Cómo atajar el comunismo que se infiltra

El trigésimo aniversario de la caída del Telón de Acero coincide con un resurgimiento popular del comunismo y una deriva hacia más socialismo. Una amnesia colectiva hace volver las políticas fallidas de la Unión Soviética en un Partido Laborista marxista en Gran Bretaña. Los demócratas estadounidenses que compiten en las primarias expresan un socialismo cada vez mayor.

Este artículo explica las falacias económicas básicas comunes a ambos casos. Aclara por qué la propiedad estatal de los medios de producción no resuelve el problema del cálculo económico en una economía socialista. También explica los errores de la condena socialista de los mercados libres.

Y, por último, señala que muy pocos nos damos cuenta de que somos más socialistas de lo que pensamos cuando apoyamos que el gobierno controle posiblemente nuestra materia prima común más importante: el dinero que usamos a diario. Pero hay una solución sencilla: dejar de favorecer a los capitalistas de amiguetes.

Introducción

Esta semana se cumplieron treinta años de la ruptura del Muro de Berlín. El paso del tiempo hace que la mayoría de las personas menores de unos cuarenta y cinco años no entiendan de qué iba todo aquello. De hecho, muchos mayores de esa edad habrán olvidado que el Muro de Berlín cayó porque los estados comunistas de Europa del Este y la antigua Unión Soviética ya no eran capaces de reprimir a su gente. Y se reprimía a la gente porque la supresión de la libertad personal es central en el comunismo, el credo que dice que las personas deben hacer sacrificios por el bien común. Además del paso del tiempo, lo incómodo que lleva a la gente a querer olvidar sus horrores es que el comunismo es tanto la base como el destino final del socialismo moderno.

Desde que Lenin y sus bolcheviques alcanzaron el poder, impusieron el comunismo a la población rusa. La gente perdió los derechos sobre su propiedad y su libertad personal, que pasaron a ser propiedad del Estado. Planificadores, administradores y burócratas les ordenaban lo que podían y no podían hacer. Sin incentivos personales, la economía soviética se vino abajo rápidamente, y los burócratas encargados de asignar los recursos económicos acabaron creando excedentes de bienes inservibles e indeseados, y escasez de los que se querían. En sus esfuerzos por corregir este desbarajuste, se culpó a las mismas personas a las que el comunismo decía liberar del yugo de la burguesía, se las acusó de insubordinación y las fusilaron o las deportaron a los gulags. Solo en la URSS se calcula que entre veinte y sesenta millones de personas murieron de hambre, en los gulags o ejecutadas.

La gente vivía con un miedo constante a la policía secreta y a sus informantes. Apenas sorprende que la caída del Muro de Berlín fuera una escena de gran júbilo y la manifestación visible de la libertad recuperada.

Debemos recordar cómo afectaron el comunismo marxista y el estalinista a la gente corriente porque ahora se le ofrece la opción de votarlo de nuevo. En el Reino Unido, marxistas-leninistas de línea dura controlan el principal partido de la oposición, y, por lo que se ve desde este lado del Atlántico, varios aspirantes demócratas a la presidencia ofrecen a sus seguidores una versión más suave del mismo credo socialista.

Algunos observadores afirman que nuestra amnesia colectiva sobre asuntos tan importantes se debe a un ciclo del comportamiento humano, pero lo más probable es que se deba a un nivel asombroso de ignorancia pública, al que no ayuda la mala calidad del debate político. Theresa May echó a perder las elecciones generales de 2017 porque no abordó los delirios destructivos de los marxistas del Partido Laborista, algo que solo se explica por la ignorancia de por qué el marxismo es tan desastroso en lo económico. O bien habrá olvidado el verdadero motivo de aquellas escenas de alegría en Berlín hace treinta años, o bien no entendió el mensaje. Aunque es una conservadora con carnet y en teoría partidaria de los mercados libres, al igual que muchos otros diputados conservadores su política parece la de una socialista cristiana controladora, como la corriente política dominante en la UE.

No estaba sola: todo el establishment político británico, como una pálida imitación del politburó, se había convertido en una clase gestora que creía más en sí misma que en la rendición de cuentas democrática. Esta, y no el comercio, es la cuestión central del Brexit. Y sigue siendo cierto del Estado profundo de Estados Unidos, a pesar del mandato democrático del presidente Trump y de sus intentos de cambiarlo. Es una condición propia de cualquier gobierno que sostiene que sacrificar la libertad personal beneficia al bien común.

