Bloomberg publicó hace poco una presentación ilustrativa titulada «El coste real de tener oro». Como de costumbre cuando se trata de metales preciosos, con una actitud muy extendida en la prensa financiera convencional, el tono es desdeñoso, despectivo y casi burlón hacia quienes defienden poseer activos tangibles, y en especial oro.
Los motivos de esta hostilidad son bastante evidentes. En primer lugar, la ignorancia: los metales preciosos llevan más de 30 años pasados de moda, y los analistas financieros (de 35 años de media) saben poco de ellos. La mayoría alcanzó la madurez, profesional e intelectualmente hablando, a principios de la última década, cuando los inversores en oro eran los tíos viejos y chiflados del mundo de la inversión: considerados irrelevantes y anclados en el pasado por la opinión de moda.
Es probable que la gran mayoría de estos analistas tengan títulos en Economía de universidades de gran prestigio, donde les habrán enseñado que el oro no tiene ningún papel en la economía moderna. Después, lo más seguro es que hayan cursado másteres y otras titulaciones financieras y contables que promueven la «Teoría Moderna de Carteras» y la idea de que el mundo de la inversión empieza y termina en repartir el dinero entre acciones y bonos: se anima a los inversores jóvenes a destinar la mayor parte de su capital a acciones, mientras que a las personas mayores con más patrimonio se las empuja hacia la «seguridad» de los bonos.
La segunda razón, y quizá la más importante, de la antipatía de la prensa hacia el oro y los metales preciosos son sus incentivos publicitarios. Las entidades financieras, los corredores de bolsa y la prensa financiera simplemente no saben cómo ganar dinero vendiendo, comprando o negociando con oro. De hecho, los fondos que se destinan al oro rotan poco y generan pocas comisiones, sobre todo en comparación con los productos favoritos de los bancos. El oro es demasiado simple. No hace falta un doctorado para entenderlo, no responde a modelos de valoración complejos y no genera un jugoso flujo de salidas a bolsa. Simplemente está ahí, haciendo que los gestores de carteras y los asesores financieros resulten casi obsoletos.
En tercer lugar, y es difícil calibrar hasta qué punto es importante este factor, existe una aversión firme y feroz hacia el oro por motivos ideológicos. Como reconoció el propio Alan Greenspan en su famoso ensayo Gold and Economic Freedom, quienes se inclinan por el gasto deficitario y la economía keynesiana ven en el oro un enorme obstáculo para llevar adelante su agenda de redistribución de la riqueza y planificación central. Este antagonismo, aunque no siempre sea consciente, impregna buena parte de la opinión económica dominante sobre el oro y se hace explícito en los escritos de algunos líderes de opinión destacados.
Una acusación habitual, que se repite en la presentación mencionada antes, es que los inversores en oro (o ahorradores) son una especie de secta o religión. El contraste se plantea siempre entre la «fe» o la «creencia» en el oro y las inversiones «razonables». Se dice que quienes poseen oro sufren paranoia o una «fiebre del oro» equivocada y supersticiosa.
Yo sostengo que es justo lo contrario. Lo que acaba llevando a muchos inversores al oro es el conocimiento de la historia económica, la comprensión del riesgo de contraparte, la experiencia de la inflación, la conciencia del riesgo sistémico y de cómo afecta a nuestros sistemas financieros globales interconectados, y un deseo racional de proteger el patrimonio frente a todos estos factores. La fe irracional es la que se deposita en los bancos centrales y en la moneda fiduciaria a pesar de unos precedentes históricos abrumadores. Como escribió una vez James Turk, los verdaderos bárbaros reliquias son los bancos centrales, no el oro.
La presentación de Bloomberg menciona algunos aspectos que merece la pena tener en cuenta, como el seguro, el transporte, el almacenamiento y la tasación. Quien compra oro debe considerar todos ellos con atención, pero no más que quien compra cualquier otro activo «tangible», como una casa o un retrato valioso. A diferencia de los productos financieros, que a menudo no son más que anotaciones en un libro contable electrónico, las cosas reales requieren cuidados. Sin embargo, el oro es bastante más fácil de almacenar, transportar, ensayar y asegurar que la mayoría de los inmuebles o las obras de arte, y empresas como GoldMoney lo hacen aún más sencillo y barato.
Otras objeciones son tan ridículas que apenas merecen mención, pero me parece cómico que Bloomberg se preocupe por la «ansiedad» de los poseedores de oro más que por la de los poseedores de cualquier acción. La cuestión de la confiscación y la nacionalización, igual que la de los impuestos, es una buena razón para mantener el oro en una jurisdicción que respete los derechos de propiedad y los contratos. No obstante, sin duda es más sencillo gravar o confiscar los activos de una sociedad cotizada que unas pocas monedas o lingotes en una cámara acorazada en algún lugar.
El oro como inversión protege el patrimonio y la propiedad, y otorga a quien lo posee independencia y capacidad de resistencia. El coste real de no tener oro es quedar indefenso y dependiente. No tener oro te deja totalmente expuesto al riesgo sistémico y sin defensa frente a la manipulación gubernamental del valor mismo del dinero en el que mides tu patrimonio. Te deja expuesto a la volatilidad extrema y a la incertidumbre que caracterizan los mercados actuales, así como al riesgo de contraparte, en un momento en que las promesas a menudo no valen ni el papel en el que no están escritas.
Cuando no se puede confiar en los deudores, hay una gran diferencia entre tener un pagaré y tener efectivo en la mano. Ese es el valor de poseer oro. Cuando incluso el «efectivo» es deuda, tener un activo real es muchísimo mejor como medio para proteger tu patrimonio. Es puro sentido común. Que este activo en concreto fuera dinero oficial hace unas pocas décadas es simplemente la guinda del pastel.
Pero, por supuesto, quienes emiten la deuda, y sus propagandistas a sueldo, contarán otra historia. Incluso podrían intentar convencerte de que, si de verdad quieres comprar oro, deberías plantearte comprar este nuevo y reluciente «oro de papel» mejorado, que es tan bueno como el real. Que me engañen una vez…