Domando los mercados

Un informe reciente del Official Monetary and Financial Institutions Forum (OMFIF) titulado Global Public Investor 2014 analizaba las estrategias de inversión de 400 inversores públicos, repartidos en 157 bancos centrales, 156 fondos de pensiones públicos y 87 fondos soberanos, con 29 billones de dólares a su disposición. Normalmente se supone que los fondos de pensiones públicos y los fondos soberanos se invierten para maximizar la rentabilidad y no se utilizan con fines políticos y económicos, pero no puede decirse lo mismo de los bancos centrales.

Según el informe del OMFIF, las principales razones por las que los bancos centrales invierten ahora en una gama más amplia de activos son el deseo de obtener mayores rentabilidades en un entorno de tipos de interés bajos y motivos geopolíticos, por los que se adquieren participaciones en empresas extranjeras con fines estratégicos. Sin embargo, los bancos centrales son el conducto de la gestión financiera de la economía por parte de un gobierno, y su función se ha limitado en general a fijar los tipos de interés, emitir moneda y supervisar la expansión del crédito bancario. La gestión de divisas y la compraventa de oro han sido zonas grises, y estas funciones suelen correr a cargo del ministerio de finanzas de un gobierno en un fondo de estabilización cambiaria. Por tanto, que un banco central invierta en renta variable es claramente un caso de desviación de su misión.

Quizá no deberíamos sorprendernos de que el Banco Popular de China, a través de su Administración Estatal de Divisas, con un fondo de 3,9 billones de dólares, esté adquiriendo participaciones en empresas europeas y de otros países, pero conviene señalar que otros bancos centrales, como los de Suiza, Dinamarca e Italia, también están invirtiendo sumas considerables en renta variable. Los demás bancos centrales que todavía no han comprado acciones observarán con interés y analizarán los posibles beneficios de invertir en renta variable como herramienta auxiliar para gestionar los mercados.

A la Fed, al BCE o al Banco de Inglaterra les resultará mucho más fácil comprar acciones si el camino ya lo han abierto otros bancos centrales más pequeños y respetables. Quizá un analista del Banco de Pagos Internacionales abra la puerta escribiendo un documento sobre el tema. Dado el rotundo fracaso de la política monetaria a la hora de estimular las principales economías avanzadas, seguramente solo sea cuestión de tiempo que mantengamos vivos nuestros «espíritus animales» con esta nueva herramienta.

Es poco probable que los inversores alcistas en renta variable se quejen. Si el BCE puede ayudar a recapitalizar los bancos de la eurozona suscribiendo ampliaciones de capital, ¿qué hay que no guste? Si un conglomerado industrial en quiebra obtiene una nueva oportunidad gracias a un plan de apoyo bursátil pagado por un banco central, ¡pensad en todos los empleos salvados sin un coste aparente! Al emitir moneda pública para apoyar la inversión industrial, por fin puede cumplirse el sueño de Keynes, expresado de forma explícita en la conclusión de su Teoría general, con el Estado sustituyendo a los despreciados ahorradores como fuente de financiación de la inversión industrial.

La adquisición de acciones por parte de los bancos centrales, los fondos de pensiones públicos y los fondos soberanos supone un enorme poder para inclinar los mercados en la dirección que desee el Estado; solo hace falta un poco de cooperación entre departamentos y los 29 billones de dólares (y subiendo) pueden utilizarse plenamente para este fin. Esta intervención podría aumentar hasta que los gobiernos acaben siendo accionistas significativos de la mayoría de las grandes empresas. Solo el Fondo de Pensiones del Gobierno de Noruega está comprando el 5 % de cada gran empresa europea cotizada.

Así que no subestimes el alcance potencial de una mayor intervención gubernamental. Los políticos y los capitalistas de amiguetes disfrutarán de este nuevo capitalismo patrocinado por el Estado, que promete domar los mercados bajistas y mejorar las opciones sobre acciones. Por desgracia, ese pensamiento idealista desafía la realidad económica, con todas las consecuencias que acabará acarreando.

Volver a los análisis de Goldmoney