Breve historia del patrón oro

Ante las crecientes pruebas de que las principales economías occidentales se encaminan hacia una crisis bancaria y monetaria debido a la contracción del crédito, nos enfrentamos a las consecuencias del dinero poco sólido. La era del dinero fiduciario está llegando a su fin y su muerte será dolorosa para las economías avanzadas muy endeudadas de Norteamérica, Europa y Japón. La historia y los precedentes jurídicos nos dicen que el dinero fiduciario morirá y que el oro volverá para servir de ancla a los valores del sistema de crédito.

Como siempre, la historia monetaria ofrece lecciones, en particular en el contexto de las economías poscfeudales dependientes del crédito, cuando se esperaba que un patrón oro sostuviera montañas de crédito en forma de billetes bancarios y depósitos en bancos comerciales.

En este artículo examino las lecciones de los patrones oro del siglo XIX y los errores que se cometieron. En su mayoría, podrían haberse evitado con facilidad. 

El debate sobre el regreso del respaldo en oro del crédito se vuelve urgente, no solo porque el sistema de moneda fiduciaria ha llegado al final de su recorrido, sino porque cada vez interesa más a los países en desarrollo adoptarlo. Y a menos que Rusia avance con urgencia hacia el respaldo de su rublo con oro, su economía sufrirá casi con toda seguridad una inestabilidad creciente, lo que explica que tenga tanto interés en hacerlo. 

Introducción

Sabemos que, desde los albores de la historia monetaria, el dinero es oro, plata o cobre, y todo lo demás es crédito. Y la relación entre dinero y crédito quedó codificada en una serie de pronunciamientos del derecho romano que se remontan a las Doce Tablas de Roma, en el 449 a. C. Fueron las naciones sucesoras del Imperio romano, que se extendían desde la costa atlántica hasta los Urales, las que colonizaron el mundo, salvo China y Japón. Pero, coincidiendo con las Doce Tablas, fue la época de Confucio, que había muerto solo treinta años antes, y del florecimiento de la filosofía china, que confirmó conclusiones similares sobre el dinero. Pero desde el fin del trueque, los gobernantes han hecho numerosos intentos de falsear fraudulentamente o confiscar el dinero, normalmente para financiar guerras o disimular sus deudas.

La transición del feudalismo agrario a la industrialización se vio facilitada por la expansión del crédito, no del dinero, aunque las existencias de oro y plata sobre la superficie disponibles para acuñar siguieron acumulándose. Y con esa expansión, los sistemas bancarios evolucionaron para operar con crédito, creándolo según la demanda. Ya existía en época romana una banca rudimentaria que operaba con crédito, por lo que juristas como Ulpiano, Paulo y Gayo dictaminaron, en los primeros tiempos de la era cristiana, sobre las diferencias entre dinero y crédito. 

En su tratado de 1751 Della Moneta [Sobre el dinero], el economista italiano Ferdinando Galiani confirmó los orígenes de la banca italiana, que se extendió por toda Europa:

«Cabe señalar que los primeros bancos estaban en manos de particulares, con quienes la gente depositaba dinero y de quienes recibía letras de crédito, y que se regían por las mismas normas que hoy rigen los bancos públicos. Y así, los italianos no solo han sido los padres, los maestros y los árbitros del comercio, sino que en toda Europa han sido los depositarios del dinero y se les llama banqueros.»

La banca tal como la conocemos hoy fue desarrollada en Inglaterra por los orfebres de Londres, que empezaron a recibir en depósito la moneda de oro y plata de los comerciantes. No solo se comprometieron a devolverla a la vista, sino también a pagar un interés del 6 % anual por su uso. En consecuencia, para poder pagar el interés prometido, el dinero pasó necesariamente a ser de su propiedad para comerciar con él como quisieran. No eran los fideicomisarios del dinero, sino sus propietarios. Y no se les entregaba como un depositum que debiera restituirse en especie, sino que pasaba a ser propiedad de los orfebres como un mutuum que debía devolverse al comerciante a la vista. Este negocio prosperó tras la Restauración de 1660 y se expandió de forma notable bajo Guillermo de Orange, después de la Revolución Gloriosa, cuando fue desterrado el católico Jacobo II. 

