Construir un sistema bancario mejor

Este artículo anticipa el momento, cada vez más cercano, en el que podríamos vernos inmersos en una crisis combinada de divisas, activos y banca. Cada vez está más claro que ya no se puede descartar un acontecimiento así.

Los economistas de la escuela austriaca han sostenido que un dinero sólido habría evitado una crisis de este tipo y que, sin él, la crisis se vuelve inevitable. El argumento a favor del dinero sólido, es decir, de un sistema creíble de canje de billetes por monedas de oro, ya se ha expuesto. Pero sigue pendiente la cuestión de cómo abordar el crédito bancario, cuyas fluctuaciones llevan mucho tiempo detrás del auge y la caída del ciclo económico.

Algunos austriacos defienden un sistema bancario dual, dividido en funciones separadas: custodios de depósitos y organizadores de financiación. Dicen que este esquema eliminaría la expansión del crédito bancario y, con ella, el destructivo ciclo económico.

Pero la creación de crédito no se limita a los bancos y es habitual en toda actividad económica. Prohibir a los bancos operar con crédito choca con el derecho establecido sobre el crédito, que ha evolucionado desde la época romana. Por ello, los bancos de depósito probablemente fracasarían como solución permanente y, además, podrían resultar poco prácticos.

Sugiero que hay una respuesta mejor: retirar a los bancos y a otros intermediarios de crédito el estatus de responsabilidad limitada. Sería menos probable que mantuvieran balances excesivos en relación con su propio capital. Esta sencilla medida tendría el mérito de permitir el acceso al crédito sin los excesos que hemos visto en el pasado y haría innecesaria buena parte de la regulación bancaria actual.

Introducción

Hace poco he entablado un debate con unos amigos sobre qué constituye un sistema bancario sólido. Todos seguimos el razonamiento a priori de la escuela austriaca de economía. Los lectores familiarizados con el argumento conocerán la postura que adoptan algunos de sus seguidores: dividir la banca entre la recepción de depósitos en régimen de custodia y, por separado, la organización de préstamos, que aportan capital para la producción a partir del ahorro. En un sistema bancario así, deja de producirse crédito bancario de la nada, y con ello desaparece la perturbación económica que causan las variaciones de su cantidad.

La posición de la escuela austriaca sobre la inflación de la moneda y del crédito apenas ha cambiado desde la década de 1930, cuando Ludwig von Mises ganó influencia fuera de su Austria natal. Entre von Mises y sus colegas austriacos, como Hayek, que enseñó en la London School of Economics, la profesión tomó conciencia del vínculo entre el ciclo económico de auge y caída, los cambios en el nivel de crédito bancario y las fluctuaciones de los tipos de interés.

La teoría austriaca del ciclo económico quedó relegada por el auge de la macroeconomía keynesiana, tras la publicación de La teoría general de Keynes. En 1936, cuando se publicó, Keynes había descartado la ley de Say, que exponía la posición clásica sobre la división del trabajo. Y defendía abandonar la financiación de la producción mediante el ahorro. En otras palabras, se convirtió en inflacionista, la antítesis del austriacismo. Keynes se puso de moda entre los gobiernos socializantes, mientras que la teoría austriaca del ciclo económico quedó marginada.

Tras Bretton Woods, en 1944, la economía mundial se estabilizó y se recuperó bajo un patrón dólar, vinculado al oro solo de forma nominal. Ese vínculo se cortó definitivamente en 1971, y desde entonces las divisas ligadas al dólar, que en la práctica eran todas las del mundo libre, han perdido más del noventa y cinco por ciento de su poder adquisitivo en relación con el del oro. Y, salvo algún que otro susto, como la crisis de Lehman, el mundo parece haberse curado de las depresiones. Pero…

Estamos al borde de un fallo sistémico

Una consecuencia de la creciente crisis energética, de materias primas y alimentaria es que cada vez más observadores independientes ven que la inflación, entendida como la subida de los precios de producción y de consumo, aumenta mucho más de lo que antes se consideraba probable. Apenas empiezan a comprender las consecuencias para los tipos de interés y la posibilidad, aún remota, de que todo se descontrole.

