Distorsión estadística

Los economistas que entienden los ciclos del crédito esperan que el ciclo actual entre en su fase de crisis en cualquier momento. Además, se combina con el aumento de los aranceles comerciales entre las dos mayores economías, lo que se hace eco de las condiciones que condujeron al desplome de Wall Street de 1929-32 y a la depresión posterior.

Con el dólar vinculado al oro, no había duda sobre cómo afectó el hundimiento de la demanda a los precios de los activos, las materias primas y los bienes de consumo hace noventa años. Si el giro del ciclo actual conduce a un resultado similar, es poco probable que se refleje adecuadamente en las estadísticas oficiales del PIB.

Este artículo explica por qué el PIB es una falacia estadística, y por qué el uso de un deflactor de la inflación no solo es inadecuado, sino que se ha manipulado para producir un resultado que atribuye erróneamente el éxito a las políticas monetarias. Por lo tanto, si una recesión económica sigue a la próxima crisis crediticia, es poco probable que se refleje en estas estadísticas oficiales clave.

En algún momento, los mercados dejarán de creer en la macroeconomía y se ajustarán a la realidad de que los gobiernos simplemente utilizan la inflación monetaria como medio para financiar déficits crecientes. Entonces, los tipos de interés dejarán de estar cautivos de los bancos centrales y subirán para reflejar la caída del poder adquisitivo de las monedas fiduciarias.

Introducción

Hay pocas dudas de que la economía mundial está entrando en un periodo de contracción económica. Lo indican las encuestas de opinión empresarial de todo el mundo y la caída de los volúmenes comerciales, además de una comprensión básica de los ciclos del crédito. Quien no piense que Alemania, un fabricante y exportador de referencia cuyo mayor mercado es China, se está deslizando hacia la contracción económica, ignora la evidencia más sencilla. Y los banqueros centrales están todos en modo de relajación, lo que nos dice que, digan lo que digan en público, en privado ven lo mismo.

En varias ocasiones he señalado las alarmantes similitudes entre nuestra situación económica actual y la de 1929, que desembocó en el desplome de Wall Street. Lo que tienen en común entonces y ahora es la confluencia del máximo del ciclo del crédito con el aumento de los aranceles comerciales. Pero conviene señalar que hay dos diferencias importantes: antes de la devaluación del dólar en enero de 1934, los precios de los activos y los bienes expresados en dólares estaban todos vinculados al oro a 20,67 dólares la onza. Y cuando la demanda, primero de activos y luego de bienes, se contrajo, el efecto sobre sus precios fue claro: el Dow perdió un 89 % de máximo a mínimo, y los precios de los productores se redujeron aproximadamente a la mitad. Hoy, al aprovechar plenamente la ausencia de respaldo en oro, los bancos centrales tienen la misión de evitar que los precios caigan inflando la cantidad de dinero tanto como haga falta.

Esto nos lleva a la segunda diferencia. Las estadísticas que registraron el desplome y la depresión posterior eran relativamente sencillas. En aquella época, los economistas basaban sus análisis en unos pocos datos concretos y en teorías económicas relativamente sólidas. Pero a mediados de la década de 1930, el economista estadounidense Simon Kuznets empezó a formular un método estadístico para medir el conjunto de la economía. La medida que propuso, el producto nacional bruto, evolucionó después hasta convertirse en el producto interior bruto. Como el propio Kuznets sostenía, el concepto solo debía utilizarse en contexto. Pero la creciente influencia de Keynes y de otros compañeros de viaje en el nuevo campo de la macroeconomía hizo que no pasara mucho tiempo antes de que se ignoraran las advertencias de Kuznets.

Desde entonces, las estadísticas elaboradas por los departamentos gubernamentales se han ampliado para aportar pruebas dudosas a la nueva macroeconomía de Keynes, que este había ideado para escapar de las restricciones de la economía clásica. La base de las estadísticas oficiales se fue inclinando cada vez más hacia fines distintos del conocimiento puro. En todos los gobiernos que adoptaron el sistema puramente fiduciario y puramente keynesiano en la década de 1970, la corrupción estadística ha evolucionado hasta convertirse en un mecanismo de control para suprimir las pruebas de la situación económica del momento y de la continua pérdida de poder adquisitivo de las monedas a ritmos superiores a los admitidos oficialmente.

