Los economistas neoclásicos subestiman la importancia del vínculo entre el ahorro y la inversión. Ambos deben considerarse unidos: hace falta que haya ahorro disponible para invertir en nueva producción de cara al futuro.
Esto no preocupa a los economistas de la corriente dominante. Al contrario, defienden que el ahorro debería apoyar el gasto público, en lugar de usarse para reducir la deuda de los consumidores. Consideran esta segunda opción una locura recesiva. Mientras tanto, creen que la inversión puede estimularse con tipos de interés bajos y con una ayuda del gobierno. El efecto de nuestra situación actual en la mayoría de las economías avanzadas ha sido separar el ahorro de la inversión industrial. Esto es poco prudente.
Las economías sanas dependen de la combinación adecuada de demanda de los consumidores e inversión de capital. Solo se puede seguir ofreciendo los bienes y servicios actualmente disponibles hasta cierto punto, y una empresa que descuida la inversión de capital perderá ventas a un ritmo que aumenta con el tiempo. Debe invertir de forma continua en una producción nueva y mejorada, un proceso que puede retrasarse ante la incertidumbre a corto plazo, pero que nunca se puede abandonar. Sin embargo, en lugar de estar disponible para financiar inversión productiva, el ahorro necesario se está desviando a financiar los déficits públicos, de modo que se extingue en gasto corriente. Esta es la preferencia keynesiana frente a que el ahorro se invierta en producción futura para generar rendimientos sostenibles.
Quienes piensan que esto es solo consecuencia de nuestras circunstancias son demasiado generosos. Es la intervención directa que recomendó nada menos que Keynes en su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. Al final del capítulo 12 escribe: «Espero ver al Estado… asumiendo una responsabilidad cada vez mayor en la organización directa de la inversión…». En efecto, los gobiernos intervencionistas siempre han estado dispuestos a hacer precisamente eso. Pero en lugar de interponerse entre el ahorrador y la industria, sus déficits absorben ahora más de lo que pueden aportar unos ahorradores acosados.
Los bancos centrales están sustituyendo este ahorro por dinero nuevo de bajo coste, pero les sorprende que la inversión privada siga deprimida. Piensan que el único criterio para invertir es el coste del endeudamiento. Esto se debe a que los gobiernos, igual que sus asesores económicos, solo pueden entender la economía tal como es. Es decir, trabajan con supuestos estáticos. Pero las economías estáticas, como las empresas que descuidan su inversión de capital, se van marchitando poco a poco. Esta fue la experiencia básica del comunismo. Una economía progresa porque es dinámica: los consumidores buscan constantemente nuevas satisfacciones y los empresarios intentan anticiparse a ellas. Y si le dices a un consumidor abrumado de impuestos que hipoteque su futuro al gobierno, nadie debería sorprenderse de que el dinamismo de la economía se marchite en la vid.
Mientras los gobiernos piensen que pueden sustituir el ahorro genuino por un aumento de las cantidades de dinero y crédito, se asegurarán de que no haya progreso económico. Cualquier prueba de crecimiento económico es solo estadística y refleja la creación de dinero adicional por parte del Estado; pero una cifra de PIB inflada por moneda fiduciaria recién emitida no debe confundirse con una economía estancada.
La conclusión es sencilla: no hay salvación en apoyar una economía estática a costa de la alternativa dinámica del laissez-faire.