El camino dorado permanece constante

I

Hay que distinguir siempre entre un lugar común, una afirmación o relato tan arraigado en el tejido de la comprensión cultural que se toma por un hecho histórico indiscutible, y la verdad, un rasgo evidente y permanente de la realidad que puede observarse, analizarse mediante la razón y contrastarse en el presente. Los lugares comunes son las criadas de la convención que, para los participantes en la economía, acaba sustituyendo a las observaciones objetivas. El resultado es que la «ciencia» de la economía se convierte en un campo de batalla de creencias subjetivas, donde los soldados no son observaciones evidentes ni predicciones contrastables, sino afirmaciones de moda y declaraciones políticamente correctas. En los últimos tiempos lo hemos visto con la curva de Phillips, la teoría de la demanda agregada y la inversión que hizo Keynes de la ley de Say.[1] Estas ideas, entre muchas otras similares, son lugares comunes modernos que, aunque la observación económica actual los refuta, persisten como estructuras de creencia profundamente queridas por los economistas y los políticos que moldean nuestro futuro colectivo.

En este ensayo quiero llamar tu atención sobre un lugar común que perdura hoy como sabiduría convencional, aunque la experiencia directa y el examen objetivo bastan para refutarlo. Me refiero a una creencia que tiñe toda la historia económica reciente: el juicio de que el elemento natural oro (Au) ha quedado relegado a su estatus actual de reserva de valor porque la tecnología de pago ha evolucionado más allá de los medios físicos. El relato whig, o de progreso lineal, viene a decir esto: del mismo modo que los humanos evolucionamos, también nuestra civilización avanza por el camino ascendente de la historia; por tanto, así como nuestras sociedades maduras muestran mayores capacidades técnicas, también nuestros instrumentos monetarios mejoran sin duda con el paso del tiempo. En consecuencia, el paso de llevar encima pesadas monedas de metales preciosos a hacer pagos electrónicos de liquidación instantánea se considera prueba suficiente de que, en nuestra época, el oro ya no tiene ningún papel que desempeñar como instrumento monetario.

Esta creencia concreta es singular porque los bandos opuestos del campo de batalla de la economía subjetiva la dan todos por cierta: aunque las diversas escuelas de defensores del dinero sólido, los académicos del pensamiento dominante y los evangelistas de las criptomonedas tienen muy poco en común, todos parecen coincidir en que el oro físico, como instrumento monetario, ha sido superado por la innovación y la tecnología humanas. Para cada uno de estos grupos independientes, lo que el automóvil es al caballo y el carruaje es lo que los pagos digitales modernos son a las antiguas monedas de oro y a las balanzas.

            En mi propia experiencia como fundador de una empresa de pagos y ahorro en metales preciosos, siempre me ha desconcertado este lugar común y, finalmente, he llegado a rechazarlo. Creo que, en este punto, los defensores del dinero sólido han hecho una terrible concesión. Como resultado, la primera línea de una de las batallas intelectuales más importantes se ha abandonado en manos de los alquimistas de la economía y los magos de la criptomoneda que adoran la tecnología; entretanto, los defensores del dinero sólido se repliegan tras sus murallas, custodiando a salvo su preciado lecho de roca, en el que está grabado con el cincel de la razón perenne que el oro, aunque ya no sea dinero para todos, es la reserva de valor por excelencia del ser humano. De esta fisura resulta que la mayoría de la gente ve el oro como un instrumento monetario histórico que, por alguna razón misteriosa e indescifrable, sigue siendo una reserva de valor hoy. Para personas como yo, en cambio, el oro es dinero para todos los tiempos: tan práctico hoy como en cualquier otro momento de la historia.

