Caos crediticio

Seguir los giros y vaivenes diarios de una crisis bancaria puede hacernos perder de vista el panorama general. Resulta tentador pensar que las autoridades bancarias tienen el control y que garantizarán la integridad de sus redes de banca comercial. Los acontecimientos en curso pueden demostrar que es así o no.

El panorama general es que el descenso de los tipos de interés durante cuarenta años ha terminado, y también la burbuja financiera que se ha formado con él. Además, debemos ser conscientes de que existe un ciclo del crédito bancario, cuya fase de contracción se retrasa desde hace mucho. Ambos factores han coincidido y han creado el caos en los mercados de crédito.

La realidad es que los bancos centrales ya han perdido el control de la política monetaria y de los tipos de interés. Los tipos de interés los está marcando ahora la contracción del crédito bancario, no la política monetaria. El punto que suele pasarse por alto es que una contracción del crédito en un momento en que la demanda de crédito sigue aumentando conduce inevitablemente a tipos de interés más altos y a deudas incobrables.

Tras perder el control sobre los tipos de interés, la Fed se ha visto obligada a dar su tan anunciado giro, no bajando los tipos, sino ofreciéndose a comprar deuda del Tesoro y de agencias a su valor nominal, sea cual sea el cupón y el vencimiento. Esto libra a los bancos del destino inmediato que hundió al Silicon Valley Bank. Y le facilita al Tesoro de EE. UU. financiar su déficit conteniendo los costes de endeudamiento. 

Pero es sumamente inflacionista.

El giro ya se ha producido. La Fed ha decidido rescatar a los mercados financieros a costa de la moneda. Cabe esperar que otros bancos centrales sigan su ejemplo para rescatar sus sistemas bancarios. Pero en el proceso están firmando la sentencia de muerte de sus monedas fiduciarias.

Introducción

Como si hubiera alguna duda, las ondas de choque del colapso, la semana pasada, del Silver Valley Bank en EE. UU. han puesto de manifiesto lo inestable que se ha vuelto el sistema financiero estadounidense. La ironía de todo esto es que, aunque Silver Valley estaba regulado como banco, las actividades que lo hundieron no pertenecían en absoluto a la banca. Los bancos son intermediarios de crédito: crean activos (préstamos) y los emparejan con depósitos (pasivos). SVB captaba depósitos y se limitaba a invertir una gran proporción de ellos en bonos. Teniendo en cuenta las diferencias de estructura societaria, es una actividad más propia de vehículos de inversión como los fondos de inversión y los fondos de cobertura. Y en los últimos años, los bancos centrales que han recurrido a la flexibilización cuantitativa han estado pagando igualmente precios máximos por bonos del Gobierno y de entidades cuasipúblicas, solo para ver cómo el valor de sus balances se desplomaba hasta un patrimonio neto negativo a precios de mercado.

Es importante recordar que existe un ciclo subyacente de auge y caída en el crédito bancario, y que es este ciclo el que impulsa la teoría austriaca del ciclo económico. La fase de auge se desarrolla con el tiempo antes de que la contracción del crédito provoque una caída más repentina. El ciclo completo ha durado en promedio aproximadamente una década desde principios del siglo XIX. Cuando es moderado, vemos subir los tipos de interés como consecuencia de la restricción del crédito bancario, cuando el afán de lucro de los banqueros se convierte en miedo a las pérdidas. Suben los rendimientos de los bonos, sigue un mercado bajista en los activos financieros, aumenta el desempleo y algunas empresas quiebran. Cuando el ciclo es más severo, vemos quiebras bancarias que llevan a consecuencias más catastróficas.

La última crisis quedó marcada por la quiebra de Lehman en agosto de 2008. Pero había indicios de que el ciclo del crédito bancario ya estaba tocando techo en septiembre de 2007, cuando un banco británico, Northern Rock, sufrió una retirada masiva de depósitos que lo obligó a recurrir al Banco de Inglaterra en busca de apoyo de liquidez. Eso calmó las aguas durante unos meses. Pero recuerdo muy bien una visita a la sala de contratación de RP Martin justo antes de Navidad de ese año. RP Martin opera en los mercados monetarios mayoristas. Mientras estaba allí, corrió la voz de que el mercado interbancario en libras esterlinas había dejado de operar. Ningún banco parecía dispuesto a prestar libras a otros bancos. Evidentemente, la confianza de los banqueros era muy frágil.

