El argumento contra la deflación

Los lectores habituales saben que estoy en el bando de la inflación, posiblemente la hiperinflación; pero hay quienes piensan que el futuro será más probablemente deflacionario.

En general, esta es la opinión de los economistas neoclásicos, los keynesianos y los monetaristas, que por lo común prevén una recesión al estilo de la de 1930 a menos que se estimule la economía para sacarla de ella.

En lugar de repasar una y otra vez los errores de su planteamiento, debemos aceptar que son ellos quienes mandan. Han decidido que los precios no deben caer y ven en una inflación moderada de precios un estímulo necesario para las empresas: este es el razonamiento que hay detrás de la célebre declaración de Ben Bernanke, "el de los helicópteros", cuando dejó claro que los bancos centrales podían rociar la economía con dinero fiduciario sin límite si fuera necesario.

Dada esta determinación de impedir que los precios caigan, es poco probable que se materialicen los temores de que las perspectivas sean deflacionarias. Pero hay un segundo grupo de analistas que cree que, en una recesión profunda, se producirá una contracción del crédito imparable, pues los bancos se verán obligados a ejecutar las garantías de empresas en quiebra. Esto, según dicen, provocará una carrera desesperada por conseguir efectivo para saldar deudas, lo que dará lugar a liquidaciones forzosas de activos a medida que la contracción del crédito se extienda a empresas por lo demás sólidas. La necesidad imperiosa de reducir la deuda superará los intentos de los bancos centrales de sustituirla por efectivo.

El error consiste en no entender en qué punto estamos de esta triste historia. La creencia común a todos los deflacionistas, según la cual el mundo desarrollado ha evitado hasta ahora una contracción económica grave, es errónea. Que esto no se reconozca con frecuencia se debe achacar a la irrelevancia de casi todas las estadísticas gubernamentales. No solo responden a intereses propios, sino que además no tienen en cuenta que el dinero de los gobiernos significa cada vez menos. Las únicas estadísticas sólidas son las del desempleo, que, pese a los intentos oficiales de suavizarlas, no pueden ocultar que desde la crisis bancaria hay una recesión profunda.

La crisis bancaria supuso un aumento repentino de la preferencia de los consumidores por el dinero, sin duda alentada por los bancos, que pasaron casi de la noche a la mañana de tolerar el riesgo a rehuirlo. Por eso las cifras del PIB de la mayoría de los grandes países sufrieron un golpe tan fuerte, reflejo de que se retiraba dinero de la actividad económica. Ese fue el acontecimiento que hoy preocupa a los deflacionistas.

Así pues, los deflacionistas pronostican algo que ocurrió hace cinco años, y sus temores ya han sido refutados por una intervención monetaria masiva. Eso no quiere decir que la recesión haya terminado: ni mucho menos. Los indicios actuales apuntan a que las cosas van a empeorar en todas partes. Pero la pesadilla de un ciclo en el que la caída de los precios de los activos se retroalimenta y provoca una carrera por el efectivo ya se ha evitado.

Fue tan exitosa la Fed, al liderar a otros bancos centrales para salvar el mundo en 2009, que se ha sentado un precedente: si las cosas empeoran o una institución financiera de importancia sistémica parece a punto de quebrar, Superman Ben y su cohorte de banqueros centrales nos salvarán a todos de nuevo.

Llámalo kriptonita o falta de espíritus animales, si quieres. Se acerca más a la verdad entender que estamos presenciando las primeras fases de la erosión de la confianza en el gobierno y, en última instancia, en su dinero de papel. La gente corriente empieza por fin a sospecharlo, como señala la carrera mundial hacia los metales preciosos del mes pasado.

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