Para conciliar estas dos posturas, primero debemos discernir qué es el dinero. La definición tradicional que encuentras en el diccionario es la siguiente: el dinero es una unidad de cuenta, un medio de intercambio y una reserva de valor. Pero ¿qué significan estas palabras? Unidad de cuenta se refiere a una medida objetiva, es decir, inmutable, que es fungible y calculable aritméticamente. Por ejemplo: una pulgada es siempre una pulgada; un gramo es siempre un gramo. Medio de intercambio se refiere a la comerciabilidad de la cosa, de modo que sea aceptada con facilidad entre los pueblos a través del tiempo y del espacio. Dicho de otro modo, la probabilidad de que algo sea aceptado implica su facilidad de uso o su capacidad de pasar con eficiencia de las manos de uno a las de otro. Incluso podemos ir más lejos: no solo la cosa debe ser intercambiable, sino que debe tener en sí misma cierta utilidad o aprovechamiento, para que no deje de ser deseada por personas distintas en lugares y momentos distintos. Por ejemplo: una cantidad de sal en un lugar es deseada en otro porque la sal conserva la carne y realza el sabor de los alimentos; así, la sal podría llevarse de un lugar a otro y ser aceptada sin dificultad por agentes interesados como medio de intercambio. Por último, reserva de valor se refiere a la escasez relativa de la cosa (en comparación con otras) tal como está encarnada en la unidad de cuenta y en el medio de intercambio. Cuanto más rara es la cosa, más deseable e intercambiable será, desde el pasado, pasando por el presente y hacia el futuro. Por ejemplo: la mejor casa de la mejor calle es una reserva de valor porque, mientras siga inalterada y útil, siempre será más deseable e intercambiable que cualquier otra casa de cualquier otra calle.

Este es el cuadro tradicional que aprendemos de la teoría económica contemporánea. Pero ya podemos ver que esta definición resulta desconcertante, pues parece presuponer algo con cualidades físicas que satisfaga a la vez estos tres criterios. En otras palabras, si no existiera ya algo capaz de satisfacer siempre estos tres criterios, el acto de definir el «dinero» resultaría inalcanzable. Ahora bien, sería una tarea difícil cumplir estos tres criterios en todos los tiempos y lugares. En el caso de la casa, alguien puede construir una casa mejor, o la casa puede deteriorarse, o puede decaer la calidad del vecindario; sabemos además que las personas tienen preferencias subjetivas por distintas arquitecturas y diseños, así que puede no estar claro si una casa es «mejor» que otra. Lo mismo ocurre con la sal: aunque sabemos que puede ser aceptada con facilidad, podemos pensar en muchas cosas más raras y duraderas que la sal. Empezamos a ver que la definición estándar del dinero presupone una comprensión del orden de la naturaleza y, más concretamente, de los componentes irreducibles de toda la materia: los elementos corpóreos. Pues sin los atributos inmutables, cualitativos y medibles de los elementos, no podríamos clasificar los posibles dineros según una jerarquía interna que nos permita discernir la aptitud de una cosa corpórea para satisfacer estos tres criterios. De hecho, como exploraremos enseguida, los intentos de superponer ideas humanas a esta definición procusta del dinero resultan sistemáticamente ininteligibles y exigen una enorme cantidad de pensamiento complejo y elevado que contradice la sencillez y la inteligibilidad del mundo natural.

Simplifiquemos nuestra definición del dinero para entender su naturaleza, su propósito y su función a la luz de la importancia de estos tres criterios. Sabemos que deben cumplirse a la vez en todo tiempo y lugar, de forma intrínseca en la propia cosa; por tanto, cualquier atenuación de estos criterios socava la viabilidad de la cosa en cuestión para ser dinero. Teniendo esto presente, definimos el «dinero» así: el dinero es un bien corpóreo que sirve como medida y recompensa inmutables en virtud de su escasez relativa y su durabilidad en el tiempo, en comparación con otros bienes corpóreos. Con esta definición, la naturaleza inmutable de un bien corpóreo naturalmente escaso, duradero y útil proporciona el fundamento de una satisfacción neutral y duradera entre partes interesadas en cualquier posible intercambio. Que el dinero deba ser una unidad de cuenta lo convierte en una medida inmutable; asimismo, que deba ser una reserva de valor útil lo convierte en una recompensa satisfactoria.

Por tanto, el dinero no es simplemente el instrumento que mejor facilita el pago; más bien sustenta, refleja y juzga la totalidad de cualquier transacción entre partes interesadas, desde la medición hasta la recompensa, o desde el pago hasta la satisfacción. Llegados a este punto, podemos reconocer que el deseo de comodidad y rapidez no debería en modo alguno socavar la naturaleza, el propósito y la función del dinero.