A diferencia del mayor mercado de repos con garantía, el mercado interbancario es el mecanismo mediante el cual todos los bancos reequilibran sus posiciones a un día. En el conjunto de un sistema bancario, los bancos que han perdido depósitos se compensan con los que los han ganado, sin contar los cambios netos en la tenencia de billetes por parte del público. El balance de todo el sistema bancario permanece equilibrado, aunque surgen desequilibrios en bancos individuales que hay que corregir a diario. El acceso a este mecanismo es crucial para cualquier banco, y una salida excepcional de depósitos en un banco hará sonar las alarmas en todos los demás.

Por eso no se puede ignorar la congelación de los mercados interbancarios. Se produjo a pesar de que el Banco de Inglaterra apoyaba a Northern Rock, algo que hizo hasta febrero de 2008, cuando nacionalizó el banco en apuros. No fue hasta septiembre de ese año cuando quebró Lehman en Estados Unidos, precipitando lo que muchos llaman ahora la gran crisis financiera.

Es un error suponer que una crisis bancaria cíclica se define por un único acontecimiento. Siempre debe considerarse de carácter evolutivo. Y han pasado más de catorce años desde la gran crisis financiera, lo que nos indica que la próxima está más que retrasada. Se ha retrasado por las políticas monetarias inflacionistas, que hasta hace poco siguieron inyectando crédito barato en el sistema bancario mundial. Pero sin una inyección sustancial de capital, todo el sistema bancario estadounidense se ha quedado sin capacidad de balance. Fue precisamente al abordar este problema cuando SVB desencadenó una retirada masiva de sus depósitos al intentar captar más capital. Pero el problema de SVB lo comparte toda la red bancaria estadounidense, que afronta las consecuencias de la fuerte subida de los tipos de interés sobre la renta fija y otras inversiones financieras, tanto dentro como fuera de balance, como garantía de préstamos. Además, la perspectiva de que cada vez más préstamos fallidos tengan que cancelarse con cargo al capital de los accionistas de los bancos aumenta la cautela de los banqueros.

Para minimizar el efecto del desajuste de vencimientos, en el pasado los bancos limitaban sus compras de bonos a vencimientos cortos. El fracaso de SVB reveló posiciones con vencimientos considerablemente más largos, presumiblemente adquiridas cuando los tipos a corto plazo eran mínimos y los vencimientos largos ofrecían un diferencial de rentabilidad atractivo. Es de suponer que no fueron los únicos en esta apuesta: que los tipos de interés estaban totalmente bajo el control de la Fed y que nunca volverían a subir. La tentación entonces es usar el apalancamiento del balance para convertir un diferencial de rentabilidad del dos por ciento en un rendimiento bruto del veinte por ciento sobre el capital del banco.

Mientras que la caída del valor de los bonos crea dificultades en el balance, al mismo tiempo la subida de los tipos de interés encarece la financiación. Combinando la cuenta de pérdidas y ganancias de un banco con su balance, el brusco aumento de tipos de la Fed el año pasado ha actuado como una boa constrictor, estrangulando la rentabilidad de todo el sistema bancario comercial.

Al ser una llamada de atención, y por ese motivo, la reacción inicial a la noticia de Silicon Valley Bank fue una fuerte caída de las acciones bancarias en todas partes. Otros dos bancos californianos han quebrado, Signature y Silvergate, completando un trío de entidades centradas en tecnología y criptomonedas, y las acciones de otros bancos regionales se vieron especialmente afectadas. Y en el universo financiero más amplio, ya hemos visto a un banco de importancia sistémica mundial (G-SIB) en apuros: un plan de rescate para Credit Suisse no ha bastado para restablecer la confianza en la entidad, con depositantes que, según se informa, siguen huyendo hacia otros bancos, y con su principal respaldo retirándose. 