El problema con Marx y sus ideas a medio cocer

En el fondo, el socialismo moderno se basa en el marxismo, que, a pesar de todas las pruebas de su crueldad, conserva un amplio apoyo. No solo tienden los estudiantes universitarios de todas partes a apoyar un socialismo fervoroso, sino que, en el Reino Unido, los sondeos estiman que una mayoría sustancial del profesorado universitario prefiere un Partido Laborista marxista antes que a los conservadores. No es de extrañar que, durante muchas décadas, el KGB soviético reclutara con tanta eficacia a sus «idiotas útiles» y espías en las mejores universidades del Reino Unido.

Resulta extraordinario que, desafiando la historia y el avance del conocimiento filosófico, alguien pueda ser tan iluso como para creer en la política de Karl Marx, fundador del comunismo moderno y base del socialismo moderno. Más que nadie, por sus ideas equivocadas, él es responsable, aunque sea indirectamente, de la muerte de unos cien millones de personas en el siglo pasado y, en un momento dado, del severo sometimiento, mediante la servidumbre económica y social, de una tercera parte entera de la población mundial. Y si se incluye también a quienes han sufrido bajo el yugo del socialismo moderno de inspiración marxista, la filosofía que sostiene que el Estado es más importante que el individuo, se podría argumentar que casi el mundo entero está hoy bajo la influencia destructiva de Marx.

Su postura filosófica quedó expuesta de forma exhaustiva en una de sus primeras obras, Contribución a la crítica de la economía política, publicada en 1859. El principio fundamental del marxismo se enuncia al comienzo del prólogo, donde define su deducción a partir de la dialéctica hegeliana: «No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino su existencia social la que determina su conciencia».[i] En otras palabras, la organización social tiene prioridad sobre el individuo y, por tanto, el individuo está subordinado a la organización social.

Marx sostenía que de esta lógica se desprendía que las clases formadas a partir de intereses materiales obligan a sus miembros a pensar y actuar según los estrechos intereses de su clase y no de manera independiente según su interés personal, pues este no existe. Para Marx, las ideologías evolucionaban según líneas de clase, en las que dominaban los intereses de la minoría, la burguesía. Y como la burguesía se beneficia del trabajo del proletariado, le interesa mantener sometido al proletariado. La acumulación de riqueza en manos de la burguesía se debía por completo a la explotación del proletariado.

El mundo de Marx era un mundo en blanco y negro, de poseedores y desposeídos, de explotadores y explotados. Como dijo Immanuel Kant (1724-1804): «Si un hombre tiene más de lo necesario, otro tiene menos».[ii] La única manera de corregir este aparente error era el colapso del sistema capitalista, que había provocado esos desequilibrios en primer lugar. La solución final era una sociedad sin clases del proletariado, a quien se entregarían los medios de producción, administrados en su nombre por un gobierno revolucionario. Encabezado, por supuesto, por el propio Marx.

El dogma marxista estaba y sigue estando plagado de ideas intelectuales mal digeridas. En parte, esto se debía al estado del conocimiento humano cuando Marx ideó su plan de dominación mundial, que constituía la base de cualquier debate dialéctico. Darwin propuso por esa misma época su teoría de la evolución, según la cual el hombre había evolucionado a partir de los animales y no era una especie aparte favorecida por Dios. Esto encajaba a la perfección con la filosofía marxista y, hasta hoy, los marxistas son ateos.

Era también anterior al desarrollo de la psicología por Sigmund Freud y Josef Breuer. Antes se pensaba que todos los cerebros humanos eran iguales, del mismo modo que tenemos otros órganos internos con funciones específicas dentro del cuerpo. El concepto de que los humanos diferían en su inteligencia y su agudeza, aunque se observaba con frecuencia, no lo explicaba la ciencia médica. Incluso se creía que la enfermedad mental era un trastorno originado en el cuerpo y no en el cerebro, y se disecaba habitualmente a los suicidas para determinar qué órgano era la causa. A Marx, apoyándose en el enfoque dialéctico de Hegel, pudo parecerle lógico que todos somos iguales y que las evidentes diferencias sociales se deben a nuestra crianza en una clase o en otra.

