A veces los rescates no logran lo que se pretende, y esa es una de las razones por las que deberían evitarse. Los habitantes de Islandia parecen tener una notable lucidez sobre esta realidad financiera básica.
Cuando un colapso financiero hace más de tres años hundió su economía, los islandeses tuvieron la oportunidad de votar si debían asumir más deuda para rescatar a los bancos insolventes. Los islandeses decidieron rechazar la carga de deuda propuesta y la draconiana austeridad que habría acarreado. Como se ha visto, eligieron con acierto. Afortunadamente, la economía de Islandia se ha recuperado. Como informó la BBC hace unos meses: “Invertir en Islandia vuelve a ser seguro, según Fitch, que ha mejorado su calificación crediticia tres años después de que su economía se desplomara de forma espectacular”.
A diferencia de lo ocurrido en Islandia, a los ciudadanos de la eurozona no se les dio la oportunidad de votar sobre los rescates sucesivos ni sobre las opresivas medidas de austeridad que pretendían resolver las crisis bancaria y de deuda soberana que llevan tiempo larvándose en Europa, pero que no lo han conseguido. Por consiguiente, tras las elecciones españolas que dieron lugar a un cambio de gobierno, los recientes resultados electorales en Grecia y Francia, que infligieron derrotas contundentes a los partidos en el poder, no deberían sorprendernos. Deben entenderse como una reacción inevitable de los ciudadanos de esos países, que rechazan las decisiones económicas adoptadas por sus gobiernos.
Como demuestran en particular las elecciones griegas, la impaciencia con los gobernantes, sean socialistas o conservadores, ha alcanzado un nivel sin precedentes. La ideología deja de importar cuando la economía está destrozada y el desempleo está en niveles récord.
Quizá los distintos resultados electorales europeos reflejen también un creciente desencanto con las políticas de la Unión Europea. Los alemanes y los italianos ya no quieren rescatar a Grecia ni a España, igual que los neoyorquinos y los tejanos no querrían rescatar a California.
Los manifestantes han salido a la calle en muchas ciudades de la UE para protestar contra las decisiones que afectan al futuro económico de su país. Resulta preocupante que el creciente malestar social probablemente se agrave a medida que flaqueen las economías de toda la UE. La actividad económica no mejorará hasta que el desempleo empiece a bajar, y eso parece poco probable porque el capital necesario para invertir está mejor remunerado en otras partes del mundo.
Las implicaciones son claras. Muchos votantes y manifestantes se han dado cuenta de que los gobiernos han dado por sentada a la ciudadanía trabajadora, sobre todo a las masas de clase media, que han visto cómo su nivel de vida se esfumaba junto con sus ahorros.
Los remedios que en el pasado taparon los problemas ya no funcionarán. Los problemas financieros de hoy no se pueden dejar para que los resuelvan los planificadores centrales en el futuro. Lo que funcionó en el pasado, cuando los niveles de deuda eran reducidos, no funcionará hoy, porque son enormes.
En resumen, hay demasiada deuda. La crisis de la deuda soberana, y la crisis interrelacionada de los bancos que poseen demasiados títulos de dudosa calidad de gobiernos sobreendeudados, es un barril de pólvora, y la mecha ya está encendida.
Los rescates no han funcionado. Se ha echado dinero bueno tras dinero malo. Ahora estamos viendo las consecuencias imprevistas. En este entorno de incertidumbre financiera, cada persona necesita oro físico ahora más que nunca. Es la moneda refugio del mundo.