Cuando los orfebres banqueros recibían este dinero en depósito, se acordaba a cambio que se concediera al comerciante un crédito o derecho de acción por un importe igual de dinero, que se le restituiría a la vista. Es esta obligación del banquero para con el depositante la que en el lenguaje bancario actual se denomina depósito.

A medida que este negocio se generalizó, la experiencia demostró que, si algunos clientes de un banquero exigían el pago de sus depósitos o créditos de un día para otro, otros probablemente ingresarían una cantidad aproximadamente igual, de modo que al final del día no habría mucha diferencia en su saldo de caja. En la práctica, se comprobó que, por lo general, el saldo en efectivo del banco rara vez variaba en más de 1/36.º del total de los depósitos de un día para otro. Por tanto, si un banquero conservaba 1/10.º de su efectivo para atender cualquier petición de pago, esa reserva bastaba de sobra para cubrir las salidas de depósitos en condiciones normales.

Esto permitía al banquero comprar letras comerciales y de otro tipo en cantidades mucho mayores, con descuento, a cambio de un depósito abonado a favor de los vendedores. Los vendedores de estas letras podían disponer de sus créditos en el banco cuando quisieran. Al operar con crédito de este modo, el apalancamiento que el banquero podía aplicar a su propio balance llegaba con seguridad hasta diez veces, según los supuestos anteriores. Y con un tipo de descuento de las letras comerciales que solía ser del 8 % o más, el banquero podía pagar un 6 % a los depositantes y conservar un buen beneficio.

Es evidente que el valor del crédito de un banquero debía expresarse en dinero. Es decir, se esperaba que un depósito pudiera canjearse por metálico. Pero con la evolución del negocio de los orfebres y las montañas de crédito que generaron sus actividades, la relación entre el oro y la plata, por un lado, y las obligaciones legales de pago, por otro, también evolucionaría.

El patrón oro, tal como lo conocieron nuestros antepasados del siglo XIX, fue básicamente hijo del Gobierno británico y de su banco en Londres, el Banco de Inglaterra. El propio Banco abrió sus puertas el 1 de agosto de 1694 con una plantilla de diecinueve personas. Durante la mayor parte del periodo comprendido entre 1717 y 1931, Gran Bretaña mantuvo un patrón oro formal o de facto. El patrón oro comenzó después de que Sir Isaac Newton, como director de la Casa de la Moneda, valorara la guinea de oro en 21 chelines de plata, lo que marcó un cambio importante desde la plata de ley hacia un patrón oro. Tras un periodo de bimetalismo, el oro llegó poco a poco a considerarse la medida del valor con preferencia a la plata. Y en 1816 se declaró que el oro era la única medida legal del valor en Inglaterra y la libra pasó a ser el equivalente en oro de 20 chelines de plata.

Según los Reglamentos de la Casa de la Moneda de 1816, cuarenta libras de peso de oro estándar en metal precioso se acuñan en 1869 libras en soberanos, lo que fija el precio de acuñación del oro en 3 libras, 17 chelines y 6 peniques. En medidas actuales, un soberano pesa 7,99 gramos, con un contenido de oro de 7,32 gramos.

En Estados Unidos, antes de la Guerra de Independencia, prevalecía el derecho inglés, y a finales del siglo XVIII los Commentaries de Blackstone eran el tratado jurídico de referencia entre los estadounidenses. Blackstone tenía claro qué constituía el dinero:

«El dinero es el medio del comercio. Es prerrogativa del Rey, como árbitro del comercio interior, darle plena autoridad o hacerlo de curso legal. El dinero es un medio universal o patrón común que permite, por comparación, determinar el valor de todas las mercancías: un signo que representa los valores respectivos de todos los bienes…