Nunca definió la clase, un concepto demasiado escurridizo para precisarlo. En su lugar, dividió a la humanidad en la mayoría explotada, el proletariado, y la minoría que controla al proletariado, la burguesía. Esperaba que el proletariado acabara rebelándose y relegara a la burguesía a la clase inferior, para ser gobernada por una administración socialista. Creía que esto ocurriría porque, según argumentaba, bajo el capitalismo el empobrecimiento de los trabajadores era inevitable, lo que conduciría a una revolución obrera.

Sin embargo, al mismo tiempo creía en la ley de hierro de los salarios, asociada sobre todo a David Ricardo. Según esta ley, los salarios los fijaban la disponibilidad de mano de obra y los pagos necesarios para subsistir. Unos salarios superiores a ese nivel básico llevarían con el tiempo a un aumento de la disponibilidad de mano de obra, mientras que unos salarios inferiores reducirían la reserva de trabajadores. De este modo, se esperaba que el coste del trabajo se reequilibrara siempre en el nivel de subsistencia. El trabajo se consideraba una simple mercancía, cuya oferta estaba regulada por su demanda. Sin embargo, la creencia de Marx en la ley de hierro de los salarios choca con su suposición de que la burguesía empobrecería gradualmente al proletariado. No se pueden defender ambas cosas.

De todos modos, los avances posteriores del conocimiento económico y las pruebas empíricas han refutado ambas teorías. El planteamiento de Marx consistió en suponer con arrogancia que los trabajadores son esclavos del trabajo que no piensan, y no lo son. Son individuos con aspiraciones individuales y, a medida que mejora su nivel de vida, esas aspiraciones se elevan. Y, como mostraron más tarde Freud y Breuer, tienen un cerebro distinto de su físico, con capacidades mentales individuales que rigen sus necesidades y deseos. Marx incluso despreciaba los sindicatos de su época, y sostenía que hacer huelga para obtener salarios más altos era confabularse con miembros de la burguesía al negociar con ellos, cuando en realidad deberían buscar su destrucción.

Su pensamiento había evolucionado con impaciencia desde la tesis de que la destrucción de la clase burguesa se produciría de forma natural con el tiempo hasta fomentar una revolución violenta de clases para provocarla. Las huelgas de los trabajadores comprometían ambas alternativas y amenazaban sus ambiciones personales de liderazgo mundial.

En algunos aspectos, la ignorancia moderna sobre el marxismo es peor que la del propio Marx. La economía clásica ha evolucionado, sobre todo gracias a Carl Menger y sus seguidores de la escuela austriaca, y hoy comprendemos mejor el papel del consumidor, no solo como usuario final, sino también como fijador inconsciente de los precios y regulador de la demanda. Y para que no lo olvidemos, tenemos la certeza de que el comunismo no solo fracasa, sino que conduce al empobrecimiento de las masas.

Hay que dejar al descubierto las cuestiones económicas, de las que se derivan todas las demás. Por qué fracasa el comunismo de cualquier tipo y si las mismas razones de su fracaso se aplican a la forma cristiana de socialismo predominante en Occidente son las dos cuestiones principales a las que se enfrentan los electorados del Reino Unido hoy y de Estados Unidos el próximo año.

La base del cálculo económico

Fundamental tanto para el marxismo como para otras formas de socialismo es la teoría de que los precios los fijan los costes, en particular los del trabajo, y de que la producción del trabajo es una cantidad uniforme. Solo así puede darse por supuesto que todos somos iguales. En la realidad, la gente siempre valora unos bienes más que otros, lo que exige una remuneración mayor para atraer el trabajo necesario, con sus aptitudes específicas, para producirlos. Los comunistas quieren que creas que, si el Estado lo considera necesario, puede ordenar mayores cantidades de recursos humanos, igualmente pagados e igualmente cualificados, con ese fin. Como alternativa, puede ordenar al consumidor que no compre bienes cuya demanda supere la prevista, recurriendo al expediente del racionamiento.

Una teoría del valor basada en el trabajo es también el fundamento de formas de socialismo menos evidentes. Es la hipótesis de trabajo que subyace a la prestación de todos los servicios públicos, y también la que afirman los empresarios a quienes se adjudican contratos y subvenciones públicas. Por consiguiente, los precios de los servicios monopolizados por los gobiernos y sus proveedores aliados se fijan casi siempre sobre la base de los costes.

