Detrás de la historia de Huawei, no debemos olvidar que Estados Unidos libra una guerra financiera más amplia contra China y Rusia. Las noticias sobre la falta de dólares en los bancos chinos son incorrectas: lo que escasea son los flujos de capital entrantes que sostengan el déficit presupuestario del Gobierno estadounidense. Al atraer esos flujos de inversión globales hacia sí, la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China amenaza las finanzas del Gobierno de EE. UU., por lo que cabe esperar que la guerra financiera y la desinformación asociada se intensifiquen. Es probable que Hong Kong quede en la línea de fuego, debido a su papel como vía de acceso de China a la financiación internacional.
Introducción
Huawei está en los titulares. Desde la orden de arresto de su director financiero en Vancouver el pasado diciembre hasta los últimos esfuerzos por disuadir a sus aliados de adoptar la tecnología móvil 5G de Huawei, todo ha sido una clásica operación del Estado profundo por parte de los estadounidenses. Es cierto que los chinos se han expuesto a los ataques al introducir en 2016/17 una ley de ciberseguridad redactada de forma imprecisa que, según los círculos de defensa occidentales, parece exigir a todas las empresas tecnológicas chinas que cooperen con los servicios de inteligencia chinos.
En consecuencia, ahora nadie sabe si fiarse de Huawei, que posee parte de la tecnología más avanzada en 5G. El problema para los operadores de redes es a quién creer. Los servicios de inteligencia se dedican a disimular, y lo hacen a través de títeres políticos, todos ellos profesionales de ser ahorrativos con la verdad. ¿Quién puede olvidar las armas de destrucción masiva? Más recientemente estuvo el misterio del envenenamiento de Skripal: los rusos habrían sido culpables sin lugar a dudas, de no ser por los vínculos de Skripal, a través de Pablo Miller, con Christopher Steele, quien elaboró el dudoso dosier sobre el supuesto comportamiento de Trump en un hotel ruso.
Lo más seguro es no creer nunca nada que provenga de una agencia de seguridad gubernamental, lo cual no ayuda a los desamparados operadores de redes. Ellos, y el resto de nosotros, deberíamos fijarnos en los motivos. El ataque a Huawei obedece al deseo de frenar el progreso tecnológico de China, que ya está eclipsando al de Estados Unidos, y Estados Unidos utiliza su liderazgo del grupo de inteligencia de los cinco ojos para imponer su voluntad geoestratégica a sus aliados. La polémica de esta semana en Reino Unido pasó de una filtración de seguridad a nivel de gabinete sobre este asunto, a amenazas estadounidenses de retener información de inteligencia al Reino Unido si se permite a empresas británicas encargar equipos 5G de Huawei, y de ahí al cese del ministro de Defensa.
Una amenaza de retener el intercambio de inteligencia, de llevarse a cabo, solo serviría para aislar a los estadounidenses. Pero se ve lo desesperados que están por eliminar a Huawei. Además, la polémica de Huawei forma parte de un conflicto más amplio, en el que Estados Unidos está decidido a impedir que los chinos cambien la estructura de poder mundial y la saquen de su control. Cuando China era solo un centro de fabricación barata de productos de baja tecnología, era una cosa. Pero cuando China empezó a desarrollar tecnologías avanzadas y a dominar el comercio mundial, fue otra. Hay que devolver a China a su caja.
Hasta ahora, todos los intentos por lograrlo parecen haber fracasado. El control de Afganistán, visto como una fuente importante de minerales listos para ser explotados por China, ha sido un fracaso costoso para Occidente. Los intentos de arrebatar Siria a la esfera de influencia de Rusia también fracasaron. Rusia es aliada económica y militar de China. Estados Unidos no logró poner de rodillas a Rusia, así que ahora el foco está directamente en destruir, o al menos contener, a China. China ya ha gastado más que Estados Unidos en África y en Centroamérica y Sudamérica, comprando influencia lejos de Estados Unidos en sus esferas de influencia tradicionales. Los intentos de neutralizar a Corea del Norte se están desmoronando.