Después de que los precios se estabilizaran mediante fuertes subidas de los tipos de interés a finales de los setenta y principios de los ochenta, la corrupción gubernamental de las estadísticas aumentó con rapidez. Fue como si se hubiera diseñado para reducir el coste de la indexación prometida tanto a los usuarios de los servicios públicos como a los pensionistas del Estado. Este proceso, aparentemente deliberado, se ha prolongado durante casi cuarenta años y nos ha dejado economistas y gestores de activos que desconocen el grado de corrupción estadística y que dependen de las teorías macroeconómicas que inflan el valor de sus inversiones.

Este artículo intenta sacudir las conciencias en este mundo de corrupción estadística impulsada por el Estado y de pensamiento de grupo en el sector de la inversión, señalando por qué dos estadísticas clave, el PIB y el IPC, son engañosas. Dada la creciente certeza de una recesión económica mundial y las crecientes perspectivas de una aceleración de la inflación monetaria para ocultar sus efectos, mantener el patrimonio personal exigirá una comprensión integral de cómo se utilizan estas estadísticas para proteger a los gobiernos a expensas de sus electores.

PIB

Para comprender plenamente la falacia que encierra el uso del producto interior bruto para determinar el estado de la economía, hay que apreciar la diferencia entre progreso y lo que se ha llegado a describir como crecimiento económico. Esta diferencia la expuso el economista austriaco Ludwig von Mises cuando definió la economía de giro uniforme.

Se trata de una construcción imaginaria en la que todas las transacciones y condiciones físicas se repiten sin cambios en cada ciclo de tiempo similar. Se imagina que todo continúa exactamente como antes, incluidas todas las ideas y los objetivos humanos. En estas condiciones ficticias, constantes y repetitivas no puede haber ningún cambio neto en la oferta y la demanda y, por lo tanto, tampoco puede haber ningún cambio en los precios.[i]

Vale la pena examinar las consecuencias de utilizar esta construcción imaginaria, porque constituye la base del modelo del PIB. Es un instrumento contable que capta una economía en un momento dado, igual que la cuenta de resultados anual de una empresa nos indica sus ventas, gastos y beneficios. Permite a los accionistas hacer balance, por así decirlo, y establecer comparaciones. Pero los accionistas y la dirección de cualquier empresa saben que el año siguiente será distinto. Habrá nuevos mercados que explorar, mientras que algunos mercados existentes se marchitarán, y se ganarán y se perderán clientes. Habrá nuevas tecnologías y nuevos competidores. El comercio es una condición dinámica.

Una economía es igualmente dinámica y se compone de muchísimas acciones individuales. La acción es cambio, y el cambio ocurre con el tiempo. Pero al aplicarlas a las cuentas nacionales, donde el PIB equivale a una versión nacional de la cuenta anual de pérdidas y ganancias de una empresa, estas consideraciones se descartan al modelizar el PIB. Se eliminan tanto el cambio como el tiempo. El modelo utilizado es una economía de giro uniforme. Es coherente con el defecto básico de la economía matemática, que descarta la acción humana en sus ecuaciones.

Los economistas matemáticos definen el PIB del siguiente modo: es la medida estándar del valor añadido creado mediante la producción de bienes y servicios en un país durante un período determinado. Mide la renta obtenida de esa producción, o el gasto total en bienes y servicios finales, menos las importaciones. Todos los países de la OCDE elaboran sus datos conforme al Sistema de Cuentas Nacionales de 2008.[ii]

Tanto los políticos como los profanos asumen erróneamente que este modelo económico estático representa toda la economía. Además del problema de su giro uniforme, los datos del PIB son incompletos: excluyen las ventas de bienes usados, las transacciones del mercado negro, los pagos de asistencia social del gobierno y los bienes intermedios que se utilizan para producir otros bienes finales. Pero sí incluyen los aumentos de inventario, con independencia de que se vendan o no.

