Hoy en día, el error más común de todos es creer que una divisa que se debilita es fundamental para una economía sana o, dicho de otro modo, que una divisa fuerte es económicamente destructiva. Durante décadas esta ha sido la creencia fundamental de los economistas convencionales y el motor de la política de los gobiernos. Incluso Suiza, considerada ampliamente como la principal exponente del no intervencionismo, interviene para evitar que el franco suba frente al euro.
Suiza también intervino en la década de 1970, cuando trató de desincentivar las entradas de capital imponiendo tipos de interés negativos a los depósitos. Pero un observador imparcial de los asuntos monetarios debería haber reconocido incoherencias en el supuesto básico. ¿Cómo es que Alemania, con un marco alemán fuerte, y Japón, con un yen fuerte, salieron de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial? ¿Y cómo es que los precios de los productos electrónicos pueden bajar, con los productos de mañana vendiéndose por menos que los de hoy, cuando los economistas creen que los precios tienen que subir para que los fabricantes prosperen?
Antes de responder a estas preguntas, conviene señalar que al plantear el error de fondo evité la palabra «crecimiento», de uso habitual, para referirme al progreso económico. Esto se debe a que el concepto de crecimiento se confunde con el de progreso económico. El PIB, al que se anima a «crecer», es la suma de todas las transacciones registradas durante un periodo y mezcla el gasto malo y el bueno. No es el progreso, imposible de medir, de la condición de una sociedad.
Usar la medida equivocada para cualquier cosa es siempre una mala forma de proceder, pero quizá sea la consecuencia natural de creer que un aumento de la cantidad de dinero y crédito, el objetivo de las políticas oficiales diseñadas para debilitar la divisa, es el estímulo necesario para el progreso económico. Sin embargo, toda la experiencia nos grita que esto no es cierto.
El origen del error es una mala comprensión del papel del dinero en la economía. La verdad es muy sencilla y la expone la ley de Say: fabricamos cosas para comprar cosas, y el dinero es solo el mecanismo temporal que convierte nuestra producción en consumo. Siendo así, el dinero no es ni el problema ni la solución.
Las políticas destinadas a reducir el poder adquisitivo del dinero pretenden engañar a las personas y a las empresas para que emprendan acciones no rentables que de otro modo no llevarían a cabo. Durante un breve periodo, abaratar la divisa reduce el coste de producción y aumenta los beneficios aparentes. Se pretende que esta mejora temporal de las condiciones empresariales fomente el empleo, y que un mayor empleo fomente el gasto necesario para absorber más producción. Pero esto no tiene en cuenta que el resultado son precios al alza, lo que inevitablemente obliga a la gente a alejar sus preferencias del dinero, empujando los precios aún más rápido. Las empresas descubren que habían sobreestimado la rentabilidad del capital y empiezan a reducir sus pérdidas. Los falsos auges siempre van seguidos de caídas.
El error está en negar la ley de Say. Entender las verdades de esta ley explica por qué la caída de los precios, equivalente a un aumento del poder adquisitivo del dinero, no es económicamente destructiva. Explica el éxito de Alemania y Japón tras la guerra y el de los titanes de la tecnología. La tragedia de nuestra ignorancia deliberada de una verdad aceptada antes de la falsa justificación de Keynes de la intervención del Estado es que estamos condenados a repetir este error tan común hasta que acabemos por desterrar por completo el progreso económico.