»La acuñación de moneda es, en todos los Estados, un acto del poder soberano, de modo que su valor pueda conocerse con solo inspeccionarla. Y respecto a la acuñación en general, hay que considerar tres cosas: el material, la impronta y la denominación. En cuanto al material, Sir Edward Coke establece que la moneda de Inglaterra debe ser de oro o de plata...»[i]

Los redactores de la Constitución adaptaron a Blackstone para sustituir la prerrogativa del Rey por el nuevo Congreso, otorgando al Gobierno federal el poder de acuñar moneda. Y ese dinero solo podía acuñarse. Para eludir esta restricción, que es el deseo de todo político derrochador, el Gobierno tendría que contar con un banco comercial dócil que produjera sustitutos del oro en forma de billetes de banco. Pero incluso ese camino fue controvertido.

En 1790, Alexander Hamilton, como primer secretario del Tesoro, presentó al Congreso un informe en el que exponía su propuesta de crear un banco de propiedad estatal, el Banco de los Estados Unidos, tomando como base de su plan la carta constitutiva del Banco de Inglaterra. Fue aprobado y el presidente Washington firmó la ley que le otorgaba una carta de 20 años en febrero del año siguiente. Además de actuar como agente fiscal del Gobierno y concederle préstamos, también operaba como banco comercial y emitía billetes. En 1811, Hamilton había muerto, el Partido Republicano había arrebatado el control a los federalistas y la carta no se renovó.[ii]

Apenas cinco años después de la propuesta de Hamilton, el Banco de Inglaterra empezó a sufrir una fuerte sangría en su reserva de metal precioso, debido a que el Gobierno necesitaba oro para financiar la guerra con Francia y también para pagar el grano importado tras una sucesión de malas cosechas. En 1797, el Banco suspendió los pagos en efectivo (es decir, en monedas de oro y plata). La suspensión se prolongó durante las guerras napoleónicas, y en ese tiempo el Banco infló su emisión de billetes, lo que hizo subir el precio del oro frente a la moneda de papel del Banco. En 1810, esto llevó al nombramiento de un Comité Selecto «para investigar el elevado precio del metal precioso», que concluyó que la depreciación de la moneda se debía a la emisión excesiva de billetes. El siguiente extracto de su informe al Parlamento es el pasaje más relevante:

«…actualmente hay un exceso de papel en circulación en este país, cuyo síntoma más inequívoco es el altísimo precio del metal precioso y, después de este, el bajo nivel de los tipos de cambio continentales; este exceso debe atribuirse a la falta de un control y una limitación suficientes en las emisiones de papel del Banco de Inglaterra y, en su origen, a la suspensión de los pagos en efectivo, que eliminó el control natural y verdadero. Pues, considerando el asunto en su conjunto, este Comité opina que no puede hallarse ninguna garantía segura, cierta y siempre adecuada contra un exceso de papel moneda, ya sea ocasional o permanente, salvo en la convertibilidad de todo ese papel en moneda metálica. Por tanto, este Comité no puede sino lamentar que la suspensión de los pagos en efectivo, que, vista bajo la luz más favorable, fue solo una medida temporal, se haya prolongado tanto; y, en particular, que por la manera en que está redactada la actual ley de prórroga se le haya dado el carácter de medida permanente de guerra.

El Comité recomendó al Parlamento que sería imposible juzgar qué límites numéricos imponer a la emisión de billetes y que, en ausencia de un mecanismo de canje entre billetes y monedas, el único criterio seguro estaba en vigilar el precio del metal precioso y el estado de los tipos de cambio exteriores. Fue una conclusión que ha resistido el paso del tiempo, porque desde entonces han fracasado todos los intentos de gestionar la emisión de billetes y otras formas de crédito de los bancos centrales para lograr la estabilidad de precios.

Quizá la idea implícita de que el Parlamento no era capaz de controlar los asuntos monetarios resultó inaceptable, porque el informe del Comité Selecto fue rechazado. En consecuencia, al no tener freno, el Banco de Inglaterra pudo aumentar sin restricciones su emisión de billetes, reduciendo todavía más el valor en oro de la libra de papel del Banco.