   
 

II

En los tiempos modernos hemos llegado a conocer un tipo de dinero muy distinto del que acabo de definir. El «dinero» moderno es en realidad un sustituto monetario en el que la función de medio de intercambio o de pago no es, en la práctica, más que la comunicación o confirmación de una transacción entre dos o más partes que actúan por interés propio, y no el movimiento real del dinero de una parte a otra en coincidencia con la liquidación de un bien o servicio.[2] De este modo, el pago se ha llegado a confundir con la noción de liquidación o, como prefiero decir, de satisfacción duradera; esto se debe a que los pagos virtuales y rápidos suelen llevarnos a creer que el intercambio se ha satisfecho de verdad. Como argumentaremos, el aumento de la velocidad de los pagos que ofrece el dinero moderno implica tanto el aplazamiento de la liquidación real como el grave menoscabo de la verdadera naturaleza y finalidad del dinero.

Es cierto que la manera en que se comunica una transacción responde a la innovación tecnológica. Toda victoria sobre la latencia, es decir, todo acortamiento del tiempo en el acto de comunicar, supone por tanto una mejora en los medios de pago. Sin embargo, solo es una mejora cuando se trata de transacciones entre partes que están físicamente distantes. Por eso coincidimos en que la confirmación instantánea de un pago entre un comerciante en Múnich y un consumidor en Londres es un logro impresionante, y quizá resulte más cómoda que el envío de un cheque o de una factura de venta. Pero, a decir verdad, esta verificación de la comunicación del pago no se extiende a la liquidación de los bienes o servicios intercambiados; esa actividad, es decir, la entrega del bien al consumidor de Londres, sigue sujeta a las mismas leyes físicas que rigen todas las transacciones cooperativas reales. Markus, el comerciante de Múnich, puede recibir de James, el consumidor de Londres, la confirmación instantánea de su pago; contractualmente, sin embargo, James no quedará satisfecho hasta que Markus haya entregado su bien o completado su servicio. Durante este prolongado intervalo de tiempo entre el pago y la satisfacción, mientras James sigue esperando a recibir el producto comprado, tanto el valor del dinero moderno que se pagó a Markus como la aceptación o el rechazo del producto por parte de James pueden cambiar. Aquí vemos que la aceleración del pago quizá haya introducido una capa de confianza entre partes que actúan por interés propio, pero no ha hecho nada por cambiar la dinámica de la satisfacción ni de la liquidación final que se requiere para que la transacción esté completa. Así pues, a pesar de la mayor velocidad y de la aparente comodidad, el aplazamiento de la liquidación deja la transacción económica abierta y aún sin carácter definitivo. Esta realidad ineludible es la que los emisores de dinero moderno desean disimular. A su juicio, la aceleración del pago supera en importancia a la liquidación, o incluso redefine su noción.

Lo que aprendemos de este ejemplo es que la medida y la recompensa de la cooperación surgen de la liquidación, no del pago, pues el pago depende de la liquidación en una causalidad irreversible hacia delante. Volviendo a nuestro ejemplo: James paga a Markus al instante, pero ninguna de las dos partes quedará satisfecha hasta que James reciba su bien de Markus; si lo que James recibe es de algún modo distinto de lo que esperaba recibir, no habrá satisfacción ni para James ni para Markus. Esto difiere de una transacción tradicional, en la que James entra en un mercado y decide comprar un artículo concreto que está físicamente presente en él y que satisface su necesidad o deseo; después James acuerda el pago con el vendedor y la transacción queda liquidada. Hasta aquí, pues, podemos ver que en los intercambios en que las partes se encuentran en el mismo lugar no hay ninguna necesidad de mejorar la velocidad de la transacción, ya que la totalidad del intercambio se mide, se recompensa y se liquida al mismo tiempo. Por lo tanto, una mayor velocidad de pago no potencia ni mejora la transacción cooperativa en los casos en que las partes se encuentran en el mismo lugar y la liquidación es simultánea al pago. En cambio, en las transacciones entre partes físicamente distantes, o en las que hay un retraso temporal entre el pago y la liquidación incluso en entornos locales, acelerar la velocidad del pago no contribuye en nada a asegurar la liquidación final de la transacción. Esto se debe a que la transacción no está completa hasta que el producto o servicio se ha recibido y ambas partes han obtenido satisfacción. En consecuencia, el dinero moderno, y la comodidad que proporciona, acaba aplazando la liquidación en favor de la velocidad de pago.

