El dilema al que se enfrentan ahora los bancos centrales es si subir los tipos de interés lo suficiente para combatir la inflación de precios y respaldar sus monedas, o jugarse una última carta con más estímulos con la esperanza de evitar las recesiones.
La política y la economía neokeynesiana favorecen claramente la inflación monetaria y el mantenimiento de los tipos de interés bajos. Pero seguir ese camino conduce a la destrucción de las monedas. Entonces, ¿cómo pueden protegerse las personas corrientes del riesgo de divisa?
Para ayudarte, este artículo señala las diferencias entre dinero, moneda y crédito bancario. Examina las pretensiones de las criptomonedas de ser dinero o moneda sustitutivos y explica por qué se les negará ambos papeles. También se ofrece una actualización sobre el asombroso parecido entre la actual inflación monetaria neokeynesiana, con su apoyo a los precios de los activos financieros, y las políticas protokeynesianas de John Law, que destruyeron la economía y la moneda de Francia en 1720.
Si seguimos aplicando el manual de Law, entender por qué el dinero es únicamente el oro y la plata físicos, y nada más, será fundamental para sobrevivir a lo que parece una crisis inminente de los activos financieros y las monedas.
Introducción
Con la reciente aceleración del crecimiento de la oferta monetaria, resulta evidente que el gasto público se financia cada vez más mediante inflación monetaria. Quienes esperaban que fuera un fenómeno temporal han demostrado ser demasiado optimistas. La excusa de que su expansión era un hecho puntual, destinado únicamente a apoyar a las empresas y a los consumidores durante la pandemia de covid, se amplía ahora para ayudarlos a superar las continuas perturbaciones logísticas y otros problemas imprevistos. Nos enfrentamos ahora a una desaceleración económica que reducirá los ingresos públicos y que, según los responsables de la planificación política, podría requerir un estímulo monetario adicional para evitarla.Junto con unos déficits presupuestarios interminables, la inflación monetaria en niveles elevados se quedará con nosotros en el futuro previsible. La amenaza para el poder adquisitivo futuro de las divisas debería ser obvia, pero pocas personas parecen atribuir la subida de los precios a la expansión monetaria previa. La ecuación de cambio de David Ricardo, que muestra que las variaciones en la cantidad de dinero afectan a su poder adquisitivo con el tiempo, ha desaparecido del discurso sobre la inflación y está prácticamente olvidada.
Se ignora que son los usuarios del medio de cambio quienes determinan en última instancia su utilidad. Ahora se da por sentado que es función del Estado, y no de sus usuarios, decidir qué actúa como dinero. En lugar de ello, se nos dice que la moneda fiduciaria del Estado es dinero, lo será siempre y que los precios suben por fallos del sistema capitalista. La clave del engaño es llamar dinero a la divisa y seguir describiendo su gestión por parte del Estado como política monetaria. Y la oferta monetaria es siempre la oferta de moneda fiduciaria en todas sus formas.
Cada vez se reconoce más que estas llamadas políticas monetarias han fracasado y siguen haciéndolo. Es la actitud anticapitalista de los planificadores estatales la que les exime de la culpa de gestionar mal la relación entre sus divisas y sus economías, al culpar a los agentes del sector privado cuando sus políticas fracasan. En lugar de actuar como servidores del pueblo, los gobiernos se han convertido en sus controladores, y esperan de la ciudadanía una cooperación borreguil en los asuntos económicos y monetarios. El Estado emite su divisa respaldada por una fe y un crédito incuestionables en el monopolio del gobierno para emitirla y gestionarla. Al parecer conscientes del posible fracaso de sus monopolios monetarios, muchos bancos centrales pretenden ahora emitir una nueva versión, una moneda digital de banco central, para tener mayor control sobre cómo los ciudadanos la usan y la valoran.
Sin duda, los peligros derivados de la inestabilidad de la moneda fiduciaria aumentan. Nunca ha sido tan importante que la gente corriente, sus usuarios, entienda qué constituye el dinero real y en qué se diferencia de las divisas emitidas por el Estado. No solo se proponen nuevas divisas en forma de monedas digitales de banco central, sino que algunos sugieren que las criptomonedas de registro distribuido, que escapan al control de los gobiernos, se adoptarán cuando fracasen las monedas fiduciarias estatales, un desenlace que cada vez más personas esperan.