En un descontrol inflacionista, los bancos locales de fuera de Londres también emitían billetes en cantidades crecientes, en lo que resultaría ser un ciclo clásico de expansión del crédito bancario. La consecuencia de la expansión de billetes fue la subida de precios: se estima que entre 1808 y 1813 el nivel general de los precios de consumo subió un 25 %. Inevitablemente, llegó una restricción del crédito y, entre 1814 y 1816, la mitad de los bancos locales quebró en la recesión posterior, lo que redujo notablemente el volumen total de papel moneda en circulación. La escasez de billetes hizo que el valor de los billetes del Banco aumentara en consecuencia, lo que demostró que el Informe sobre el Metal Precioso estaba en lo cierto en su análisis: era imposible juzgar qué restricciones imponer a la emisión de billetes, y la mejor solución estaba en una relación firme con la moneda metálica.

Aunque el Parlamento había rechazado el Informe sobre el Metal Precioso, este fue objeto de mucho debate y, como resultado, empresarios y comerciantes quedaron convencidos por él. También convenció a Robert Peel, que más tarde sería el primer primer ministro con experiencia empresarial. Peel además presidió el Comité del Metal Precioso en 1819 y sacó adelante una ley que introducía en un primer momento un patrón de lingotes de oro, al que seguiría en 1823 la reanudación del anterior patrón de moneda de soberanos. Pero el Banco había acumulado oro suficiente como para presionar para que se modificara la ley y poder reanudar los pagos en moneda en mayo de 1821.

Sin embargo, solo tres años después comenzó una retirada masiva de las reservas del Banco, que hizo caer las reservas de metal precioso de 13 millones de libras en enero de 1824 a algo más de un millón en diciembre de 1825. Se desarrolló una crisis de crédito a raíz de la contracción de la emisión de billetes, que solo se frenó cuando el Banco emitió aún más billetes. Por fin, los directores del Banco se convencieron de que, después de todo, el Informe sobre el Metal Precioso tenía algo de razón y, a partir de 1827, procuraron que los activos de su balance se repartieran en dos tercios de deuda pública y un tercio de monedas y metal precioso.

De vez en cuando, el Banco tuvo grandes dificultades para mantener esta proporción y en 1839 se vio obligado a obtener de París y Hamburgo préstamos por 3 500 000 libras en oro para evitar la quiebra. Los altibajos del Banco, que actuaba a la vez como emisor de billetes y como banco comercial, dieron lugar a un debate entre dos escuelas de pensamiento: la escuela de la moneda y la escuela bancaria. Por experiencia y, según algunos, por interés propio, la escuela bancaria se oponía al enfoque basado en reglas de la escuela de la moneda y prefería que la demanda de crédito bancario se dejara en manos de los mercados, en línea con las conclusiones del Comité del Metal Precioso.

La escuela monetaria (currency school) sostenía que la emisión de billetes debía separarse de la actividad bancaria. Era un enfoque basado en reglas e impuesto por ley, fundado en el análisis de David Ricardo de 1824, del cual resulta pertinente el siguiente extracto:

"El Banco de Inglaterra realiza dos operaciones bancarias que son completamente distintas y no guardan una conexión necesaria entre sí: emite una moneda de papel como sustituto de la metálica, y concede dinero en forma de préstamo a comerciantes y otras personas. Que estas dos operaciones bancarias no tienen una conexión necesaria resultará evidente por lo siguiente: que podrían ser llevadas a cabo por dos entidades separadas, sin la más mínima pérdida de ventaja, ni para el país ni para los comerciantes que reciben financiación mediante tales préstamos."

En consecuencia, con la Bank Charter Act de 1844, el Banco de Inglaterra se dividió en dos departamentos: el Departamento de Emisión y el Departamento Bancario. Los directores debían transferir al Departamento de Emisión 14.000.000 de libras en valores (en su mayoría deuda pública) y todas las monedas de oro y todo el metal precioso en barras, tanto oro como plata, que el Departamento Bancario no necesitara para sus fines inmediatos. Mediante Órdenes en Consejo (Orders in Council), el nivel de valores se elevó posteriormente a 15.000.000 de libras para compensar a los bancos privados que dejaron de emitir billetes tras la introducción de la ley. El aumento del balance del Departamento de Emisión le permitió incrementar su emisión de billetes.