Salvo los edificios nuevos, se excluyen todas las transacciones de activos. Esto es importante porque las transferencias de activos, así como la producción intermedia, son elementos sustanciales de una economía moderna que no se incluyen en el cálculo del PIB. Por lo tanto, los intentos de los bancos centrales de gestionar una «recuperación» económica centrándose en la producción de bienes de consumo probablemente estimulen los precios de los activos y fomenten, en cambio, la actividad especulativa. Pero en la medida en que el estímulo monetario sí aumente el PIB nominal, es decir, el PIB antes de los ajustes por inflación de precios, debemos averiguar qué representa ese aumento. Esto se ilustra en la Tabla 1, a continuación.

Amo 1

La Tabla 1 supone un estímulo monetario, una combinación de base monetaria del banco central y expansión del crédito bancario, del 10 % del PIB entre t1 y t2. Se supone que el 60 % de esta expansión alimenta la especulación financiera y es absorbido por la producción intermedia, mientras que el resto se destina a actividades recogidas en las estadísticas del PIB, lo que aumenta el PIB nominal en este ejemplo un 4 %. Esto es lo que suele ocurrir con el estímulo monetario, aunque el objetivo siempre es impulsar el PIB.

Comparemos este resultado con lo que sucede si no hay expansión de la oferta monetaria hacia las categorías del PIB ni traspaso entre categorías del PIB y ajenas al PIB. En estas circunstancias, los totales del PIB en t1 y t2 deben ser iguales, porque en una economía de rotación uniforme la renta total obtenida de la producción, o el gasto total en bienes y servicios finales, menos las importaciones, no cambia entre ambos momentos. El total de salarios y beneficios de un año será exactamente igual al del año siguiente. Por lo tanto, el único cambio posible en el total debe provenir de la inflación monetaria.

Es evidente que todo lo que ocurre cuando se añade dinero al PIB entre t1 y t2 es que el PIB sube en la cantidad de dinero añadida. El aumento del PIB refleja simplemente la inflación monetaria aplicada a las transacciones del PIB y, por definición, no puede deberse a una mejora en una economía de rotación uniforme. El total más alto en t2 se debe a la dilución de la masa existente de dinero en circulación.

El error consiste en tratar el modelo del PIB como una representación de una economía dinámica, lo que genera confusión entre la inflación monetaria y el progreso económico. La primera se puede medir; el segundo, no. En consecuencia, los macroeconomistas matemáticos han prescindido por completo del progreso económico porque no se puede medir, y ahora todo el mundo da por hecho que la inflación monetaria equivale a progreso, algo que hoy se denomina con el término carente de sentido de crecimiento.

No hay forma de saber qué comprarán los consumidores mañana y pasado mañana. Podemos suponer que comerán y necesitarán energía, pero qué alimentos y qué fuentes de energía, y en qué proporciones, no puede saberse de antemano. Si la economía de rotación uniforme y, por tanto, el PIB se ajustaran a la realidad, no habría progreso y seguiría habiendo ejércitos de personas empleadas únicamente en retirar el estiércol de caballo de las calles de nuestras ciudades.

El PIB no es una medida ni del progreso ni de la acumulación de la riqueza necesaria para facilitar el progreso humano. Tampoco es apropiado el uso de un deflactor para ajustar la inflación de precios, que es nuestro próximo tema.

El engaño del IPC

El nivel general de precios es una forma puramente teórica e incuantificable de describir el efecto de los cambios en el poder adquisitivo del dinero. Al igual que la economía de rotación uniforme que sirve de base a la estadística del PIB, el índice de precios al consumo se basa en supuestos que no se corresponden con la realidad. Simplemente se da por hecho que, de media, todos los consumidores comprarán los bienes y servicios que componen el índice, y en las proporciones que este establece. Junto con el PIB, es también un producto del arte del modelizador matemático, construido conforme a un modelo económico de rotación uniforme.

