En 2024 se acelerará el ritmo de los acontecimientos geopolíticos, con una influencia de EE. UU. cada vez menor mientras crece la de China y Rusia.
Al tratarse de una causa perdida, Estados Unidos y la OTAN abandonarán la guerra de Ucrania en los próximos meses. Es probable que los peligros de la situación en Gaza aumenten, con EE. UU. siendo manipulado por Irán, que actúa en connivencia con Rusia a través de los hutíes.
Se acabaron los tiempos del «divide y vencerás» de EE. UU. sobre los Estados de Oriente Medio. Y si Israel cree que puede arrastrar sin más a Estados Unidos al horror de Gaza, ha cometido un grave error de cálculo.
Rusia ha asumido la presidencia de los BRICS y, en su discurso de Año Nuevo, el presidente Putin afirmó que hay previstas más de 200 reuniones y actos. La reunión final y decisiva tendrá lugar en Kazán en octubre. Parece razonable suponer que Rusia se asegurará de convencer a todos los miembros actuales de las ventajas de adoptar un sistema de liquidación comercial respaldado por oro en lugar del dólar.
Es probable que la nueva moneda sustituya al dólar como paso intermedio entre las transacciones en monedas distintas del dólar. Además, tiene todo el sentido para Rusia poner también el rublo bajo un patrón de cambio oro, porque es una de las pocas economías que no necesitará recortar el gasto público para lograrlo. Y, a medida que el dólar se hunda, China tendrá que seguir el mismo camino para evitar que el yuan caiga con él.
Y, por último, 2024 es el año de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, lo que significa dinero público repartido para todos. Y con el límite de deuda vigente hasta enero de 2025, a ambos partidos les interesa maximizar el gasto antes de que se acuerde el nuevo tope.
¿Será este el año en que muera el dólar? ¡Sigue leyendo!
El mundo está cambiando…
En la televisión británica, los días entre Navidad y Año Nuevo son una época de películas antiguas, y se emitió una vez más la emblemática obra de David Lean, Lawrence de Arabia. Como todas las películas basadas en hechos reales, su relación con la realidad es algo elástica. Pero nos recordó la doblez y la arrogancia de Gran Bretaña y Francia al trazar la línea Sykes-Picot para repartirse las tierras otomanas de Palestina por encima de las cabezas de las tribus que las habitaban, sin tener en cuenta sus derechos territoriales, y la exitosa Revuelta Árabe de Lawrence, que unió por primera vez a las tribus beduinas.
A pesar de esa realidad política, el legado de Lawrence y su papel en la unión de las tribus beduinas en las naciones árabes dieron a Gran Bretaña una influencia duradera en la región, desde luego hasta mucho después de la Segunda Guerra Mundial. Pero el Sykes de Sykes-Picot no fue el único entrometido de Londres. El primer ministro Balfour, con su Declaración de 1917, abrió la caja de Pandora que hoy es el Estado moderno de Israel. Sin embargo, de vez en cuando el sentido común sí se impuso en Westminster.
Cuando Harold Macmillan pronunció su discurso sobre los vientos de cambio en Ciudad del Cabo en 1960, Gran Bretaña reconocía que ya no podía resistirse a la marea creciente de nacionalismo que inundaba África y otros lugares. Unos meses antes, había nombrado a mi tío, Iain Macleod, secretario de Estado para las Colonias para acelerar la transición hacia la independencia de muchas de las colonias británicas. Y más tarde, en los años sesenta, cuando Harold Wilson era primer ministro laborista, abandonó la presencia militar británica «al este de Suez». Los políticos británicos de ambos partidos habían aceptado la realidad del declive de la influencia de su país. Hoy, el establishment permanente de Estados Unidos opina de otro modo y no está dispuesto ni siquiera a considerar el declive de su influencia. Si EE. UU. fuera más pragmático, quizá el mundo tendría menos guerras.
A pesar de las costosísimas campañas de posguerra en Corea, Vietnam y hasta la actualidad, las victorias de Estados Unidos solo han sido pírricas, ruinosas para la nación y para el dólar. Y a pesar del declive de su imperio en decadencia, este Don Quijote estatista sigue luchando contra molinos de viento asiáticos imaginarios. Pero las victorias pírricas se están convirtiendo ahora en derrotas absolutas. Afganistán y ahora Ucrania, que sigue siendo un desastre en curso.