Los autores de la ley de 1844 suponían que, si se producía una contracción de la emisión de billetes por la presentación de billetes para su canje por monedas, la menor cantidad de billetes en circulación sostendría su valor, de modo que el sistema garantizaría siempre que una posible retirada masiva de fondos del Departamento de Emisión se corrigiera por sí sola. Pero, de manera crucial, se pusieron de manifiesto varios errores en la concepción de la ley.

En la práctica, la ley intentó configurar el Departamento de Emisión como un banco de depósito, que emitía billetes como fichas representativas del metal precioso mantenido en el activo de su balance. Se le prohibía operar con crédito. Pero al permitir que el balance registrara activos por 15 millones de libras en valores de deuda, este principio se vulneró, porque esos valores tenían que adquirirse mediante la creación de crédito. Además, resultaba evidente que la conversión de monedas en billetes y viceversa conlleva costes irrecuperables. Es de suponer que los autores de la escuela monetaria pensaban que estos podían compensarse con los ingresos de los valores.

El segundo error fue más grave. Los autores de la ley habían supuesto que al Banco solo se presentarían billetes a cambio de monedas. No habían entendido que los cheques cobrados en el Departamento Bancario podían canjearse igualmente por monedas o por metal precioso, de modo que, cuando se producía una retirada masiva de fondos del Departamento de Emisión, esta procedía del cobro de cheques, no de billetes presentados para su pago en oro. Esto desmentía la esperanza de que la presentación de billetes para obtener metal precioso sostuviera su valor por escasez. Este error condujo a las suspensiones temporales de la ley en 1847, 1857 y 1865.

Una extensión del segundo error fue un tercero. Cuando había varias monedas con patrón oro (lo cual ocurría siempre de hecho o de derecho), se producía una fuga de las reservas de oro del Departamento de Emisión si el Banco mantenía su tipo de descuento demasiado bajo. Para ilustrar este punto, en 1799 hubo una crisis bancaria en Hamburgo y el tipo de descuento allí subió al 15 %, atrayendo metal precioso fuera de Londres. 

Para entender por qué ocurre así, hay que tener presente que tanto el principal como los intereses se pagan en oro o en sustitutos del oro. Por tanto, con independencia de los desequilibrios comerciales y de otros factores que pudieran atribuirse a los riesgos relativos entre un centro y otro, cuando el tipo de descuento entre dos plazas difiere en más del coste de trasladar metal precioso entre ellas, este fluirá desde donde el descuento es más bajo hacia donde es más alto.

La ley podría haber funcionado, a pesar de que el Departamento de Emisión no fuera un verdadero banco de depósito, si, además de las facultades que le otorgaba la ley, se le hubiera concedido también la facultad de fijar el tipo de descuento con el único propósito de mantener la reserva de metal precioso. En cada uno de los tres fallos anteriores, fue el hecho de que esta facultad estuviera en manos del Departamento Bancario lo que provocó las fugas de las reservas de oro del Banco y las suspensiones de la ley en 1847, 1857 y 1866.

El punto de fondo es que no se puede tener una función de emisión de billetes canjeables por oro a la vista como parte de un negocio bancario más amplio, algo que los estadounidenses entendieron con claridad cuando el Congreso no renovó en 1811 la licencia de 20 años del Banco de los Estados Unidos.

Antes de 1834, Estados Unidos se regía por un patrón bimetálico (oro y plata) y pasó al oro en 1834, a razón de 20,67 dólares la onza. La Gold Standard Act lo confirmó en 1900 y se mantuvo a ese tipo hasta 1933, cuando el presidente Roosevelt lo revocó para los ciudadanos estadounidenses mediante una orden ejecutiva. Que el patrón oro de Estados Unidos se mantuviera durante casi un siglo sin alteraciones ni concesiones a lo largo de los ciclos del crédito bancario demuestra que un banco central, incluso dividido en departamentos de emisión y de banca, tiene unos objetivos tan contradictorios que es incapaz de garantizar la estabilidad monetaria. Fue únicamente la creación de la Fed en 1913 y su intromisión en los mercados de crédito tras la guerra lo que condujo a la devaluación del dólar.