En realidad, existe una guerra no declarada entre China y Rusia por un lado, y Estados Unidos y sus aliados, a menudo reticentes, por el otro. Ahora se intensificará, principalmente porque Estados Unidos necesita cada vez más flujos de inversión globales para cubrir sus déficits.
La estrategia de guerra financiera de Estados Unidos
Detrás de la ciberguerra hay una guerra financiera. En la guerra financiera, Estados Unidos cuenta con la ventaja de la hegemonía de su moneda, que ejerce al máximo. Esta le ha permitido a los estadounidenses vivir por encima de sus posibilidades, importando más bienes de los que exportan, mientras que el Gobierno gasta más de lo que recauda en impuestos. Para lograr estos beneficios, se necesitan flujos de capital entrantes que los financien. Hasta la fecha, estos suman, en valor actual, unos 25 billones de dólares, que es el total de la propiedad extranjera de activos y depósitos en dólares.
La política estadounidense de vivir por encima de sus posibilidades requiere ahora algo más que flujos comerciales reciclados: también hacen falta flujos de cartera entrantes. Las carteras globales, compuestas tanto por saldos de efectivo comerciales como por dinero de inversión, aumentan periódicamente su exposición a otras regiones, lo que puede dejar a Estados Unidos falto de capital. El problema se resuelve desestabilizando la región que más recientemente se ha beneficiado de la inversión de capital, para animar al dinero a volver a los dólares y, por tanto, a los mercados nacionales de Estados Unidos. Ahora que va a aumentar el gasto en infraestructuras tanto en China como a lo largo de las nuevas rutas de la seda, le toca el turno a China.
Esta sería la opinión de Qiao Liang, que fue general de división del Ejército Popular de Liberación y uno de sus principales estrategas.[i] Fue su explicación de la crisis del Sudeste Asiático de 1997, cuando se inició una oleada de ventas del baht tailandés que se extendió a todos los países vecinos. En la década anterior a la crisis, la región recibió importantes flujos de capital, hasta el punto de que países como Malasia, Filipinas e Indonesia registraron déficits significativos en su balanza de pagos. Esto entraba en conflicto con la balanza comercial de EE. UU., que empezaba a deteriorarse. La solución fue el colapso de la historia de inversión del Sudeste Asiático, que estimuló la reasignación de los recursos de inversión a favor del dólar y de Estados Unidos.
Qiao Liang cita otros ejemplos, desde la crisis latinoamericana de principios de los años ochenta hasta Ucrania, cuya revolución amarilla revirtió los flujos de inversión hacia Europa Central. Esto no salió según lo previsto: salieron de Europa más de un billón de dólares en inversiones, y la mayor parte se redirigió a la economía china, que era entonces el destino más atractivo. Con el nuevo Stock Connect entre Shanghái, Shenzhen y Hong Kong, en abril de 2014 China facilitó la inversión extranjera y la posibilidad de que los inversores extranjeros realizaran beneficios sin pasar por controles de cambio.
Al ser la puerta de entrada de los inversores extranjeros, nuestra historia se traslada ahora a Hong Kong. Según fuentes de inteligencia chinas y rusas, Estados Unidos intentó desestabilizarla con un apoyo encubierto al movimiento Occupy Hong Kong entre septiembre y diciembre de 2014. La Fed puso fin a su QE ese octubre y se necesitaba que el capital internacional volviera a EE. UU. Los estadounidenses también habían intensificado a principios de ese año la disputa por las islas Spratly y el banco de Scarborough, lo que paralizó en la práctica las negociaciones de libre comercio entre China, Japón, Corea del Sur, Macao, Taiwán y Hong Kong. Los chinos esperaban que esta posible zona de libre comercio se ampliara para incluir el ASEAN FTA, que habría sido entonces la mayor del mundo por PIB y un área en la que podrían desarrollar el renminbi como moneda de reserva.