El panorama monetario se va hundiendo en una confusión para la que los planificadores de políticas no están preparados. Las monedas fiduciarias están fracasando, como demuestra la pérdida de poder adquisitivo. No solo lo enseña la historia y no solo recurren los gobiernos a la imprenta o a su equivalente digital, sino que es ingenuo pensar que los gobiernos prefieren la estabilidad monetaria a satisfacer los intereses de un grupo frente a los de otro. Al reprimir los tipos de interés, los bancos centrales favorecen a los prestatarios frente a los depositantes. Al emitir moneda adicional, transfieren riqueza de los electores de sus gobiernos. Además, la transferencia nunca es equitativa: los primeros receptores de la nueva moneda pueden gastarla antes de que los precios se hayan ajustado a la mayor cantidad en circulación. Quienes la reciben en último lugar descubren que los precios han subido por la dilución de la moneda mientras sus ingresos se han devaluado. Los beneficiarios son quienes están cerca del gobierno y los bancos que expanden el crédito mediante un asiento contable. Los perdedores son los pobres y los pensionistas, las personas que, en la teoría democrática, tienen más derecho moral que nadie a ser protegidas de la degradación de la moneda.
El verdadero papel del dinero
A finales del siglo XVIII, un empresario y economista francés, Jean-Baptiste Say, se dio cuenta de que, cuando las monedas de Francia fracasaron durante la Revolución, la gente simplemente intercambiaba bienes por otros bienes. Un zapatero cambiaba los zapatos y las botas que fabricaba por los alimentos y otros artículos que necesitaba para alimentar y mantener a su familia. Los principios de la división del trabajo habían seguido funcionando sin dinero. Pero a Say le quedó claro que la función del dinero era facilitar ese intercambio de forma más eficiente de lo que se lograría sin él. Para los economistas keynesianos, esta es la verdad incómoda de la ley de Say.La división del trabajo, que permite a cada persona emplear sus habilidades personales en el mayor beneficio propio y, por tanto, de los demás, sigue siendo esencial en la actividad comercial de toda la humanidad. Es el motor del progreso. Un medio de intercambio comúnmente aceptado por la sociedad no solo facilita el intercambio eficiente de los bienes producidos mediante las habilidades individuales, sino que permite a un productor conservar dinero temporalmente para un consumo futuro. Esto puede deberse a que tiene un excedente sobre sus necesidades inmediatas, o a que decide invertirlo en mejorar su producto, aumentar su producción o destinarlo a otros fines distintos del consumo inmediato.
Ya sea una empresa, un directivo, un empleado o un autónomo, y ya sea el producto un bien o un servicio, todos cuentan como productores. Todo el que se gana la vida o se esfuerza por obtener un beneficio es un productor.
A lo largo de los muchos milenios transcurridos desde el fin del trueque, las personas que dividían su trabajo se decantaron por el dinero metálico como medio de intercambio: reconocible, divisible, comúnmente aceptado y, al ser escaso, también valioso. Y, a medida que avanzaba la civilización, el oro, la plata y el cobre se acuñaron en unidades reconocibles. Estos medios de intercambio, en su forma pura, eran dinero y, aunque llevaban estampadas imágenes de reyes y emperadores, no eran pasivo de nadie.
Hoy en día, personas de todo el planeta siguen reconociendo el oro y la plata físicos como dinero verdadero. Pero es un error pensar que garantizan la estabilidad de los precios: solo son más estables que otros medios de intercambio, y por eso siempre han sobrevivido y han resurgido después de que fracasaran las alternativas. Esta es la clave para entender por qué respaldaron los sustitutos del dinero, sobre todo a lo largo de las revoluciones industriales, y por qué siguen siendo dinero hoy.
Gran Bretaña fue pionera en sustituir la plata, su patrón monetario de larga data, por el oro, relegando la plata a una acuñación secundaria. En 1817 se introdujo el nuevo soberano de oro con un tipo de cambio equivalente a 113 granos (0,2354 onzas troy) por libra de moneda. En 1821 comenzó a funcionar un patrón oro efectivo, por el que los billetes de banco eran canjeables por moneda de oro, y se mantuvo a ese tipo fijo hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.
En 1900, el patrón oro tenía aspectos tanto internacionales como nacionales. Implicaba que las naciones liquidaban entre sí las diferencias de balanza de pagos en oro, aunque en la práctica parece que esto ocurría relativamente poco.
