Derrocar al «establishment»

Trump y Johnson se enfrentan a un enemigo común: unas élites acomodadas y costosas. Sin embargo, sería un error pensar que comparten el mismo enfoque en la gestión del gobierno y de las finanzas. Por el momento, toda la atención en Gran Bretaña se centra en el Brexit, pero bajo los predecesores de Johnson el gasto ha pasado a estar cada vez más guiado por los procesos y no por los resultados. El estratega jefe de Johnson ha identificado la inversión de esta tendencia como la clave para obtener resultados en un Reino Unido posterior al Brexit, equilibrando al mismo tiempo el presupuesto y reduciendo los impuestos.

Introducción

A primera vista, los electorados de Estados Unidos y Gran Bretaña tienen una cosa en común: están hartos de la arrogante presunción del «establishment» de que sabe más que la gente corriente. Donald Trump lo percibió y ganó la presidencia frente a una enorme hostilidad del «establishment», tanto demócrata como republicano, así como del «estado profundo», formado por agentes de inteligencia y burócratas que no rinden cuentas a nadie. Un año antes, el «establishment» de Westminster comprobó que la gente corriente se rebelaba contra su supuesto derecho a gestionar los asuntos del electorado.

En Gran Bretaña, si se cometió un error, fue convocar un referéndum que dio la respuesta equivocada. Así parece verlo el «establishment». En Estados Unidos, en el Reino Unido y en Europa ha surgido una élite para la que la democracia se ha convertido en una molestia. Pero el «establishment» conoce las reglas y no puede negar su validez. Los electorados de Estados Unidos y Gran Bretaña han enviado ahora a sus «establishments» un mensaje desagradable: que sobrestimaron su propia importancia. Los burócratas ya no representan los intereses de la gente. En pocas palabras, el «establishment» y sus burócratas han roto su contrato con sus electores, alejándose de la razón principal de su existencia. La persona corriente está harta de que se la ignore.

El resultado es que el «establishment» se ve obligado a luchar por su supervivencia. El presidente Trump lleva casi dos años librando esta batalla en nombre del pueblo estadounidense. El «establishment» británico lleva tres años en una acción de retaguardia por el Brexit. Ninguno de los dos ha sido aún derrotado. En Estados Unidos hay señales de un acomodo, de un compromiso, que permitirá al Estado recuperar poco a poco el control. En el Reino Unido, la supervivencia de Boris Johnson y de su nuevo gobierno depende de que se niegue a transigir en su lucha contra los europeístas y los paniaguados del «establishment».

El Brexit es un conflicto que solo ahora se está forzando hacia su conclusión, tras tres años de un gobierno partidario de permanecer que intentaba aparentar que cumplía el resultado del referéndum mientras ataba al Reino Unido a la UE, posiblemente a perpetuidad. El electorado se dio cuenta y amenazó al Partido Conservador gobernante con la extinción. Al reconocer el peligro, su grupo parlamentario, junto con los afiliados del partido, apartó a la cómplice Theresa May y eligió a Boris Johnson para sacar al país de la UE en la fecha aplazada del 31 de octubre.

De ningún modo es seguro que Johnson lo consiga. Los partidarios de permanecer combaten ahora a su gobierno en los tribunales, y el Tribunal Supremo deberá decidir el próximo martes (17 de septiembre) si la suspensión del Parlamento fue legal. Y hay que encontrar la manera de sortear la ley Benn-Burt, el último acto de los diputados partidarios de permanecer.

El comportamiento de los partidos de la oposición en el Parlamento ha sido poco edificante. La opinión pública ve un parlamento fuera de control bajo un presidente de la Cámara partidista. No es de extrañar que los sondeos se inclinen cada vez más a favor de los conservadores de Johnson y en contra de los demás partidos, lo que ensancha aún más la brecha entre el Parlamento y las personas a quienes sus miembros fueron elegidos para servir. Si el Parlamento gozaba de algún respeto público antes de los acontecimientos recientes, sin duda lo ha perdido ya.

Las similitudes entre la posición del presidente Trump, que combate al «establishment» federal, y la de Boris Johnson, que combate a Westminster, dan a muchos observadores internacionales la impresión de que Boris es una versión británica de «The Donald». Trump anima a los británicos a abandonar la UE y piensa que Johnson es el hombre indicado para hacerlo. Johnson está encantado de alentar el apoyo de Trump a un rápido acuerdo comercial posterior al Brexit. Se llevan bien.