El futuro de los patrones oro

Sabemos, por la larga historia de la división del trabajo, que el dinero y el crédito, como quiera que se definan, han hecho progresar la condición humana tras las limitaciones del trueque. Y también sabemos que el crédito debe tomar su valor de una forma superior de crédito que no conlleve riesgo de contraparte. Tanto en la práctica como en el derecho, durante casi 2.500 años esa forma superior de crédito ha sido el dinero metálico.

Por tanto, la situación actual, en la que el crédito de la banca comercial toma su valor del crédito de un gobierno, es una aberración. De hecho, cada vez que el Estado ha intentado hacerse con el control último del crédito comercial, ha fracasado. Nuestro sistema monetario actual, vigente desde la suspensión del acuerdo de Bretton Woods en 1971, muestra ya señales de haber agotado su recorrido. Es muy probable que, por mucho que se resista su final, los precedentes legales e históricos acaben imponiéndose de nuevo. Entonces el oro volverá a ser el último respaldo de todo el crédito y, por tanto, de los valores de toda la actividad comercial y de la riqueza.

No cabe duda de que el regreso a un patrón oro encontrará una fuerte resistencia por parte de los gobiernos occidentales, que han llegado a depender de la expansión de su crédito para financiar un gasto excesivo. Como vimos cuando el Parlamento británico rechazó el Informe Bullion de 1810, la clase política cree firmemente que el dinero y el crédito se pueden controlar, y descarta cualquier prueba en contrario. La historia ofrece muchos ejemplos de cómo la economía de libre mercado no logró imponerse intelectualmente frente a los intereses estatistas. La escuela histórica alemana adoptó la Teoría estatal del dinero de Georg Knapp, de 1905, mientras despreciaba a los intelectuales vieneses del libre mercado como un puñado de paletos (austriacos).

Así ocurrió que, pese al colapso de las monedas de papel europeas tras la Primera Guerra Mundial, no se aprendieron las lecciones que debería haber dejado la separación entre el crédito estatal y el metal. «Siempre podemos evitar un problema monetario gestionándolo mejor», fue el grito habitual de los estatistas. Y cuando los felices años veinte, alimentados por la expansión del crédito bajo la Fed de Benjamin Strong, terminaron con la crisis de Wall Street de 1929-1932 y la depresión posterior, se culpó en cambio a la economía de libre mercado. «No se puede permitir que vuelva a ocurrir», dijeron los estatistas. A los economistas se les quitó de la cabeza el libre mercado y el dinero sólido, y se los sustituyó por la macroeconomía y los modelos estadísticos.

Las élites simplemente no están preparadas para afrontar los desafíos de volver a la estabilidad monetaria. Sus expertos ni siquiera son capaces de diagnosticar los problemas por adelantado: se limitan a reaccionar ante los acontecimientos con el afán primordial de preservar el statu quo. Solo podemos decir que, tras Waterloo, los dirigentes británicos Liverpool, Castlemaine, Beresford y Wellington eran partidarios del dinero sólido, entendían la importancia de los mercados libres, estaban imbuidos de Adam Smith y comprendían la importancia de un patrón oro, algo lamentablemente ausente en nuestros líderes actuales.

Tras Waterloo, pusieron en marcha una economía que creció en términos reales sobre la base de la no intervención, lo que permitió que la deuda del gobierno cayera del 172 % del PIB estimado de 1819 al 21 % en 1914. Según la propia investigación del Banco de Inglaterra, esta deuda pasó de un total de 893 millones de libras a 706 millones entre esas fechas. Una ventaja adicional para la financiación del gobierno fue el uso de deuda consolidada sin vencimiento, que nunca tuvo que refinanciarse ni amortizarse. 

