Cortejando a los alemanes

Ha pasado más de un año desde que Axel Weber tomó la sorprendente decisión de no optar al máximo cargo del Banco Central Europeo, lo que condujo poco después a su dimisión como presidente del Bundesbank.

Estos hechos se produjeron en un momento crítico para el euro. La crisis griega seguía latente y los costes de endeudamiento en el sur de Europa subían, lo que hacía temer que otros países siguieran el camino de Grecia, Irlanda y Portugal y necesitaran rescates.

The Wall Street Journal informó en su momento de que el anuncio de Weber «socavó un pilar clave» de la «estrategia de la canciller Angela Merkel para restablecer la confianza de los alemanes en el euro». Añadía que ella «había esperado recuperar la confianza de los alemanes en la moneda única nombrando a un alemán al frente del BCE».

Era una estrategia lógica, dada la confianza que los alemanes depositan en los dirigentes del Bundesbank y, de hecho, en esa venerada institución. Es una confianza bien merecida, ya que durante 50 años el Bundesbank condujo al marco alemán a un historial de estabilidad que ningún otro banco central igualó, salvo el de Suiza, que seguía una política similar basada en la disciplina monetaria alemana.

Sin embargo, no iba a haber un alemán en el crucial cargo del BCE. Alemania tendría que esperar a que uno de los suyos ocupara el puesto más alto del BCE, porque Mario Draghi fue nombrado para dirigir el banco central de la moneda única. En consecuencia, la señora Merkel ha recurrido a otras medidas para reforzar la confianza en el euro.

Para la señora Merkel ha sido un esfuerzo continuo, porque desde la decisión de Weber el euro parece haber ido dando tumbos de crisis en crisis. Ya se han adoptado numerosas medidas y vendrán más, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad propuesto, que debe ponerse en marcha en julio. Pero los altos políticos de la eurozona están pasando por alto un paso sencillo y evidente. Una contabilidad y una información precisas de las reservas de oro de los bancos centrales contribuirían mucho a tranquilizar a los alemanes y a los europeos en general sobre el futuro del euro.

Si el experimento de la moneda única tiene éxito, una contabilidad precisa del oro será simplemente «la guinda del pastel». Aportará poco para reforzar la confianza en una moneda que, con el tiempo, demuestra ser exitosa. Pero muchos siguen dudando de que el euro sobreviva, dadas dos crisis interrelacionadas y todavía abiertas: la deuda soberana y la solvencia bancaria. Para quienes se preocupan por el futuro del euro, y de hecho por el conjunto del sistema bancario europeo, estas inquietudes pueden calmarse sabiendo que el peso total del oro que posee y custodia de forma segura cada banco central europeo es suficiente para ofrecer una base sólida con la que establecer un sucesor del euro, en caso de que ese paso llegara a ser necesario.

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