En los años setenta, los mercados pasaron años luchando contra el control estatal de las políticas monetarias antes de que los bancos centrales tiraran la toalla y Paul Volcker subiera el tipo de los fondos federales de la Fed por encima del 19 %. En aquella época, el Tesoro británico controlaba la política de tipos de interés del Reino Unido y, para ser justos con el Banco de Inglaterra, lo único que encontró en el canciller de entonces fue una actitud de los tres monos sabios ante la realidad del mercado. Con el tiempo, el Banco se saldría con la suya y subiría los tipos para permitir que se financiara la prodigalidad del Gobierno laborista. Así, los cupones de los bonos del Estado a largo plazo (gilts) llegaron al 15 % y más.

¡Imagínate algo así hoy! Y sin embargo, esa es la dirección que se está tomando. El otro asunto espinoso fue el descrédito de la economía keynesiana en favor del monetarismo. De repente, Milton Friedman salía en nuestros televisores explicándonos por qué la oferta monetaria era tan importante para los precios y por qué la solución era indexarlo todo. Pero ahora Keynes ha vuelto con fuerza.

Friedman solo acertó a medias en su análisis, porque la oferta monetaria es solo una parte de lo que determina el poder adquisitivo de una moneda. La otra es la opinión que la humanidad tiene de una moneda fiduciaria, un factor que no se daba con los patrones oro en los que se basaba la teoría monetarista. Dicho sin rodeos, con independencia de la cantidad en circulación, si la población la rechaza, la moneda del Estado, sin respaldo, carece de valor en términos de los bienes y servicios por los que los gobiernos esperan que se intercambie. Por eso Volcker tuvo que subir el tipo de los fondos federales por encima del 19 %. Era un mensaje a la gente: ¿queréis rechazar el dólar o preferís salvarlo y ganar un 20 %? Si hubiera esperado mucho más, la respuesta podría haber sido otra.

Podría decirse que el problema de la inflación hoy es peor que en los años setenta. Entonces, los activos financieros soportaron mercados bajistas considerables (el índice FT 30 perdió un 75 % de máximo a mínimo), hubo una crisis inmobiliaria comercial y bancaria en el Reino Unido a finales de 1973, y el FMI tuvo que desviar fondos destinados a rescatar a gobiernos sin recursos de economías emergentes para rescatar al Reino Unido. Pero el mundo civilizado nunca se enfrentó a la perspectiva de escasez de alimentos y de hambruna que casi con seguridad veremos a finales de este año.

Como conejos deslumbrados por los faros de un camión que se acerca a toda velocidad, los bancos centrales están paralizados. Si permiten que suban los tipos de interés, socavan sus propios balances. Y como las garantías de los préstamos en los grandes bancos comerciales son principalmente activos financieros, los bancos comerciales también corren el riesgo de quebrar. Además, el mandato común de los bancos centrales es mantener el pleno empleo con una inflación del IPC del 2 %, de modo que no tienen una autorización clara para combatir la inflación de precios ignorando las consecuencias sobre el desempleo.

En resumen, es probable que nos enfrentemos a una crisis inminente. Parece improbable que comience en la Fed o en el Banco de Inglaterra. Más probablemente, serán el Banco de Japón y el eurosistema del BCE quienes caigan primero en la crisis, al verse obligados a salir de los tipos negativos.

El 18 de marzo, el Comunicado de Política Monetaria del Banco de Japón reafirmó la política de tipos de interés negativos del -0,1 % y el compromiso de comprar cantidades ilimitadas de bonos del Estado japonés a 10 años para mantener un rendimiento del cero por ciento. Bajo la presión de los mercados, este se elevó al 0,25 % el 20 de abril. En consecuencia, el yen ha caído frente al dólar al ritmo más rápido de los tiempos modernos.

De igual modo, el BCE esconde la cabeza bajo el ala. El 18 de abril, a pesar de la inflación desbocada de los precios de producción y de su evidente repercusión posterior en los precios de consumo, reafirmó su tipo de depósito negativo del 0,5 %. En cuanto a la flexibilización cuantitativa, el BCE continúa con su programa de compra de activos, eso sí, a un ritmo menor, y espera que concluya en el tercer trimestre. Se parece bastante a la oración de san Agustín: «Señor, hazme casto y célibe, pero todavía no».