Parece que el ciclo del crédito bancario mundial no solo está girando a la baja con una violencia inesperada, sino que ha superado con creces su marco cíclico de diez años. Y todos los indicios de una recesión excepcionalmente grave están presentes: el siguiente gráfico muestra cómo el dinero amplio de EE. UU., que en torno al 90 % son depósitos bancarios, ya se contrae a un ritmo récord para el régimen del dólar fiduciario.

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Esta contracción no es trivial, y tuvimos un aviso temprano cuando Jamie Dimon dijo a los asistentes a una conferencia bancaria que elevaba su previsión de tormenta económica a huracán. Eso fue en junio del año pasado. Supuso la señal más clara que hemos visto del principal banquero comercial del mundo de que el ciclo del crédito estaba a punto de girar a la baja. Y se emitió justo cuando la variación trimestral del M2 de EE. UU. en el gráfico anterior apenas empezaba a ser negativa.

La quiebra de SVB, seguida rápidamente por la de Signature Bank, hizo que el enfoque inicial de rescate interno (bail-in) anunciado por las autoridades estadounidenses volviera enseguida al procedimiento habitual de rescate externo (bail-out). En lugar de que la FDIC protegiera los depósitos hasta 250 000 $ mientras que los depósitos mayores solo tendrían derecho a las migajas (si las hubiera) que quedaran de una liquidación, enseguida resultó evidente que un bail-in solo extendería la crisis. El Banco de Inglaterra y el Tesoro británico siguieron rápidamente el ejemplo de la Fed y el Tesoro de EE. UU., por lo que es razonable esperar que, cuando caigan los otros zapatos, en el Banco de Japón y en el eurosistema se ignore igualmente la legislación de bail-in y se intente respaldar a la totalidad de sus sistemas bancarios. 

Los procedimientos de bail-in fueron concebidos por los políticos en la reunión de emergencia del G20 posterior a la quiebra de Lehman. Allí se acordó que «los contribuyentes ya no pagarían el precio de la codicia de los banqueros ni de sus fracasos», una respuesta emotiva a las recesiones cíclicas del crédito bancario. Ignoraba las cuestiones prácticas, pues sigue siendo el deber primordial de un banco central moderno garantizar la integridad del sistema bancario comercial de su jurisdicción, pese a las protestas por el riesgo moral.

Las consecuencias para los futuros tipos de interés

Nos hemos acostumbrado a que los tipos de interés no los fijen los mercados, sino que estén firmemente bajo el control de los bancos centrales. Tendemos a olvidar que el tipo de interés es un acuerdo entre un banco y un prestatario, que determina una condición del préstamo, y que se fija de mutuo acuerdo. En lo que respecta a los tipos de los depósitos, sin duda el colectivo bancario aceptará de buen grado una política monetaria que los reduzca siempre que mejore los márgenes de crédito, pero la política monetaria oficial no llega mucho más allá. Más allá de este punto, si el banco central suprime los tipos con la severidad suficiente y los márgenes de crédito se comprimen, los bancos comerciales restringirán de forma natural su actividad crediticia. 

Los tipos de interés negativos en Japón y en la zona euro equivalen a un impuesto sobre las reservas bancarias, que desincentiva la expansión del crédito. Esto se aprecia con claridad en nuestro siguiente gráfico, sobre los préstamos bancarios a empresas y consumidores en la zona euro.

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El máximo histórico de préstamos se alcanzó en 2008, cuando se situaba en 15.468 mil millones de euros y la facilidad de depósito del BCE estaba en el 3,25 %. Se supone que fue entonces cuando el BCE agotó todos sus recursos para fomentar el crecimiento del PIB, que no es más que expansión del crédito bancario dirigida a la economía no financiera. Pero en el cuarto trimestre de 2016, los préstamos no financieros habían caído un tercio, hasta 10.433 mil millones de euros, y la facilidad de depósito del BCE también había bajado hasta un menos 0,4 % fuertemente suprimido. Aunque después hubo cierta recuperación del crédito bancario, en particular para apoyar a empresas y consumidores durante los confinamientos por la covid, el crédito bancario vuelve a descender de forma notable. 

