Zerohedge llamó la atención recientemente sobre el creciente nivel de depósitos en efectivo de bancos extranjeros, escondido al final del informe H.8 de la Fed.
Los saldos en efectivo de los bancos extranjeros han aumentado en 518 700 millones de dólares desde septiembre de 2012, lo que explica casi todo el aumento de los activos totales de estos bancos en la tabla H.8. Esto implica que estos saldos en efectivo se mantienen como reservas en el balance de la Fed, la contrapartida de la flexibilización cuantitativa.
Esto plantea de forma natural la pregunta razonable que formula el artículo de Zerohedge: por qué la Fed parece beneficiar a los bancos extranjeros con la flexibilización cuantitativa. La respuesta es que estos depósitos se les han transferido desde bancos estadounidenses en el curso normal del negocio, o bien que la Fed está dispuesta a proporcionar liquidez a los bancos extranjeros: al fin y al cabo, el dólar estadounidense es la moneda de reserva. Y esta liquidez es más necesaria para los bancos más débiles del sistema bancario internacional, muchos de los cuales están en la eurozona.
El margen de maniobra del BCE en cuanto a la creación de dinero es más limitado, y es el único de los cuatro grandes bancos centrales que no ha aplicado abiertamente la flexibilización cuantitativa. Además, la eurozona sigue en apuros aunque haya desaparecido de los titulares. El siguiente gráfico, con cifras de crédito bancario facilitadas por el BCE, ilustra el problema.

El crédito bancario alcanzó su máximo a mediados de 2012 y a mediados de 2013 se había contraído más de un billón de euros. A estas alturas, el BCE debería conocer de antemano el total del crédito bancario del tercer trimestre, aún sin publicar; si ha seguido la tendencia a la baja, eso explica por qué el BCE redujo inesperadamente los tipos de interés hace poco.
Mientras tanto, el Banco de Inglaterra ha admitido por fin que la economía del Reino Unido está creciendo. La sabiduría convencional sugiere que el BoE debería permitir que los tipos de interés vuelvan a niveles más normales, pero se niega a hacerlo durante al menos un año más. El hecho de que el Reino Unido mantenga las políticas actuales de tipos de interés se debe en parte a la coordinación de políticas con la Fed, el BCE y, quizá en menor medida, el Banco de Japón.
La conclusión lógica de las actuaciones de la Fed y del BoE es que las políticas de tipos de interés se gestionan pensando en el más débil. Por tanto, la evolución de los precios y del crédito bancario en la eurozona podría considerarse el factor que determina actualmente cuándo introducirá la Fed la reducción gradual de estímulos.
Sin embargo, sigue existiendo un problema fundamental: si se reduce el estímulo de la inflación monetaria, los tipos a lo largo de la curva de rendimientos subirán con rapidez desde los niveles actuales, totalmente suprimidos de forma artificial. Ambas cosas no pueden separarse. La Fed lo sabe, y es un elemento central de su debate interno.
Lo cierto es que, así como los tipos de interés cero favorecen los balances bancarios y los costes de endeudamiento de los gobiernos, lo contrario también es verdad. Si a esto se suman las implicaciones deflacionistas de unos tipos de interés más normales, resulta evidente que la Fed y el BoE están atrapados. No esperarán con ilusión el día en que se queden sin excusas para este dilema. Pero, al menos por ahora, hay una misión de rescate en marcha para la eurozona, y la Fed seguirá prestando su apoyo a los bancos extranjeros.