Según información reciente, Valery Zaluzhny, comandante en jefe del ejército ucraniano, ha hablado con Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor del ejército de Rusia, y con el primer viceministro de Defensa ruso sobre una tregua o un acuerdo de paz.[i] Es fundamental que se ha dejado al margen al presidente Zelenski. En respuesta, está redoblando sus esfuerzos para reclutar más soldados entre una población masculina mermada. Pero se enfrenta a una apatía creciente por parte de sus aliados de la OTAN.
Según la información de Seymour Hersh, aunque la Casa Blanca sigue en contra de las propuestas de paz, estas saldrán adelante sin el consentimiento de Biden. En resumen, los políticos de Ucrania y de Washington han quedado ahora fuera de juego.
Es la segunda vez que sabemos que Occidente rechaza conversaciones de paz; la primera fue mediada por Turquía. Desde entonces, en Occidente se informa de que ha habido 70.000 bajas militares ucranianas innecesarias. Pero estas cifras se basan en la propaganda gubernamental, por lo que la cifra real es casi con toda seguridad bastante más alta.
Es en este contexto en el que los rusos están intensificando sus ataques con misiles contra edificios públicos, hasta tan al oeste como Leópolis, cerca de la frontera con Polonia. Saben que el ejército ucraniano ya ha tenido bastante, y saben que el apoyo a Zelensky se debilita, tanto en Ucrania como en la OTAN. Parece que la guerra de Ucrania será abandonada por su propio ejército y, por tanto, por sus valedores de la OTAN en los próximos meses.
Israel se descontrola
Estados Unidos y el Reino Unido tendrán dificultades para mantener su postura sobre Ucrania. Y ahora hay un problema mucho más delicado que afrontar en Israel. Tiene todo el potencial del caos que convirtió el asesinato del archiduque Francisco Fernando en la Primera Guerra Mundial.
Para los medios occidentales, todo empezó con la incursión de Hamás en el sur de Israel el 7 de octubre, en la que mataron a varios israelíes y tomaron rehenes. Pero desde el punto de vista palestino, la justificación de su ataque contra los asentamientos israelíes fue la profanación por parte de israelíes de la mezquita de Al Aqsa, el tercer lugar más sagrado del islam, y la creciente violencia de los colonos contra los palestinos. Y el punto de vista de Hamás lo comparten dos mil millones de musulmanes, una cuarta parte de la población mundial. El mundo musulmán ve cada vez más a los israelíes como autores de una limpieza étnica, que se apropian de territorio árabe de propiedad histórica. Y se sospecha que la existencia de importantes yacimientos de petróleo frente a la costa de Gaza da a los israelíes una razón más para eliminar no solo a Hamás, sino también a Gaza.
La reacción inicial de Estados Unidos fue respaldar a los israelíes y, como la BBC no deja de recordarnos, el Gobierno británico considera a Hamás una organización terrorista. En el pasado, las acciones de Israel probablemente habrían contado con el apoyo sin reservas de los miembros de la OTAN, sometidos a la línea estadounidense. Pero eso fue antes de que la unidad árabe se alineara contra Israel y sus aliados, una unidad que ahora incluye a los saudíes y a Irán con sus rebeldes hutíes en Yemen. Y esa es una diferencia importante hoy: la actuación de Estados Unidos en la región siempre había contado con el respaldo árabe de al menos algunos de los principales actores. Los días de la política estadounidense de divide y vencerás en Oriente Medio han terminado.
Con un mundo musulmán dividido, hace dos años la flota estadounidense podría haber atacado Irán con cualquier pretexto y probablemente habría salido impune. En cambio, lo que muchos consideran poco más que un ejército heterogéneo de tribus hutíes, situado en el estrecho de Bab el-Mandeb, en el mar Rojo, frente a Yibuti, y armado con algunos drones baratos y misiles básicos, amenaza a la flota más grande y cara del mundo. Aún no sabemos si la flota estadounidense ha reunido el valor para responder plenamente a esta afrenta, dado que en su llamada Operación Guardián de la Prosperidad tres de los aliados europeos de Estados Unidos ya se han retirado: España, Francia e Italia.
Sería un grave error subestimar a los hutíes, que, según parece, incluso saben pilotar helicópteros, pues se les ha grabado en vídeo aterrizando en petroleros y buques portacontenedores que entraban en el mar Rojo. La guerra civil de Yemen y sus posteriores ataques contra los poderosos saudíes parecen haberlos convertido en una formidable fuerza de guerrilla. Ahora que Irán los empuja a entablar conversaciones de paz con los saudíes, sin duda los hutíes están deseando tener una nueva causa.