La conexión con el futuro está implícita, porque no tiene sentido construir un índice de precios si no es para que sirva de guía del futuro a analistas y responsables políticos. Pero aquí, de nuevo, se prescinde del inconveniente hecho de que la acción es cambio en una secuencia temporal. Si los precios pagados por los bienes fueran objetivos, es decir, si no fueran consecuencia de la elección del consumidor y, por tanto, subjetivos, el enfoque del índice podría tener una validez limitada. Pero entonces, de ser así, sería imposible explicar de forma convincente cómo surge en primer lugar la inflación de precios. Es, por supuesto, absurdo.

Las elecciones de cada consumidor cambian continuamente, y la mayoría de los consumidores solo tienen una idea parcial de lo que desearán mañana, lo que hace irrelevante un índice de composición predeterminada. Pero también es erróneo en otro plano. El consumo consiste en elegir entre bienes, y el dinero es meramente el medio de intercambio. Por lo tanto, es incorrecto considerar el dinero como una medida del valor de un bien, cuando es el medio que facilita la comparación entre bienes. Cuando un consumidor compra el producto a en lugar del producto b, es porque valora a más que b. El dinero es solo un medio de intercambio que permite elegir a quienes obtienen salarios y beneficios.

Al ignorar este punto fundamental, keynesianos, neokeynesianos y monetaristas por igual, al emplear las matemáticas, se han encaminado por una senda equivocada. El análisis correcto de los precios consiste en comprender el efecto de los cambios en el poder adquisitivo del dinero, no en suponer desde el principio que este es constante y que solo cambian los precios de los bienes. La base del análisis incorrecto es esencialmente jurídica, ligada al estatus de la moneda fiduciaria, que le sirve de justificación. Pero ese estatus no se reconoce en el mundo real de la catalaxia, la teoría de los tipos de intercambio y de los precios.

En cambio, los teóricos de la economía deberían reconocer los efectos de la degradación monetaria por lo que son. En lugar de describir erróneamente la inflación como el aumento del nivel general de precios, deberían reconocer que una aparente subida del nivel general de precios es consecuencia de la degradación monetaria. Aquí es donde el sistema estadístico que domina la política monetaria parece diseñado para engañar. Y si la política monetaria se describiera con veracidad como una transferencia de riqueza de la población general al Estado, a los bancos y a sus clientes favorecidos, quedaría expuesta ante el público como lo que es: un impuesto oculto. En lugar de eso, la gente es objeto de una propaganda sin base alguna en los hechos, según la cual la subida de precios es buena para todos y la bajada de precios debe evitarse a toda costa.

Una base cuestionable compuesta de pseudohechos permite llevar la propaganda un paso más allá. Tras la degradación monetaria desatada por el fin del acuerdo de Bretton Woods en 1971, aumentó la presión política a favor de la indexación de precios, en particular de las prestaciones sociales a los empleados jubilados de todos los brazos del Estado. En los sectores privados, se generalizaron los planes de prestación definida que vinculaban los derechos de pensión al último salario. Se suponía que el ritmo al que subía el nivel general de precios disminuiría, haciendo asumible la indexación. Pero para que eso sea cierto ha hecho falta suprimir un índice de ajuste.

El índice de precios al consumo registra hoy una tasa de inflación de precios sospechosamente acorde con los objetivos oficiales, del orden del dos por ciento. Indica que los planificadores monetarios están logrando, en líneas generales, controlar la inflación. Sin embargo, analistas independientes de Estados Unidos registran una tasa actual de subida de los precios al consumo más cercana al diez por ciento.[iii] La tasa más alta concuerda con la pérdida de poder adquisitivo del dólar que han experimentado muchos estadounidenses. Asimismo, el nivel general de precios parece haber subido bastante más rápido de lo que sugieren los cálculos oficiales en muchas otras jurisdicciones.

Aunque no es apropiado aplicar un deflactor al PIB por las razones expuestas en este artículo, si las estimaciones independientes de la pérdida de poder adquisitivo del dólar se acercan más a la verdad, entonces, en términos reales, la economía estadounidense se contrae desde 2010, porque la pérdida de poder adquisitivo habrá sido mayor que el aumento del PIB nominal. Solo cabe concluir que la supresión de las pruebas del ritmo de descenso del poder adquisitivo del dólar, y de todas las demás monedas fiduciarias, no solo pretende reducir el coste que supone para los gobiernos la indexación de los pagos, sino también ocultar cada vez más la destrucción económica que provoca la intervención del gobierno.