El resultado de este aplazamiento es que la naturaleza y la finalidad del dinero, a saber, su condición de medida y recompensa inmutables de la cooperación humana, queda comprometida para todas las partes implicadas. Esto se debe a que, dentro de este intervalo temporal de aplazamiento, en el tiempo que media entre el pago instantáneo y la liquidación diferida, el valor del dinero moderno y la naturaleza de la transacción están en movimiento y no en reposo; por lo tanto, están sujetos a cambio. Para alcanzar el reposo, o bien el propio dinero debe estar en reposo, lo que exige que el dinero se defina como un bien corpóreo inmutable y naturalmente escaso, o bien la transacción debe liquidarse.

Ahora bien, en nuestra era moderna, alguien podría apresurarse a señalar una clase de transacciones que a primera vista parecería quedar al margen de este análisis de las deficiencias del dinero moderno: los servicios virtuales. Si bien James tiene que esperar, desde luego, a que su bien físico llegue de Múnich por correo antes de quedar satisfecho, no necesita esperar cuando paga la suscripción a un servicio de streaming en línea antes de poder empezar a usarlo al instante. Aquí hay una liquidación inmediata del servicio en el mismo momento en que se emite el pago. Por tanto, el caso de los servicios virtuales podría refutar nuestra valoración del dinero moderno. Quizá, como podría argumentar un entusiasta de las criptomonedas, el caso anómalo de los servicios virtuales incluso pueda dar motivos para defender un dinero moderno puramente virtual en sí mismo, o confirmar su viabilidad. Para explorar estos desafíos, formulemos primero dos preguntas generales:

1. ¿Puede existir, prosperar y depender de una economía de servicios puramente virtual alguna sociedad cooperativa?

2. En lo que respecta al uso de dineros modernos para servicios virtuales, ¿qué sirve exactamente como medida y recompensa inmutables (dinero) que medie en tales actos de cooperación y permita así una satisfacción duradera entre todas las partes?  Respecto a la primera pregunta, debería ser evidente para cualquier lector que no puede darse tal estado de cosas. Las preocupaciones básicas de cualquier hogar estarán siempre y en todas partes ligadas al mundo físico: una familia necesita alimentos para comer, tejidos con que vestirse y energía para calentarse. Así, toda sociedad cooperativa depende siempre de la negociación, la cosecha y la distribución de bienes corpóreos útiles y de sus servicios correspondientes en el mundo físico. Podemos recibir al instante tantas consultas médicas por vídeo como queramos, pero en algún momento necesitaremos que se nos administre un medicamento real y el uso de herramientas reales, que alguien más debe producir para tratar nuestra dolencia. Esta premisa fundamental se cumple para todas las necesidades de la vida: la comida, la vivienda, la medicina, el cumplimiento de la ley, etcétera. Es imposible, pues, que una economía sea puramente virtual.

Por eso debemos plantear la segunda pregunta: en algún momento, estas abstracciones monetarias modernas exigen a la sociedad recursos corpóreos y útiles, desde mano de obra hasta energía y espacio físico. Lo mismo ocurre con los servicios virtuales: tanto el servicio virtual como la abstracción monetaria que se usa para pagarlo exigen necesidades dentro del mundo corpóreo. Son estas realidades corpóreas las que determinan los límites extrínsecos de que el servicio virtual, el dinero virtual y la transacción en su conjunto puedan alcanzar una satisfacción duradera. Así, la utilidad abstracta (si es que tal cosa existe) depende siempre y en todas partes de la utilidad corpórea y está limitada por ella. A la luz de nuestra respuesta a la primera pregunta, queda claro que la medida y recompensa abstractas que constituyen el dinero moderno, ya sea el papel fiduciario o la criptomoneda virtual, serán incapaces de ser inmutables, duraderas y relativamente escasas, en la medida en que dependen siempre de las realidades corpóreas a las que siguen ligadas. En última instancia, estos servicios virtuales y dineros modernos están siempre y en todas partes determinados por la economía real y por los límites corpóreos que la definen.

