El fin de la UE

El viernes pasado, David Cameron volvió de Bruselas tras rechazar las propuestas para redactar un nuevo tratado de la Unión Europea, al no haber conseguido promesas de salvaguardas adecuadas para proteger el sector financiero de Gran Bretaña.

Pero dado que el Reino Unido no tiene de todos modos ningún derecho de veto sobre la capacidad de Bruselas de regular, las razones prima facie presentadas al Parlamento no resultaron del todo claras. Sin embargo, Cameron debía de saber que ratificar un nuevo tratado sin salvaguardas era inviable, y el hecho de que las potencias dominantes del continente ni siquiera estuvieran dispuestas a considerarlas refleja su falta de pensamiento racional más que la de él. Al fin y al cabo, deberían haber sido informadas de que cualquier modificación del tratado exige ahora un referéndum según la ley británica y, dadas las tendencias autoengrandecedoras de la UE, cualquier cambio de tratado sería difícil de vender al Parlamento, y no digamos al electorado.

Lo que se propuso en Bruselas fue una respuesta típicamente dirigista ante una realidad económica incómoda. Quizá el guion previsto era el siguiente: cumplimos con el trámite de imponer controles fiscales y responsabilidad, y eso debería bastar para que el Banco Central Europeo, trabajando con el Fondo Monetario Internacional si fuera necesario, libere el dinero para seguir financiando nuestras ambiciones políticas. Esta no es la dirección que va a tomar el Reino Unido.

En términos políticos, probablemente estamos asistiendo al fin de un imperio, y cuando ocurre algo así puede ser muy rápido. Quienes miran hacia delante tienen que ir más allá de la UE como institución y, en este sentido, está tomando forma un futuro alternativo y todavía no reconocido para Alemania. Se enfrenta a mercados estancados en Europa, mercados en declive en EE. UU., pero mercados en auge para sus productos en China, el sudeste asiático y otras economías emergentes. Incluso si la eurozona no se rompe, sus motivaciones económicas estarán cada vez más en otra parte y los miembros más débiles de la UE seguirán siendo una carga no deseada.

Su mayor problema es Francia, algo que los analistas aún no han reconocido y que los mercados todavía no han puesto a prueba. A corto plazo, Sarkozy afronta unas elecciones el próximo mayo, lo que explica por qué debe pegarse como una lapa a Angela Merkel en lugar de recortar el gasto público. Pero Francia también tiene que refinanciar antes de mayo la misma cantidad de deuda que los italianos: unos 180.000 millones de euros, la mitad de ellos en los próximos dos meses. Es una tarea imposible sin ayuda externa, porque los principales bancos franceses, a los que siempre se ha forzado a comprar bonos del Gobierno francés, están ellos mismos en una situación crítica. Se necesita urgentemente una solución a corto plazo, de la que por ahora no hay ni rastro.

Tenemos que confiar en que habrá una solución, pero hablar de cambiar el tratado no es una acción urgente. En cualquier caso, los socialistas franceses, que parecen encaminados a ganar las elecciones de mayo, han dicho que no ratificarán ningún tratado nuevo, lo que crea más dudas e incertidumbre en los mercados. No hace falta mucha imaginación para ver los rendimientos de los bonos franceses subiendo por encima del 7 %.

Este es el lío del que Cameron se ha desvinculado. No pasará mucho tiempo antes de que esto se entienda mejor.

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