En consecuencia, los gobiernos y sus organismos son malos proveedores de bienes y servicios, porque no tienen ningún incentivo para contener o reducir los costes. Carl Menger demostró en la década de 1870 por qué la base de costes de los precios no es el principal factor determinante de estos. Al contrario, dejó claro que los precios los fijan los consumidores al ejercer su elección personal. Los estatistas siempre se han resistido a esta idea, porque niega la posibilidad de calcular los precios con certeza de antemano.

Las preferencias del consumidor son la cuestión central. No se trata solo de una cuestión de precio, sino de prioridades, deseos y de la satisfacción de un malestar general, que son los que impulsan la demanda de bienes y servicios por parte del consumidor. Son factores que cambian continuamente. Además, el precio medido en términos monetarios es una cuestión secundaria, pues en este contexto no es más que una vara de medir para comparar y facilitar las decisiones del consumidor. El hecho de que los consumidores elijan entre bienes nos indica que, en la práctica, los bienes se valoran unos frente a otros, y que el dinero es el agente temporal no solo para transformar lo que produce una persona, en forma de beneficios o salario, en los artículos que desea consumir, sino también para facilitar la elección entre ellos.

Cuando se entiende que el verdadero papel del dinero es el de un agente, primero como facilitador de la división del trabajo y después de la elección entre artículos de consumo, la imposibilidad de que el socialismo calcule precios resulta más evidente, incluso para los pocos planificadores estatales que entienden que la base de costes no puede aplicarse.

Hace falta mucha destreza, experiencia y conocimiento de los mercados especializados para que un empresario centrado en su campo prevea con rentabilidad la demanda de su nicho concreto. Arriesga su capital y dedica su valioso tiempo a atender con beneficio lo que anticipa que será la demanda del mercado. En cambio, un administrador estatal o un burócrata siempre es poco apto para asumir riesgos con los recursos del Estado y no puede actuar como un empresario. No reúne ninguna de las cualidades necesarias para acertar con un solo producto, y menos aún con los muchos cuya producción quizá deba supervisar.

Los socialistas rebaten esta propuesta diciendo que no hay motivo para que el empresario de éxito no pueda desempeñar la misma función para el Estado. En sus notas finales de La teoría general, incluso Keynes propuso que el Estado sustituyera al ahorrador como proveedor de capital para el empresario. El empresario pasa a depender del Estado, y su beneficio se «obtiene mucho más barato que ahora».[iii] Es evidente que el principal incentivo que mueve a todos los empresarios de éxito acaba bajo el control del Estado, para ser erosionado por políticos que buscan el favor de un proletariado envidioso del éxito del empresario.

Cuanto mayor es el grado de socialismo, menos probable es que el empresario coopere. Y cuando el Estado es dueño de los medios de producción, su incentivo desaparece por completo. Que lo fuercen a asumir un papel de gestor bajo la amenaza de ser enviado a un gulag o incluso ejecutado no puede cambiar este hecho sencillo. Se convierte en un funcionario cuyo único interés es sobrevivir en un sistema estatal de producción disfuncional. En cualquier caso, no tiene base alguna para estimar el valor de lo que produce.

Oskar Lange, un economista polaco de la era comunista, aceptó la evidencia de que el socialismo era incapaz de calcular los precios de consumo y propuso que se permitiera a los mercados hacerlo. Pero su error fue no entender que los precios de consumo en un mercado libre también determinan y fijan el valor de sus factores de producción, que según la propuesta de Lange seguirían en manos del Estado. Así, la distribución de los recursos productivos en un Estado socialista llevaría siempre a fallos en la distribución de los bienes.

El error de Lange es típico de los intentos actuales de buscar un compromiso entre capitalismo y socialismo, un error que los políticos de todos los colores ignoran o no entienden. La gran mayoría de quienes defienden los mercados libres no lo hacen del todo. Y no entienden que la distribución del propio dinero está socializada, pues su oferta y sus tipos de interés los gestiona un órgano del Estado y no los mercados libres.