Muchas naciones más pequeñas, aun teniendo circulación de oro en el ámbito interno, no se molestaban en mantener oro físico en reserva, sino que poseían saldos en libras esterlinas que, de nuevo, se consideraban tan buenos como el oro. El Banco de Inglaterra tenía una reserva notablemente pequeña, de menos de 200 toneladas en 1900, frente a las 544 toneladas del Banco de Francia, las 661 del Banco Imperial de Rusia y las 602 del Tesoro de EE. UU. Pero, aunque el Banco de Inglaterra tenía muy poco oro, en Australia y el Reino Unido se habían acuñado más de 1.400 toneladas de soberanos que estaban en circulación entre el público. Por lo tanto, unos 200 millones de libras de la masa monetaria del Reino Unido y de su imperio estaban en oro físico (el equivalente a 62.000 millones de libras a precios actuales).[i]
La relación entre el oro y los precios
El poder adquisitivo del dinero metálico fluctúa, influido por factores a largo plazo como los cambios en la producción de las minas y el crecimiento de la población. El oro también se mantiene con fines no monetarios, como la joyería, aunque la distinción entre el metal precioso que se conserva como dinero y la joyería puede ser difusa. Un uso menor es el industrial. El grado de circulación de las monedas en relación con la cantidad de sustitutos también afecta a su poder adquisitivo, como demuestra la experiencia de la Gran Bretaña del siglo XIX.El progreso económico de la revolución industrial aumentó el volumen de bienes en relación con la cantidad de dinero y de sustitutos del dinero (billetes de banco y depósitos bancarios sujetos a cheques), por lo que el nivel general de los precios de producción descendió, aunque variaba con los cambios en el nivel del crédito bancario. Esto se mantuvo en general hasta finales de la década de 1880, cuando el crédito bancario de la economía se expandió gracias al aumento de los envíos de oro desde Sudáfrica. Además, la combinación de una demanda creciente de materias primas industriales por la expansión económica de todo el Imperio británico y de un mayor número de divisas que se vincularon al oro de forma indirecta, mediante tipos de cambio gestionados frente a la libra y otras divisas respaldadas por oro, contribuyó a invertir la tendencia descendente de los precios al por mayor entre 1894 y 1914.
En consecuencia, los precios al por mayor dejaron de bajar y tendieron a subir de forma moderada. Así se muestra en la Figura 1.

La Figura 1 también desmonta el mito, extendido en los círculos de política monetaria de los bancos centrales, de que la variación de los tipos de interés controla el poder adquisitivo del dinero al «fijar el precio» del dinero.
La demanda de crédito la determinan los cálculos económicos de empresarios y emprendedores, no de rentistas ociosos, como suponía Keynes, que bautizó esta paradoja con el nombre de Arthur Gibson, quien la señaló en 1923. La explicación se le escapó a Keynes y a sus seguidores, pero es sencilla. Al evaluar la rentabilidad de la producción, la variable más importante (suponiendo que los medios de producción estén fácilmente disponibles) son los precios previstos de los productos terminados. Por ello, los cambios en los tipos de los préstamos, que reflejan lo asequible que resulta el interés que se puede pagar, no preceden a los cambios en los precios, sino que los siguen.[ii]
Si bien las fluctuaciones en la suma de las cantidades de dinero, moneda y crédito afectan al nivel general de precios, existe un efecto adicional del valor que sus usuarios otorgan a estos componentes. La historia ha demostrado que el valor más estable se otorga a la moneda de oro, y eso es lo que la capacita como dinero. Se ha dicho que, valorada en oro, una toga romana de hace 2000 años costaba lo mismo que un traje de chaqueta hoy. Pero no hace falta remontarse tan atrás para encontrar pruebas. La Figura 2 muestra el petróleo WTI cotizado en dólares, la divisa de reserva mundial, y el oro, ambos indexados a 1986. Está claro que el dólar es mucho menos fiable que el oro como medio de intercambio estable.

Mientras el oro sea libremente intercambiable por moneda, esta estabilidad se transmite también a la moneda. Cuando se sospecha que es probable que esa convertibilidad se vea comprometida, las monedas se atesoran y desaparecen de la circulación. El poder adquisitivo de la moneda pasa entonces a depender de una combinación de cambios en su cantidad y cambios en la confianza en el emisor. Los depósitos bancarios afrontan además el riesgo de la confianza en la capacidad del banco para pagar sus deudas.
En resumen, el nivel general de precios tiende a bajar gradualmente con el tiempo en una economía en la que circula la moneda de oro como medio de intercambio subyacente y en la que la confianza en la divisa, como alternativa circulante, es incuestionable. La existencia de un servicio de canje de monedas eleva el poder adquisitivo de la divisa por encima del que tendría sin un patrón en funcionamiento. Incluso cuando el canje de oro por una divisa fiduciaria se restringe, el poder adquisitivo de la divisa sigue disfrutando de cierto respaldo, como vimos durante el Acuerdo de Bretton Woods.
