El empobrecimiento de las masas

Los sistemas económicos feudales y mercantilistas se caracterizaban por que las clases bajas, la gente corriente, eran esclavizadas por una élite o sometidas a sus órdenes.

Más allá de la mera subsistencia, ni se permitía a los siervos y esclavos consumir otros bienes ni se les daban los medios para hacerlo. El comunismo se vendió como la entrega del poder a los siervos, o trabajadores, unidos en el Estado y por el Estado. Pero, de nuevo, eso significó que los trabajadores seguían siendo siervos, empleados y dirigidos por un Estado creado en su nombre. La libertad frente a la burguesía se convirtió en sometimiento al Estado. Solo el capitalismo, fundado en los mercados libres y en la libertad de elección para todos, prometía liberar a las masas de una vida de trabajo penoso y servidumbre.

De eso trató la revolución industrial en Gran Bretaña, en particular después de la derogación de las Leyes del Grano (Corn Laws), y también fue la base de las oportunidades que ofrecía América a los refugiados del feudalismo y el mercantilismo europeos. Y a medida que quienes habían sido liberados fueron disfrutando de los beneficios de esa libertad, llegó la abolición de la esclavitud. Un gobierno minimalista e ilustrado, basado en la democracia, garantizaba la propiedad y velaba por que los derechos de los individuos pudieran hacerse valer. Estas eran las condiciones sencillas de los mercados libres, las condiciones en las que el consumidor más humilde es el amo del productor más poderoso, que se esfuerza por servirle. Estas son las condiciones que llevaron a una mejora espectacular del nivel de vida de todos en apenas unas décadas, una mejora que había resultado imposible en toda la historia del feudalismo, el mercantilismo y el comunismo. Fue el logro único del laissez-faire anglosajón.

Pero los imperios contraatacan. Igual que el comunismo esclavizó a los trabajadores en su propio nombre, los Estados democráticos, en nombre del capitalismo, encuentran formas de atar a sus propios electores. Las libertades que los británicos y los estadounidenses daban por sentadas nunca se adoptaron del todo en los Estados más socialistas, e incluso los anglosajones se han ido viendo comprometidos poco a poco hasta el punto de que sus sistemas democráticos se están desmoronando.

En el centro de la pérdida de libertad, el camino de servidumbre, como lo llamó Hayek, está la creación de mitos. El mito de que el Estado actúa en nombre de su pueblo, cuando siempre actúa para protegerse a sí mismo. El mito de que el Estado sabe mejor que los propios electores lo que estos quieren. El mito de que solo el Estado tiene la imparcialidad necesaria para enmendar todos los agravios. La realidad es exactamente la contraria. El Estado interviene para impedir que las personas decidan sobre los asuntos que les conciernen directamente. A las clases medias se las ha gravado en nombre de la redistribución a los pobres, y a los propios pobres, a su vez, se les ha privado del valor de sus ingresos y ahorros mediante la depreciación de la moneda, siempre en aras del bien común.

Hay algo en la psique humana que niega las verdades económicas. La explicación de por qué funcionan los mercados libres es lógica y fácil de entender. La prueba en contrario, que los intentos estatistas de interferir con la mano invisible de Adam Smith siempre fracasan, es irrefutable. Sin embargo, la culpa del fracaso siempre se achaca al capitalismo. Los pocos que insistimos sin descanso en que lo correcto no es incorrecto y lo incorrecto no es correcto nos enfrentamos a una tarea aparentemente inútil: persuadir a quien no quiere ser persuadido.

Por supuesto, el espectro de la comprensión humana de la economía nunca es blanco o negro, y dentro de él hay grados de lucidez y de engaño. Los más lúcidos son ignorados en su mayoría, pero es erróneo decir que todos los economistas que engañan, y que han llegado a creer que su ciencia está de algún modo separada de las acciones de los individuos, son malvados o engañadores conscientes. Su defecto es la falta de capacidad analítica desapasionada. Sus observaciones son parciales. Confían en que una redistribución propuesta de la riqueza de los ricos a los pobres ayudará a los pobres, porque es una política directa y visible. Este es un tema favorito del socialismo metodista, defendido por personas buenas y atentas. Lo que no se ve son las consecuencias ocultas de la redistribución estatal. Los recursos que se detraen a los productores se malgastan en una burocracia improductiva, que retiene a administradores que estarían mejor empleados en actividades más productivas. La capacidad de los ricos para dar empleo productivo a los desempleados, o negocio a los comerciantes, también se ve mermada por la pérdida de su riqueza. Para maximizar los beneficios de una economía de libre mercado se requiere el uso eficiente de todos los recursos. Es una apuesta bastante segura que, en conjunto, los costes ocultos de la redistribución estatal a menudo superan el beneficio.

