discernir. Un suceso como una crisis bancaria rompe la complacencia de los inversores. Una crisis bancaria siempre se resuelve a corto plazo con la apertura del grifo del dinero por parte de los prestamistas de última instancia. La Fed puede intentar resolver la liquidez, pero no puede detener la insolvencia. La consecuencia es que los activos de riesgo, empezando por las acciones, se venden a medida que aumentan las insolvencias. Y a medida que el plan de sostenimiento de la inflación de activos de los bancos centrales se deshace, se reevalúan los rendimientos de los bonos. Los impagos se vuelven habituales. La basura se convierte en basura al cuadrado y el grado de inversión desciende a basura. Después llega la reevaluación de las necesidades de financiación de los gobiernos y, una vez expuestos los costes necesarios para salvar la economía no financiera, incluso los rendimientos de los bonos del Estado escapan al control manipulador del banco central.

El dinero y la deuda son como la materia y la antimateria: cuando se juntan en un agujero negro financiero, dejan de existir. Una tormenta de citocinas financiera golpeará inevitablemente primero al dólar estadounidense, excesivamente poseído, por ser la moneda fiduciaria internacional de todos. Su poder adquisitivo, medido primero frente a otras monedas, disminuye, y después frente a las materias primas, la energía y el valor de los bienes esenciales de la vida. El indicador de este desenlace es el precio del oro, que sube con fuerza y que cada vez es más probable que provoque su propia crisis para los bancos de metales preciosos, que actualmente acumulan compromisos con pérdidas de 38 000 millones de dólares solo en el contrato de futuros del oro de Comex. La única solución para EE. UU. es aceptar un retorno al oro. Pero eso va totalmente contra el ADN de la Fed y del Tesoro de EE. UU., y entregaría un poder inaceptable a los chinos, que han acaparado el mercado de oro físico.

Nos encontramos, por tanto, en el umbral de una destrucción del dinero fiduciario a escala global, empezando por el dólar estadounidense, pues se trata de expresiones de fe en nuestros gobiernos, que se están hundiendo en la bancarrota. Y cuando la población de un país se dé cuenta de que la razón de la subida de precios no es, como probablemente afirmará su gobierno, la codicia de los capitalistas, sino la pérdida de credibilidad de su moneda sin respaldo, será imposible estabilizarla.

Aunque el destino del dólar parece cada vez más sellado, surge la pregunta sobre el destino de otras monedas. En mayor o menor grado, los mismos factores subyacentes afectan a todas las monedas fiduciarias, y la caída del dólar exigirá que las supervivientes hayan introducido al menos un elemento de solidez en su respaldo. En este artículo nos centramos en cómo podría desenvolverse la libra esterlina en este escenario y en si las autoridades monetarias del Reino Unido pueden salvarla del destino del dólar.

Delirios en Westminster y Whitehall

Para un público internacional conviene explicar la diferencia entre estas dos denominaciones de un mismo lugar: Westminster se asocia con el Parlamento y los políticos, mientras que Whitehall se asocia con las grandes oficinas del Estado, la burocrática función pública cuyas sedes están en la calle de Westminster que lleva ese nombre. La función pública asesora a los políticos, así que ambos brazos del gobierno deben entender y aceptar la solución a cualquier crisis. En lo que respecta a los asuntos monetarios, se los han delegado por completo a Threadneedle Street, donde se encuentra el Banco de Inglaterra, en la City.

La separación física entre Westminster y la City importa. No solo se han delegado totalmente los asuntos monetarios al Banco de Inglaterra, sino que han evolucionado culturas distintas: Westminster y el Tesoro, en Whitehall, dan por hecho que las políticas monetarias se gestionan con competencia. Pero, como se suele decir, el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. No existen controles y contrapesos significativos sobre el Banco de Inglaterra ni sobre su política monetaria. Y no se puede destituir al gobernador sin provocar una crisis monetaria.