La distinción entre dinero y moneda
Hasta aquí hemos definido el dinero, que es metálico y físico. Ahora pasamos a lo que se toma erróneamente por dinero, que es la moneda fiduciaria. En origen, el dólar y la libra esterlina podían cambiarse libremente por sus usuarios por moneda de plata y después de oro, de modo que se llegó a suponer que las monedas emitidas por el Estado eran tan buenas como el dinero. Pero su convertibilidad fue disminuyendo con el tiempo. En el Reino Unido, la convertibilidad de la moneda en libras esterlinas por moneda de oro cesó con el estallido de las hostilidades en 1914, aunque los soberanos siguen existiendo hoy oficialmente como dinero. Simplemente están sujetos a la ley de Gresham: la moneda inferior los ha expulsado de la circulación general. El patrón oro de posguerra de 1925-32 era un patrón de metal precioso en barras, por el cual solo se podían exigir barras de 400 onzas a cambio de la moneda en circulación, lo que no logró vincular la libra esterlina con el dinero propiamente dicho.En Estados Unidos, durante las décadas anteriores a abril de 1933, la moneda de oro era convertible en dólares a 20,67 dólares la onza. Las quiebras bancarias posteriores al crac de Wall Street animaron a los ciudadanos a cambiar sus depósitos en dólares por oro, y los tenedores extranjeros de depósitos en dólares exigieron asimismo oro, lo que provocó una sangría de las reservas de oro estadounidenses. Mediante la Orden Ejecutiva 6102, de abril de 1933, el presidente Roosevelt prohibió al sector privado poseer moneda de oro, lingotes de oro y certificados de oro, con lo que puso fin al patrón de moneda de oro y obligó a los estadounidenses a aceptar como medio de cambio en circulación una moneda en dólares inconvertible. A ello siguió una devaluación del dólar en los mercados internacionales hasta los 35 dólares la onza en enero de 1934.
La retirada total del dinero del sistema monetario mundial fue un proceso gradual, impulsado por una sucesión de acontecimientos monetarios, hasta agosto de 1971, cuando el presidente Nixon puso fin al Acuerdo de Bretton Woods. Desde entonces, el dólar estadounidense pasó a ser la moneda de reserva mundial, de uso habitual para fijar los precios de las materias primas y la energía en los mercados internacionales. Pero tras el shock de Nixon, el dólar se había vuelto puramente fiduciario.
A diferencia de la moneda de oro, que no tiene riesgo de contraparte, la moneda fiduciaria es prueba de un pasivo de un banco central emisor o de un banco comercial. No es dinero. El hecho de que el dinero, es decir, la moneda de oro o de plata, no circule habitualmente como medio de cambio no puede alterar esta realidad. Desde los albores de la banca moderna con los orfebres de Londres en el siglo XVII, que empleaban adeudos y abonos en libros contables, la mayor parte de los derechos sobre la moneda se han mantenido en depósitos bancarios, que no son propiedad de los clientes depositantes, sino pasivos de los bancos y deudas con ellos. Comenzó cuando los depositantes entregaban metálico a los orfebres o les transferían moneda desde otras cuentas, en el entendimiento de que el orfebre emplearía los fondos así obtenidos para conseguir el beneficio suficiente para pagar un interés del 6 % sobre los depósitos. Para obtener esta rentabilidad, el depositante aceptaba que los fondos pasaran a ser propiedad del orfebre, que podría usarlos como considerase oportuno.
Los orfebres y sus sucesores bancarios fueron, y siguen siendo, comerciantes de crédito. A medida que evolucionaba el negocio bancario de los orfebres, estos empezaron a crear depósitos concediendo crédito a los prestatarios. Un préstamo al prestatario figuraba como un activo en el balance del orfebre, que mediante la contabilidad por partida doble se equilibraba con un pasivo: el depósito del que el prestatario iría disponiendo. Así, el dinero y la moneda emitidos por los bancos como derechos frente a ellos fueron sustituidos por completo por pasivos contables adeudados a los depositantes, convertibles en metálico, en moneda del banco central o en cheque bancario únicamente a la vista.
Mediante la expansión del crédito bancario, que se corresponde con la creación de depósitos por la contabilidad de partida doble, los bancos comerciales crean hasta hoy pasivos que pueden retirarse como moneda. Que existe un ciclo subyacente de expansión y contracción del crédito bancario lo demuestran el índice compuesto de precios y los rendimientos de los bonos entre 1817 y 1885 que se muestran en la Figura 1 anterior. Pero mientras el dinero, es decir, la moneda de oro, siguió siendo convertible con la moneda y los depósitos bancarios a la vista, las fluctuaciones del crédito bancario en circulación solo tuvieron un efecto relativamente breve sobre el nivel general de precios. Y, como se explicó antes, el aumento de la cantidad de existencias de oro sobre la superficie procedentes de las minas sudafricanas a finales de la década de 1880 contribuyó a que el nivel general de precios subiera en la última década del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial.