Pero no son tal para cual. Johnson ha mostrado un dominio libremercadista de las cuestiones comerciales y del daño que pueden causar los aranceles, mientras que Trump es un intervencionista. Y en lo que respecta a la financiación mediante déficit, cada vez hay más indicios de que Boris financiará el gasto prometido en educación, policía y sanidad recortando burocracia, en lugar de confiar en estimular ahora con déficit para obtener ingresos fiscales mañana. Aquí es donde entra en juego Dominic Cummings.

Este artículo repasa por encima los últimos acontecimientos en la lucha de Gran Bretaña por liberarse de la UE, en particular en lo que respecta al papel de Cummings. Partiendo de la enorme suposición de que Johnson y Cummings logren aplicar el Brexit el 31 de octubre y de que los conservadores sean reelegidos en unas elecciones generales poco después, examina también cómo es probable que el gobierno financie sus planes de gasto prometidos.

Cummings: el seguro operador entre bastidores

Dominic Cummings asusta a buena parte del establishment de Westminster, y con razón: está decidido a destruirlo tal como es hoy y a sustituirlo por un sistema que dé prioridad a los objetivos y reduzca al mínimo la intervención política y administrativa no esencial. No habrá tolerancia con el postureo moral de ministros y grupos de presión. Del dinero asignado a un proyecto, en lugar de que, según el principio de Pareto, el ochenta por ciento se gaste en trámites y el veinte por ciento en el objetivo final, Cummings está empeñado en que ocurra al revés, e incluso en liberar fondos para permitir bajadas de impuestos manteniendo el presupuesto equilibrado.

Pero primero Cummings se dedica a lograr el Brexit el 31 de octubre, fecha en la que habrá dirigido la estrategia para sacar a Gran Bretaña de las asfixiantes normas y la burocracia derivadas de la pertenencia a la UE, lo que le dejará libre para perseguir su objetivo último. En cuanto al Brexit, solo podemos observar los acontecimientos, porque quienes estamos fuera solo podemos adivinar los próximos movimientos del gobierno y el resultado final.

Para entender mejor el papel de Cummings como asesor especial de Boris Johnson, sus ambiciones, sus intenciones y sus perspectivas de éxito, conviene repasar su historia personal. Nació en Durham, en el noreste de Inglaterra, en 1971, de padres de clase media. Estudió en Durham School, un colegio privado de nivel medio, y después en Exeter College, en la Universidad de Oxford, donde se graduó con un First en Historia Antigua y Moderna.

Robin Lane Fox, su tutor de Historia Antigua, lo describió en un reciente reportaje de la BBC como “extremadamente consciente de sus propias capacidades, y con todos los motivos para serlo”. Cuando se le preguntó quién era más inteligente, Boris Johnson o Dominic Cummings, Lane Fox respondió: “Dominic es mucho más inteligente que Boris. De otra categoría por completo”.

Lane Fox también habría conocido a Johnson, que estudió en Oxford, en Balliol, donde ingresó como Brackenbury Scholar para cursar Literae Humaniores, una carrera de cuatro años de clásicos en griego antiguo y latín. Pero Johnson, que de estudiante parece haber carecido de la concentración de Cummings, solo obtuvo un 2:1. Sin embargo, su intelecto no debe ponerse en duda, y aunque se puede entender que Lane Fox subestimara a Johnson por su falta de concentración intelectual, Cummings parece haber sido excepcional.

Su otro tutor, en Historia Moderna, fue Norman Stone, fallecido en junio. Stone también fue un intelecto notable y en su día había sido asesor de Margaret Thatcher. Stone y Thatcher compartían una desconfianza hacia los establishments británico y europeo. La de Stone se basaba en su profundo conocimiento de la historia europea, afinado en sus estudios en la Universidad de Glasgow. La vinculación de Smith con la Universidad de Glasgow también habría influido en el pensamiento de libre mercado de Stone. Adam Smith, fundador de la economía como ciencia humana, fue nombrado allí catedrático de Lógica y, al año siguiente, catedrático de Filosofía Moral.[i]

Stone era un hombre que iba al fondo de las cosas y no toleraba la mediocridad, y mucho menos a los necios. Era un glasvegiano fumador empedernido, bebedor y discutidor, que no se habría granjeado el aprecio de “los memos sin sentido del humor que son el pilar de la gestión universitaria y de la clase política”. Como muestra de su irreverencia e ingenio, ideó una de las mejores preguntas jamás planteadas en un tripos de Cambridge: “El Romanticismo: ¿masculino, femenino o neutro?”