Tomemos el siguiente ejemplo: supongamos que existe una escuela de matemáticas, dirigida por el mismísimo Pitágoras, que ofrece a la comunidad la promesa de que el maestro y sus acólitos emplearán los misterios del universo para mantener un libro mayor maestro de las transacciones de la comunidad, gobernado criptográficamente y, por tanto, lógicamente inmutable. ¿No les parecería extraño o incluso ridículo al agricultor y al minero locales, que proveen a esta escuela académica y al conjunto de la sociedad de su sustento diario, que cada vez que realizaran una transacción su recompensa fuera meramente una promesa incorpórea e inaccesible de otra persona de su pueblo? ¿Y, además, que una parte de su excedente físico se exigiera como señoreaje a los matemáticos que administran este servicio virtual? Sin duda es un esquema ridículo, y sin embargo esta necedad ha perdurado desde la antigüedad: pensemos en el célebre John Law y la burbuja del Misisipi o, incluso en nuestros días, en la moneda fiduciaria emitida por los gobiernos y en las criptomonedas fiduciarias emitidas por entidades privadas. La historia nos enseña que, dondequiera que el hombre procura idear el dinero en lugar de aceptarlo como una característica dada de la naturaleza, los atributos fundamentales del dinero como medida y recompensa de la cooperación se sacrifican, lo que conduce a la injusticia y al desorden dentro de la sociedad.

En consecuencia, respecto a los dineros modernos y su uso para servicios virtuales, llegamos a la misma conclusión: que cualquier aparente aumento de velocidad menoscaba la naturaleza, la función y la finalidad del dinero. Pues el dinero debe ser en sí mismo la cosa corpórea, útil, naturalmente escasa y duradera que mide de forma objetiva y recompensa de forma neutral todos los actos de cooperación humana. Por el contrario, un dinero moderno abstracto estará siempre sujeto a las fluctuaciones del mundo porque carece de todo vínculo o fundamento en la realidad concreta. Como establecimos antes, con el dinero moderno se impulsa el pago rápido mientras se retrasa el acto de liquidación. El resultado se parece a un juego en el que un grupo de amigos sentados en círculo se pasan un cubito de hielo que se derrite: con cada turno, el cubito cambia de forma fundamental y, al final, desaparece por completo. Con estos sustitutos monetarios, la parte que recibe el dinero en cualquier transacción no se queda con una medida equitativa, una recompensa justa ni siquiera una reserva de valor duradera: lo único que tiene es el cubito que se derrite, y que debe pasar rápidamente. Quien se queda sin nada que mostrar por su trabajo salvo un charco de agua ha sido privado injustamente de su labor, su bien o su servicio.   

Vemos, por tanto, la necesidad de que estas transacciones estén ancladas a un verdadero o auténtico dinero. Si esta amarra no llega a sujetarse, la economía de servicios abstracta puede volverse parásita de la economía real, aunque la primera dependa de la segunda, lo que acabaría por generar dos patrones diametralmente opuestos entre sí. La única manera de resolver esta paradoja, de modo que una liquidación duradera sea posible, es que el dinero sea físicamente cuantificable como una medida y recompensa inmutables que esté en movimiento (durante el pago) o en reposo (durante la liquidación). Solo este dinero puede dar carácter definitivo a las transacciones, porque este dinero, al poseer una naturaleza inmutable en el mundo corpóreo, sirve en sí mismo como liquidación final. Durante la mayor parte de la historia humana, el hombre ha elegido un dinero natural (una entidad corpórea que se encuentra en la naturaleza) que ningún hombre podía crear, manipular ni replicar, por las mismas razones que acabamos de esbozar: es físico, puede estar en movimiento o en reposo y no está sujeto a cambios durante largos períodos de tiempo. Además, dentro de una gama de posibles dineros naturales, nuestros antepasados optaron sistemáticamente por emplear los metales preciosos, el oro o la plata, como el dinero con el que medir, recompensar y liquidar las transacciones cooperativas. Llegados a este punto, ya podemos apreciar por qué sería preferible emplear el más raro, duradero e inmutable de los elementos de la tierra en lugar del servicio que ofrecía Pitágoras.

   
 

III

No debemos desdeñar la sabiduría monetaria de nuestros antepasados, como si fuera simplemente una etapa tosca en la línea evolutiva de la historia del hombre, que culmina en el gran telos del moderno despertar tecnológico. Tampoco debemos rechazar mi apelación a la sabiduría de los antiguos como una especie de nostalgia melancólica de una época pasada. Comparar el coche moderno con el caballo y el carruaje es perfectamente válido; pero comparar las monedas modernas, creadas por el hombre, que ofrecen una velocidad de pago superior, con el dinero verdadero (el dinero de oro, inmutable y corpóreo) es una falsa equivalencia. Pues, como hemos sostenido, la mayor parte de la cooperación humana, en la medida en que requiere una liquidación física y no virtual, sigue sujeta a algún tipo de liquidación corpórea; acelerar la velocidad de pago no basta por sí solo para sustituir ni redefinir la satisfacción concreta que debe producirse. En consecuencia, la ventaja de los pagos rápidos, que es la esencia del dinero moderno, no demuestra por sí misma que el oro haya sido desplazado por un dinero moderno tecnológicamente superior. Antes de continuar, repasemos el argumento que hemos expuesto hasta ahora:

i. La naturaleza inmutable del dinero proporciona firmeza en la liquidación, satisfacción o reposo.