Tras la Gran Guerra, la creación previa de la Junta de la Reserva Federal en Estados Unidos condujo a la expansión de la moneda en dólares en circulación, que alimentó los felices años veinte y la burbuja de Wall Street, seguidos del crac de Wall Street y la depresión. Estas calamidades fueron la consecuencia inevitable de la excesiva creación de crédito en los años veinte. El error que cometieron los economistas estatistas de la época (y desde entonces) fue ignorar la causa de la depresión, creyendo que se trataba de un fracaso coetáneo del capitalismo y no de la consecuencia de una depreciación anterior de la moneda y de la supresión de los tipos de interés. Desde entonces, este error ha sido perpetuado por estatistas frustrados por la disciplina que les imponía el oro monetario. Se consideró que la solución era retirar el dinero del sistema monetario para que el Estado tuviera una flexibilidad ilimitada para gestionar los resultados económicos.
Con Estados Unidos dominando la economía mundial tras la Primera Guerra Mundial, su uso del dólar, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, había empezado a determinar los resultados económicos globales. Los errores de la expansión monetaria anterior y durante los felices años veinte, sin duda agravados por la introducción de la maquinaria agrícola, provocaron un desplome mundial de los precios agrícolas en la década siguiente. Y el error adicional de los aranceles Glass-Steagall hundió el comercio mundial de todo tipo de bienes.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las guerras secundarias de Corea y Vietnam hicieron que los bancos centrales extranjeros acumularan los dólares exportados y después los vendieran a cambio de las reservas de oro de Estados Unidos. En 1948, Estados Unidos tenía 21.628,4 toneladas de reservas de oro, el 72 % del total mundial. En 1971, cuando se suspendió la posibilidad de que los bancos centrales canjearan dólares por oro, las reservas de oro estadounidenses habían caído a 12.398 toneladas, el 34 % de las reservas mundiales de oro. Hoy se sitúan oficialmente en 8.133,5 toneladas, menos del 23 % de las reservas mundiales de oro; cifras no auditadas de forma independiente y que, según sospechan muchos observadores, sobrestiman la situación real.[iii]
Las consecuencias de la expansión monetaria para la relación entre el dinero y la moneda desde que ambos quedaron completamente separados en 1971 se muestran en la Figura 3.

Desde 1960 (la base indexada del gráfico), las existencias de oro sobre la superficie han aumentado de 62.475 toneladas en torno a un 200 %, hasta 189.000 toneladas, compensado en gran medida por el crecimiento de la población mundial.[iv] El dinero en sentido amplio M3 se ha multiplicado por 70, y la disparidad entre ambos ritmos de aumento se ha ajustado mediante el incremento del precio en dólares del dinero, con un dólar que ha perdido el 98 % de su poder adquisitivo en relación con el oro. Al tomar 1960 como base del gráfico, se recoge gran parte de la expansión monetaria que condujo al colapso del pool del oro de Londres a mediados de la década de 1960, lo que ilustra las tensiones en la relación que desembocaron en el shock de Nixon.
El estatus rival de las criptomonedas
Durante la última década, con bitcoin a la cabeza, las criptomonedas se han convertido en una cobertura popular frente a la depreciación de las monedas fiduciarias. Bitcoin tiene un límite finito de 21 millones de monedas, y quedan por minar menos de 2,25 millones. Además, de las ya emitidas, algunas se han perdido de forma irrecuperable, lo que, en teoría, aumenta su valor.Los aficionados a las criptomonedas son poco comunes, porque han comprendido la debilidad esencial de las monedas fiduciarias emitidas por los Estados antes que el público en general. Con ese conocimiento, sostienen que la tecnología de registro distribuido, independiente de los gobiernos, será la base del dinero del futuro. Esto ha provocado un frenesí especulativo que ha llevado el precio de bitcoin desde los 10.000 que se pagaron, según se informó, por dos pizzas en 2010 (es decir, menos de un céntimo cada uno) hasta más de 60.000 dólares hoy. Si, como esperan los «hodlers», bitcoin sustituye a todas las monedas fiduciarias emitidas por los Estados cuando estas fracasen, su valor en dólares todavía tiene mucho margen de subida.