Estos planes se vieron frustrados en la práctica, pero China no se dejó provocar para dar una respuesta pública a estas acciones. En cambio, empezó a reducir sus tenencias de bonos del Tesoro de EE. UU. en sus reservas en dólares, de 1,27 billones a 1,06 billones de dólares en 2016: no es una gran caída, pero demuestra que no estaban reciclando sus superávits comerciales en dólares.
Todo ello ocurrió en un momento en que tanto la economía estadounidense como la global se expandían, aunque a ritmos moderados. El proteccionismo comercial de Trump ha cambiado eso, y los primeros indicios apuntan a que la economía estadounidense se está estancando. Los ingresos fiscales se quedan cortos, mientras que el gasto público aumenta. Estados Unidos necesita ahora con urgencia más flujos de capital entrantes para financiar el creciente déficit presupuestario.
Si Qiao Liang opinara al respecto, sin duda concluiría que Estados Unidos intensificará su ataque contra China para precipitar la desinversión y la reasignación hacia el dólar. Y, así, los ataques han comenzado: primero, intentando hundir a Huawei. Ahora, los medios de comunicación convencionales, quizá con informaciones extraoficiales, afirman que China y Hong Kong atraviesan dificultades.
La semana pasada, el Wall Street Journal publicó un artículo en el que afirmaba que los bancos chinos se están quedando sin dólares. Evidentemente, esto no es cierto. Los bancos chinos pueden obtener dólares cuando quieran, ya sea vendiendo otras divisas extranjeras en el mercado o vendiendo renminbi al Banco Popular de China. Tienen su posición en dólares porque eligen tenerla y, además, todos los bancos comerciales utilizan derivados, que son en la práctica exposiciones fuera de balance. Es más, como EE. UU. mantiene un considerable déficit comercial con China, los dólares fluyen constantemente hacia allí.
Tras el artículo del WSJ, otros comentaristas han presentado historias similares. Qué conveniente resulta, al parecer, para el Gobierno de EE. UU. ver estas historias pesimistas sobre China justo cuando necesita impulsar los flujos de cartera entrantes para financiar el déficit presupuestario.
De todos modos, existe una antipatía general entre los inversores estadounidenses hacia la historia de China, así que no debería sorprendernos que los bajistas sobre China reiteren su postura. Uno de los principales, al menos por su reputación de perspicacia inversora, es Kyle Bass, de Hayman Capital Management. Según Zero Hedge, ha escrito su primera carta a inversores en tres años y dice sobre Hong Kong: «Hoy, riesgos económicos y políticos de reciente aparición amenazan las décadas de estabilidad de Hong Kong. Estos riesgos son tan grandes que merecen atención inmediata en ambos frentes».[ii]
Ojalá fuera tan sencillo. Es hora de exponer el caso contrario. Hong Kong es importante porque China utiliza Hong Kong y Londres para no depender del sistema bancario estadounidense en sus finanzas internacionales. Y por eso el Estado profundo de EE. UU. quiere acabar con Hong Kong.
Análisis sesgado
Bass acierta al señalar que el mercado inmobiliario de Hong Kong parece muy apalancado y que los precios de los inmuebles de oficinas, viviendas y comercios se han disparado desde el mínimo de 2003. En gran medida, ha sido la consecuencia inevitable del vínculo de la caja de conversión con el dólar estadounidense, que traslada en líneas generales la política monetaria inflacionista de la Fed a la economía más dinámica de Hong Kong. La descripción que hace Bass de la relación entre los bancos, la forma en que se financian y las garantías inmobiliarias recuerda a los factores que desembocaron en la crisis de la banca secundaria en el Reino Unido a finales de 1973. La evidencia empírica parece estar claramente del lado de Bass.