Culturalmente, el BoE está más cerca del BCE, la Fed y el Banco de Pagos Internacionales que de Westminster. La política monetaria ya no se centra en el interés nacional, sino que un grupo de banqueros centrales no elegidos, con más poder que la clase política, ha ido fraguando sus propios objetivos. Hace mucho tiempo, Mayer Amschel Rothschild lo resumió con brevedad: «Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no me importará quién escriba las leyes».

La situación en Gran Bretaña se parece a la de Estados Unidos en los años veinte. Calvin Coolidge fue el último presidente partidario del laissez-faire. Pero no se dio cuenta de lo que hacía Benjamin Strong en la entonces recién creada Fed. Strong supervisó la manipulación del oro junto con Norman Montague, del Banco de Inglaterra, la rápida expansión del crédito bancario y la creación de un mercado de letras descontadas, con el objetivo de copiar el éxito de las casas de descuento de Londres. El desmoronamiento de ese crédito sin respaldo desembocó en el crac de Wall Street y en la depresión de los años treinta.

De manera similar, el año pasado se eligió en Gran Bretaña un gobierno cuasi libertario, decidido a ocuparse de un Whitehall excesivamente burocrático, centrado en los procesos en lugar de en los objetivos. Salvo que, y como Coolidge, no se dan cuenta de que el poder real reside en el Montague Norman de hoy, confabulado con el Benjamin Strong de hoy: Andrew Bailey y Jay Powell.

Debemos entender la importancia de la relación entre el BoE y los políticos. Hace virtualmente imposible que el gobierno controle los acontecimientos monetarios. Supongamos que los ministros clave del gobierno entienden de verdad la importancia de volver a un patrón metálico y están dispuestos a renunciar a la facilidad de financiar el gasto público por medios inflacionarios. Eso no impresionará a los asesores de la función pública, que están todos comprometidos con el neokeynesianismo. Y el BoE se resistirá con fuerza, porque un patrón oro le quita poder al Banco. Esto hace extremadamente improbable que el gobierno británico de libre mercado pueda desengancharse de la financiación inflacionaria, incluso en un colapso monetario. Y la situación actual se deteriora rápidamente, demasiado rápido para que una combinación discrepante de Westminster, Whitehall y el BoE recupere el control sobre una moneda que se hunde.

Una posible vía de escape se ha cerrado en las últimas semanas, al alinearse los británicos con Estados Unidos y, por tanto, con su dólar frente a China y su situación económica, intrínsecamente más prometedora. Las políticas económicas de China distan de ser ideales en el sentido del libre mercado. China, como todas las demás grandes naciones, recurre a la financiación inflacionaria para desarrollar su propia infraestructura, así como las comunicaciones y los servicios de transporte panasiáticos. Pero al menos su moneda está respaldada por una elevada tasa de ahorro, de en torno al 45 %[ii], que, además de reducir la tendencia a la inflación de precios derivada de la inflación monetaria, aporta el capital necesario para invertir en producción.

La propensión al ahorro fue la característica definitoria del marco de la Alemania de posguerra y del yen japonés, y ahora la comparte el yuan chino. Y, a diferencia de Gran Bretaña y sus aliados, los compromisos de bienestar social de China son mínimos, por lo que los costes futuros del gobierno son más fáciles de controlar.

El Reino Unido ha decidido ponerse del lado de la potencia en declive de ayer por razones democráticas y culturales, así como por el atractivo de la «relación especial». Ha rechazado una alianza con la más dinámica de las grandes potencias, que, con Rusia como compañera, se está convirtiendo rápidamente en la superpotencia mundial, dominando Eurasia y África. Cuando se escriba la historia de nuestra época, no quepa duda de que veremos que los acontecimientos actuales, instigados por Estados Unidos, le han dado a China lo que realmente quiere: libertad frente a la hegemonía estadounidense y frente a su moneda sobrevalorada en un momento crucial. Ahora puede hacer avanzar su economía, gracias a sus ahorradores, mientras Estados Unidos sigue destruyendo la suya mediante un consumo al límite y la inflación monetaria.