A su manera, Stone quiso ayudar a la señora Thatcher a socavar el podrido sistema político británico, que en 1979 había acabado encallando en los escollos del socialismo. La revolución de Thatcher salvó a Gran Bretaña al arrinconar al laborismo marxista, igual que pretende hacer hoy la alianza Johnson/Cummings.

Tras el éxito inicial de Thatcher contra el socialismo, el establishment se reconstituyó sobre bases protocapitalistas y la expulsó en 1990. A pesar de la brillantez de Stone, su influencia y su papel como asesor de política exterior de Thatcher sobre Europa y redactor de discursos fueron, lamentablemente, limitados a la vista de los acontecimientos. Stone habría comprobado que, con toda su mediocridad, el establishment siempre se reagrupa. Pero quizá un operador más sobrio, concentrado e implacable, su protegido, tenga más posibilidades. Parece que Stone reconoció pronto el intelecto de Cummings y que le habría atraído su franqueza y su sentido de la finalidad. Eran genios disidentes con ideas afines.

Cummings aprendió sobre Tucídides con Fox Lane y sobre Bismarck con Stone. Veo un paralelismo con T. E. Lawrence, otro joven de hace un siglo que era solitario y distante de sus contemporáneos, pero de notable intelecto. En el caso de Lawrence, inspiró con determinación a las tribus beduinas a rebelarse contra los turcos en Palestina, lo que llevó a la creación de Estados nación en Oriente Medio. Además de la capacidad de análisis y liderazgo desapasionada de Lawrence, Cummings parece poseer su brillante determinación. Identifica con claridad un objetivo y es implacable en su concentración y empeño por lograrlo, igual que Lawrence.

El primer cargo serio de Cummings en el gobierno fue el de asesor especial de Michael Gove, entonces ministro de Educación de David Cameron. Ayudó a Gove a sacar adelante muchas reformas importantes, y su opinión sobre la importancia de que el Estado acierte en la educación y sobre cómo lograrlo es el tema de su ensayo de 235 páginas, Some thoughts on education and political priorities.[ii] Su ambición, entonces y ahora, es que Gran Bretaña se convierta en la escuela del mundo, haciéndose eco de la descripción de Pericles de Atenas como la escuela de Grecia.

En su ensayo, Cummings describe a quienes ocupan la política y el poder en Inglaterra como carentes de un pensamiento estructurado y disciplinado, mucho más interesados en aparentar estar del lado de los pobres y los menos capaces que en elevar los niveles. Los debates sobre políticas se habían convertido en poco más que ejercicios de exhibicionismo moral.

Es crucial que, según su ensayo, está convencido de que se pueden lograr enormes ahorros en la administración de la educación pública, suficientes para financiar la consecución de los objetivos finales y que aún sobre dinero para gastar en otros ámbitos o para reducir el gasto total. También señala que su enfoque centrado en los objetivos permite ahorrar en todos los departamentos de Whitehall. Su ensayo deja claro que pretende liberar los fondos para el gasto que propone el nuevo gobierno de Johnson en educación, policía y sanidad recortando el gasto en procesos burocráticos y políticos que no son esenciales para los objetivos finales.

Esto ya se ha intentado antes. Todos los intentos, y a lo largo de los años ha habido muchos, de hacer una hoguera de los quangos han fracasado. [Quango es un acrónimo de quasi-autonomous non-government organisation (organización cuasi autónoma no gubernamental), una entidad independiente creada por un departamento del gobierno, que suele aportar poco valor y mucha burocracia. Se estima que hay 742 quangos que gastan unos 100 000 millones de libras al año, aunque las estimaciones varían considerablemente].

El enfoque de Cummings para eliminar este despilfarro parece distinto de los intentos anteriores. Es el asesor especial principal de una red de casi un centenar de “spads” (a finales de 2018)[iii]. Los está moldeando como una fuerza conjunta, separada tanto del gobierno como de la administración pública, que responde directamente ante él además de ante sus ministros respectivos. Así se garantiza que los ministros reciban asesoramiento acorde con la política de Cummings de recortar el despilfarro y aumentar la eficacia de la toma de decisiones centrándose en los objetivos y no en los procesos.