Tanto el Banco de Japón como el BCE tendrán que sanear sus balances si no logran contener los tipos de interés y los rendimientos de los bonos. En el caso del Banco de Japón, al recurrir a la flexibilización cuantitativa continua desde el año 2000, se ha convertido en un enorme fondo de inversión. El BCE también lo ha hecho, aunque solo desde la crisis de Lehman, y ambos bancos centrales están ahora expuestos a los vaivenes de la valoración a precios de mercado. Si fracasan, el Banco de Japón puede recurrir a un gobierno, pero el BCE no. Sus accionistas son los bancos centrales nacionales, que sufren el mismo problema. Peor aún, los principales bancos internacionales de la eurozona y de Japón son los más apalancados del mundo: los bancos de importancia sistémica mundial (G-SIB) de ambas regiones tienen una proporción media de activos sobre capital superior a veinte veces.

Ni el Banco de Japón ni el BCE pueden permitirse que suban los tipos de interés. Pero cuando ves que los precios de producción de Alemania suben más de un 30 % y que incluso en España se registra un 46 %, sabes que se acabó el juego. En Japón, los precios de consumo están muy subvencionados, lo que reduce la tasa aparente de inflación de los precios de consumo. Pero ahora que los precios de las materias primas y de la energía se disparan, no cabe duda de que Japón está terriblemente expuesto a unos precios más altos de la energía y las materias primas.

Si el Banco de Japón y el BCE persisten en sus políticas monetarias actuales, socavarán sus monedas, una tendencia que ya es evidente, como ilustran los dos gráficos de la Figura 1.

Illustration accompanying Construir un sistema bancario mejor

Como confirman los mercados de divisas, tanto el BCE como el Banco de Japón han optado por protegerse de la subida de los tipos de interés en lugar de preservar el valor de cambio de sus monedas. Pero la caída de los tipos de cambio solo aumenta la presión sobre los bancos centrales para que suban los tipos más adelante, siempre que estén dispuestos a ver cómo se acelera la destrucción del poder adquisitivo de sus monedas.

Por lo tanto, tarde o temprano subirán los tipos de interés y los rendimientos de los bonos en euros y en yenes. Sus sistemas bancarios enteros se enfrentarán al colapso desde arriba hacia abajo, a medida que los bancos de importancia sistémica mundial, muy financiarizados, vean cómo empiezan a implosionar sus activos financieros apalancados y las garantías de los préstamos que lo sustentan todo. Y la materialización del riesgo sistémico de contraparte de dos de las mayores unidades económicas puede sumarse a los problemas de los sistemas bancarios de todas las demás naciones occidentales.

La aparición de una crisis podría ser rápida y dejar el sistema bancario actual en ruinas, o incluso destruido. La cuestión que debemos abordar entonces es el tema de nuestro debate de hoy: ¿se puede diseñar desde cero un nuevo sistema bancario para que no vuelva a fracasar?

La raíz del problema es el dinero poco sólido. Un nuevo sistema bancario no durará mientras los gobiernos controlen el dinero. Ya sea por exigencias democráticas o por pura malversación, los gobiernos nunca pueden resistirse a la tentación de usar una moneda como fuente de fondos. Pero también deben ocurrir otras cosas. Los gobiernos deben dejar de intervenir en sus economías y limitar su participación, y la carga sobre la producción de bienes y servicios, al mínimo indispensable. Deben dar rienda suelta a los mercados libres y situar la estabilidad monetaria en lo más alto de las prioridades nacionales.

Ya es un acto de fe considerable pensar que una crisis económica, financiera y bancaria obligará a los gobiernos a entender y asumir estas realidades. Es un acto de fe aún mayor suponer que la reforma bancaria tendrá éxito. Sin embargo, dado el creciente riesgo de que un suceso así nos sorprenda, nos conviene examinar cómo debería funcionar un futuro sistema bancario.