Salvo por una diferencia significativa entre sucesos como la crisis de la banca secundaria británica y prácticamente cualquier otra crisis inmobiliaria. Hong Kong es un verdadero centro internacional, y el papel de los bancos en las operaciones inmobiliarias es el de facilitadores de divisas, más que el de prestamistas. En 2017, Hong Kong fue el tercer mayor receptor de inversión extranjera directa (en buena parte inmobiliaria), tras Estados Unidos y China. Las entradas de inversión extranjera directa aumentaron en 104 000 millones de libras hasta sumar casi 2 billones de dólares. Los mayores inversores fueron China, seguida del dinero corporativo canalizado a través de centros extraterritoriales.[iii]
Así que sí, los bancos de Hong Kong saldrán perjudicados por una crisis inmobiliaria, pero no tanto como da a entender Bass. Son los bancos extranjeros y chinos los que tienen gran parte de los inmuebles como garantía. No son los bancos de Hong Kong los que han alimentado el auge inmobiliario con crédito nacional, sino el dinero extranjero.
Bass no menciona que es poco probable que un hundimiento de los precios inmobiliarios y del sistema bancario se limite a Hong Kong. Los bancos centrales han avanzado mucho en conseguir que todos los sistemas bancarios queden atados al mismo ciclo crediticio. Sin darse cuenta, han garantizado simplemente que la próxima crisis crediticia afectará a todos a la vez. No será solo Hong Kong, sino también la UE, Japón, Reino Unido y Estados Unidos. Todos tendrán dificultades en mayor o menor medida.
Curiosamente, la crisis de Lehman, que se produjo después de que los precios inmobiliarios de Hong Kong ya se hubieran duplicado desde 2003, provocó fuertes entradas de capital que llevaron el dólar de Hong Kong al límite superior de su banda de fluctuación. La situación parece similar hoy, con la inversión estadounidense en el exterior en niveles bajos, pero con una propiedad extranjera de activos en dólares cercana a máximos históricos. Aunque la inversión extranjera directa en Hong Kong ronda los 2 billones de dólares, no conviene ignorar la posibilidad de una repatriación de capitales hacia Hong Kong.
Probablemente la afirmación más importante de la carta de Bass es la que se refiere al futuro de la paridad monetaria que gestiona la Autoridad Monetaria de Hong Kong (HKMA). Sostiene que el «saldo agregado», que es una partida del balance de la HKMA, equivale a las reservas excedentes de la Fed estadounidense, y que «una vez agotado, la presión sobre la caja de conversión se volverá insostenible y la paridad se romperá».
El saldo agregado del balance de la HKMA ha descendido de forma considerable durante el último año, de 180 000 millones de dólares de Hong Kong a los 54 400 millones actuales. La decisión sobre los cambios en los saldos agregados corresponde a los propios bancos, y por ello se suele considerar que reflejan los flujos de capital de entrada y salida del dólar de Hong Kong. Esto es distinto de que los saldos agregados reflejen presiones reales sobre la paridad, como sugiere Bass.
La HKMA mantiene una cobertura en dólares estadounidenses del 105 %-112,5 % de la base monetaria (actualmente en torno al 110 %) y dispone además de reservas en dólares no asignadas, si fuera necesario. La paridad se mantiene porque la HKMA varía su base monetaria, no solo gestionando un tipo de préstamo base que da un diferencial sobre el tipo de los fondos de la Fed, ni solo influyendo en los saldos agregados de los bancos comerciales, sino actuando sobre los otros tres componentes de la base monetaria. Son los certificados de deuda, los billetes y monedas del Gobierno en circulación y las letras y pagarés del Fondo de Cambios (EFBN). En la práctica, son los EFBN, junto con los saldos agregados, los que se utilizan para ajustar la base monetaria y mantener la divisa asegurada en la zona de convertibilidad de 7,75 a 7,85 por dólar estadounidense.
Al mantener la paridad, la HKMA da prioridad a sostenerla frente a gestionar la oferta monetaria. Hay pocas dudas de que esto va a contracorriente de los economistas occidentales convencionales, que creen que la inflación es buena y la deflación mala. Durante el último año, la base monetaria de Hong Kong se contrajo de 1,695 billones a 1,635 billones de dólares de Hong Kong. ¿Preocupa esto a la HKMA? En absoluto.