ii. La velocidad de pago por sí sola no logra la firmeza en la liquidación.

iii. En el caso de los servicios virtuales, inicialmente sí parece posible que la velocidad de pago por sí sola logre la firmeza en la liquidación.

 

a. Pero no puede existir una economía puramente virtual, porque todo está interconectado y depende de la economía física y real.

 

b. Además, incluso los servicios virtuales y las monedas modernas requieren una finalidad última en el mundo físico, porque necesitan recursos para existir.


 

iv. Si todo esto es cierto, vemos que el oro aún puede utilizarse hoy para liquidar transacciones en lugar del dinero moderno. Por tanto, la aceleración de la velocidad de pago no puede ser la razón por la que el oro ya no se utiliza como dinero.


 

Por tanto, debemos rechazar la opinión convencional, o lugar común, de que el oro es un instrumento monetario anticuado que ha sido eclipsado por instrumentos monetarios superiores. Una vez que rechacemos esta afirmación, podremos empezar a percibir los verdaderos problemas que impiden hoy la adopción del dinero de oro.


 

Hasta ahora hemos descubierto que, durante la mayor parte de la historia humana, los metales preciosos han servido de forma continua y universal como la medida y la recompensa inmutables que permiten una satisfacción duradera entre partes que actúan por interés propio. Lo que aún no hemos tratado es la multitud de tecnologías e innovaciones novedosas que lo hicieron posible. Tomemos los siguientes ejemplos: las antiguas tablillas cuneiformes y los papiros egipcios revelan comprobantes de venta de transacciones mercantiles que requerían un aplazamiento contractual entre el pago y la liquidación, como en el caso de una cosecha inminente; hacia el año 600 a. C., se inventó la moneda en Lidia para aumentar la velocidad de las transacciones, de modo que las personas ya no necesitaran pesar masas variables de metal; en la era moderna temprana, Isaac Newton fue el primer Master of the Royal Mint (director de la Casa de la Moneda real) e implantó políticas y procedimientos que permitieron que los billetes correspondientes a los metales almacenados en las cámaras del banco circularan con mayor rapidez y eficiencia. El ejemplo más reciente es el sistema de Bretton Woods, que funcionó de 1934 a 1971. En este sistema, la medida y la recompensa de la liquidación (el oro) se guardaban en cámaras acorazadas físicas en lugares concretos, mientras que los medios de pago circulaban por los sistemas bancarios de todo el mundo. Sabemos que este sistema fracasó, pero debemos tener cuidado de no juzgar que la razón de su fracaso estuviera relacionada con una velocidad de pago ineficiente o con avances tecnológicos radicales. En todos estos ejemplos vemos una tecnología que se introduce y se adopta para mejorar la eficiencia y la rapidez de los pagos, mientras que el dinero mismo permanece anclado a un patrón oro, arraigado en el mundo natural. De este modo se alcanza una satisfacción duradera, se maximiza la velocidad de pago y se mantienen la naturaleza y el propósito primarios del dinero.