En cualquier caso, la primera ronda es para los hutíes: los tránsitos marítimos por el mar Rojo ya no son asegurables, lo que parece ser el objetivo de Irán por delegación.
Hay pocas dudas de que los hutíes intensificarán aún más sus acciones, a pesar de que Estados Unidos, el Reino Unido, Noruega, los Países Bajos, Grecia, Canadá y Australia envíen buques de guerra a la zona como parte de la Operación Guardián de la Prosperidad. Es probable que una acción directa contra los hutíes avive aún más su fervor antiisraelí. Si a las palabras les siguen acciones contra los hutíes, podemos estar seguros de que no se logrará el objetivo de proteger el paso seguro por el mar Rojo y de que el mundo árabe se sentirá aún más agraviado. Una vez más, Estados Unidos podría descubrir que la disuasión se convierte en provocación.
El panorama más amplio de Oriente Medio
Aunque los hutíes son independientes, al igual que Hezbolá cuentan con el respaldo de Irán y bailan al son que este toca. Pero, desmintiendo su fama de extremista, Irán está jugando una partida calculada: intenta ejercer suficiente presión sobre los israelíes para que den marcha atrás en Gaza. Por ahora, parece que está limitando a Hezbolá a ataques relativamente menores en el norte de Israel, con la amenaza de que su implicación podría aumentar si Israel no cede.
Mientras tanto, los israelíes parecen intentar provocar una acción directa de Estados Unidos contra Irán. Puede que teman que, con la unión del mundo árabe, su propia existencia como nación esté amenazada de forma más directa y que atraer la protección estadounidense sea su mejor opción. Pero, sin el apoyo de Arabia Saudí, Egipto y Turquía, es comprensible que los estadounidenses y su alianza occidental se muestren reacios a verse arrastrados a una nueva guerra. La unidad entre árabes e iraníes neutraliza la posibilidad de un acuerdo entre Israel y Estados Unidos que ofrezca mayor protección frente a la hostilidad iraní, lo cual presumiblemente implicaría no solo eliminar a Hamás, sino también tomar el control del Líbano y/o Siria y eliminar asimismo a Hezbolá.
El terreno no solo ha cambiado para Estados Unidos, sino también para los iraníes. De ser vista como una teocracia extrema que emitía fatuas contra los occidentales, Irán se ha convertido en parte integral de los planes de las potencias hegemónicas de Asia. Rusia ha asegurado su asociación en materia de energía, y China, su acceso al golfo Pérsico. Mediante su pertenencia a la Organización de Cooperación de Shanghái (se convirtió en miembro de pleno derecho el pasado julio), Irán participa ahora directamente en el futuro más amplio de Asia. No solo disfruta de mayor protección bajo el paraguas de la OCS, sino que su geopolítica también se ha alineado con los objetivos de esta.
Esto explica su respaldo tácito a la acción de los hutíes en el mar Rojo, que es considerablemente más sutil que cerrar Ormuz: esa opción sigue siendo un último recurso en caso de amenaza directa de Estados Unidos y sus socios de la OTAN.
Para el Consejo de Cooperación del Golfo, que representa a todos los productores de petróleo y gas de Oriente Medio, la agenda climática de Occidente se ha descartado a sí misma como fuente de demanda energética a largo plazo. El futuro del CCG se centra ahora en los mercados asiáticos, dominados por una China y una India en proceso de industrialización, que dicen de boquilla querer salvar el planeta pero no muestran señales de reducir su demanda de combustibles fósiles.
En asociación con China, Rusia ha jugado bien sus cartas energéticas al atraer al CCG hacia su esfera de influencia. La realidad, por lo que respecta a la alianza occidental, es que el resultado de cualquier acción contra los hutíes o en el Líbano y Siria para proteger el flanco norte de Israel lo determinarán Rusia y China, desplegando el apoyo regional. Ya no es una cuestión limitada solo a Oriente Medio.