Tanto para la creencia común de que un banco central puede gestionar los resultados económicos manipulando los tipos de interés. Ahora surge la pregunta de si un giro de política, que abandone la fijación del precio del dinero como principal medio para combatir la inflación y pase a salvar el sistema bancario, logrará sus objetivos. Pero eso es malinterpretar el problema. Hagan lo que hagan los bancos centrales con los tipos de interés, no pueden eludir el hecho de que el ciclo del crédito bancario se acelera hacia una fase de descenso, y hay buenas razones para que un banquero, ante el aumento de los riesgos de contraparte, reduzca su exposición crediticia.

Todos los banqueros son ya conscientes de que su negocio está cada vez más impulsado por el miedo a las pérdidas. Este adopta tres formas: la caída del valor de los activos financieros, que llevó a la quiebra de SVB; el riesgo de crédito, agravado por el elevado apalancamiento de los balances; y ahora el riesgo de contraparte en el sistema de compensación.

Se espera ampliamente que la Fed abandone el objetivo de inflación y las subidas de tipos, e incluso que los recorte ligeramente. Eso ayudaría sin duda a la financiación de los bancos comerciales por el lado de los depósitos y reduciría las pérdidas en la deuda de renta fija. ¿Pero durante cuánto tiempo? Como se desprende de lo anterior, eso no detendrá el deslizamiento del crédito bancario, a menos que se pueda convencer al colectivo de responsables de préstamos de que dejen de pensar en el riesgo. Así pues, a todos los efectos prácticos el crédito bancario seguirá contrayéndose, y es probable que los bancos aprovechen la ocasión para liquidar activos cuando puedan, y también serán rápidos en liquidar las garantías de los préstamos. Como ilustra el gráfico siguiente, la contracción del crédito para activos financieros ya está muy avanzada.

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Intentar invertir la marea del crédito es como plantarse en el camino de un tren desbocado. La vía está trazada y la escasez de crédito bancario aumentará. Si la disponibilidad de crédito se restringe mientras la demanda continúa, el coste de endeudarse sube. Y si el coste de endeudarse sube, sería inútil esperar que los rendimientos de los bonos mantengan un descenso. Más bien, el diferencial entre los rendimientos de los bonos del Estado y los corporativos se ampliará. Y cualquier caída de los rendimientos de los bonos del Estado, por inversores nacionales que los buscan como refugio, aumenta el riesgo en relación con la rentabilidad para los tenedores extranjeros de activos financieros. 

Como colectivo, los tenedores extranjeros de activos financieros están entre los primeros en liquidar sus posiciones, movidos por el doble temor a la caída del valor de los activos y a sus consecuencias para el tipo de cambio de la moneda. Sin duda, suprimir los tipos de interés para restablecer el orden sistémico solo puede ser un vendaje temporal sobre un sistema financiero que se desangra. Supone elegir proteger el sistema financiero y sus valores a costa de la moneda.

La garantía de respaldo no vale nada

Los mercados financieros están pendientes de cada palabra que sale de los gobernadores de los bancos centrales y de los comités de política monetaria. En épocas anteriores, quizá se habrían hecho sacrificios para aplacar a estas deidades del mercado. Sin embargo, como sus antecesores paganos, los responsables de la política actual no han logrado nada positivo que pueda atribuirse a su intervención. Peor aún, su injerencia deja un catálogo de fracasos y declive que avergonzaría a sus predecesores paganos. Pero, como todos los dogmas, llega un momento en que se desacreditan, y podemos estar seguros de que las contradicciones de la macroeconomía moderna conducirán también a su desaparición.

Una versión anterior del keynesianismo se encontraba en las teorías de John Law, que infló una burbuja financiera en Francia entre 1717 y 1720. Mientras la burbuja del Misisipi se hinchaba, a Law se le consideraba un genio. Al igual que Keynes, había teorizado que una economía necesitaba el estímulo del crédito, producido no por un sistema bancario independiente guiado por factores de mercado, sino gestionado por un banco centralizado y estatista. Por eso su Banque Générale se convirtió en la Banque Royale, un banco central con el mandato de pagar las deudas del rey.