Ocultar una depresión

Tras el hundimiento de Wall Street de 1929-32, no había duda estadística sobre la depresión. Cuando los dólares eran convertibles en oro, los precios en dólares registraron caídas significativas en los activos, las materias primas y los bienes de consumo. Más que nada, fueron los años de la depresión de la década de 1930 los que llevaron a la creación de la macroeconomía, una falsa ciencia llena de contradicciones, diseñada para abordar los problemas surgidos en aquel período. El mantra era, y sigue siendo, medir, modelizar y después intervenir.

Como hemos visto en este artículo, el resultado ha acabado siendo propaganda gubernamental a favor de la socialización del dinero como principal medio de gestión económica. No hemos tratado las herramientas que utilizan los bancos centrales, solo la base errónea de la información en la que apoyan sus políticas. Esa información está ya tan alejada de la realidad que esta puede llevarnos en una dirección mientras los estadísticos y los macroeconomistas sostienen que viajamos en otra.

Combinado con las características puramente fiduciarias de las monedas modernas, es posible que las autoridades oculten por completo cualquier depresión futura. Esto ocurre habitualmente en países cuyas monedas sufren pérdidas sustanciales de poder adquisitivo. El profesor Steve Hanke sigue algunos de estos casos en el Troubled Currencies Project del Cato Institute.[iv] Utilizando paridades de poder adquisitivo a partir de datos del mercado libre y del mercado negro, calcula tasas de inflación realistas para varias monedas y las compara con las previsiones del FMI. Por ejemplo, en el momento de redactar este artículo, sus cálculos sitúan la inflación de Argentina en el 78 %, mientras que la previsión del FMI para la tasa de cierre de año es del 57,3 %. Entretanto, los responsables del tesoro argentino pronosticaron en septiembre que sería del 53 % al cierre del año, con lo que el PIB real se contraería solo un 2,6 % este año. Es evidente que, si utilizan su propio deflactor, los argentinos pueden ajustar el resultado a su conveniencia. En cambio, si suponemos que el deflactor debería acercarse más al cálculo del profesor Hanke, la economía argentina atraviesa una crisis profunda.

Este único ejemplo muestra cómo las estadísticas gubernamentales pueden manipularse para ocultar la verdad. Si el PIB se hubiera inventado durante la bien documentada inflación de Alemania tras la Primera Guerra Mundial, sin duda la República de Weimar habría presentado su maltrecha economía como un modelo de crecimiento económico, al menos hasta 1923, cuando el público se dio cuenta por fin de que el papiermark no valía nada.

Quienes vivimos en las economías avanzadas impulsadas por el estado del bienestar nos enfrentamos a las primeras fases de un engaño similar. Las tasas de inflación utilizadas para deflactar el PIB son un mito gubernamental en todos los sentidos. Podemos ver por qué un descenso hacia una recesión económica no se reflejará en las estadísticas oficiales. Cualquier disciplina en el control del ritmo de expansión monetaria saldrá volando por la ventana, mientras los estadísticos del gobierno puedan seguir ajustando a su conveniencia sus objetivos de inflación de precios del dos por ciento.

Llegará un momento en que el deterioro de las finanzas públicas sea tan grande, y la aceleración de la inflación monetaria para costearlo tan evidente, que los mercados arrebatarán a los bancos centrales el control de los tipos de interés. Esto no solo conducirá a la destrucción del régimen de moneda fiduciaria y expondrá ante el público general los mitos de la banca central, sino que debería poner fin, por fin, a la pretensión de que los matemáticos y los estadísticos saben algo de economía.





[i] Véase Human Action de von Mises, en particular la definición de ERE en el glosario del vol. 4, edición de Liberty Fund, de la que se toma esta definición.

[ii] Definición de la OCDE

[iii] Véanse shadowstats.com y chapwoodindex.com

[iv] Véase cato.org/research/troubled-currencies.

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