Los BRICS y la presidencia de Rusia
Desde esta semana, Rusia asume la presidencia de los BRICS en sustitución de Sudáfrica y el número de miembros pasa de cinco a diez. Iban a ser once, pero Argentina, que había solicitado el ingreso y obtenido la admisión a partir del 1 de enero, retiró su solicitud el 30 de diciembre, de modo que la organización queda con un total de diez naciones, cuya población conjunta se estima en 3.300 millones de personas, alrededor del 44 % de la población mundial. Y de las 30 naciones que expresaron interés el año pasado, otros 15 países han solicitado formalmente su adhesión a los BRICS. Como presidente pro tempore, Rusia probablemente autorizará nuevas solicitudes de ingreso con el fin de ampliar los BRICS y su propia esfera de influencia. Mi intuición es que la producción y el consumo de combustibles fósiles serán un factor en la selección de Putin.
El presidente Putin, en su discurso de Año Nuevo, expuso los objetivos de Rusia para los BRICS en el año que comienza. Lo siguiente es un extracto de la traducción al inglés:[ii]
«En general, Rusia seguirá impulsando todos los aspectos de la asociación de los BRICS en tres áreas clave: política y seguridad, economía y finanzas, y contactos culturales y humanitarios.
»Naturalmente, nos centraremos en reforzar la coordinación de la política exterior entre los países miembros y en buscar conjuntamente respuestas eficaces a los desafíos y amenazas para la seguridad y la estabilidad internacionales y regionales. Contribuiremos a la aplicación práctica de la Estrategia para la Asociación Económica de los BRICS 2025 y del Plan de Acción para la Cooperación en Innovación de los BRICS 2021-2024, con el fin de garantizar la seguridad energética y alimentaria, reforzar el papel de los BRICS en el sistema monetario internacional, ampliar la cooperación interbancaria y extender el uso de las monedas nacionales en el comercio mutuo.
«Entre nuestras prioridades se incluye promover la cooperación en ciencia, alta tecnología, sanidad, protección del medio ambiente, cultura, deporte, intercambios juveniles y sociedad civil.
“En total, se celebrarán más de 200 eventos de distintos niveles y tipos en muchas ciudades rusas como parte de la presidencia. Animamos a los representantes de todos los países interesados en cooperar con nuestra organización a participar en ellos. La Cumbre de los BRICS en Kazán, en octubre, será el punto culminante de nuestra presidencia.”
Con una media de más de cinco actos programados cada semana, Rusia ha dedicado un considerable detalle a su agenda para los BRICS, que se desarrollará en paralelo a sus estrategias militar y energética. Está claro que el objetivo debe de ser consolidar un apoyo firme de todos los miembros actuales y futuros de los BRICS a los objetivos estratégicos de Rusia, entre los cuales debe de figurar aislar el dólar como medio de cambio de divisas y de liquidación del comercio.
Los lectores recordarán que Rusia quería incluir en la agenda de Johannesburgo una moneda de liquidación comercial respaldada por oro, pero no logró el respaldo unánime que se requería de los miembros de entonces. Con la perspectiva que da el tiempo, podemos ver la filtración temprana de su propuesta como un recurso para presionar a quienes discrepaban. Pero la India, de inclinación keynesiana, se opuso rotundamente, y China se mostró tibia. Ahora, sin embargo, Rusia tendrá una oportunidad más meditada y oportuna de alcanzar sus objetivos de una moneda de oro, y es probable que el programa de más de 200 actos esté muy orientado a lograr ese fin.
Los BRICS y el oro
El año pasado, los bancos centrales de todo el mundo acumularon cantidades considerables de oro. Hay dos razones evidentes para ello. La primera es la constatación de que las reservas mantenidas en monedas soberanas conllevan un riesgo de crédito creciente, debido a las elevadas ratios de deuda pública sobre PIB y a la amenaza de confiscación. La segunda es una valoración del declive geopolítico de Estados Unidos. Aunque las reservas de oro de los bancos centrales las comunica el FMI y las difunde más ampliamente el World Gold Council, estas estadísticas son solo una parte del total, ya que los gobiernos canalizan metal precioso hacia fondos soberanos y otras cuentas ocultas a la vista del público. Por tanto, las estadísticas del FMI no reflejan el panorama completo.
Lo que no podemos saber es cuántos banqueros centrales comprenden de verdad las distinciones y diferencias jurídicas entre dinero y crédito. Solo cabe concluir que, si las comprendieran, el dólar ya habría sido rechazado de forma generalizada frente al oro, porque el primero se sostiene únicamente por la creencia en él, mientras que el segundo ha demostrado ser constante a lo largo de la historia, sustituyendo a los regímenes fiduciarios cada vez que estos acaban fracasando.