La solución de los economistas austriacos

Los economistas austriacos, como Ludwig von Mises, reconocieron que los males que originaban un ciclo de comportamiento empresarial procedían de los cambios en la cantidad de crédito bancario. Los aumentos del crédito bancario tenían el efecto de estimular artificialmente la actividad económica, lo que conducía a la degradación de la moneda. El error de los economistas del siglo XX fue atribuir los consiguientes auges y caídas, en un entorno de moneda respaldada por monedas de oro, a la propia actividad empresarial en lugar de a las variaciones del crédito bancario. En su Crítica del intervencionismo, Mises escribió:

«Los gobiernos y los partidos políticos están convencidos de que es buena política reducir el tipo de interés por debajo del nivel que alcanzaría en un mercado libre. Y creen que la expansión del crédito bancario es el medio adecuado para lograr ese efecto deseado. No se dan cuenta de que el auge que crean artificialmente mediante esa expansión del crédito debe terminar en la catástrofe de la depresión.»

Mises identificaba la razón de que existiera el ciclo económico: se debe al dinero. Por tanto, concluyeron sus seguidores, la forma de abordar el problema era no permitir que los bancos crearan crédito en primer lugar. Pero, aunque era un purista en lo relativo a la inflación monetaria, Mises no era tan estricto con el crédito bancario. En su ensayo sobre Senior’s Lectures on Monetary Problems, Mises se mostraba más flexible:

«El meollo del problema está en la política de depósitos. Los bancos que no prometen más de lo que podrían cumplir sin la ayuda extraordinaria del banco central nunca ponen en peligro la estabilidad de la moneda del país. E incluso los demás bancos, que han sido lo bastante imprudentes como para asumir obligaciones que no pueden atender, solo son un peligro cuando el banco central intenta ayudarlos. Si el banco central los dejara a su suerte, su particular apuro no tendría ningún efecto sobre los tipos de cambio.» [El énfasis es mío].[i]

Ese es sin duda el punto clave. El mal es la intervención del banco central, tanto como la propia expansión del crédito bancario, si no más. Pero es habitual que los seguidores de la Escuela Austriaca ataquen la creación de crédito como el verdadero mal que hay que detener, sin prestar quizá suficiente atención a las consecuencias de las acciones de las autoridades. Además, critican a los reguladores gubernamentales y a los bancos por no dejar claro a sus depositantes que son meros acreedores del banco cuando creen ser custodios, y que no son propietarios de los depósitos como bien propio.

En consecuencia, los economistas de la escuela austriaca sugieren que la solución es un sistema bancario dual, en el que un banco actúe bien como custodio del dinero de un depositante que paga una comisión, bien como agente que gestiona la concesión de préstamos a prestatarios, con fondos de inversores independientes de su propio balance, a cambio de honorarios o comisiones. Pero no ambas cosas. Y, por tanto, no se crea crédito bancario.

De inmediato podemos prever un problema práctico. Tras la destrucción de valor que supondría el colapso de todo el sistema de moneda fiduciaria, hoy son menos los depositantes, en proporción al total, que en toda la historia de la banca que poseen monedas y lingotes de oro y plata para depositarlos en un banco en régimen de custodia. Y quienes los poseen se mostrarán casi con toda seguridad recelosos de cualquier sistema bancario, sólido o no, y preferirán guardarlos en cámaras acorazadas aseguradas o en casa. Si por depósitos se entienden billetes respaldados de forma creíble por las reservas de oro del emisor y canjeables por metálico en su lugar, entonces puede resultar más barato, y percibirse como más seguro, que los particulares recurran a cajas de seguridad para guardar fajos de billetes.

En el pasado han existido bancos de depósito, es decir, bancos cuyas reservas de depósito estaban totalmente respaldadas por el metálico de los clientes. El Banco de Ámsterdam, fundado en 1609, fue una de esas instituciones. Pero con el tiempo flexibilizó la norma de respaldo del 100 % en metálico y, tras el impago de préstamos del banco por parte de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, en 1790 el banco se declaró insolvente. En sus primeros tiempos tuvo además otro inconveniente: las monedas llegaban de toda Europa, en su mayoría recortadas, por lo que los depósitos se aceptaban por peso y había que acuñarlas de nuevo.