Esta es la otra política esencial que sustenta el dinero sólido: la disciplina del gobierno con su propio gasto. En 1820, una vez terminado el gasto de guerra, el gasto público era solo el 13 % del PIB, lo que dejaba a empresas y particulares el 87 % de su propio dinero para desarrollar su actividad. Hoy el gasto público es mucho mayor y en algunas naciones europeas supera incluso la mitad de su economía. Si no se reducen drásticamente estos excesos, no hay posibilidad de que un patrón oro perdure.

Por este motivo, las propuestas rusas de una nueva moneda de liquidación comercial entre los miembros del BRICS, que actuaría como sustituto del oro, deberían despertar un interés generalizado. Al ser una moneda de liquidación comercial, no interfiere en las prerrogativas de cada nación para gestionar su propia moneda, lo que hace políticamente viable su introducción.

Por ahora, estas propuestas se han dejado en suspenso en favor de utilizar las monedas nacionales en lugar del dólar. Pero, dado que estas monedas nacionales tienen un historial de pérdida de valor medido en bienes y servicios, en algunos casos de forma extremadamente rápida, no es una solución. Es probable que los exportadores de energía y materias primas del grupo recurran a la relación histórica y jurídica entre el crédito y el oro, en línea con los deseos de Rusia.

 Según nuestro análisis de los errores del pasado, crear una entidad bancaria para gestionar la relación entre el oro y el crédito sería un error. El Nuevo Banco de Desarrollo, con sede en Shanghái y equivalente del FMI para los BRICS, no debe actuar como emisor; debería crearse con ese único fin una nueva entidad, alejada de él y de todos los gobiernos. Esta entidad tendrá un solo propósito: recibir oro de cualquier banco central, para depositarlo y asignárselo en una lista de cámaras acorazadas aprobadas (que pueden estar bajo el control de cada banco central). Con respaldo en este oro, emite la nueva moneda de liquidación comercial, que debe estar denominada en oro por peso. La moneda funcionará como sustituto del oro. Si la moneda está respaldada según la fórmula de Sir Isaac Newton, con un 40 % en metal precioso, eso aumenta las reservas de oro de un banco central en un 250 % en la medida del oro entregado a la entidad emisora. Solo esto ya hace atractivo el plan para los bancos centrales participantes.

Se evitaría la historia de fracasos del Banco de Inglaterra en el siglo XIX si se prohíbe a la nueva entidad emisora intervenir en los mercados como agente de compensación o prestamista de última instancia. Y debe ser constitucionalmente independiente de toda influencia política.

Con respaldo en sus reservas de la nueva moneda sustituta del oro, los bancos centrales nacionales pueden actuar como prestamistas de crédito denominado en ella a los bancos comerciales de sus propias redes. Se trata de un fondo secundario de crédito, vinculado a la moneda sustituta del oro únicamente por la solvencia del banco central nacional. En la práctica, para los bancos comerciales que mantienen cuentas en un banco central participante, no habría diferencia de valor entre su fondo de crédito circulante denominado en el nuevo sustituto del oro y el propio sustituto del oro.

Este derivado de crédito constituye el fondo de crédito mayorista, dotado de un mercado monetario interbancario en el que también pueden operar los bancos centrales. Conviene tener presente que el crédito creado por los bancos comerciales toma su valor del nuevo sustituto del oro de los BRICS, pero solo los bancos centrales tienen acceso real a dicho sustituto. Y serán los bancos comerciales los que proporcionen financiación y liquidación comercial para las transacciones transfronterizas, poniéndola en manos de comerciantes, empresas y el público en general. Esto constituye un tercer fondo, al que tiene acceso el público.