Con todo, la acumulación estratégica de reservas de metal precioso por parte de los bancos centrales ha ido creciendo discretamente durante la última década. Pero, dado que EE. UU. insiste en que el dólar es dinero y el oro ya no lo es, es poco probable que una nación neutral que probablemente ya esté endeudada en dólares provoque a los estadounidenses y al FMI a tomar represalias deshaciéndose públicamente de dólares a cambio de oro. Las únicas excepciones son los actores poderosos, como China y los saudíes, o los que ya están sancionados, como Rusia e Irán. China ha estado vendiendo bonos del Tesoro de EE. UU. y comprando oro con lo obtenido, mientras que Rusia sigue con su retórica antidólar.
No sabemos qué iba a proponer Rusia en Johannesburgo en relación con el uso del oro para la liquidación comercial, pero el plan más probable habría sido sustituir al dólar como medio común entre las liquidaciones de divisas. Salvo en las operaciones entre gobiernos, el procedimiento habitual de liquidación comercial consiste en que un importador vende su moneda nacional para obtener dólares y, o bien paga en dólares a la contraparte comercial, o bien vende esos dólares para comprar la moneda nacional de la contraparte y abonar así su banco. Aunque una operación comercial no se liquide en dólares sino en monedas nacionales, el dólar sigue estando implicado. En cualquier momento dado, las operaciones de divisas pendientes con el dólar en uno de sus extremos ascienden a unos 85 billones de dólares.
Con unos BRICS en crecimiento, junto con los miembros, asociados e interlocutores de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), vemos que la mayoría de la población mundial en el eje Rusia-China está ligada al dólar a través del comercio por las convenciones del mercado de divisas. Esto da a EE. UU. presencia en el patio trasero ruso y chino, lo cual resulta obviamente indeseable para los hegemones asiáticos. Lógicamente, la neutralidad del oro lo convierte en un sustituto atractivo del dólar en estas operaciones comerciales, con un sustituto del oro plenamente canjeable por oro y con crédito bancario comercial creado en esa denominación que actúe entre monedas. Si se utiliza para la liquidación comercial, la mayor parte del crédito creado en la nueva moneda se extingue por sí solo. Además, como medio de cambio, cabe confiar en que conserve su valor mejor que un dólar fiduciario inestable.
Cualquier paso hacia una readopción oficial del oro para sustituir al dólar socavará inevitablemente la credibilidad del dólar. Supondría el mayor desafío al statu quo posterior a Bretton Woods. Es comprensible que existan serias reservas, incluso dentro del bloque de los BRICS, sobre las probables consecuencias de un paso tan importante. Pero a lo largo de 2024, la trampa de deuda del Gobierno de EE. UU. conducirá casi con seguridad a una creciente incertidumbre sobre el valor futuro de las reservas en dólares y sobre la idoneidad del dólar como medio de intercambio. Otra consideración, que probablemente se irá desarrollando con el tiempo, es la depreciación de la deuda en dólares que deben las naciones emergentes, algo que sin duda recibirán con agrado, siempre que logren estabilizar sus propias monedas.
En otras palabras, a lo largo de 2024 las condiciones para sustituir los dólares por oro como medida internacional del valor mejorarán a medida que el dólar decline.
Por tanto, es probable que Rusia perfeccione las propuestas que no lograron entrar en la agenda de Johannesburgo antes de volver a presentarlas el próximo octubre en la reunión prevista en Kazán, donde deberían tener mejor acogida. Para los delegados de esa reunión será evidente que, con el Gobierno de EE. UU. atrapado en una trampa de deuda, le costará encontrar compradores de bonos del Tesoro estadounidense que no sean letras del Tesoro a corto plazo. Como sostengo más abajo, en el actual ejercicio fiscal el déficit presupuestario podría superar los 3 billones de dólares, la mitad de los cuales serán intereses de la deuda. Y el dólar ya muestra señales tempranas de declive, reflejadas tanto en su índice ponderado por comercio como en el precio del oro en dólares.
La adopción del oro por parte de Rusia y China
Además de que otros miembros de los BRICS y de la OCS revisen su relación con el dólar, Rusia y China tendrán que considerar la relación entre un dólar en declive y sus propias monedas. El consenso keynesiano sobre el comercio es que las relaciones monetarias de los países exportadores netos maximizan los beneficios comerciales «cuando son competitivas». Es un argumento que favorece una pérdida de poder adquisitivo más rápida que la del dólar. Este razonamiento es, por decir lo menos, engañoso. Pone de relieve la lógica de que unos precios de exportación más bajos impulsan las ventas, pero deja de lado lo menos evidente: que una política monetaria competitiva erosiona la riqueza nacional y no aborda las relaciones entre la balanza comercial, las cuentas del propio gobierno y el ahorro del sector privado, que son las que realmente determinan la balanza comercial.
