La fiebre de las criptomonedas resulta fascinante para un economista, o al menos para un estudioso de la catalaxia, porque es una prueba de la teoría de los tipos de cambio y los precios, que es de lo que trata la catalaxia.
Por este motivo, el desenlace de la fiebre de las criptomonedas tiene un gran interés teórico. También es de interés para los estudiosos de la psicología de la especulación.
Los defensores de las criptomonedas afirman que son dinero. Si no pueden fundamentar esta afirmación, tendremos que concluir que las criptomonedas son solo un medio de especulación, que depende de un número creciente de personas para mantener su valor. Por eso, su validez como dinero es fundamental para su futuro. Los defensores de las criptomonedas son sin duda muy sensibles a las acusaciones de que no son dinero, presumiblemente por este motivo.
Las meras opiniones no importan. Hace falta un análisis crítico y desapasionado. El propósito de este artículo es poner a prueba, desde una perspectiva teórica sólida, la tesis de que las criptomonedas son dinero.
La base del dinero
Antes de las criptomonedas existía el dinero estatal, y antes de este, el dinero metálico, es decir, el oro y la plata. El dinero estatal surgió del dinero metálico, del que tomó su credibilidad, antes de abandonar toda apariencia de convertibilidad cuando el Tesoro de EE. UU. abandonó finalmente la paridad del dólar en 1971. La diferencia entre ambos es que el oro y la plata los eligen las personas que intercambian bienes en mercados libres, mientras que el dinero estatal lo imponen los gobiernos a la gente.
La catalaxia, como disciplina teórica, investiga el intercambio de bienes en una sociedad libre y es la base de la economía clásica desde Cantillon, Hume, Ricardo y Jevons/Menger hasta la escuela austriaca. El dinero estatal no supera el examen cataláctico, porque su emisión siempre subvierte los mercados libres al interponer la influencia del Estado en las transacciones entre personas corrientes.
La justificación moderna del dinero estatal tiene su origen en la escuela histórica alemana de economía, cuando Georg Knapp declaró, en lo que parecía poco más que una cuestión de principios derivada de la supremacía del Estado federal alemán, de formación reciente, que el Estado tiene el derecho exclusivo de emitir la moneda de sus ciudadanos.
El único libro de Knapp se titulaba Teoría estatal del dinero y se publicó en 1905. En él sostenía que el dinero estatal se reconoce por el hecho de que el Estado lo acepta como pago. El dinero existe según la regulación estatal, y los acreedores deben aceptarlo sin tener derecho legal a exigir a cambio otras formas de dinero.
En el prólogo a la primera edición, Knapp dejó claro que consideraba el dinero una cuestión de ciencia política. En otras palabras, su existencia, de acuerdo con los principios de la escuela histórica alemana, dependía de que el poder ejecutivo fijara la ley y no de los mercados libres. La primera frase del primer capítulo no deja lugar a dudas: «El dinero es una criatura de la ley».
La ley es terriblemente deficiente. Ni siquiera reconoce que el poder adquisitivo del dinero pueda cambiar. La ley no compensa a quienes han sido despojados por la degradación de la moneda. La ley no distingue entre dinero fiduciario y dinero de crédito. La ley te gravará si te beneficias de la sensatez de poseer dinero catalláctico en lugar de dinero estatal. La ley niega por completo la lógica de la catalaxia y dictamina solo sobre el dinero estatal, con independencia de que esté respaldado por oro o sea convertible en él. No reconoce el dinero elegido por los mercados libres. La ley no está capacitada para decidir sobre cuestiones monetarias.
Por tanto, en modo alguno puede decirse que el tratamiento que Knapp dio al dinero fuera catalláctico. El dinero emitido por el Estado no puede durar más allá de la capacidad de un gobierno para imponérselo a su población. Knapp murió en 1926, tres años después de que el dinero de su propio gobierno se hundiera de forma tan previsible como dramática, refutando su teoría estatal del dinero.