Pero, como Law y su protobanco central iban a descubrir, cuando una burbuja impulsada por el Estado se desinfla, arrastra consigo todo el sistema financiero y la moneda. Esto quedó patente en el contraste entre la burbuja del Misisipi y la burbuja contemporánea de los Mares del Sur en Londres, donde el Banco de Inglaterra, que era el banco del Gobierno, no intervino. Cuando la burbuja de los Mares del Sur implosionó, el Banco de Inglaterra sobrevivió y siguió respaldando sus billetes con metálico. Cuando la burbuja de Law y sus livres estaban implosionando, él recurrió a arrebatar con violencia metálico y objetos de valor a cualquiera que fuera sospechoso de poseerlos. Su empresa sobrevivió al desastre, pero la moneda no.

Al seguir teorías estatistas del crédito similares, nuestros equivalentes contemporáneos de la Banque Royale han fomentado una versión global y más duradera de la burbuja del Misisipi. Además de conceder crédito para financiar los déficits estatales, los bancos centrales modernos han reprimido los tipos de interés de forma agresiva. En consecuencia, y con la ayuda de la cooperación internacional, la burbuja global de hoy deja a la de Law en nada. Como los especuladores movidos por la codicia de John Law, hoy cometemos el mismo error de no reconocer la burbuja de crédito por lo que es, y los inversores cometen el error de comprometerse con ella por completo. Peor aún, la coordinación global hace que los guardianes de todas las grandes monedas estén unidos por el pensamiento de grupo y cometan los mismos errores fatales.

Cuando el estímulo de unos tipos de interés más bajos no fue suficiente, todos nuestros bancos centrales empezaron a la vez a imprimir crédito bajo el pomposo nombre de flexibilización cuantitativa. A diferencia del crédito de los bancos comerciales, la expansión del crédito de los bancos centrales ha resultado imposible de revertir, como estamos comprobando ahora. La Fed intentó hacerlo brevemente en 2019, lo que provocó un desplome de las cotizaciones, con el índice bursátil S&P 500 cayendo una tercera parte entre febrero y marzo del año siguiente. Entonces hubo que reactivar la burbuja aumentando masivamente la flexibilización cuantitativa, una medida justificada por la pandemia de covid.

En 2022, las monedas fiduciarias de las naciones occidentales empezaron a perder poder adquisitivo a un ritmo cada vez mayor, y los tipos de interés, que ya no estaban bajo el control firme de los bancos centrales, empezaron a subir. Y con la subida de los tipos, el valor de los bonos gubernamentales y cuasigubernamentales comprados en el mercado como contrapartida de la flexibilización cuantitativa empezó a hundirse. El resultado es que los bancos centrales tienen todos un patrimonio neto negativo, lo que dicho con más franqueza significa que técnicamente están en quiebra.

Como los livres de John Law, los dólares, euros, yenes y libras son monedas fiduciarias. Es en referencia a ellas como se mide todo el crédito en sus respectivas jurisdicciones. Su valor depende por completo de la confianza del público en una deuda incorpórea, no en el metálico corpóreo. Ahora afrontamos la perspectiva de que esa confianza se vea socavada por la incapacidad de los bancos centrales para estabilizar el poder adquisitivo de su crédito, que no está anclado a nada.

El Programa de Financiación a Plazo para Bancos de la Fed

Aunque todos los grandes bancos centrales están técnicamente en quiebra, siguen siendo responsables de mantener sistemas de crédito que se han convertido en víctimas de burbujas inducidas por el Estado. Si bien los comentaristas señalan el riesgo moral de rescatar a los bancos comerciales para proteger a los depositantes, es un hecho que los bancos centrales tienen el deber primordial de garantizar la integridad del sistema bancario comercial. En consecuencia, harán lo que sea necesario para cumplir esta obligación. Y es esta obligación la que impulsa el lado oscuro de la burbuja de crédito: el valor de las propias monedas fiduciarias medido no entre ellas, sino en bienes y servicios.

No debemos subestimar los intereses creados, tanto de las autoridades monetarias como de los grandes bancos, por asegurar que el sistema actual, con todos sus defectos, sobreviva. Ya hemos visto cómo la Fed ofrece aceptar bonos como garantía a valor nominal durante un año en un nuevo mecanismo de préstamo (el Bank Term Funding Program, BTFP). Por ejemplo, un bono del Tesoro a diez años emitido a la par con un cupón del 0,5 % en agosto de 2020 se aceptará como garantía a la par y sin recorte de valoración, a pesar de que el mercado lo valora actualmente en 77,90 $, un descuento del 22,1 % sobre el valor de reembolso.  