Inevitablemente, llegará un momento en que se abandone este razonamiento tan extendido. De lo contrario, el rublo y el renminbi se hundirán junto con el barco del dólar.
Los beneficios de poner el rublo sobre un patrón oro son evidentes y crecen constantemente. De hecho, en la época soviética Rusia estuvo en un patrón oro, al margen del Acuerdo de Bretton Woods (que Stalin respaldó pero al que no se adhirió), hasta que Jrushchov lo abandonó en 1961. La lección para los críticos de la devaluación del rublo es que no curó nada, ya que el declive de la economía soviética continuó e incluso se aceleró. Ante esta historia, en Rusia se aprecian al más alto nivel los beneficios de vincular el valor del rublo al oro, algo que Serguéi Glázyev, asesor económico de Putin, expresó con elocuencia en un artículo para la revista empresarial moscovita Vedomosti en diciembre de 2022.[iii]
Los beneficios son claros: un patrón oro creíble permitiría que los tipos de interés se asentaran en un nivel más cercano al tipo natural del oro, ajustado según la credibilidad del sistema. En lugar del tipo de interés oficial del banco central, del 16 %, probablemente descendería hacia el dos o el tres por ciento. La expansión del crédito del banco central quedaría vinculada únicamente a su función de emisor de rublos a cambio de monedas y lingotes de oro, mientras que la expansión del crédito de la banca comercial respondería a la demanda comercial, sería de naturaleza productiva y, por tanto, no inflacionista.
Con un impuesto sobre la renta del 13 %–15 % (máximo) y una deuda pública estimada en solo el 22 % del PIB, la dinámica económica subyacente de Rusia no se enfrenta al doloroso reajuste que necesitan las economías basadas en el Estado del bienestar para que un patrón oro se sostenga. La única razón creíble por la que Rusia no ha adoptado la obvia política del oro expuesta por Glázyev es que hacerlo supondría, por comparación, un golpe mortal para el dólar, un resultado para el que China aún no está preparada. Pero con el problema de deuda del dólar agravándose rápidamente, China tendrá que abandonar la falacia de que sus exportaciones dependen de que el renminbi se debilite junto con el dólar.
Por las políticas de China hacia el oro desde que en 1983 se nombró al Banco Popular gestor único del oro de la nación, junto con los flujos mundiales de metal precioso hacia China, sabemos que tanto el Estado como su población han acumulado las mayores reservas de oro en superficie del planeta. Esta política no se habría aplicado si funcionarios con visión de futuro no hubieran previsto las debilidades del sistema monetario basado en el dólar posterior a Bretton Woods. En China se comprende claramente el papel del oro como dinero.
El ritmo creciente de los problemas del dólar sugiere que la transición del rublo y el renminbi hacia patrones oro, que socavará aún más la credibilidad del dólar, llegará antes de lo que cabría esperar, incluso antes de que termine este año. En cuanto al calendario, hay muchos factores variables: no solo el éxito con el que Rusia persuada a los miembros de los BRICS, bajo su presidencia, de prescindir del dólar en favor del oro, sino también su éxito cada vez más probable en expulsar de Ucrania a la OTAN liderada por EE. UU. y una evolución del conflicto entre Israel y Gaza favorable a Irán. Además, 2024 es también un año de cambio político en Occidente, lo que podría influir enormemente en los resultados.
Elecciones en EE. UU. y costes de endeudamiento
En 2024, la elección más importante de muchas será la del presidente de EE. UU., el 5 de noviembre. A la espera de las primarias estadounidenses, que determinarán a los dos principales contendientes, todo apunta a que será entre Biden y Trump. Por su impacto global, esta elección importará más que ninguna otra.
En junio pasado, Biden promulgó la suspensión del techo de deuda hasta el 1 de enero de 2025. Desde entonces, la deuda del Gobierno federal se ha acelerado hasta los 34 billones de dólares, y su rasgo dominante son los intereses de la deuda, que quizá representen casi la mitad del déficit presupuestario de este ejercicio fiscal. El nivel de los tipos de interés y, por tanto, el coste de la financiación del Gobierno se ha convertido en un asunto de primer orden para la Fed, que, aunque en teoría es independiente del Tesoro de EE. UU., en la práctica no lo es.