Los libertarios austriacos podrían argumentar que un nuevo comienzo permitirá introducir desde el principio normas estrictas para evitar que un banco se desvíe de un papel puramente de custodia para crear crédito, como ocurrió con el Banco de Ámsterdam. Pero la imposición de normas va en contra del espíritu libertario de los autores austriacos, que consiste en promover mercados sin regular y libres de la interferencia del Estado. Además, podríamos sostener que los intentos de convencer al Estado de que introduzca nuevas normas serán corrompidos casi con toda seguridad por el mismo cabildeo que con el tiempo ha corrompido el sistema actual.

Dadas las circunstancias en las que se necesitará un nuevo sistema bancario, habrá que dar seguridad a la moneda, esta deberá estar ampliamente en circulación y el crédito tendrá que estar disponible para que las empresas ofrezcan productos para el consumo. El crédito es necesario porque toda empresa incurre en gastos antes de obtener ingresos por la venta de sus productos. Es difícil imaginar que esto suceda a través de un nuevo mercado de préstamos, que necesariamente no será de fácil acceso para las empresas locales, que siempre constituyen el grueso de la actividad económica. En el pasado, estas se han financiado mediante pequeños bancos cooperativos, que en un sistema bancario dual presumiblemente no estarían permitidos.

Como demostró la experiencia del Banco de Ámsterdam, con el tiempo incluso las restricciones más estrictas a la creación de crédito pueden erosionarse. En tiempos más recientes y en un contexto relacionado vimos el abandono de la Ley Glass-Steagall, que separaba la banca comercial de la banca de inversión y que fue derogada tras solo cinco décadas. La lección de la experiencia, sin duda, es elaborar una legislación futura con la que todos podamos convivir. Y para ello debemos comprender la naturaleza del crédito y las leyes naturales que se le aplican.

El derecho romano, o ley natural, en materia de crédito

El crédito existe desde el fin del trueque. El dinero, la moneda y, evidentemente, el propio crédito son todos crédito. Que el metal acuñado es crédito es un hecho: las monedas de oro y plata en posesión de alguien representan la parte no gastada de la producción o de los ingresos. Se considera dinero propiamente dicho porque es la única forma de crédito sin riesgo de contraparte. La moneda fiduciaria es el crédito de quien la emite, y los depósitos bancarios son pasivos del banco (crédito) a favor de sus clientes depositantes.

El crédito es todo aquello que no tiene ninguna utilidad directa, pero que se acepta a cambio de otra cosa en la creencia o la confianza de que tenemos derecho a volver a intercambiarlo. Por tanto, el crédito es el derecho o la propiedad de reclamar otra cosa cuando la necesitamos. Es el derecho a un pago futuro, y conviene observar en particular que el crédito no es la transferencia de algo, sino el nombre de una determinada especie de derechos o de propiedad.

En la época romana, las decisiones anteriores de los juristas quedaron recogidas en la ley en tiempos del emperador Justiniano (529—565 d. C.). Así, las conclusiones de Ulpiano (170—228 d. C.) sobre el crédito bancario se incorporaron al código. Ulpiano definió la diferencia entre un contrato de depósito regular, referido a un bien específico, y un depósito irregular, referido a un bien fungible:

«Un depósito es algo que se entrega a otro para su custodia. Se llama así porque el bien se pone, es decir, se coloca. La preposición de refuerza el significado, que refleja todas las obligaciones correspondientes a la custodia del bien perteneciente a esa persona…

»… si una persona deposita una cantidad de dinero suelto, que cuenta y no entrega sellado ni encerrado en algo, entonces el único deber de quien lo recibe es devolver la misma cantidad.»[ii]

Hace 1800 años, Ulpiano codificó lo que entonces era una práctica establecida. La distinción entre custodia y contrato de préstamo ya estaba clara. El banquero tenía el deber de devolver el dinero a la vista, pero no necesariamente el mismo dinero depositado. Era, por tanto, libre de tomar el dinero depositado y hacer con él lo que quisiera, siempre teniendo presente el deber de devolverlo.