No hay ningún área de la economía en la que las observaciones parciales estén más distorsionadas que cuando se trata del dinero. El deseo del Estado de controlar la emisión de dinero es tan antiguo como el propio estatismo. Dar al Estado poder sobre el dinero es una invitación a que actúe de forma deshonesta y a que incurra en el robo encubierto a sus propios súbditos.

Cuando el Estado se encuentra con que debe hacer frente a un exceso de pagos sobre los ingresos fiscales, debería endeudarse por la diferencia, pero siempre sufre la tentación de financiarla emitiendo moneda. Tras la Primera Guerra Mundial, tanto Austria como Alemania intentaron saldar de este modo el balance de sus obligaciones nacionales, lo que condujo al colapso total de sus monedas. En el siglo XX se han catalogado unos cincuenta y ocho episodios de hiperinflación de preciosi. En todos los casos fue la consecuencia final de que los gobiernos financiaran sus déficits mediante la expansión de moneda sin respaldo. Financiar los déficits comerciales y presupuestarios degradando la moneda es algo habitual, y sin embargo ningún economista del pensamiento dominante se preocupa por los riesgos de inflación.

No se puede negar que casi todo el mundo se empobrece en una hiperinflación, ni que una hiperinflación de precios tiene su origen en la inflación monetaria. El vínculo entre la expansión del dinero y el aumento del nivel general de precios es claro y siempre ha sido la conclusión indiscutible de todos los economistas, respaldada por la evidencia empírica. Sin embargo, esos mismos economistas, aunque admiten la destrucción económica y el empobrecimiento de las masas causados por la hiperinflación, adoptan la postura contraria cuando se trata de la política monetaria actual y afirman que la inflación es beneficiosa. Acaban contradiciéndose.

Esta contradicción se resuelve con la esperanza, que no es más que eso, de que la subida de precios estimule el gasto y, con él, la producción, lo que aportaría más empleo. No vamos a debatir este punto, salvo para señalar que una política monetaria que empobrece a la gente es una forma extraña de estimular una economía. Lo que sí vamos a demostrar es cómo y por qué las tasas de inflación más bajas empobrecen a las masas, igual que una hiperinflación, aunque más despacio.

El cómo y el porqué se encuentran en el efecto intertemporal sobre los precios de un aumento en la cantidad de dinero, descrito por primera vez por Richard Cantillon en su Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general, escrito hacia 1730, pero que William Stanley Jevons no redescubrió hasta 1881. Por consiguiente, las primeras formulaciones de la teoría cuantitativa del dinero, como los escritos de David Ricardo, limitaron sus observaciones a los efectos a largo plazo y pasaron por alto por completo este aspecto.

Lo que ahora se ha bautizado como efecto Cantillon es fácil de entender. En resumen, los creadores de dinero nuevo, o de crédito bancario, ya puestos, pueden usar ese dinero antes de que suba ningún precio. Las empresas y los particulares que reciben primero ese dinero nuevo obtienen un beneficio similar, pero en ese momento los precios de los bienes y servicios que han comprado con él empiezan a subir, reflejando la demanda adicional creada por el dinero nuevo. Llamaremos a estos beneficiarios los primeros receptores.

Es evidente que, cuando el dinero nuevo se infiltra en la economía, los precios se ven empujados al alza de forma más generalizada a medida que se va absorbiendo gradualmente. Pensemos ahora en la posición de quienes están más alejados de la inflación monetaria. Descubren que sus salarios y ahorros compran menos, porque muchos precios han subido. En la práctica, se ha producido un traspaso neto de recursos económicos y riqueza desde todos los receptores posteriores para igualar el beneficio total obtenido por el emisor y sus primeros receptores favorecidos. Y cuanto más lejos esté alguien en la cadena de recepción respecto de la creación de dinero y crédito, mayor es el despojo de sus recursos financieros. Por eso los pobres, los trabajadores sin cualificar, los jubilados con pensiones fijas y los parados son quienes más sufren la inflación monetaria.