Es uno de los varios problemas que han inquietado a los mercados en los últimos meses. Tras la última reunión del FOMC, los mercados han interpretado que la Fed está pasando de controlar la inflación a abordar una economía en recesión y el coste de la deuda pública. En consecuencia, además de pretender reducir los tipos de interés, es probable que el próximo movimiento de política monetaria sea abandonar el endurecimiento cuantitativo en favor de la expansión cuantitativa (QE).
Con la refinanciación de la deuda que vence, habrá que encontrar más de 10 billones de dólares. Eso ya es bastante grave. Pero, al ser un año electoral, el regateo sobre el gasto (los recortes nunca se plantean) llevará casi con seguridad el total de la deuda a entre 37 y 38 billones de dólares al cierre del actual ejercicio fiscal (a finales de septiembre) y posiblemente a las puertas de los 40 billones a final de año.
Cuanto mayor sea el incentivo para gastar y gastar mientras no haya techo de deuda y antes de que se negocie uno nuevo tras la toma de posesión del próximo presidente, mayor será la probabilidad de que la deuda en circulación alcance los 40 billones de dólares antes de que se pacte un nuevo techo. Una recesión, que ya es la situación real, reducirá los ingresos previstos y aumentará los pasivos potenciales, lo que podría elevar el déficit presupuestario por encima de los 3 billones de dólares. En tal caso, que la deuda alcance los 40 billones dentro de doce meses resulta aún más probable.
La imagen no será buena. El aumento vertiginoso de la deuda pública y un PIB débil o en contracción harán que el ratio suba considerablemente. La presión sobre la Fed para mantener los tipos de interés lo más bajos posible aumentará sin remedio. Pero es poco probable que la Fed tenga mucho control sobre los tipos de interés, porque los determinará la suerte del poder adquisitivo del dólar. El tipo de cambio del dólar frente a otras divisas dependerá del grado de inversión extranjera en la nueva deuda del Gobierno federal. Pero, salvo los compradores cautivos de los centros extraterritoriales, la demanda de reservas de los bancos centrales extranjeros ya está disminuyendo. De hecho, los dos mayores tenedores, China y Japón, ya se han convertido en vendedores netos.
En los últimos meses hemos visto indicios de dificultades en las subastas de deuda a más largo plazo y una dependencia creciente de la financiación a corto plazo mediante el mercado de letras del Tesoro. En gran medida, se debe a que los bancos están reduciendo su exposición al riesgo, alejándose de los préstamos corporativos y de los bonos a vencimientos más largos, un proceso que tiene un límite de tiempo. La financiación del Gobierno también ha absorbido la mayor parte de la liquidez de los fondos del mercado monetario, que antes estaba depositada en la facilidad de recompra inversa de la Fed. La facilidad con la que el Tesoro de EE. UU. ha financiado el creciente déficit presupuestario terminará en breve, y una crisis de financiación será inevitable.
Al amparo de una recesión incipiente, la Fed se enfrentará a una presión creciente para monetizar el problema de la deuda en la mayor medida posible. Para una moneda fiduciaria que está en manos extranjeras en exceso, las implicaciones inflacionistas son potencialmente catastróficas para el dólar. La idoneidad del dólar como medio de intercambio internacional ya se enfrenta al desafío del oro, hacia el que se están volviendo los hegemones asiáticos y su creciente grupo de aliados en los BRICS y la OCS.
En consecuencia, con un dólar en declive, 2024 verá previsiblemente una caída significativa de la influencia global de EE. UU. Al ejercer su poder a través del dólar, ha generado resentimiento y enemigos en el exterior. Este podría ser el año en que Estados Unidos descubra que su control sobre el mundo se está acabando y que debería haber aprendido de la experiencia de Gran Bretaña y de cómo respondió a la realidad de su declive en la década de 1960.
[i] Consulta el Substack de Seymour Hersh: General to General, 1 de diciembre. https://seymourhersh.substack.com/p/general-to-general
[ii] Consulta el discurso inaugural de Putin en los BRICS: http://en.kremlin.ru/events/president/news/73202
[iii] Para una traducción del artículo de Glazyev, consulta el Substack de Macleod Finance (requiere suscripción).