Además, China ha acaparado de hecho el mercado físico del oro; jaque mate a las monedas fiduciarias. Y no solo le resultará a Estados Unidos intelectualmente difícil volver al oro, y virtualmente imposible volver a los presupuestos equilibrados necesarios, sino que todo lo que promueva el oro como dinero juega a favor de China y Estados Unidos pierde entonces toda esperanza en la guerra financiera librada contra ella.

Los bancos británicos son especialmente vulnerables

Gracias a su papel preeminente en la financiación del comercio, durante unos 200 años la City de Londres ha sido uno de los principales centros europeos de las finanzas internacionales. La mitad de ese tiempo transcurrió bajo el patrón oro, entre las guerras napoleónicas y la Primera Guerra Mundial. Tras esta última, Nueva York fue ganando poder mientras Londres declinaba. Después de la Segunda Guerra Mundial y del descenso de Gran Bretaña al socialismo y a los controles de cambio, Londres perdió relevancia hasta la era Thatcher, cuando la eliminación de los controles de cambio y la reestructuración del «big bang» de la City volvieron a hacer de Londres una plaza plenamente relevante para las finanzas globales.

La enorme expansión de la actividad financiera desde mediados de los años ochenta reflejó el enfoque empresarial británico, en general poco nacionalista. En el contexto europeo, esta es la razón por la que los nacionalistas de Fráncfort y París, al dar preferencia a los campeones nacionales, nunca pudieron competir, y el motivo por el que los bancos europeos eligieron Londres como base de sus actividades de préstamo y banca de inversión no nacionales.

Un colapso generalizado de las monedas fiduciarias arrasará prácticamente todo el negocio financiero actual de Londres: derivados extrabursátiles, financiación del comercio, bonos y eurobonos, renta variable... serán solo algunas de las víctimas. En lo que respecta al Gobierno británico, los ingresos fiscales de estas actividades superan el 10 % de sus ingresos totales, y su desaparición provocaría de inmediato un déficit presupuestario equivalente, prácticamente imposible de financiar en esas condiciones. La otra cara de la moneda es lo que le ocurriría al sistema bancario del Reino Unido en un colapso sistémico global, al que está muy expuesto por su preeminencia en la financiación.

Según la base de datos del Banco de Inglaterra, el total de activos en libras esterlinas y en divisas de las instituciones financieras a 31 de mayo ascendía a 8,12 billones de libras (10,2 billones de dólares), 3,6 veces el PIB del Reino Unido. En una crisis bancaria, el Gobierno no tendría más opción que asumir estos activos o, alternativamente, garantizar íntegramente las pérdidas por préstamos. Además, sin el apoyo continuado de unos valores estables de los activos financieros, algo inconcebible tras una crisis sistémica de cualquier magnitud, los pasivos netos quedarían al descubierto y las pérdidas se acumularían. En otras palabras, si en este entorno inflacionista las bolsas se desploman y los rendimientos de los bonos suben, el Gobierno quedará expuesto a nuevas pérdidas catastróficas.

La base de datos del Banco de Inglaterra no incluye los activos y pasivos de las filiales extranjeras de las instituciones financieras, que suponen una suma adicional considerable. No esperes que se incluyan automáticamente en ningún paquete de rescate. Estas pérdidas tendrán que abordarse en otros centros financieros y, dado que los centros extraterritoriales no cuentan con redes de seguridad para los depositantes, las pérdidas y sus consecuencias serán considerables. Tampoco incluye la banca en la sombra, que la Oficina Nacional de Estadística estimó en 2018 en otros 2,2 billones de libras, aunque esta cifra fluctúa enormemente.[iii]

Hay una complicación más: la separación de las actividades chinas del mundo anglosajón, que afecta tanto a HSBC como a Standard Chartered, dos grandes bancos británicos con importantes negocios en China y en el Lejano Oriente. La política de la situación está reñida con la realidad financiera, y criticar el régimen no democrático de China corre el riesgo de acabar en un intento de rescate de estos bancos por parte del Banco de Inglaterra y el Tesoro, mientras un negocio que desaparece con rapidez deja a los británicos con los pasivos restantes.



