Una combinación letal de déficits presupuestarios y sanciones comerciales se reflejará en un aumento de la inflación de precios en EE. UU. Y donde va EE. UU., los demás le seguimos.
En este artículo me centro en dos razones por las que la inflación subirá, lo que llevará a tipos de interés y rendimientos de los bonos más altos, no más bajos. La primera es la destrucción del valor del crédito por su expansión no productiva, principalmente por parte de los gobiernos que mantienen déficits presupuestarios. La segunda apenas ha recibido atención, pero es al menos igual de grave: las consecuencias de la relocalización de las cadenas de suministro, acelerada por los aranceles y las sanciones comerciales. Comentaré brevemente la primera antes de pasar a la segunda.
Los déficits presupuestarios siempre deprecian la moneda
Margaret Thatcher dijo algo parecido a que el socialismo fracasa cuando se le acaba el dinero de los demás. Parece que hemos llegado a ese punto. Las políticas fiscales voraces ya están reduciendo la recaudación. Ahora nos deslizamos por el tramo descendente de la curva de Laffer. La fuerza económica que impulsa cualquier economía está siendo asfixiada por la carga del gobierno.
En consecuencia, con el aumento de las prestaciones obligatorias y otros gastos, las esperanzas de que el crecimiento económico reduzca los déficits presupuestarios son infundadas. Las estimaciones de déficit en casi todas las jurisdicciones de impuestos elevados resultarán demasiado optimistas. Esto tiene implicaciones importantes para la inflación que hoy ignoran todos, desde los gobiernos y los bancos centrales hasta los inversores.
Tomemos la situación de EE. UU. Todavía en febrero, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) preveía un déficit presupuestario de 1,507 billones de dólares para el actual ejercicio fiscal. Sin embargo, en los primeros seis meses el déficit ya era de 1,1 billones, según las propias cifras del Tesoro estadounidense. Pero esto no explica el ritmo de endeudamiento. Según el US Debt Clock, la deuda nacional de EE. UU. es hoy de 34,77 billones de dólares, un aumento de 1,6 billones en lo que va de ejercicio. A este ritmo será de 2,4 billones a finales de septiembre, casi un billón por encima de la estimación de déficit de la CBO. Representa el 9 % del PIB: crédito puro y no productivo que impulsa el PIB al alza y crea la ilusión de una economía fuerte.
Sospecho que el déficit presupuestario podría acabar siendo aún peor, en parte porque es un año de elecciones presidenciales, en parte porque el techo de deuda no estará vigente hasta enero de 2025 y en parte porque la economía productiva ya está en recesión. Esta última hipótesis se basa en una aritmética sencilla. Si, según la Oficina de Estadísticas Laborales, el PIB creció un 4,5 % en el año hasta el pasado marzo, y se tiene en cuenta una inyección de déficit presupuestario del 9 %, el sector privado en realidad se contrajo un 4,5 %.
Quizá sea un cálculo aproximado, pero es importante entender que la expansión de la deuda pública no productiva no solo oculta la verdadera situación económica, sino que además deprecia la moneda. Y la depreciación de la moneda acaba reflejándose en precios más altos. En otras palabras, la inflación de los precios al consumo no ha terminado.
El resto de este artículo examina cómo y por qué los intentos de los gobiernos de proteger la producción y el empleo nacionales mediante aranceles y sanciones comerciales acaban acelerando aún más la inflación de precios. El mundo vio las consecuencias económicamente destructivas de las políticas contrarias al comercio tras la Ley Smoot-Hawley de 1930, que siguen siendo relevantes hoy.
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