Soy un ávido lector de historia monetaria. Últimamente me he centrado en los acontecimientos monetarios de los años veinte y treinta.
Al aprender de la vorágine que agitó el panorama financiero mundial durante esas dos décadas tumultuosas, pretendo entender mejor las circunstancias actuales, porque hay muchas similitudes entre aquella época y la actual.
Acabo de terminar un libro fascinante publicado en 1955 titulado Confesiones del viejo mago. Es la autobiografía de Hjalmar Horace Greeley Schacht, cuyo improbable nombre refleja su ascendencia del norte de Schleswig y la admiración de su padre por un editor de periódicos estadounidense.
Para quienes no lo conozcan, a Schacht se le suele atribuir el mérito de haber puesto fin en 1923 a la hiperinflación de la República de Weimar y de haber devuelto a Alemania una base monetaria sólida, hazañas loables que le valieron el apodo de «El viejo mago». Lo hizo primero como comisario de la moneda del Ministerio de Finanzas y después como presidente del Reichsbank. Por estos logros recibió elogios en todo el mundo, así como fama, si es que esa palabra describe con exactitud la atención popular y el respeto que se otorgan a un banquero central competente.
La autobiografía de Schacht contiene muchas historias y anécdotas, incluidas las de sus encuentros con decenas de personajes famosos. Pero el relato de Schacht sobre una reunión con Benjamin Strong me pareció especialmente importante, incluso chocante.
Strong fue presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York desde su creación en 1914 hasta su muerte en 1928. Strong, Schacht, Montague Norman, de Inglaterra, y Émile Moreau, de Francia, eran los banqueros centrales más poderosos e influyentes de su tiempo.
Strong era en la práctica el jefe de la Reserva Federal porque el banco de Nueva York dominaba entonces el sistema. Las reformas de los años treinta redujeron algo el poder del banco de Nueva York, pero hasta hoy sigue siendo de vital importancia porque es el único de los 12 bancos de la Reserva Federal que opera con otros bancos centrales. Por ejemplo, según se dice, hay algo de oro del Bundesbank almacenado en la cámara acorazada del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, cerca de Wall Street, que a menudo se afirma que contiene la mayor acumulación de oro del mundo.
Es la misma cámara acorazada que Schacht visitó durante uno de sus viajes a Nueva York para reunirse con Benjamin Strong. Así relata Schacht este notable suceso.
Otro incidente divertido surgió del hecho de que el Reichsbank mantenía un depósito de oro nada desdeñable en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Strong estaba orgulloso de poder mostrarnos las cámaras acorazadas, situadas en el sótano más profundo del edificio, y comentó:
«Ahora, Herr Schacht, va a ver dónde se guarda el oro del Reichsbank».
Mientras el personal buscaba el escondite del oro del Reichsbank, recorrimos las cámaras. Esperamos varios minutos; por fin nos dijeron: «Señor Strong, no encontramos el oro del Reichsbank».
Strong se quedó atónito, pero yo lo tranquilicé. «No se preocupe: le creo cuando dice que el oro está ahí. Incluso si no lo estuviera, usted responde de su reposición».
Chocante, ¿verdad? Es evidente que ya es bastante grave que no se pudiera encontrar el oro del Reichsbank y que, según el relato de Schacht, Strong no se ofreciera a encontrarlo. Pero que no se localizara por una mala gestión de registros de la Reserva Federal o porque el oro no estuviera en la cámara acorazada es menos significativo que la respuesta indiferente de Schacht a lo que, sorprendentemente, llama un «incidente divertido». ¿Dónde está su indignación por que no se pudiera localizar el oro del Reichsbank? ¿Por qué no hay preocupación por el destino del oro y su seguridad? Después de todo, como presidente del Reichsbank, era responsable de todos sus activos, de los cuales el oro es, con diferencia, el más importante.
¿Qué podemos aprender de este episodio? Al parecer, Schacht consideraba que la amistad con otros banqueros centrales y su pertenencia a su club exclusivo tenían más prioridad que su responsabilidad como guardián del oro de una nación. Schacht no puso en duda a Strong, de modo que la ubicación real y las circunstancias verdaderas del oro del Reichsbank siguieron siendo desconocidas. Este asombroso incidente no habría ocurrido si el Reichsbank hubiera almacenado el oro en su propia cámara acorazada.
Este artículo también se ha publicado en Smart Investor.