El contexto del Brexit

El Reino Unido está negociando con la UE las condiciones comerciales que se aplicarán tras el periodo de implementación, que expira a finales de este año. La promesa de un futuro dorado, que sin duda encaja con el primer ministro, se resume en el libre comercio. Se proponen puertos francos. Con los miembros de la Commonwealth pueden negociarse fácilmente acuerdos de libre comercio con buena voluntad por ambas partes, y los acuerdos con Japón y Corea del Sur pueden novarse sin más a partir de los existentes con la UE. Pero la perspectiva de un acuerdo acelerado con EE. UU. podría estar alejándose, ya que el presidente Trump está cada vez más distraído por asuntos internos en este año electoral.

La falta de un acuerdo comercial con la UE es una amenaza menor para el Reino Unido de lo que se suele sostener, y los grandes perdedores serían, con diferencia, los europeos. Sin embargo, el Reino Unido sigue obligado financieramente respecto a los programas económicos de la UE. Según Brexit Central, con el actual Marco Financiero Plurianual Gran Bretaña podría responder de reclamaciones financieras de hasta 478 000 millones de euros, aunque esta cifra se discute. Más importante es el riesgo de contraparte del sistema bancario británico en caso de una crisis bancaria en la UE.



gráfico 200

En la figura 1, los bancos de importancia sistémica mundial (GSIB) de Europa y el Reino Unido aparecen resaltados en amarillo. Los bancos con mayor apalancamiento están en la zona euro, al comparar el total de activos del balance con la capitalización bursátil de sus fondos propios. De los quince más apalancados, solo tres bancos no son europeos, y los tres GSIB del Reino Unido se encuentran en esa categoría.

El caso más extremo entre los GSIB es Société Générale, cuyos activos superan actualmente en más de 100 veces su capitalización bursátil. Las dificultades de los principales bancos privados alemanes, Deutsche Bank y Commerzbank (que no es un GSIB), se han difundido ampliamente, como también las de los bancos italianos, españoles y griegos. Cuando una crisis sistémica golpee los mercados mundiales, es muy probable que empiece en la zona horaria europea, cuyo centro financiero sigue siendo Londres.

No se trata solo de la COVID-19

Hasta ahora, el gasto previsto en relación con el coronavirus asciende a unos 190.000 millones de libras, cerca del 7 % del dinero M1. La esperanza es que, una vez pase la crisis, la economía vuelva a la normalidad: la llamada recuperación en forma de V. A medida que esta perspectiva se aleja, los empresarios revisarán sus previsiones y la mayoría cerrará o reducirá sus operaciones.

El objetivo del programa de ERTE (furlough) era tender un puente hasta una recuperación en forma de V y evitar un desempleo masivo, pero termina en octubre, tras haber mantenido fuera de las estadísticas de paro a más de nueve millones de personas. A menos que ocurra algún tipo de milagro, muchas de ellas estarán en paro cuando el programa termine, o incluso antes.

El gasto adicional del programa de ERTE y de otros programas se ha cubierto, por una sola vez, con el programa de expansión cuantitativa del Banco de Inglaterra, de 200.000 millones de libras. Sin duda, a medida que evolucione la situación habrá que recurrir de nuevo a esta vía de financiación; de lo contrario, los costes de financiación subirán bruscamente.

Tras haberlo apostado todo a una recuperación en forma de V, no está claro cómo planea el Gobierno su salida. Los gobiernos casi siempre cometen el error de pensar que existe una normalidad económica a la que puede volver una situación anterior. Esta es la suposición subyacente a la medición estadística y a la modelización económica. En realidad, las economías son dinámicas, salvo en un régimen totalitario en el que un comité central raciona todo. Pero sabemos que eso no funciona, como se demostró cuando cayó el Muro de Berlín.