En teoría, hay motivos para pensar que bitcoin y las criptomonedas similares pueden llegar a ser medios de intercambio de forma limitada, pero nunca dinero, que es la base a la que todas las monedas se remitían para justificar su validez original. De hecho, tras la compra original de las pizzas se han producido algunas otras transacciones, pero son muy pocas.
Las razones por las que es poco probable que bitcoin o las criptomonedas rivales sean aceptadas ampliamente como monedas, y mucho menos como sustituto del dinero, se resumen mejor en los siguientes puntos.
- Para sustituir al dinero, y no solo a las monedas, bitcoin tendría que ser aceptado como reemplazo tanto del oro como de la plata. Más allá de la imaginación de los entusiastas de la tecnología, que quizá representen menos de una de cada doscientas personas que realizan transacciones,[v] es imposible ver cómo bitcoin podría lograr este objetivo, porque estos representan un número ínfimo de la población mundial. Hay pocas dudas de que, si las monedas fiduciarias pierden su utilidad, la inmensa mayoría de las personas que realizan transacciones querrá dinero físico, y no otra forma de medio digital, en lo que se han convertido en su mayoría las monedas y las criptomonedas.
- A pesar del avance de la tecnología, no todo el mundo dispone aún de los conocimientos, los dispositivos o las conexiones fiables de electricidad e internet necesarios para realizar transacciones con criptomonedas. Su robo a distancia es más fácil y más rentable que el de monedas de oro y plata. Las criptomonedas dependen demasiado de factores de riesgo indefinibles como para lograr una presencia transaccional universal.
- El número de criptomonedas rivales se ha multiplicado. Se estima que existen ya más de 6.800, frente a 180 monedas emitidas por gobiernos. Representan una inflación tanto de cantidades como de valores que, si no se satisface, hace que la tulipomanía del siglo XVII parezca un obstáculo relativamente menor en comparación. En solo una década han alcanzado un valor de 750.000 millones de dólares, basado en un concepto no probado que alimenta una codicia humana sin freno a costa de la razón y la prudencia.
- Por el contrario, la fortaleza del oro como dinero reside en la flexibilidad de su oferta procedente de otros usos, unida a su historial de estabilidad de precios. Como vimos en la ilustración de la Figura 1 sobre la relación entre los precios y los costes de endeudamiento, si se dispone de los factores de producción, la estabilidad de precios bajo un patrón oro permite evaluar el valor de los productos finales al comienzo de una inversión productiva. Con bitcoin o las criptomonedas rivales no existe tal certeza, porque una cantidad estrictamente finita haría imposible calcular los precios finales al término de una inversión productiva. Sin proporcionar los medios para el cálculo económico, cualquier sustituto del dinero o de las monedas fracasará.
- A menos que desaparezcan junto con sus monedas, los bancos centrales nunca autorizarán que monedas de registro distribuido fuera de su control actúen como medio general de intercambio. Esta es una de las razones por las que trabajan para introducir sus propias monedas digitales de banco central, lo que les permite mantener un control estatista sobre las monedas y ampliar sus facultades sobre cómo se usan. Además, los bancos centrales no poseen criptomonedas, pero sí poseen oficialmente 35.554 toneladas de oro, pues nunca descartaron del todo el verdadero dinero.[vi] Los hechos han demostrado que incluso son reacios a permitir que el oro monetario circule, entre otras cosas porque pondría en duda la credibilidad de sus monedas fiduciarias. Pero si existe una posición de reserva ante la desaparición de las monedas fiduciarias, se basará en el oro de los bancos centrales y nunca en una criptomoneda del sector privado.
Nos queda cuestionar si el bitcoin puede llegar a tener alguna vez un valor puramente objetivo en las transacciones. Su posible papel como moneda de intercambio también se evaporará junto con el de las monedas fiduciarias, porque en esas circunstancias todas las monedas que no puedan emitirse como sustitutos creíbles del oro quedarán sin valor. Y es que, si alguna moneda ha de sobrevivir al fin del régimen fiduciario, se requerirá la actuación de los bancos centrales junto con nuevas leyes y normativas que solo pueden proceder de los gobiernos. La pesadilla para los entusiastas de las criptomonedas es que los bancos centrales acabarán viéndose obligados a movilizar sus reservas de oro para respaldar de forma creíble lo que quede del poder adquisitivo en declive de sus monedas.
Estamos dando respuesta a otra cuestión sobre el destino de las criptomonedas en el caso de que los bancos centrales se vean forzados a movilizar sus reservas de oro, convirtiendo las monedas fiduciarias en sustitutos creíbles del dinero. Es cierto que probablemente no será una decisión sencilla, ya que el problema escapa a la comprensión de los asesores políticos estatistas y hay intereses enfrentados que tratan de influir en el resultado. Pero solo hay una acción que permitirá al Estado y al sistema bancario conservar el control sobre las monedas y el crédito: respaldarlos con reservas de oro, preferiblemente con un patrón de moneda de oro.