En la práctica, el asesoramiento continuo que los funcionarios de cada departamento dan a los ministros tendrá que ajustarse a la política de Cummings. Es nada menos que un intento cuidadosamente planificado de arrebatar el control a un establishment político que flaquea, para que el gobierno sea más eficiente y objetivo en sus fines. Sin embargo, la tarea inicial es lograr el Brexit el 31 de octubre, y ya estamos viendo las consecuencias del enfoque de Cummings.

Cummings no transige en la persecución de sus objetivos. Ha logrado que se retire el apoyo del grupo parlamentario a los remainers conspiradores del Partido Conservador de forma brutal y pública. A cualquier asesor especial que no esté plenamente alineado se le trata con igual brutalidad: uno del Tesoro, sospechoso de filtrar información, fue despedido por él en el acto y sacado de Downing Street por un policía armado. Whitehall no recuerda en vida de nadie un grado semejante de dureza, concentración y determinación. Y es el verdadero chef de cabinet de Boris Johnson.

La relación con Boris se forjó cuando trabajaron juntos en la campaña del referéndum del Brexit, en la que Boris era la cara visible y Cummings el operador. A Boris le convenía, pues es un excelente delegador y estaba contento de que Cummings dirigiera todo en su nombre y en el de sus colegas políticos. Es una relación que perdura entre dos clasicistas con ideas afines. Los demás nombramientos de Boris, en particular Gove, Javid, Rees-Moog y Raab, forman un gabinete intelectualmente capaz que defiende la economía de libre mercado. Al restablecer la disciplina en el gabinete, Johnson ha asegurado que los ministros estén en sintonía con los planes de Cummings de reducir los costes de funcionamiento del gobierno al nivel más bajo posible. Pero su primera tarea, lograr el Brexit, sigue en juego. Con Cummings y Boris trabajando en un plan hacia un objetivo claro, es probable que se impongan a los remainers, que, más allá de causar disrupción, son incapaces de idear una estrategia viable. Pero de momento no sabemos cómo se desarrollará todo esto y solo podemos especular.

El futuro de Gran Bretaña bajo un gobierno reformista

Sin mayoría en la Cámara de los Comunes y con una Cámara de los Lores hostil, puede parecer prematuro plantearse cómo cambiará el panorama político un gobierno de Johnson. Sin embargo, buena parte de la incertidumbre actual desaparecerá cuando por fin se consiga un Brexit sin concesiones, y entonces cabe esperar que la alianza formada a toda prisa en los escaños de la oposición se derrumbe. Esto supone que el Gobierno encuentre la manera de neutralizar la Ley Benn-Burt, que le obliga a obtener la aprobación de los diputados bien para un acuerdo de retirada, bien para salir sin acuerdo de retirada. Si al terminar el 19 de octubre no se ha logrado ninguna de las dos cosas, el primer ministro debe haber solicitado una prórroga de la fecha del Brexit hasta el 31 de enero de 2020 como mínimo. Pero, suponiendo que se encuentre una vía para sortear este obstáculo, la laxa coalición de partidos de la oposición no tendrá ninguna razón vinculante para existir. Los nacionalistas escoceses y los liberales verán entonces con agrado la perspectiva de arrebatarle escaños al Partido Laborista y apoyarán la convocatoria de elecciones generales.

Tras esas elecciones, y suponiendo que Johnson consiga una mayoría suficiente para gobernar, toda la política absurda y de cara a la galería en la que se complacieron los ministros que sirvieron bajo la señora May y sus departamentos quedará relegada a los escaños de la oposición, ya que Cummings y su grupo de asesores especiales la eliminarán de la toma de decisiones ministerial. Aunque las cifras globales reflejen un mayor gasto en el punto de entrega en todos los ministerios, deberían financiarse adecuadamente con la eliminación de trámites innecesarios. Al menos, ese es el plan.

Por eso Johnson no está en la misma onda que Trump, al menos en lo que respecta a la gestión de los asuntos de gobierno, y es muy probable que su ministro de Economía pueda presentar un presupuesto equilibrado (si todo lo demás permanece igual), frente al aumento deliberado del gasto sin financiación por parte de Trump para perpetuar la ilusión de prosperidad estadounidense.




[i] Llegué a conocer a Stone como seguidor de mis artículos para Goldmoney. Aunque no era economista, estaba claramente en sintonía con el pensamiento de libre mercado.

[ii] Véase https://dominiccummings.files.wordpress.com/2013/11/20130825-some-thoughts-on-education-and-political-priorities-version-2-final.pdf

[iii] Annual Report of Special Advisers, 2018 (Cabinet Office)


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