La ilusión de que es posible un compromiso entre el socialismo y los mercados libres la facilita la capacidad de adaptación de la gente corriente. No se enfrentan al ayuntamiento; más bien buscan otra manera de hacer las cosas. Es imposible rastrear cómo afectan sus decisiones las distorsiones económicas que les impone el Estado. Pero sí es posible demostrar el contrafáctico: que, libre de intervención estatista y de regulaciones asfixiantes, una economía mejora el nivel de vida de todos mucho más rápido que un Estado que intenta lograrlo, incluso con las mejores intenciones.

La queja contra el capitalismo

La diatriba socialista contra el capitalismo rara vez es una diatriba contra los mercados libres, salvo en el caso de los socialistas convencidos que sostienen que, por principio, el Estado debería poseer los medios de producción. La mayoría de sus seguidores, los socialistas cristianos, se mueven más por un deseo ingenuo de justicia social que por un compromiso con el socialismo en sí. Su queja es legítima frente a los banqueros y otros empresarios que se enriquecen mediante su influencia sobre el Gobierno u obtienen de este protección frente a la competencia a través de licencias y regulaciones. En lugar de proporcionar los bienes y servicios que demandan los consumidores, estos capitalistas del establishment dan prioridad a su relación con el Estado como medio para proteger y maximizar sus beneficios.

Una descripción acertada de este acuerdo entre el Estado y las grandes empresas es el capitalismo de amiguetes. Mientras exista una clase política socializadora, habrá empresarios que quieran su parte del pastel que se reparte. Cuando un gobierno concede subvenciones al empleo regional, un empresario construirá una fábrica en el lugar que maximice la subvención. La cercanía a los mercados y otros factores comerciales pasan a ser consideraciones secundarias. Una vez realizada la inversión subvencionada, puede chantajear a los futuros políticos para obtener más subvenciones y contratos públicos amenazando con despedir a trabajadores si no se materializan. De forma más sutil, puede asesorar a los políticos sobre política industrial y regulación con el objetivo oculto de perjudicar a los competidores más pequeños.

Como dice el refrán, un político honesto es aquel que, cuando lo compran, se queda comprado.[iv] Y mientras el Estado esté involucrado, un empresario puede pactar con sus competidores para amañar los mercados sin temor a litigios antimonopolio. En realidad, la única queja válida sobre el capitalismo no es sobre los mercados libres, sino sobre su corrupción facilitada por el Estado.

La mayor corrupción de los mercados libres es la socialización del dinero. En un mercado verdaderamente libre, corresponde a cada agente decidir su medio de intercambio, y por esa razón el dinero en forma metálica surgió para sustituir al trueque. En cambio, desde la primera mitad del siglo XX los gobiernos se han reservado el monopolio del dinero. Aparte de los casos en tiempos de guerra, el primer paso en esta dirección global fue la suspensión en 1933 de la convertibilidad del dólar en oro para los estadounidenses. Hoy, los bancos centrales abusan de este monopolio emitiendo dinero en las cantidades que puedan permitirse sin consecuencias. Sin que los ciudadanos lo sepan ni lo entiendan, los bancos centrales transfieren riqueza de ellos a sí mismos, a sus gobiernos y a sus amigos favorecidos.

La inflación monetaria es la condición previa para financiar el avance del socialismo. El argumento inflacionista es socialista hasta la médula: aumenta la oferta de dinero en nombre de un supuesto beneficio común y calla sobre el efecto de transferencia de riqueza. La eutanasia de los ahorradores corrientes y su sustitución por el Estado como fuente de financiación de la inversión fue un deseo expresado por Keynes en su Teoría general.[v] Pero eso es puro socialismo, y ya se ha logrado mediante la destrucción del ahorro personal, sobre todo en Estados Unidos, el Reino Unido y la mayor parte de Europa, y mediante el daño que la supresión de los tipos de interés ha causado a los sistemas de ahorro colectivo, como los fondos de pensiones.

Y cuando sube el nivel general de precios, que en realidad es la manifestación de la pérdida de poder adquisitivo de una moneda, los gobiernos socializadores justifican sus actos diciendo que eso nos estimula a consumir. Si los precios suben tan deprisa que este argumento engañoso queda en evidencia hasta para los más torpes, se culpa entonces a los codiciosos capitalistas que buscan beneficios.