Por lo tanto, no hay una «normalidad» a la que volver. Subvencionar a las empresas existentes y poner a los empleados en ERTE es un obstáculo para los cambios necesarios en la producción con el fin de satisfacer a los consumidores, cuyas necesidades y deseos habrán cambiado. Por ejemplo, si se vence al coronavirus y toda la interacción social se restablece, es razonable suponer que los consumidores no acudirán al mercado en gran número para comprar SUV de lujo en la misma medida, y sin embargo los fabricantes han orientado su producción con fuerza en esa dirección durante los últimos veinte años. Antes del confinamiento, los minoristas consideraban necesario tener sucursales en todas las ciudades y en todos los centros comerciales para asegurar y mantener su cuota de mercado. Sus prioridades han pasado de esos objetivos estratégicos a conservar el capital.

Para ser justos con Rishi Sunak, el ministro de Hacienda, parece entender este punto y ha puesto a disposición de las pequeñas y medianas empresas financiación sin intereses. En parte, las empresas la usarán para estabilizar sus finanzas, pero también brinda a los emprendedores la oportunidad de financiar nuevos proyectos. Aun así, el capital subvencionado suele aprovecharse solo por la oportunidad, y no para financiar un proyecto bien meditado, lo que genera malas inversiones que quedan al descubierto con el giro del siguiente ciclo crediticio.

Pero hay algo claro: incluso con un Gobierno dominado por ministros más libertarios que ninguno desde la era Thatcher y, por tanto, receptivos a las soluciones de libre mercado, no existe un plan de salida que reconozca plenamente el papel de los mercados libres. El gasto público como proporción del PIB ha aumentado, aumentará más y es improbable que disminuya. Tampoco se reconoce el ciclo global de crédito bancario ni sus consecuencias. Se ha olvidado la caída del comercio mundial, que es de vital importancia para una nación de entrepôt. Por motivos distintos, la crisis que se desarrolla para el dólar también se está desarrollando para la libra esterlina.

¿Puede la libra esterlina evitar el destino del dólar?

La solución económica para preservar la moneda se puede describir con facilidad. El problema es si quienes están al mando la entienden tras décadas de intervencionismo keynesiano e inflacionismo. No solo hay que desechar las teorías de Keynes, sino todo el paradigma macroeconómico. Y debe aceptarse sin ambigüedades que el papel del Estado ha de reducirse a la defensa de la nación, el mantenimiento de la ley y el orden y la conservación de un derecho contractual claro y sencillo. Hay que reducir los impuestos de forma sustancial, pero manteniendo también presupuestos equilibrados. Hay que abandonar el socialismo y permitir que las personas construyan y conserven su propia riqueza.

Que esto se puede lograr sin adoptar el patrón oro quedó demostrado en Alemania tras el colapso del marco de papel en 1923, y de nuevo en 1948, cuando Ludwig Erhard guio al país desde la destrucción de la posguerra hasta convertirlo en la nación europea más rica en el momento de su reunificación. Su receta era sencilla: retirar el control de la economía a las administraciones militares aliadas y devolvérselo a la población.

Alemania tuvo estabilidad monetaria sin oro, pero bajo el acuerdo de Bretton Woods el dólar fue un ancla de seguridad, directamente (o indirectamente en el caso de las colonias de Gran Bretaña y Francia). Alemania aprovechó ese respiro para construir sus propias reservas de oro. Un gasto público bajo, una cultura del ahorro creciente y unas exportaciones en aumento permitieron que los mercados de divisas fijaran con confianza una cotización para el marco, lo que le dio mayor credibilidad ante los alemanes, que acogieron con agrado la oportunidad de ahorrar en marcos que se revalorizaban. Pero hoy no existirá esa estabilidad cambiaria cuando el dólar colapse, salvo para las naciones que tomen las medidas monetarias adecuadas.

Por lo tanto, una condición previa para estabilizar la moneda sin oro es que existan otras monedas estables. Cuando esta crisis acabe con las monedas puramente fiduciarias, será necesario volver a respaldar con oro a las pocas que sobrevivan. Gran Bretaña vendió con necedad la mayor parte de su oro cuando Gordon Brown era ministro de Economía y Hacienda, y solo le quedan 310 toneladas. Como regla general, eso equivale a 8.600 libras de oferta monetaria M0 por cada onza de oro, una cifra poco favorable frente a las de sus vecinos europeos.