Cuando se anticipe ese momento, las criptomonedas como posibles monedas de circulación quedarán totalmente obsoletas. Es probable entonces que pierdan la mayor parte de su valor, o todo, como monedas sustitutivas. Además, resulta difícil encontrar a alguien que hoy posea una criptomoneda y no espere sacar provecho vendiéndola a precios más altos por su moneda nacional. Se han comprado con fines especulativos y de inversión, con poca o ninguna intención de gastarlas finalmente. Por tanto, podemos suponer que la desaparición de las monedas fiduciarias, lejos de dar paso a su sustitución por el bitcoin y sus imitaciones, supondrá también el fin del fenómeno de las criptomonedas, en un retorno general hacia un patrón monetario que siempre ha sido físico y metálico.
La progresión hacia la destrucción de la moneda
En el artículo de la semana pasada para Goldmoney sugerí cuatro puntos de referencia para marcar el camino hacia el final del sistema de moneda fiduciaria. El parecido de los acontecimientos actuales con la inflación de John Law y el posterior colapso de la burbuja del Mississippi y de la livre francesa es, hasta ahora, llamativo, pero esta vez a escala global. La experiencia de John Law nos ofrece un modelo de lo que ya está ocurriendo hoy con los activos financieros y las divisas; de ahí los cuatro puntos de referencia[vii].Descrito brevemente, John Law era un chiflado del dinero protokeynesiano que aplicó una política de inflar el valor de sus principales activos, el Banque Royale y su empresa del Mississippi, mediante la emisión de acciones parcialmente desembolsadas, con desembolsos pendientes que se reclamarían más adelante. Un diez por ciento de entrada se tradujo en fortunas para los primeros suscriptores, ya que el precio de las acciones subió de 140 libras en junio de 1717 a más de 10.000 en enero de 1720, impulsado por una fiebre compradora al estilo del bitcoin. Pero cuando en enero de 1720 vencieron los desembolsos pendientes y se propuso un plan para fusionar el Banque Royale con la empresa del Mississippi, se empezaron a vender acciones para pagarlos y ejercer los derechos sobre las nuevas emisiones. Law utilizó su posición como controlador de la moneda para emitir livres fiduciarias con las que comprar acciones en el mercado y sostener los precios, medidas que fracasaron definitivamente en mayo. Expresadas en livres, las acciones cayeron por debajo de 3.500 en noviembre. En libras esterlinas, pasaron de 330 libras en enero a menos de 50 en septiembre. Después de octubre ya no hubo tipo de cambio de la livre frente a la libra esterlina, lo que implica que la livre había perdido todo su valor de cambio.[viii]
Al inyectar efectivo en las instituciones inversoras a cambio de bonos del Estado, los bancos centrales siguen hoy una política notablemente similar. La relajación cuantitativa del banco central de EE. UU., que desde marzo de 2020 ha inyectado más de 2 billones de dólares en fondos de pensiones y aseguradoras para que inviertan en activos de mayor riesgo que los bonos del Estado y de agencias, es ni más ni menos que una repetición de la política de John Law de inflar el valor de los activos para asegurar un efecto riqueza creciente, al tiempo que se garantiza la financiación del Estado.
Anoche (3 de noviembre) la Fed se vio obligada a anunciar una reducción gradual de la relajación cuantitativa para disipar los temores de una inflación de precios incontrolable. Ahora surge la pregunta de cuántos meses de reducción de la QE harán falta para desinflar la burbuja de activos financieros. Y cuál será entonces la respuesta de la Fed: ¿se volverá a aumentar la QE, repitiendo los errores protokeynesianos de John Law?
Llega un momento en que los precios de los bienes reflejan la mayor cantidad de moneda en circulación. Las subidas del nivel general de precios conducen inevitablemente a tipos de interés más altos, y la creación de crédito en los principales centros bancarios empieza a revertirse. John Law descubrió entonces que los precios de las acciones ya no se podían sostener, y la burbuja del Mississippi estalló en mayo de 1720; un destino que casi con seguridad afrontarán hoy los mercados de renta variable, porque las subidas de precios de bienes y servicios están resultando incontrolables.