Los bancos tienen licencia para crear crédito, que no es más que otra fuente de dinero, de la nada, lo que enriquece a los banqueros como clase y alimenta aún más la envidia pública de la que se nutre el socialismo. A pesar de ello, toda la clase burocrática y administrativa de planificadores centrales ha aprendido que la socialización del dinero está plenamente justificada para corregir las carencias del capitalismo y, por extensión, de los mercados libres. Se nos dice que un ciclo incontrolable de actividad empresarial demuestra que, si se los deja a su aire, los mercados libres son económicamente destructivos.

La verdad es que la destrucción económica proviene de un ciclo de expansión del crédito que emana de los bancos, aumentado y fomentado por un banco central que emite moneda base y suprime los tipos de interés. La financiación de una economía queda subvertida por el imperativo de financiar el gasto público. Sin la manipulación del dinero y del crédito, y con su sustitución por dinero sólido, el ciclo del crédito y los síntomas que sufre la economía productiva simplemente cesarían.

Son problemas creados por el propio socialismo, pero rara vez se encuentra a un político que lo entienda por completo y que sea elegido para abordarlos. El presidente Trump recibió el mandato de una mayoría silenciosa harta del sistema federal socializador, y sin embargo pide más creación de crédito y tipos de interés más bajos. Puede que sus intenciones fueran buenas, pero no entiende que incluso el dólar está socializado.

El origen de la socialización del dinero nació del capitalismo de amiguetes en la banca, pero los socialistas lo han explotado a fondo. Mediante la depreciación de sus monedas, permite tanto a Jeremy Corbyn como al presidente Trump impulsar sus políticas y propuestas mientras ocultan los costes que se imponen a todos.

La solución lógica

El destino del socialismo light es una pérdida continua de libertad, tanto económica como personal. La gente corriente debería darse por afortunada si se contiene la deriva y se evitan versiones más extremas que conduzcan al comunismo.

Es un hecho de la vida que casi todo el mundo es hoy socialista en mayor o menor medida. La redistribución socialista está tan arraigada que ningún político puede ser elegido con el mandato de revertirla. Pero se puede empezar atacando el capitalismo de amiguetes, que es la justificación por encima de todas las demás que persuade a los demócratas cristianos corrientes, los idiotas útiles reclutados por las falacias marxistas, para que abandonen la libertad personal en favor de un Estado que gobierne. Es la justificación emocional de la división de Marx de las clases en explotadores y explotados, y si se resuelve con éxito, el argumento se derrumba.

Hay esperanza de que el actual primer ministro de Gran Bretaña entienda este punto: en junio de 2018, siendo ministro de Exteriores, se informó de que en una cena privada dijo «Que le den a las empresas» cuando le preguntaron su opinión sobre las grandes empresas que presionaban para impedir el Brexit amenazando con empleos e inversión. Unos medios socialistas lo interpretaron de otra manera.[vi]

Si Johnson es reelegido, y si este comentario no estaba relacionado únicamente con el Brexit, hay cierta esperanza de que se siga ese camino. Con ello se abordarían las tendencias monopolísticas de las grandes empresas, que perjudican a sus competidores más pequeños. Las pequeñas y medianas empresas suelen representar, según el principio de Pareto, el ochenta por ciento de cualquier economía, así que una política que les permita beneficiarse de mercados más libres debería resultar enormemente popular. Solo entonces podrán empezar a revertirse las tendencias socialistas y abordarse el gran premio: la socialización del dinero.





[i] Hegel, igual que Marx, razonaba a partir de una tesis, luego una negación de la tesis y después una negación de la negación. Se pretendía que esto fuera una prueba irrefutable de una conclusión que perdura. Pero si los hechos históricos y ordinarios y cualquier supuesto son erróneos desde el principio, toda la tesis falla, evidentemente.

[ii] El aforismo de Kant fue refutado por varios economistas que señalan que los intercambios son voluntarios y ambas partes se benefician; de lo contrario, el intercambio no se produciría. Esto también es cierto en la relación entre empleador y empleado, aunque puede ser más complicada.

[iii] JM Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money, edición de Palgrave de 2007, pp. 374-377.

[iv] Atribuido a Simon Johnson, que fue secretario de Guerra de EE. UU. durante la Guerra Civil.

[v] Véase la nota iii.

[vi] Financial Times, 25 de junio de 2018.



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