Cantillon estudió los efectos sobre los precios del avance de la inflación monetaria por la economía en el contexto de la nueva producción minera de oro, plata y cobre, todos ellos usados como dinero en su época. También consideró el caso de un país que exportaba producción excedente y, de ese modo, importaba dinero. Hoy el dinero es prerrogativa exclusiva del Estado, de modo que los primeros receptores ya no son los clientes de los mineros y los exportadores, sino las contrapartes del Estado y de sus bancos autorizados. Además, desaparece cualquier límite al uso del señoreaje por parte del Estado, y el efecto Cantillon adquiere una nueva crueldad. Los creadores de este dinero son en su mayoría los bancos, autorizados por el Estado para crear dinero de la nada en forma de crédito bancario. En conjunto, los bancos están a su vez protegidos de las consecuencias de una creación de crédito imprudente por el propio banco central del Estado, que actúa como prestamista de última instancia. El señoreaje del sistema financiero actual recae en este duopolio y ahora no cuesta nada y es infinito.

Toda la actividad económica queda muy distorsionada. A las grandes empresas y a los especulativos les resulta más fácil ganar dinero colocándose lo más cerca posible de esa abundancia que dedicarse al comercio honesto. La riqueza que se obtiene por ser de los primeros receptores se les transfiere desde los receptores posteriores. Por lo tanto, la maquinaria monetaria moderna no es más que un mecanismo para robar a los pobres, así como a las clases baja y media, que están en algún punto de la cadena de receptores, todo ello en beneficio de banqueros, especuladores y ociosos industriales.

Es la verdadera fuente de la desigualdad social. La lógica de nuestro argumento, despojada de detalles innecesarios, no admite réplica. Solo cabe suponer que los macroeconomistas, tras haberse quitado los grilletes del realismo económico, están totalmente subyugados por el sistema. El empleo remunerado como economista se encuentra o bien en las universidades financiadas por el Estado, o bien en la parte del sistema comercial y financiero que se beneficia del efecto de transferencia de riqueza de Cantillon. Es fácil ver dónde están sus intereses. No es una acusación de deshonestidad personal, sino más bien la conclusión de que el interés propio se combina con el pensamiento de grupo.

Las consecuencias de esta ignorancia inducida por el sistema son cada día más evidentes. Hemos atravesado sucesivos ciclos de crédito en los que los auges artificiales inducidos por el crédito no se han depurado con las correspondientes caídas correctoras. El efecto acumulado de la transferencia de riqueza ha dado lugar, al mismo tiempo, a una pequeña camarilla de multimillonarios en un extremo y a una clase marginal de pobres en el otro, muchos de ellos empujados a endeudarse para llegar a fin de mes. No es de extrañar que las masas se estén rebelando ahora contra el statu quo.

El Estado del bienestar moderno, fundado sobre el capitalismo de libre mercado antes de corromperlo, se acerca ahora a su punto final. La escalada de la depreciación de la moneda, sumada a unos impuestos desorbitados, produce ya unos rendimientos insuficientes para satisfacer los dispendios asistenciales del Estado, y mucho menos el creciente coste de los compromisos futuros. Se considera que la única respuesta es acelerar aún más la inflación monetaria, y el énfasis está a punto de pasar de la destrucción monetaria mediante las políticas de los bancos centrales a una escalada de los déficits públicos.

No debemos olvidar que, en el siglo pasado, cincuenta y ocho naciones destruyeron sus monedas siguiendo las mismas políticas de financiación mediante déficit que ahora contemplan las grandes naciones. A causa de las políticas monetarias, hay menos riqueza disponible para que el Estado la sustraiga de forma encubierta, mediante la depreciación monetaria, a partir del aumento de los déficits. Gran parte de ella ya se ha esfumado, dejando como legado unos valores en papel cuestionables y una deuda imposible de devolver.

La verdad es que los gobiernos no pueden bajarse de sus tiovivos de gasto y se enfrentan ahora a electorados enfadados que saben que algo va muy mal, aunque no tengan claro qué es. Esta sensación de inquietud, la de haber sido engañados, está llevando por fin a que el establishment sea rechazado en las urnas.

Estés donde estés, el fracaso de tu gobierno se refleja en los fracasos de otros gobiernos, todos los cuales han abusado de los mercados libres. El último acto del establishment económico será aconsejar a los políticos que no es culpa suya que todo vaya mal. El veredicto ya está decidido: el capitalismo ha fracasado.


iVéase The Hanke-Krus Hyperinflation Table, Cato Institute


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