Las monedas emitidas por los Estados actuales no son distintas en concepto de las que se hundieron tras la Primera Guerra Mundial. Sin convertibilidad en oro o plata, dependen, para su poder adquisitivo y su validez como dinero, únicamente del Estado de derecho y de la confianza del público en el Estado. Desde que el Acuerdo de Bretton Woods empezó a desmoronarse, el dólar ha perdido más del 97 % de su valor medido en oro. Se trata de poderes adquisitivos relativos fijados en los mercados entre el dinero sólido, que la mayor parte de la población mundial sigue aceptando como tal (aunque no suela usarse para las compras diarias), y la moneda de reserva emitida por el Estado.
Los partidarios de las criptomonedas parecen ser más conscientes que la mayoría de las debilidades de las monedas estatales, en particular cuando los bancos centrales emisores han declarado que su objetivo es reducir continuamente su poder adquisitivo cada año como cuestión de política. La caída del poder adquisitivo observada hasta ahora ha destruido casi todo el valor de los ahorros en dinero, como los depósitos bancarios y los bonos, y es una política gubernamental que seguirá adelante. Además, es posible que algunos entusiastas de las criptomonedas entiendan que el dinero de crédito, emitido por los bancos comerciales, socava el poder adquisitivo del dinero estatal tanto como la emisión de dinero por los bancos centrales, si no más.
¿No es mejor, argumentan, que la gente corriente recupere el control del dinero frente a sus gobiernos? En su mundo utópico, podemos escapar del impuesto oculto de la inflación monetaria y mantener nuestra propiedad del dinero en privado. El fundador de Bitcoin ideó una fórmula que limitaría su inflación al hacer que «minarlo» fuera cada vez más difícil. Al introducir la nueva tecnología de cadena de bloques, creó una versión digital autoauditada del papel moneda al portador. El concepto no solo es extremadamente ingenioso, pues aborda de frente las debilidades del dinero estatal, sino que bitcoin se introdujo en un momento en que los bancos centrales discutían abiertamente su intención de eliminar el efectivo físico.
Bitcoin ha cautivado sin duda la imaginación y, en el momento de escribir esto, ha generado más de 900 imitaciones, según la Lista de criptomonedas de Wikipedia. En lugar de usarse como dinero, Bitcoin y sus imitadoras se han convertido en vehículos de pura especulación. Es de suponer que los partidarios de las criptomonedas esperan que, en algún momento, sus características monetarias pasen a primer plano, una vez que la especulación se haya calmado. Sin embargo, vemos que las criptomonedas existen a pesar de la ley, que apenas reconoce su validez e incluso las prohíbe en algunas jurisdicciones. No son criaturas de la ley en el sentido de Knapp. Por tanto, para que las criptomonedas sean dinero, deben ajustarse a las características del dinero que exige la teoría catalláctica.
Las criptomonedas no superan la prueba de regresión
En un intercambio de bienes por dinero, tanto el comprador como el vendedor valoran subjetivamente la parte de la transacción correspondiente a los bienes. Para ello, ambos deben suponer que no hay subjetividad en el valor del dinero que se intercambia. Así, mientras que el bien o servicio se valora de forma subjetiva, el valor del dinero debe considerarse totalmente objetivo; de lo contrario, la transacción cae en el terreno del trueque.
El teorema de la regresión demuestra que el valor de cambio objetivo del dinero en una transacción se determina por referencia a la experiencia reciente. Conocemos sin duda el valor del dinero en una transacción por lo que compró ayer. Y ayer conocíamos su valor por nuestra experiencia del día anterior. Mediante un proceso de regressus in infinitum, el valor del dinero se remonta hasta su valor subjetivo original para usos no monetarios, antes de que fuera adoptado como dinero. En otras palabras, para que el dinero llegue a ser dinero, tuvo que tener, y debe seguir teniendo, un valor subjetivo como bien.
Esto no quiere decir que el valor del dinero se base en su uso como bien. El poder adquisitivo vendrá determinado por su demanda como dinero, y su valor en términos de poder adquisitivo fluctuará. Cuando la plata dejó de ser dinero en favor del oro a finales del siglo XIX, su precio retrocedió hacia su valor de uso como bien.