Además del dinero, hay bienes que pueden prestarse sin que sigan siendo propiedad del prestamista, porque se prestan para ser consumidos. La propiedad se transfiere al prestatario, y este tiene la obligación de devolver, ya sea bienes similares o una suma de dinero acordada en su lugar. En el derecho romano esto es un mutuum, distinto del commodatum, en el cual el prestatario se compromete a devolver el mismo objeto y su posesión no cambia en la operación.

Todos los préstamos comerciales son mutua, ya se trate de un pago en especie por bienes consumibles o de dinero para saldar la deuda. Mientras ese pago no se haya cumplido, es crédito y nada más. Y aquí nos encontramos con una distinción importante que no suele entenderse: una deuda nunca es el dinero que debe el deudor, sino siempre el deber personal, la obligación, de pagar ese dinero.

El derecho romano excluye expresamente la falacia común y extendida de que una deuda es dinero adeudado que pertenece al acreedor. La esencia de una obligación no consiste en convertir en propiedad unos bienes concretos, sino en vincular a alguien a darnos algo. El dinero sigue siendo propiedad absoluta del deudor, que puede gastarlo o desprenderse de él hasta que transfiere su propiedad al acreedor. Pero la deuda, o el deber de pagar, existe tenga o no el deudor dinero con el que pagarla.

La consolidación del derecho romano bajo Justiniano se produjo después de que Roma abandonara Britania en el siglo IV, y de que Inglaterra desarrollara posteriormente su propio sistema jurídico, dividido entre el common law y el Tribunal de Equidad (Court of Chancery). El efecto de las leyes reformadoras de 1873 y, más en concreto, de 1875 fue que el common law relativo al crédito fue sustituido por la equidad, lo que lo puso en línea con el derecho romano de Justiniano, que ya se había convertido en la base de todo el derecho europeo del crédito.

Deuda y crédito han pasado a significar lo mismo: un derecho de acción contra una persona por una suma de dinero.[iii] Aunque en economía la atención se ha centrado en el papel de los bancos como intermediarios de crédito, el crédito tiene un papel mucho más amplio que el bancario. No solo todo el sistema monetario se basa en el crédito, sino que todos los actos de los individuos que transfieren la propiedad de bienes sin liquidación inmediata se rigen por las mismas leyes.

Estas leyes deben tenerse en cuenta en cualquier reforma del sistema bancario. Y retirar a quienes se dedican a los negocios el derecho a actuar conforme a la práctica consolidada que sigue estando al alcance de todos los demás crearía, como mínimo, dificultades considerables, y va contra el espíritu y las leyes naturales que han evolucionado a lo largo de dos milenios de práctica acumulada. Quienes creemos que diseñar un nuevo sistema bancario sería sencillo probablemente no somos suficientemente conscientes de lo difícil que es revertir la posición jurídica arraigada del derecho romano, o ley natural.

El diseño práctico de un nuevo sistema bancario

Hasta ahora, este artículo ha puesto de relieve algunas de las dificultades que conlleva la abolición del crédito bancario, dificultades que quienes recomendamos separar la banca en la captación de depósitos y la gestión de la financiación hemos dado por resueltas. Aunque la intención es buena, prohibir a una clase de actividad empresarial operar con crédito mientras se permite a todos los demás hacerlo es, sin duda, injusto. La prueba de las dificultades que ello entraña también se aprecia en la aparición de la banca en la sombra, donde la operativa con crédito no está sujeta a licencia estatal, con lo que se evita, o se elude, el control regulador.

Y, desde luego, aparte de las dificultades prácticas de redactar una nueva legislación, una solución que exige una regulación aún más estricta no concuerda con el ethos de libre mercado que defienden los economistas austriacos. Se podría argumentar, como hacen los austriacos, que un banco de depósito es más honesto con el público que un banco libre de usar como le parezca el dinero depositado en él. Pero, además de la amenaza de que las leyes y normas futuras pondrían casi con certeza en peligro el estatus de los depósitos de custodia en el sistema bancario, après le déluge, ¿no preferiría la gente corriente mantener sus depósitos lejos de un banco que tendrá que cobrar comisiones por prestar un servicio de custodia? Y, para empezar, hoy en día tan poca gente posee realmente metálico que los depósitos de custodia serían o bien en billetes (en paquetes sellados o identificados por su numeración) o bien estarían respaldados por depósitos en el banco emisor de billetes. Y eso, sin duda, exigiría que el banco emisor ofreciera la conversión libre de sus billetes en monedas de oro o plata.