Conviene señalar que Alemania, Francia e Italia sí tienen reservas de oro significativas. Una solución subóptima para ellas sería transferir esas reservas al BCE y que este las utilizara para estabilizar el euro. Existen soluciones mejores. El BCE ha demostrado con sus políticas monetarias que depende por completo de un dinero poco sólido, con el que está destruyendo el sistema bancario de la eurozona. Su dirección es incapaz de reeducarse. Como institución, debería desmantelarse antes de que cause más daño.

Mientras tanto, el Bundesbank se ha visto obligado a guardar silencio sobre el asunto y conserva en su núcleo a unos pocos defensores influyentes del dinero sólido, desesperados por encontrar una solución. Pero que ellos asumieran el control de la política del BCE sería políticamente divisivo y haría prácticamente imposible lograr la estabilidad monetaria.

La opción práctica y política sería retirarse. La política alemana, marcada por dos colapsos monetarios en los últimos cien años, sugiere con fuerza que Alemania optaría por seguir su propio camino con una moneda propia respaldada por oro. Sería mucho mejor para Alemania abandonar la vertiente monetaria del proyecto europeo. Sería un acontecimiento de enorme calado que llevaría a la destrucción del euro. Pero con el colapso del dólar y la actual dirección del BCE al mando, este desenlace se vería de todos modos como cada vez más probable para el euro.

Si un nuevo marco alemán contara con respaldo en oro, los Países Bajos probablemente se sumarían para formar el núcleo de un bloque respaldado por oro. Francia e Italia tienen las reservas de oro, pero carecen de control presupuestario. Sea cual sea el desenlace, podría surgir dinero sólido en Europa, y en ese caso las políticas económicas adecuadas en el Reino Unido podrían tener una oportunidad de estabilizar la libra, porque habría una base de valoración comparativa para ella en los mercados de divisas y quizá se evitaría un colapso monetario total. Pero, comparado con tener y desplegar reservas de oro creíbles, sería como jugar al fútbol en una liga profesional con los cordones de las botas atados entre sí.

Conclusión

A pesar de contar con el gobierno más libertario de los últimos cuarenta años, hay pocas señales de que algún ministro de alto rango entienda de verdad los asuntos monetarios. Además, al ceder la responsabilidad sobre el dinero al Banco de Inglaterra, en Westminster y Whitehall se tiene la sensación de que no hace falta preocuparse por cómo el Banco alcanza los objetivos acordados de desempleo e inflación de precios. El resultado es que el Banco es hoy, posiblemente, más poderoso que el ejecutivo, y planifica las políticas monetarias con otros bancos centrales en lugar de hacerlo en beneficio directo de las Islas Británicas.

Gran Bretaña afronta unos meses difíciles. Puede darse por descontada una crisis bancaria global, que obligará al gobierno y al Banco de Inglaterra a respaldar todas las obligaciones bancarias. Las políticas monetarias destructivas del BCE, de las que el Banco de Inglaterra ha sido cómplice, deberían llevar a Alemania a restablecer el marco, ojalá respaldándolo con oro para formar el núcleo de un nuevo régimen europeo de dinero sólido, pero no hay garantía de este resultado.

Además, al someterse a la política antichina de Estados Unidos, Gran Bretaña ha renunciado al único salvavidas económico y monetario posible a su alcance. Es evidente que nadie en el gobierno cree que esto importe realmente, lo que muestra una falta de visión estratégica.

Hará falta valor para que un británico confíe en que su moneda sobrevivirá a estos tiempos extraordinarios.







[i] Véase https://home.treasury.gov/news/press-releases/sm994 y también https://ticdata.treasury.gov/Publish/bltype.txt

[ii] Datos del Banco Mundial para 2018

[iii] https://www.telegraph.co.uk/business/2018/07/02/uk-shadow-banking-sector-worth-least-22-trillion/

 

 

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