Incluso cuando cambia el poder adquisitivo del dinero, este sigue considerándose el valor objetivo en un intercambio. De hecho, los precios de un centro que se desvían de los de otro se corrigen mediante un flujo de dinero hacia el centro donde los bienes son más baratos, desde aquel donde son caros. Los precios se corrigen cuando el dinero excedente se desplaza hacia donde hay escasez. Mientras el poder adquisitivo del dinero atraviesa un período de ajuste, los compradores y vendedores de bienes suponen que lo que se ajusta son los precios de los bienes, no el del dinero expresado en bienes. El dinero conserva su papel de dinero al seguir considerándose el valor objetivo en el intercambio de bienes.
Es de suma importancia que el dinero conserve esta credibilidad en cualquier circunstancia. Además de superar esta prueba, el dinero debe ser duradero, establemente fiable y, como depósito de valor, digno de confianza. Por todas estas razones, el oro y la plata han superado durante mucho tiempo la prueba de la regresión, mientras que los muchos otros productos y bienes utilizados como dinero a lo largo de los milenios han fracasado todos.
Las monedas emitidas por los Estados que existen hoy han conservado en general su papel de dinero por haber sido convertibles al principio en oro y plata, o, más recientemente, en un dólar parcialmente respaldado por oro.i Al abandonar el oro, la renuncia en 1971 a los últimos vestigios de convertibilidad del dólar le hizo perder su cualidad regresiva esencial y la mayor parte de su poder adquisitivo. Todas las demás monedas estatales que tomaron el dólar como su moneda de reserva han corrido la misma suerte. Y aunque todos usamos monedas emitidas por los gobiernos, lo que les da hoy un valor de uso objetivo, hay suficientes ejemplos de fracaso de monedas estatales para confirmar que tienen una debilidad fundamental al no ajustarse al teorema de la regresión.
En el caso de las criptomonedas no hay regresión, desde luego no como dinero. Fueron creadas de la nada y son catalácticamente menos convincentes que las monedas estatales, que al menos comenzaron como sustitutos del oro o de la plata. Aunque las criptomonedas pueden reclamar un origen de libre mercado, y sus creadores quizá piensen por ello que son superiores al dinero estatal, no superan la prueba de la regresión y, por tanto, no pueden presumir de ser cataláticas.
¿Puede utilizarse la criptomoneda como dinero?
Esto no descalifica por completo a las criptomonedas para ser utilizadas como dinero. Nada impide que el ciudadano A llegue a un acuerdo con el ciudadano B para aceptar una criptomoneda como pago de un bien. En ese acuerdo, la criptomoneda cumple la función de dinero. Pero la verdadera prueba es si la criptomoneda circulará más ampliamente como dinero. Para responder a esta pregunta, tenemos que profundizar en la propia teoría del intercambio.
El dinero es necesario porque dividimos el trabajo, y cada individuo se especializa en su producción para maximizar su rendimiento. Para evitar el trueque necesitamos un medio acordado y aceptable para todos con el que adquirir los bienes y servicios producidos por otros. En una sociedad libre, donde esta división del trabajo se produce sin intervención de terceros, el dinero que se usa para facilitar el intercambio de bienes también lo eligen las partes que intercambian bienes y servicios. Las únicas monedas que han sido elegidas por los mercados libres y han sobrevivido durante milenios son el oro y la plata.
El oro y la plata fueron aceptados porque tienen un valor subjetivo para usos alternativos, de acuerdo con el teorema de la regresión descrito más arriba. Ambos metales se siguen vendiendo hoy para joyería y para fines industriales. Es fundamental señalar que esto no ocurre con el papel moneda sin respaldo, y menos aún con su forma electrónica.
La historia del fracaso de las monedas sin respaldo sigue sin mancha de éxito, lo que sugiere que es solo cuestión de tiempo que las monedas actuales también fracasen. El poder adquisitivo de las monedas fiduciarias actuales está en continuo declive y, desde que se abandonó el último vínculo con el oro en 1971, cuando pasaron a ser puramente fiduciarias, todas han perdido la mayor parte de su poder adquisitivo en comparación con el del dinero sólido original, el oro.