Es posiblemente aquí donde reside la mayor resistencia a la propuesta rusa. Aunque no podemos estar seguros de que Serguéi Glaziev, que casi con certeza ha participado en el diseño de la moneda de liquidación comercial prevista para los BRICS, siga el diseño aquí esbozado, lo que sin duda preocupará a los gobiernos de los BRICS que estudian el plan es que la gente corriente prefiera acumular la nueva moneda y deshacerse del dinero fiduciario del Estado. Otra preocupación será la disciplina impuesta a la clase política para asegurar presupuestos equilibrados y, por tanto, mantener una balanza comercial equilibrada, teniendo en cuenta la propensión nacional al ahorro.

Pero mantener la disciplina fiscal no debería ser demasiado difícil para las naciones BRICS, que no soportan grandes compromisos de bienestar social. Y con las mejoras de infraestructura previstas en colaboración con China, tienen un enorme potencial económico por liberar. A diferencia de las naciones avanzadas, impulsadas por el gasto social, las naciones emergentes tienen un potencial económico similar al que tenían Gran Bretaña y Estados Unidos a principios del siglo XIX. Y, lo que es importante, los políticos de África, Sudamérica y Asia ya lo intuyen, y entienden que los tiempos en que la ayuda al desarrollo acababa en los bolsillos de los políticos son un obstáculo para el progreso.  Y no habrá mejor impulso para reintroducir el oro en sus sistemas monetarios que las crisis que se están gestando en las grandes economías occidentales, muy endeudadas.

Rusia también debería adoptar un patrón oro para el rublo, como sostiene Serguéi Glaziev, asesor económico principal de Putin, en su artículo del 27 de diciembre para Vedomosti, el periódico económico con sede en Moscú. 

El rublo se ha debilitado considerablemente en los últimos meses, la oferta monetaria M0 ha aumentado cerca de un 21 % en un año y el bono del Estado a 10 años rinde ahora un 12 %. Esto es materia de crisis. En otros aspectos, la economía rusa goza de impuestos bajos sobre la renta y se beneficiaría enormemente de unos tipos de interés normalizados, que llegarían con un patrón oro creíble. Además, si el rublo se pusiera sobre un patrón oro, cabe esperar que la fuga de capitales se revierta, lo que apoyaría al rublo y reduciría la inflación de precios.

A juzgar por las declaraciones de Glazyev, parece creer que el Banco Central de Rusia se ha contagiado del pensamiento de grupo de la banca central occidental, y es razonable suponer que Putin comparte esta opinión. Putin también se encuentra en un conflicto militar y económico con la OTAN, liderada por Estados Unidos, y le interesa socavar las finanzas estadounidenses. Un plan para estabilizar el rublo y protegerlo de ataques monetarios y económicos, al tiempo que se socava la credibilidad del dólar estadounidense, tiene muchísimo sentido. Estos objetivos podrían lograrse con rapidez situando el rublo bajo un patrón oro creíble.

El problema de Putin es su alianza con China y los planes conjuntos de ambos para alejar a las naciones emergentes y a otros países de la alianza occidental. Actuar de forma precipitada para socavar el dólar y el euro fiduciario va en contra de los intereses comerciales de China en un momento en que gestiona su propia crisis en el desarrollo inmobiliario residencial, que amenaza con extenderse a otros sectores. Además, India, en particular, ha sufrido una presión considerable por parte de Estados Unidos para que no continúe su comercio de petróleo ruso y avanza con cautela.

Pero Arabia Saudí está quizá más dispuesta a aceptar un nuevo sustituto del oro para la liquidación del comercio. Y en Irán cuenta con un nuevo aliado en este sentido. El plan de una moneda de liquidación comercial de los BRICS dista mucho de estar muerto. Y, en cualquier caso, llegará un momento en que el colapso del sistema monetario occidental basado en el dólar obligue a China a aceptar que debe proteger su moneda, su alianza con Rusia y sus ambiciones hegemónicas aceptando el oro como base del valor de su propia moneda.


[i] Citado de Pieces of Eight, Libro 1, de Edwin Vieira Jr.

[ii] Para una descripción más completa de la evolución monetaria en Estados Unidos tras la Independencia, consulta Money and Liberty, de James Turk, capítulo 9 (woodlanebooks.co.uk)

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