En su comunicado de prensa, la Fed afirmó que no prevé tener que recurrir a una línea creada con este fin junto con el Fondo de Estabilización Cambiaria. Pero la aparente esperanza de que el uso de esta línea por parte de los bancos sea limitado encubre su verdadero propósito, que es garantizar que la liquidación forzosa de bonos del Estado y de otro tipo por parte de los bancos no haga subir los rendimientos. Sin embargo, al igual que la flexibilización cuantitativa (QE), que ha demostrado ser imposible de revertir, este nuevo BTFP podría convertirse en una losa para la Fed. Al fin y al cabo, cualquier banco que tenga pérdidas en sus inversiones en bonos puede ahora recibir cien centavos por dólar, aplazando su pérdida durante un año. Y todos sabemos que, al cabo de un año, la Fed tendrá que renovar la línea, en lugar de retirarla y precipitar una crisis que solo ha aplazado.

Para los bancos comerciales, esto es verdaderamente estupendo, incluso suponiendo que no intenten manipular el sistema comprando bonos en el mercado para mejorar su balance gracias a la línea BTFP de la Fed. Eso se convierte en una oportunidad muy golosa cuando se advierte que la línea de préstamo a un año de la Fed es, en la práctica, perpetua.

Esto conducirá casi con toda seguridad a que la Fed amplíe su balance en la cuantía que los bancos presenten en virtud de esta línea. Según el formulario H.8 de la Fed, los bancos comerciales tienen 4,532 billones de dólares en valores del Tesoro y de agencias, y otros 2,732 billones en valores respaldados por hipotecas. La mayoría de estos bonos, si no casi todos, estarán en pérdidas, en una medida que depende de su cupón y de su vencimiento. Esta generosa oferta llevará sin duda a una presentación sustancial de bonos a cambio de crédito del banco central.

Los activos del balance de la Fed deben reflejar estos préstamos del BTFP, y no pueden trasladarse a una nueva línea similar a Maiden Lane. Es probable que la demanda sea considerable y lleve rápidamente el balance de la Fed muy por encima de los 10 billones de dólares, e incluso más allá.

El verdadero propósito de la línea BTFP parece ser que la Fed dispone ahora de un mecanismo para asegurar el valor de todos los activos financieros vinculados a los rendimientos de los bonos, un objetivo vital si se quiere mantener la confianza económica. Tras haber perdido el control de los tipos de interés, intenta ahora controlar los rendimientos de los bonos. Y también se ha dado un paso importante para contener el coste de la financiación del Gobierno federal. 

Consecuencias para el dólar

El compromiso de acelerar la inflación crediticia en el banco central va a socavar el poder adquisitivo del dólar aún más de lo que se ha atribuido a acontecimientos recientes, como la covid, las interrupciones de la cadena de suministro y las repercusiones de las sanciones contra Rusia.

En primer lugar, esto importa enormemente a los tenedores extranjeros de dólares, que casi con seguridad serán más sensibles a estas cuestiones que los inversores estadounidenses. Además, persiste la suposición de que los tipos de interés están bajo el control de la Fed, cuando los acontecimientos recientes han demostrado que no es así; de lo contrario, con su insistencia en que la inflación de los precios al consumo es transitoria, podría haberse limitado, como el Banco de Japón, a mantener los tipos en el límite de cero o cerca de él.

No solo una mayor contracción del crédito bancario hará subir los tipos de interés, con independencia de las exigencias de las políticas monetarias, sino que una nueva ronda de inflación crediticia por parte de la Fed conduce inevitablemente a que el mercado exija tipos más altos para compensar la consiguiente pérdida de poder adquisitivo. Con aproximadamente 12 billones de dólares de activos de cartera en manos extranjeras en acciones estadounidenses, otros 4 billones en bonos corporativos, 7,6 billones en bonos del Tesoro y de agencias, y otros 7,5 billones en activos a corto plazo, como letras y depósitos bancarios, existe un enorme margen para que los extranjeros liquiden dólares y activos en dólares, una vez que se disipen los efectos iniciales de un rescate por parte de la Fed del sistema financiero en quiebra.