Las monedas fiduciarias nacieron como sustituto del oro. Eran canjeables, a elección de su titular, por un peso definido de oro puro. Antes, algunas monedas eran convertibles en plata, pero, en relación con el oro, la plata cayó en desgracia a finales del siglo XIX.
Pero esta era solo una de las tres clases de dinero estatal. Una segunda forma es el crédito bancario, creado de la nada, pero expresado en los depósitos que resultan de disponer de ese crédito. Este dinero de crédito es indistinguible del dinero emitido por un banco central, un punto importante cuando el dinero del banco central era convertible en oro y el dinero de crédito no lo era. Y por último, están las fichas de metal común en forma de monedas, que, sin conversión en oro o plata, no eran más que eso: fichas.
Estas formas de dinero se aceptan porque el subterfugio mediante el cual los sustitutos del oro fueron reemplazados por dinero puramente fiduciario se llevó a cabo sin que el público fuera consciente, en general, de lo que ocurría. Su dinero se fue desvinculando progresivamente de la convertibilidad en oro, de modo que pudiera ser depreciado según la voluntad del Estado.
Tanto el dinero metálico como el dinero estatal funcionan porque su valor diario, en términos de los bienes que compran, es estable, y el precio del oro expresado en moneda fiduciaria no es más volátil que los tipos cruzados entre monedas fiduciarias en los mercados de divisas. En su estado actual, esto no es cierto de las criptomonedas, que son enormemente volátiles.
Se ha argumentado que la oferta de la primera criptomoneda importante, el bitcoin, es limitada, del mismo modo que la nueva oferta de oro es limitada en relación con las existencias sobre la superficie. Por lo tanto, los bitcoins tendrían las mismas características de oferta que el oro físico. Esto es sin duda cierto, pero no convierte a los bitcoins en dinero. Debemos descartar por irrelevantes los aproximadamente 100 000 establecimientos en todo el mundo que dicen aceptar bitcoin a cambio de bienes, porque la cifra es demasiado pequeña y es probable que su aceptación de bitcoins sea estrictamente limitada o responda a la especulación y no al uso como dinero.
En cambio, el bitcoin y las otras 900 criptomonedas aproximadamente se han convertido en meros vehículos de especulación. Una búsqueda en Google sobre el uso del bitcoin como dinero arroja poco más que cómo podría usarse para blanquear dinero. Aparte de su potencial para el blanqueo de capitales y la evasión fiscal, cuesta ver que a los entusiastas les interese usarlo como forma legítima de pago de bienes.
Y no es de extrañar. El bitcoin nació en 2008, y su precio ha pasado de unos pocos céntimos a más de 3400 $ esta semana. Especular se ha vuelto tan rentable que cada vez más gente se suma. Cada caída del precio se ve como una oportunidad para comprar más. Sea cual sea el desenlace, esta volatilidad descalifica al bitcoin para circular como dinero, con un valor de cambio objetivo, en el intercambio de bienes.
Una burbuja espectacular en marcha
Sabemos por nuestro análisis de las criptomonedas que carecen de linaje catalláctico y que su volatilidad las hace inadecuadas para su uso como dinero. Por lo tanto, nos vemos obligados a concluir que no tienen credibilidad monetaria y que son únicamente medios de especulación. Ahora podemos hacer una estimación segura: su desaparición final. Que esto sucederá cuando la burbuja estalle puede predecirse con firmeza, aunque no el momento.
Cómo terminará todo esto aún está por verse. Hasta ahora, la intervención de los gobiernos se ha limitado a cerrar plataformas de intercambio de criptomonedas en las que había indicios de fraude o blanqueo de capitales. Algunos gobiernos prohíben las criptomonedas por completo, aunque cuesta ver cómo se puede hacer cumplir esa prohibición. Sin embargo, si los gobiernos deciden poner fin al fenómeno de las criptomonedas, probablemente puedan hacerlo de forma colectiva mediante la regulación bancaria, ordenando a los bancos que no abran cuentas a ninguna entidad comercial vinculada con las criptomonedas.