El resultado del protokeynesianismo de Law fue el hundimiento de las acciones del Mississippi y la destrucción completa de la livre. El parecido con la situación actual de los mercados financieros es realmente notable. Ahora los responsables políticos no tienen buenas opciones. Lastrados por errores y creencias neokeynesianos similares, los banqueros centrales y los políticos carecen de la determinación necesaria para impedir que los acontecimientos conduzcan inexorablemente a la destrucción de sus monedas. El primer punto de referencia del artículo de la semana pasada para Goldmoney ya se está viendo: una conciencia creciente de que las principales economías, en particular EE. UU. y el Reino Unido, afrontan la perspectiva de una combinación de subida de precios y desplome económico, a menudo diagnosticada como estanflación.
«Estanflación» es un término inadecuado. La inflación monetaria es un engaño que, en dosis pequeñas, da la ilusión de estímulo. Pero llega un momento en que la transferencia de riqueza de la economía productiva al Gobierno resulta demasiado gravosa y la economía empieza a derrumbarse. Aunque es imposible juzgar dónde se sitúa ese punto, la acumulación de inflación monetaria de los últimos años pesa ahora mucho sobre todas las grandes economías.
Las condiciones actuales replican de cerca las de Francia a finales de 1719 y principios de 1720. Los precios subían tanto en las zonas rurales como en las ciudades, empobreciendo al campesinado, y la inflación de activos se topaba con vientos en contra, a punto de empobrecer también a los beneficiarios del efecto riqueza de la burbuja.
Conclusión
Si los bancos centrales deciden proteger sus divisas, deben dejar que sean los mercados quienes determinen los tipos de interés. Con unos precios que suben oficialmente más de un 5 % en EE. UU. (más cerca del 15 % según estimaciones independientes), la subida de los tipos de interés no solo hundirá el valor de todos los activos financieros, desde la renta fija hasta las acciones, sino que obligará a los gobiernos a contener su gasto para eliminar los déficits. Esto implicará recortes mayores que los que se indican actualmente, debido a la pérdida de ingresos fiscales. De hecho, el gasto obligatorio pondrá a los gobiernos socializadores en una posición imposible.Pero es improbable que ni siquiera estas medidas protejan las divisas, debido a la amplia propiedad extranjera del dólar estadounidense. Los extranjeros poseen en total unos 33 billones de dólares en activos financieros y depósitos bancarios, buena parte de los cuales se liquidará o se perderá en un mercado bajista. La experiencia de muchos años indica que los fondos rescatados de una sobreexposición a divisas extranjeras serán repatriados.
Por otro lado, los intentos de continuar con las políticas inflacionistas de los chiflados del dinero keynesianos socavarán las divisas con más rapidez, pero es casi seguro que esta es la vía de menor resistencia política, hasta que sea demasiado tarde.
Nunca ha sido más importante que el ciudadano desamparado reconozca lo que está pasando con las divisas y entienda las falacias de las criptomonedas. No son sustitutos prácticos de las divisas emitidas por los Estados y es probable que acaben siendo solo otro aspecto de la burbuja financiera. La única protección frente a un colapso cada vez más probable del sistema de dinero fiduciario y de todo lo que arrastra consigo es entender qué constituye dinero, a diferencia de la divisa; y eso es únicamente el oro y la plata físicos en monedas y lingotes.
[i] Citado en Central Bank Gold reserves, an historical perspective since 1845, de Timothy Green (publicado por el World Gold Council, noviembre de 1999)
[ii] La confusión sobre la relación entre los tipos de interés y los precios se refleja en la paradoja de Gibson, que desafió la explicación de Keynes y de otros economistas estatistas. Se encuentra una explicación más completa del fenómeno en https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/gibson-s-paradox
[iii] Estimación de Goldmoney en 2012 y extrapolación de la producción de dinero desde entonces. Véase https://www.goldmoney.com/https://gm-media-library.s3.eu-west-1.amazonaws.com/theabovegroundgoldstock_95031cfc8c.pdf
[iv] Suponiendo con generosidad que haya hasta 35 000 000 de personas en todo el mundo dispuestas a usar criptomonedas para sus transacciones diarias. Es cierto que puede haber pequeños grupos en lugares como California, pero si su escasez de oferta hace que su valor suba, se acaparán y no se gastarán.
[v] Conviene ser prudente con la cifra real, derivada de estadísticas del FMI, porque el FMI permite incluir en ellas el oro objeto de permutas y arrendamientos, lo que lleva a un grado desconocido de doble contabilización.
[vi] Véase https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/waypoints-on-the-road-to-currency-destruction-and-how-to-avoid-it
[vii] Véase Richard Cantillon — Entrepreneur and Economist (Oxford University Press), de Antoine E. Murphy, para un relato financiero de la burbuja del Misisipi de Law y de su estallido.
[viii] Cifras del World Gold Council.
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