Siendo así, ¿por qué no limitarse a mantener una cuenta de depósito en el banco central y prescindir por completo de un banco de depósito de custodia? Pero eso solo da todavía más poder a un banco central, y los bancos centrales ya están planeando algo así con el desarrollo de las monedas digitales de banco central. Esa intención desde luego no va en la línea de un avance hacia los mercados libres, sino que, al saltarse los bancos comerciales, pretende ejercer un control aún mayor sobre cómo los agentes económicos emplean la moneda del Estado.

Hay que entender siempre que será el Estado quien fije el marco posterior al apocalipsis, y que la abolición de los bancos comerciales como intermediarios de crédito favorecerá el afán de control del Estado.

Esto nos lleva a lo que señala von Mises, citado más arriba de su crítica a las conferencias de Nassau Senior en la LSE en 1931. No son las fluctuaciones del crédito bancario lo que desestabiliza una moneda, sino las políticas de un banco central que intenta gestionar el resultado. A ello podemos añadir todo el aparato estatista que, para dar estabilidad a un sistema bancario inherentemente inestable, ha restado importancia a sus riesgos y ha engañado al público sobre el papel de los bancos como intermediarios de crédito. La protección de los depósitos para los pequeños ahorradores va en esa línea. Sería, sin duda, mucho mejor tener un sistema bancario que funcione conforme a leyes y prácticas establecidas desde hace mucho tiempo, en el que se animara a la gente a entender los riesgos en lugar de ocultárselos.

La razón por la que los bancos de importancia sistémica mundial (G-SIB) japoneses y de la zona euro no intentan reducir el apalancamiento de sus activos sobre el capital, que supera las veinte veces, es que sus accionistas gozan de responsabilidad limitada. Esto significa que un banco puede asumir riesgos sabiendo que, si las cosas salen mal, los accionistas no perderán más que lo invertido en el banco. Peor aún, cada vez se entiende más que, si ocurre lo peor, el banco central siempre rescatará al banco (o lo recapitalizará con fondos de acreedores). Y el negocio continúa, y a los accionistas les queda algo.

Si hay una solución, podría ser muy sencilla. Los intermediarios de crédito deben perder la protección de la responsabilidad limitada. Es perfectamente posible exigir que los intermediarios de crédito de cualquier tipo actúen como sociedades colectivas, con al menos algunos de los socios sujetos a responsabilidad ilimitada. Se les debería permitir contar con socios comanditarios como fuente de financiación de capital, pero lo esencial es que los banqueros sean siempre plenamente conscientes de los riesgos que implica operar con crédito y del apalancamiento excesivo.

Con un régimen de sociedades colectivas, los bancos serán más pequeños, tendrán menos apalancamiento y probablemente serán más numerosos. Y con menos apalancamiento, las fluctuaciones del crédito bancario, que los economistas austriacos identifican con acierto como la causa del ciclo económico de auge y caída, se moderarán considerablemente. Los bancos siempre fracasarán, pero en un sistema bancario diverso y con un apalancamiento moderado, las quiebras tendrán solo un impacto limitado.

 




[i] Senior’s Lectures on Monetary Problems, una crítica de von Mises publicada en el Economic Journal (septiembre de 1933). Nassau Senior impartió nueve conferencias sobre el dinero y el comercio internacional en la London School of Economics en 1931.

[ii] Según la traducción y cita de Money, Bank Credit, and Economic Cycles de De Soto, pp. 26-27.

[iii] Según la definición dada a los Comisionados Reales en el Digest of the Laws of Bills of Exchange, Bank Notes, &c., citado en The Elements of Banking de H. D. Macleod.
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