El acuerdo internacional para coordinar la banca siempre lleva tiempo, pero los motivos de la intervención gubernamental no son difíciles de ver. A la cabeza de la lista, para los gobiernos con déficits presupuestarios intratables, está la evasión fiscal, real o imaginada. El blanqueo de capitales es una segunda razón, pero a menudo sirve de tapadera de la primera. También es posible que los gobiernos se preocupen por las características de burbuja y quieran limitar el daño financiero a los contribuyentes de a pie cuando estalle. Sin embargo, los gobiernos son conocidos por reconocer muy mal las burbujas financieras antes de que colapsen.
Lo más probable es que este fenómeno termine como terminan todas las burbujas. El éxito de la Compañía de los Mares del Sur generó imitadores, igual que el bitcoin hoy. Los especuladores que llegaron tarde a la fiesta compraron otras empresas de menor precio, dispersando la demanda potencial de las acciones de la Compañía de los Mares del Sur. En su mayoría, no eran más que vol-au-vents financieros, cuya rápida deflación contribuyó a socavar todo el sentimiento especulativo. El parecido entre las burbujas puras a lo largo de los siglos puede ser notable, y la fiebre de las criptomonedas no es una excepción en este sentido.
Otro paralelismo es el de la tulipomanía de 1636-1637, en la que algo tan intrínsecamente carente de valor como las criptomonedas se disparó hasta alturas fantásticas. Pero si buscamos diferencias con burbujas pasadas, la burbuja de las criptomonedas tiene el potencial de ser mayor que cualquier otra registrada hasta la fecha, alimentada por una población conectada globalmente que no necesita más que un teléfono móvil para participar. Además, la expansión del crédito bancario sin respaldo puede alimentar la relación de precios entre las criptomonedas y la moneda fiduciaria a una escala difícil de imaginar. El punto al que se llegó durante la burbuja del Mississippi, cuando la aristocracia francesa empeñaba sus propiedades para especular en el mercado, aún no es habitual con las criptomonedas.
Conviene señalar que todas las criptomonedas juntas valen aproximadamente 120 000 millones de dólares, de los cuales 55 000 millones corresponden al bitcoin. Esto es solo una fracción muy pequeña del efectivo y los depósitos de todo el mundo. Por tanto, no parece que se haya alcanzado el punto en el que se agota el dinero nuevo que alimenta la fiebre, y todavía podría quedar mucho camino por recorrer.
Pero las burbujas siempre acaban estallando. Si se permite que se infle hasta su máximo potencial, el colapso final de este extraordinario fenómeno empobrecerá al público especulador sin experiencia, que, como siempre, se quedará con pérdidas que le cambiarán la vida. El colapso final podría ser lo bastante grave como para provocar por sí solo una recesión económica, igual que las burbujas del Mississippi y de los Mares del Sur hace cuatrocientos años.
Por ahora, el desarrollo de esta burbuja está en manos de un público especulador que, de forma periódica, ve en las manías una forma infalible de ganar dinero. Pero la respuesta a la pregunta planteada en el titular de este artículo es que las criptomonedas no son dinero y nunca lo serán.
iEn el caso del euro, hay un paso adicional: está compuesto por varias monedas que tuvieron su origen en el oro o que estuvieron vinculadas al dólar a través del Acuerdo de Bretton Woods.
Las opiniones y los puntos de vista expresados en este artículo son los de su(s) autor(es) y no reflejan los de Goldmoney, salvo que se indique expresamente. El artículo tiene fines meramente informativos de carácter general y no supone que Goldmoney o el autor o los autores le presten asesoramiento jurídico, financiero, fiscal, de inversión o contable. No debe actuar ni confiar en ninguna información contenida en el artículo sin antes obtener asesoramiento profesional independiente. Se ha procurado que la información del artículo sea fiable; no obstante, Goldmoney no garantiza que sea exacta, completa o actualizada, ni que deba tomarse como indicación de resultados futuros, y no debe confiarse en ella como tal. Goldmoney no se hará responsable de ninguna reclamación, pérdida, daño o molestia causados por la información o las opiniones contenidas en este artículo, y cualquier acción emprendida como consecuencia de ellas corre por su cuenta y riesgo.