Que una huida de una divisa empiece con la liquidación por parte de extranjeros es perfectamente normal, como confirmarán quienes tienen una larga experiencia con la libra esterlina. Durante demasiado tiempo, los estadounidenses se han acostumbrado a que los extranjeros compren de forma continua dólares y activos en dólares, a pesar de su condición de moneda fiduciaria y de los déficits comercial y presupuestario de EE. UU. La destrucción de esa confianza va a producirse ahora inevitablemente. 

Los problemas de solvencia bancaria están por todas partes

La situación de las demás grandes monedas fiduciarias difiere sobre todo en los detalles. Dado el pensamiento de grupo habitual entre los responsables de la política de los bancos centrales, la tentación de que otras jurisdicciones sigan el camino abierto por el BTFP de la Fed puede resultar irresistible.

Hasta ahora, con la excepción de los problemas de Credit Suisse, ampliamente difundidos, la atención se ha centrado en el sistema bancario estadounidense y en la respuesta inmediata de las autoridades. Es un hecho lamentable que la normativa de Basilea haya abordado los problemas de liquidez del balance, pero no haya logrado controlar la expansión excesiva del crédito bancario en relación con el capital de los accionistas. En consecuencia, los reguladores de la Eurozona y de Japón han tolerado ratios de activos sobre patrimonio superiores a veinte veces en sus bancos de importancia sistémica mundial, cuando en el pasado se consideraban altos los ratios de entre diez y veinte veces. Es probable que la contracción del crédito bancario sea más catastrófica en estas jurisdicciones que en EE. UU., donde los ratios de los G-SIB suelen ser inferiores a doce veces.

La estimación de los ratios de balance no cuenta toda la historia. También hay factores fuera de balance, principalmente las obligaciones en mercados regulados y en mercados extrabursátiles (OTC), que en el caso de los G-SIB son mayores que la suma de todos sus balances. Según el Banco de Pagos Internacionales, el interés abierto en futuros regulados ascendía a 36,6 billones de dólares a finales de 2022, y en junio del año pasado el valor nocional de los derivados OTC era de otros 632,2 billones de dólares, lo que nos da un total aproximado de 670 billones. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones son las contrapartes de estas operaciones, y la quiebra de una contraparte importante que opere en estos mercados podría hundir todo el sistema financiero occidental.

El panorama general es el de una burbuja de activos que ha llegado a su fin. Y, según cualquier criterio, esta es la mayor de la historia documentada. Es probable que la situación se nos haga más inmediata por un nuevo factor: casi cuatro mil millones de personas que se industrializan rápidamente bajo el liderazgo de China y Rusia. Las pruebas indican con fuerza que ven los asuntos monetarios de forma similar al autor de este artículo, y que ahora están dispuestos a actuar para protegerse del inminente colapso de las monedas de sus enemigos occidentales.

Aún no conocemos los detalles, pero los hegemones asiáticos están diseñando una nueva moneda de liquidación comercial, con toda probabilidad basada en el oro. La perspectiva de que los hegemones asiáticos respalden los valores crediticios con dinero legal, es decir, el oro, que es corpóreo y no tiene riesgo de contraparte, está destinada a llamar la atención, por contraste, sobre las debilidades y falacias que hay detrás de las monedas fiduciarias.

Para quienes estamos bajo el yugo de un crédito fiduciario desligado de cualquier valor corpóreo, solo hay una salida de un sistema bancario que ahora se está desmoronando: poseer la mayor cantidad posible de dinero legal, que, tanto por ley desde hace mucho tiempo como por costumbre humana, es el oro en forma de lingotes y monedas. La plata física es el dinero para las compras más pequeñas. Por eso se fundó Goldmoney hace más de veinte años, con el objetivo de ofrecer un refugio seguro frente a un sistema monetario que, tarde o temprano, tenía que colapsar. Ese momento ha llegado ya.

 

 

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