China elige sus armas

Las recientes minidevaluaciones de China tuvieron menos que ver con sus crecientes desafíos económicos y más con una declaración del FMI del 4 de agosto, en la que proponía aplazar hasta el próximo octubre la decisión de incluir el yuan en los DEG.

La excusa del FMI fue evitar cambios al cierre del año natural y dar a los usuarios del DEG tiempo para «adaptarse a una posible composición distinta de la cesta». Fue una explicación pobre y poco creíble, dado que los usuarios del DEG han tenido ya cinco años para prepararse; pero el FMI hizo pública por fin la decisión que confirma el aplazamiento en un comunicado el miércoles 19.

No se puede culpar a China por considerar que se trata de tácticas dilatorias destinadas a mantener fuera al yuan y, si es así, la sospecha recae de lleno sobre EE. UU. como instigador. Estados Unidos es quien más tiene que perder, porque si el yuan es aceptado en el DEG, la hegemonía futura del dólar quedará comprometida, y todo el mundo lo sabe. La decisión final sobre si se incluirá el yuan no se tomará hasta finales de este año, así que China aún tiene tiempo para persuadir, por cualquier medio a su alcance, a todos los miembros del FMI de que acepten incluir el yuan en el DEG tal como se propuso en un principio, aunque su inclusión se aplace temporalmente.

China fue rechazada por primera vez en esta aspiración en 2010 y desde entonces ha trabajado duro para subsanar las deficiencias que señaló entonces el consejo de administración del FMI. Ese es el contexto de la nueva política cambiaria de China y de lo que parece que serán también actualizaciones frecuentes sobre sus reservas de oro. Conviene repetir que estos movimientos tenían poco que ver con su situación económica interna, por las siguientes razones:

• Para tener un efecto económico se requeriría una devaluación sustancial. Eso no es lo que está ocurriendo. Además, la devaluación como solución económica es esencialmente una propuesta keynesiana y está lejos de estar claro que la dirigencia china abrace la economía keynesiana.
• Junto con Rusia, a través de la Organización de Cooperación de Shanghái, China planea una revolución de infraestructuras que abarque toda Asia y que replique el desarrollo económico de China posterior a 1980, pero a mayor escala. Por eso «los que saben» no dudaron en aprovechar la oportunidad de participar en las opciones de financiación a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que será el principal canal de financiación.
• La estrategia de China para las próximas décadas es convertirse en proveedora de productos y servicios de alta gama para todo el continente euroasiático, evolucionando desde su situación actual de fabricante de bajo coste para el resto del mundo.

Los dirigentes de China tienen una visión, y es un error pensar en China únicamente como un país cuya economía está en el lado malo de un ciclo de crédito. Esto es cierto, por supuesto, y está creando enormes problemas, pero el Gobierno planea reasignar recursos de capital de las industrias heredadas a proyectos de futuro. Con razón o sin ella, y a diferencia de cualquier gobierno occidental en este punto de un ciclo de crédito, China acepta que el pinchazo de una burbuja de crédito es una consecuencia necesaria de una política deliberada que respalda sus planes de futuro. Está dispuesta a convivir con las consecuencias de la caída de las valoraciones de los activos y de las quiebras empresariales, y a gestionarlas, algo que facilita la propiedad estatal de los bancos.

Por el contrario, para entender por qué está cambiando el tipo yuan-dólar debemos mirar las divisas desde la perspectiva de China. China es, con diferencia, la mayor potencia manufacturera del mundo y, como consecuencia, puede decirse que controla la fijación de precios del comercio mundial. Entonces resulta evidente que China no está tanto devaluando el yuan como provocando una revalorización del dólar al alza en relación con los precios del comercio internacional. China sabe que la economía estadounidense atraviesa dificultades y que a la Fed le preocupa la perspectiva de deflación de precios, así que unos precios de importación más bajos son lo último que necesita la Fed. Ahora el movimiento de China en su divisa empieza a tener sentido.

Las minidevaluaciones fueron una señal para Washington y para el resto del mundo de que, si así lo desea, China puede dictar las perspectivas económicas globales a través de los mercados de divisas. China cree, con buenas razones, que es más sólida política y económicamente, y que tiene un mejor control sobre las acciones de sus propios ciudadanos, que las economías del bienestar de Occidente en caso de recesión económica. Por lo tanto, persigue su política cambiaria desde una posición de fuerza. Y los incrementos que se añadirán ahora mes a mes a las reservas de oro son una señal de que China cree que puede desestabilizar el dólar mediante su control del mercado físico del oro, porque nos recuerda con suavidad una pregunta sin respuesta que el Tesoro de EE. UU. siempre ha eludido: ¿qué pruebas hay del estado de las reservas de oro de EE. UU.?

China probablemente aceptaría un aplazamiento de otro año de su incorporación al DEG si en octubre hay una decisión definitiva de incluir su divisa en la cesta del DEG. Siendo así, China debe de sentirse tentada de aumentar la presión sobre todos los miembros del FMI antes de la reunión de octubre. Por tanto, la estrategia pasa de una menor pasividad a una mayor agresividad, tanto en los tipos de cambio como en la tenencia de oro, durante las próximas ocho semanas. Podemos esperar que China apriete el tornillo si es necesario.

Lo que está en juego es mucho, y la devaluación de China de solo unos pocos puntos porcentuales ha causado ya suficiente caos en los mercados de capitales por ahora. Pero si la respuesta final es que no se permitirá que el yuan entre en la cesta del DEG, interesará a China acelerar el desarrollo del nuevo banco de los BRICS, con su propia versión de un DEG, vendiendo reservas en dólares y los bonos del Tesoro subyacentes para financiarlo. La amenaza de que China dé la espalda al sistema financiero de posguerra y al FMI socavaría también la credibilidad de esa institución quizá más rápidamente de lo que lo haría la hegemonía del dólar si se aceptara el yuan. Y si un FMI controlado por EE. UU. pierde su credibilidad, incluso los aliados de Estados Unidos la abandonarán, igual que hicieron al unirse al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura hace unos meses.

Siempre iba a ser EE. UU. quien se enfrentara a un dilema por el creciente poder económico de China. Ha optado por tratar de salir adelante con un farol en lugar de aceptar con elegancia los vientos de cambio, como hizo Gran Bretaña con su imperio hace sesenta años. El cambio en el orden jerárquico de la economía está ocurriendo de nuevo, nos guste o no, y China se saldrá con la suya.

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