Aquí hemos tocado otro punto de acuerdo bastante incuestionable entre escuelas de pensamiento económico dispares: que todos los patrones oro han fracasado. Esta afirmación, técnicamente correcta, suelen esgrimirla los economistas convencionales, a menudo como réplica al dictamen de los defensores del dinero sólido de que «todos los sistemas de moneda fiduciaria han fracasado». Hay una distinción evidente que hace que una afirmación sea correcta en sentido sofista y la otra lo sea en sentido ontológico. Es cierto que «todos los patrones oro han fracasado», pero solo si matizamos la afirmación así: todos los patrones oro han fracasado porque los gobiernos no han mantenido el respaldo en oro prometido originalmente. De ahí que el valor del oro hoy, es decir, su poder adquisitivo, sea atemporalmente equiparable a las proporciones históricas del patrón oro, mientras que el valor del dinero fiduciario se ha deteriorado. Por ejemplo: en vísperas de la suspensión del patrón oro por el presidente Richard Nixon en 1971, el precio del oro era de 42 dólares por onza; hoy, 49 años después, el precio del oro es de 1.800 dólares por onza. Los 1.800 dólares de hoy comprarán los mismos bienes y servicios que los 42 dólares en 1971, mientras que esos mismos 42 dólares conservados desde 1971 hasta hoy solo pueden comprar el 2 % de la onza de oro original. En otras palabras, el dólar se ha devaluado un 98 %. En este caso, está claro que el patrón oro «fracasó» no porque el oro haya dejado de ser una medida y una recompensa inmutables y dadas por la naturaleza, sino porque nuestros dirigentes políticos decidieron poner fin al sistema, con consecuencias perjudiciales para el poder adquisitivo y los ahorros de la persona corriente. La afirmación sofista de que «todos los patrones oro han fracasado» queda así relegada a su lugar apropiado: nada más que propaganda. En cambio, el desafío de que «todos los sistemas de moneda fiduciaria han fracasado» no puede refutarse con los mismos argumentos, dado que las monedas fiduciarias que han fracasado históricamente no tienen valor actual, mientras que las monedas fiduciarias existentes pierden poder adquisitivo con el tiempo a causa de la inflación. La mejor respuesta a ese desafío es decir que la actual encarnación del dinero fiduciario no ha fracasado per se, sino que ha perdido más del 90 % de su poder adquisitivo en cincuenta años, lo que ha provocado una desigualdad de riqueza sin precedentes y multitud de trastornos en el Occidente moderno. Mientras tanto, el oro ha seguido funcionando como una reserva de valor duradera que poseen y comercian ciudadanos y gobiernos.

            Una vez rechazado el lugar común, y habiendo llegado a discernir la verdadera razón del fracaso de los patrones oro históricos, obtenemos una perspectiva adicional: la gran integridad del sistema monetario basado en el oro no solo otorga carácter definitivo a las transacciones y satisfacción duradera a todos los miembros de la sociedad cooperativa, sino que además avisa a la sociedad de cuándo se incumplen las promesas de índole social y política. Igual que el dinero está en movimiento o en reposo, también hay un respaldo tangible de metal o no lo hay. Este indicio más claro de la salud de la sociedad y del estado del contrato social es otro ejemplo más de la compleja manifestación de la concepción naturalista del dinero real que hemos tratado hasta ahora. En cambio, el dinero moderno, creado por el hombre, oscurece si se ha roto o no una promesa, porque otorga a los emisores de dicho dinero artificial un gran margen y poder para cambiar la definición misma del dinero, mientras incumplen promesas históricas. Aquí cerramos el círculo al reconocer cómo, dentro del sistema monetario moderno, las sabidurías convencionales, incluido el lugar común de que «el oro es antiguo», son, en efecto, respuestas manipuladoras a los vientos subjetivos de los políticos, y no el resultado de la observación objetiva, la predicción comprobable ni siquiera el sentido común.

 

IV     

Incluso hoy, el oro ejemplifica la naturaleza y el propósito del dinero en su esencia misma. En efecto, hoy el oro puede servir como dinero, no solo como ahorro, sino como el único medio para medir y recompensar todas las transacciones de cooperación. No existe ningún impedimento técnico que impida a un soberano emplear oro físico para anclar su sistema monetario y restituir así una medida inalterable y una recompensa duradera para todas las personas. Esto puede hacerse tanto con derechos de reembolso como sin ellos, y puede reforzarse con innovaciones tanto históricas como contemporáneas en las comunicaciones de pago.[3] El oro puede anclar con facilidad una moneda física, una divisa fiduciaria, un sistema swift, una bolsa de valores o una red de tarjetas de crédito, lo que mejoraría de forma significativa nuestra manera de cooperar, porque un sistema así otorgaría una satisfacción duradera a todos los implicados.