Está por ver cómo actuarán los chinos ante una nueva crisis crediticia global, pero conviene recordar que probablemente son menos keynesianos que los occidentales en su enfoque de la economía y las finanzas. Es cierto que han usado libremente la expansión del crédito para financiar el desarrollo económico, pero su enfoque es mercantilista, y difiere de forma significativa del nuestro. Nosotros simplemente empobrecemos nuestros factores de producción mediante la transferencia de riqueza por la inflación monetaria. Pensamos que esto se puede compensar alimentando la especulación financiera y la inflación de activos. China refuerza su producción y su innovación generando ahorro personal. La riqueza se crea a partir de la producción y está vinculada a ella de forma más directa.
Los objetivos y los efectos de la inflación monetaria y crediticia no son los mismos en la aplicación china que en nuestra forma de actuar en Occidente, y ignorar estas diferencias es un error común. La amenaza para la capacidad de China de gestionar sus asuntos en una crisis crediticia es bastante menor que la que pesa sobre las naciones occidentales dependientes del Estado del bienestar, cuyos gobiernos están muy endeudados, mientras que el de China no lo está.
Es seguro que China considera que la estabilidad financiera y monetaria de Hong Kong es vital para los intereses del continente. Además de que la filial de Hong Kong del Banco de China es el segundo mayor emisor de billetes, el propio Banco Popular mantiene saldos de reserva en dólares de Hong Kong, que, en las circunstancias que Kyle Bass considera probables, puede aumentar para respaldar la gestión de la paridad monetaria por parte de la HKMA.
Conclusiones
Es un error pensar que el mercado inmobiliario de Hong Kong supone un peligro sistémico tan grande como parece a primera vista. Las expectativas de una devaluación de la paridad cambiaria parecen ser un deseo ilusorio de los bajistas.
Mucho más importantes son las consecuencias de la guerra cibernética y financiera que el Estado profundo estadounidense libra contra China y Rusia, su estrecho aliado. Bajo la presidencia de Trump se aceleró con su política de aranceles comerciales, que en el fondo es un ataque a la economía china. China será un hueso duro de roer, y el efecto del proteccionismo comercial de Estados Unidos ha sido provocar una disminución del comercio internacional, que ya empieza a ser evidente. Los efectos negativos sobre la economía estadounidense parecen estar subestimándose.
El intento de destruir las ambiciones globales de Huawei en el 5G es a la vez la parte más actual y más visible de una guerra cibernética y financiera no declarada. El proteccionismo comercial fue solo un paso en el camino. La guerra financiera se está intensificando ahora, con una economía global que se enfrenta como mínimo a una recesión significativa, casi con toda seguridad el detonante de una crisis crediticia largamente pendiente. Los chinos llevan mucho tiempo en pie de guerra financiera, como muestra el análisis de Qiao Liang sobre cómo Estados Unidos necesita los flujos de cartera globales y lo que están dispuestos a hacer para atraerlos. La idea occidental de que los chinos y sus aliados rusos son vulnerables a la hegemonía estadounidense ha quedado desmentida una y otra vez. Los analistas financieros no logran entender de forma sistemática que los chinos no son tontos.
China no se dejará provocar y, manteniéndose firme, protegerá sin duda a Hong Kong y seguirá desviando los flujos de inversión de una economía estadounidense en declive hacia su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Esto provocará una crisis financiera en Estados Unidos que será obra suya. Al menos, así es como siempre lo ha visto China, y no ve motivo para cambiar su estrategia pasiva de guerra financiera.
[i] Consulta http://chinascope.org/archives/6458/76
[ii] https://www.zerohedge.com/news/2019-04-25/quiet-panic-kyle-bass-hong-kongs-looming-financial-political-crisis
[iii] Consulta https://en.portal.santandertrade.com/establish-overseas/hong-kong/foreign-investment?&actualiser_id_banque=oui&id_banque=44&memoriser_choix=memoriser
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