            En cuanto a los costes aparentes de instaurar un patrón oro, son de minimis en comparación con sus alternativas: desde la hipotética escuela pitagórica, pasando por un ejército de 5.000 doctores empleados en la Reserva Federal, hasta los cientos de millones de vatios de electricidad que exigen la banca en línea y las criptomonedas las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. En verdad, los «costes» de vincular la economía al oro equivaldrían a errores de redondeo dentro del balance general de la cooperación física; esto se debe a que el oro es en sí un elemento físico y cuantificable que existe y perdura en la naturaleza con independencia de los actos de cooperación anclados a él. Son los atributos físicos y naturales del oro (su peso específico, su escasez natural, su maleabilidad, su ductilidad, su conductividad) los que lo convierten en el material más eficazmente denso para almacenar, proteger y transportar en el mundo físico. Incluso hoy, el Banco de Inglaterra sostiene cientos de miles de millones de dólares de actividad económica anual (gran parte de la cual se realiza de forma instantánea y electrónica) con una reserva de oro físico guardada en sus cámaras. El metal casi nunca se mueve, y sin embargo las transacciones que respalda trascienden el tiempo, el espacio, la nacionalidad o el credo.  Por el contrario, cualquier sistema monetario moderno creado por el hombre que intente imitar al oro exige una dependencia total de todos los actos de cooperación humana; aun así, el resultado de este «progreso» no nos ofrece más que el frustrante aplazamiento de la liquidación y un montón cada vez mayor de promesas incumplidas.

            Quienes sostienen que los sistemas monetarios basados en el oro son reliquias anticuadas de una era antitecnológica y antidigital deberían reconsiderar su postura. Anclar un registro contable al oro físico exige un esfuerzo mínimo en comparación con el dinero fiduciario o las criptomonedas. Por lo tanto, como hemos argumentado, los gobiernos dejaron de hacerlo por razones fiscales, y no por limitaciones intrínsecas al oro ni por ventajas intrínsecas de las monedas modernas. El único obstáculo que separa hoy a la humanidad de la implantación de un patrón oro es que los gobiernos deben tomar la decisión de reservar de forma transparente una unidad de dinero en circulación a un peso de oro. Esta es la verdad del asunto, no un lugar común. Es una verdad que creo que se redescubrirá en nuestra vida. Bastará con que una nación, un líder, una sociedad tome esta decisión, una decisión que afectará profundamente a sus ciudadanos y a su prosperidad relativa, y que reconfigurará el curso de la historia geopolítica en los años venideros. El camino dorado permanece constante, pues está pavimentado de forma permanente por la mano de Dios en el mundo natural. Por muchos caminos alternativos que el hombre decida construir, el camino dorado siempre está disponible para ser recorrido.



 




[1]Véanse M. Dotsey, S. Fujita, T. Stark, Do Phillips Curves Conditionally Help to Forecast Inflation? (Working Paper n.º 17-26, Federal Reserve Bank of Philadelphia, 2017); V. Guerrieri et al., Macroeconomic Implications of COVID-19: Can Negative Supply Shocks Cause Demand Shortages? (NBER Working Paper n.º 26918, abril de 2020); J. C. W. Ahiakpor, A Paradox of Thrift or Keynes’s Misinterpretation of Saving in the Classical Theory of Growth? (Southern Economic Journal 62.1, julio de 1995).

[2]Por «dinero moderno», término que emplearemos a lo largo de este trabajo, entendemos cualquier herramienta creada por el hombre que pretende servir como unidad de cuenta cuantitativa, medio de intercambio y depósito de valor, pero que no encarna ni se corresponde con un bien útil, corpóreo y fijo. Esto incluye el crédito, los esquemas monetarios, los pagarés, las letras y las criptomonedas emitidos por particulares, además de las monedas fiduciarias emitidas por una autoridad central. Todos estos dineros modernos son, en sí mismos, meras abstracciones cuantitativas que no son bienes útiles físicamente encarnados. De este modo, la actividad económica concreta se representa como un valor abstracto o numérico para todas las partes implicadas; en consecuencia, estos dineros modernos cambian constantemente mientras giran y circulan en conjunto por los bancos centrales y privados que son sus árbitros y por las pantallas de ordenador que muestran su último valor.

[3]Un escéptico podría criticar un patrón oro no convertible e incluso establecer una comparación aparente entre ese tipo de sistemas monetarios y los sistemas virtuales contra los que hemos argumentado. Aunque los patrones oro no convertibles no son preferibles, son fundamentalmente distintos (en esencia) de los sistemas monetarios creados por el hombre: en el caso de los primeros, sigue habiendo algo físicamente cuantificable, ya sea en reposo o en movimiento, que otorga una finalidad última a las transacciones. Además, como apuntamos con el caso de Bretton Woods, incluso los patrones oro no convertibles advierten a la sociedad de cuándo se han roto las promesas del contrato social.

 

 

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